Hamada Abbe y los cruentos amores de Felipa Bustos. Hugo Carrillo

Mucho tiempo despues,  o mucho tiempo antes, del rumbon de Adelaida y Dona Felipa  en Wanutapa, se revela, en el testimonio de Juan Pedro de San Sebastian, el misterio del paradero de Dona Felipa, luego que cruzara el Pachachaca en direccion a Andahuaylas. Estamos seguros que Chiripampa esta cerca al Mojadobamba de Huambar. Pero mejor que Juan Pedro  nos cuente una historia sin fronteras, no sin ir acomanado de su miski Singer Maquina.

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Hamada Abe y los cruentos amores de Felipa Bustos

[“cuento chino”]

Juan Pedro de San Sebastián

 

        Hasta ese día, el eterno tiempo hibernaba  en las chinkanas y pakarinas del pueblo, las gentes vivían sumidas al amparo de la noche. Ni siquiera la calle principal Ancaypahua conocía la luz plena, no se le había visto ni por asomo al viejo sol. Muy de vez en cuando, la luna escabullía su pálida imagen entre las correderas y el bamboleo de los alisos. 

        Por eso, cuando aquel martes 13 el sol amaneció imtenso en lo alto de Chiripampa, se temió que algo malo sobrevendría. Las lechuzas y zorrillos orinaron en las cuatro apachetas como señal de duelo y huyeron pronosticando una desgracia mayor que acabaría con la humanidad entera.

        En desordenada retirada, los tentáculos de la  niebla se abalanzaron a las más recónditas afueras de la montaña Aya Orqho, portando su tiritar con esquelas y panderetas de papel que pregonaron la inminente llegada de extrañas góndolas y vimanas ardientes tripuladas por cabras y centauros.

        Las alarmas del martes 13, también daban cuenta que los barcos voladores transportaban lunáticas bestias dispuestas a embucharse cuanta mujer u hombre se cruce por su destino, pero que por alguna perversa órden, tenían especial predilección por los borrachos. Fue así  que las cantinas y cantaderos de Chiripampa se eclipsaron, las gentes dejaron de beber y los más resistentes alcohólicos, permanecieron en seca y vigilia hasta siempre, para no ser víctimas de los aparecidos traga hombres.

        ~Dicen que pendejazo es el aparecido, disimulado anda como pescando nomás. Otras veces lo han visto detrás de sus llamas como a un arriero, y también puede venir como un machao nomás. ~Notificó su miedo Lucho “Shinka” Ballón, y prosiguió ya con bocina de papel: ~debemos organizarnos y formar un sindicato, o quizá un frente de defenza. ¡Guardia!, debemos hacer guardia en cuadrantes para que los demás puedan macharse tranquilos. ~Propuso el hombre, haciendo un gesto de pistolero en retirada con la misma bocina de ocasión.

       ~Mejor nos cubrimos unos a otros. ~Recomendó el estratega Amancio “Diablo Negro” Serna, dibujando un paraguas imaginario entre los humores que manaban en la sala. ~Compramos una cañita wariflay, y de dos en dos o de tres en tres, nos metemos en una cama para chupar mirándonos de reojo por si acaso. ~Concluyó el “Diablo Negro” Serna.

        ~Carajo, no nos vamos a estar sospechando entre nosotros cumpas, mejor preguntamos a los altomisas, ellos han de saber. ~Dispuso Salustio “Machao” Lozano.

       Los alarmados borrachos llegaron a consultar con  reconocidos curadores y chamanes de la región, interrogaron a los viajeros, auscultaron en coca, y solicitaton la intervención de cuanto mago y altarero pasara por los aledaños, para que decifrara el misterio de  las ardientes máquinas. Los borrachitos querían saber además, en qué milagroso o demoniaco acto se había ordenado la llegada de aquellos come gentes a los territorios de Chiripampa. La única respuesta persuasiva para un auditorio febril, debía ser una historia que no culmine con hombres embuchados por demoniacas panzas o incrustados entre  gigantes colmillos. Cuando el curandero mayor don Ezequiel Pedraza, comenzó a juzgar la verdad con los huevos de la gallina más negra,  un aire sanador abrazó las cantinas, los borrachos aflojaron su tensión y hasta se bendijo una rondita de caña.

      ~Estoy avistando que las máquinas vienen de una guerra.  Sí, una guerra es, y llegará hasta Chiripampa. Pero esos trastos que parecen góndolas no traen condenados sino grandes pescadores. Miren las burbujas, navegan desde un lejano lugar, ahí donde nacen las estrellas y el sol,  ~comentó el curandero~ y agregó, ~vean, vean, el piloto es un conejo que viene por encargo del emperador japonés, así es, y camina como saltando, muy apuradito.

