En la finca de la tía Mila. Blas Puente Baldoceda

En la finca de la tía Mila




Ia

A Rafacho, el hermano mayor, lo dejaban por un mes en el fundo de la tía Mila en compañía de Jisho, el hermano menor, un par de mataperros. Pero también a los últimos, Shato y Machahuay, un par de palomillas, por separado, cuando frisaban entre los once y los siete.  Y si uno de los cuatro amanecía lechero, bajaba con los tíos en el jeep a La Merced los días sábados para la venta en el mercado de los quintales de café, cajones de frutas, canastas llenas de huevos y limones, y costales repletos de maíz.  Al caer la tarde, pese al ensordecedor canto de las cigarras, el croar de los sapos y el monocorde de los búhos, se solía percibir en la lejanía la quejumbre del jeep de retorno en las cuestas y el eco de los gritos de furor de la tía Mila que requintaba: eres una carabina de Ambrosio, viejo del diablo, en caso de que el Jeep se atollaba en algún charco o en caso de que se salía de las cunetas de la carretera zigzagueando en declive. No,  no te amargues en vano, mi negra –mansito como una paloma el tío Anchico con su machona–. Por amor de Dios, ten paciencia.

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A lo lejos rugía el rio Toro. Las moles de roca salpicaban crestas de espuma en las orillas de arena. Las montañas se remecían desde los cimientos y ululaba el eco por leguas y leguas a la redonda.  Entonces, Rafacho, el loquillo, empezaba otra vez con los augurios sobre el fin del mundo. En menos de lo que canta un gallo –declamaba– la techumbre de los pabellones y los tabiques de madera, se desmoronaban y el torrente los arrasaría por desfiladero hasta la ribera del rio. Ni los aleros que cobijaban los mosquiteros de gasa blanca, el escondite para espiar al viejo Anchico que cuchicheaba sus penas con las ánimas en la penumbra de la hojarasca, quedaría a salvo. Y el techo del depósito donde se almacena la leña, las latas de manteca, las mazorcas atadas de la panca, y el tronco con el hacha en diagonal donde se degüella ¡zacatás, caifás! a las gallinas para el caldo del domingo. Y, asimismo, el techo de fogón de adobe en el cual la Estela adivina las tormentas de lluvia en los leños que chisporrotean sobre las cenizas.

Entonces, Jisho, desde la guarida del mosquitero, con la ñata entre los resquicios de los maderos, desgañita: el torrencial que nos manda Satanás por nuestros pecados, gracias al señor de los cielos, no nos arrasará hacia las turbulencias del rio Toro.  Y el Rafacho, derechito al infierno por blasfemar con su danza del apache, a la vez que se destornillaba de la risa, sudoroso y escurriendo lluvia. El Ratón, contagiado por la retahíla de herejías, brincaba sobre sus patitas de garza, sin importarle el perímetro de canaletas que desbordaban con el diluvio de Noe en el fundo de la tía Mila.

Ib

Antes de que amaneciera me atormentaba ya el gusanillo de las aventuras. Diseñaba bajo el mosquitero el episodio de aquel Jueves para llevarlo a cabo después de que los tíos Anchico y Mila agarraban viaje a la Merced para la venta de sus productos. Entonces, podía sacar la escopeta y en plan de Jim de la Selva subir a la pampa para hacerle puntería a los cuptes, los zamaños o los sajinos, animales de presa agazapados en los contornos de la espesura. A condición de no dispararles a los pájaros que pululaban en el jardín  y en el huerto de las hierbas, tubérculos y verduras, contaba con el libre albedrío de cazar a mi antojo.

Popsi, al principio, se hizo de rogar porque amaneció de mal humor, pero después apareció corriendo detrás mío, y logramos, casi a rastras, ascender la cuesta de ánimas en pena. Ya en la cima ojeamos y hurgamos por los alrededores por si de pronto se aparecía alguna presa, pero nones. De improviso Popsi se esfumó, aunque no tardaría en aparecer con alguna novedad. Al poco rato escuche que ladraba o aullaba, rabioso. Logré acercarme al borde de abismo en cuyo fondo había un hervidero de culebras, y allí estaba, pues, el Popsi en plena bronca con un oso hormiguero trepado en un árbol. El uno lanzaba zarpazos aquí y allá, mientras el otro se la ingeniaba para zafárselos con presteza.  Mi plan de volarle los sesos al oso hormiguero de solo un cartucho se frustró porque de mala suerte me arrodillé justo en una cuevita de hormigas rojas, de modo que dí el salto de mi vida.  De lo contrario, pues, le hubiera hecho trizas la mitra del oso hormiguero que bregaba por asestarle el abrazo de la muerte, pero Popsi, nada cojudo, se las ingenió para incrustarle antes los colmillos en la nuca, y ambos, trenzados, rodaron por el precipicio que culmina en el nido de las culebras, dejando una estela de polvo, ramas y hojas por doquier. Cuando llegué finalmente al borde, vi que se hacían añicos casi en la mitad de la ladera del barranco entre una de bulla de bramidos, bufidos y gruñidos, en tanto yo me rompía el coco por averiguar quién saldría vivo de la contienda ya que ambos se desbarrancaron justo en territorio de sierpes.  Entonces, no había más que resignarse a la tunda de latigazos con chicote de tres puntas: Popsí era el adalid de la cáfila de canes y, por supuesto, el más engreído de los doce perros de la furibunda tía Mila. Al poco rato logré escuchar a través del follaje los quebrantos cada vez más lánguidos de Popsi, pero ya no más los rugidos del oso hormiguero, sino unos ronquidos como si ambos estuvieran atragantando aire. Pasudiablo, ¿quién mancó, entonces?. Con la desesperanza a cuestas, de retorno al fundo, barruntaba ya el prodigio de las frotaciones con hierba de yanten de la abuela Estela que mitigarían infaliblemente los cardenales del vaticano que le aguardaban a mi pobre trasero.  Y justo cuando empezaba a bajar la loma de las ánimas en pena, se aparece, pues, el Popsi todo maltrecho, se postró el descuajeringado a mis pies y por más que le lloré para que me perdonara, sus patas se doblegaban, y, entonces, de sopetón borré la imagen de un Popsi en agonía, y al tiro corrí al rancho de los operarios en busca del capataz de los peones, Marcilinachu, sabihondo en hierbas medicinales. Con piel de culebra lo fajo como a guagüita, de cabo a rabo, pues, chiuchi, después lo frotaré con su encurtido de llantén. Lo rociamos su agüita de coca al alqu, y yatacristo, pues.  Escondimos a Popsi detrás del rancho de la peonada, debajo del toldo que cubre la despulpadora del café. Al advertir su ausencia, la tía gritaría a los cuatro vientos que el Popsi, el padrillo, estaría preñando a las perras con calentura por los confines de las montañas del rio Toro, pero cumplida su misión regresaría tarde o temprano. Y así fue como fue. Al cabo de unos días, el Popsi en el patio coleando con aire de culpa solo para aquerenciarse con la tía Mila, merecía toda mi pleitesía

 

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