       Preguntaron a continuación: ¿de qué vacio mundo saltó este hombre a la tierra, cuánto es verdad que este ser con piel de conejo viene del sol naciente, que si es un samuray degollador, que dónde lo vieron antes? De todo esto, nadie lo sabía de cierto. Esta parte de la historia no tuvo responso. Ni siquiera el brujo Pedraza pudo desentrañar las preguntas que finalmente quedaron en los mohines de  las huajterías. 

       Cuando escamparon las malas noticias, cuando  los aparecidos y sus máquinas se fueron cubriendo de olvido, y se perdieron las góndolas de la guerra; una mañana que amaneció más temprano en el pueblo, vieron bajar a un hombre desde Huayrapata dando saltitos de conejo. No parecía un gigante embuchador, era más bien pequeño y de ágil andar, mejor dicho, de ágil saltar. Fue así, que los pocos borrachos sindicalistas que habían quedado sobrios para presenciar el instante en que se dijera alguna verdad, por más incipiente que sea, de las góndolas y los aparecidos, descubrieron la llegada de Shinzo Hamada Abe al pueblo.

      Surgieron entonces mil, diez mil especulaciones, muchas más que los habitantes de Chiripampa: Que no era ni piloto ni conejo, que era un escapista de la guerra nada más, que ni siquiera tenía pinta de phishtako y que era apenas un japonesito amigo de la pezca…

         En una cosa  sí estaban de acuerdo los fabuladores:   ni Platón ni Aristóteles, ni ningún sabio chino, podían derrotar en juegos de interrogatorio al discutidor Shinzo. Decian que no había que meterse con él, que el japonés conocía hasta el sacio de grandes combates, contaban también que su país no había perdido una guerra en tres mil años.

Entre las cortinas y rendijas de Chiripampa se  comenzaron a filtrar cazas y portaviones. Las chicherías y abrevaderos, rumoraban las amistades de Shinzo Hamada con un tal Chuichi Naguno, ¡campeón de todos los jaques y guerras navales!. Alguno que otro leído, informaba cada tarde (que allá es noche) de los aliados amigos y los desplazados de la Segunda Guerra Mundial. Dolientes voces, se quejaban  de las bombas de Harry Trhuman que diluviaron ceniza envenenada y dejaron doscientos cincuenta mil muertos a su paso. Se comentaba de expulsiones y  de criminales de guerra, y hasta circulaban rumores que los japoneses habían adelantado a Shinzo Hamada, para una conquista de tierras y almas en el Perú. Esto último, provocó que muchos chiripampeños enfermaran de curiosidad. Así lo vió en mesada el curandero mayor Ezequiel Pedraza.

Shinzo “Ajito” creía ser gran pescador japonés más que pensador y peleón con suerte, como decían los demás. Recién llegado y con esas condiciones primitivas (que repetían las comidillas), llenó de peces la cabeza de la “Miskicha” Felipa Bustos. A continuación, llenó de caricias las honduras de su alma, sujetó sus trenzas a dentelladas y con la intensidad infinita de los gorriones cabalgó a la pasión que protegían sus enaguas.

Los antojos llegaron hasta  los púlpitos, decían que la Felipa sudaba gotitas de miel y suspiraba huarapo de clavelinas en los menesteres del amor. Las confesiones revelaron mucho dolor entre los feligreses y sus almas que habían sido ganadas por las añakas de “Miskicha” Bustos, por lo cual, ante la incapacidad temporal del Primado, los quimichus y chirimías organizaron novenas para  exorcizar al pueblo entero y honrar el noveno mandamiento. Sin embargo cada tarde, el dolor irrumpía punzante en los corazones de los despechados candidatos, cuya primera fila estaba reservada para los principales de la provincia, incluido el indispuesto santo cura Cipriano José María “La-ninta yaparukusqa” de la Serna Ayala.

Un día de esos del año cincuenta, que solo queda en las viejas memorias del escribidor de cartas y afines Aedo Escribano Común, amaneció la primera proclama publicitaria en el pueblo. El pizarrín  de colores  no hacía mucho alarde, Shinzo Hamada anunciaba con cierta humildad oriental: “PENSIÓN AJITO”. Pero, las malas lenguas comentaban que la pensión y el aviso, habían sido instalados  en ese lugar, para joder al ciego Inocencio “Inola” Mires, que no tendría la oportunidad de gozar del moderno juego de luces ni de importunar ojeando los amores del chino y su mujer, la “Miskicha” Felipa, huanupatina famosa que había llegado a Chiripampa, deseada y perseguida por el Estanco de la Sal y los hacendados de Abancay.

Nunca se habían alegrado más los chiripampeños como cuando abrieron la pensión del chino y doña Felipa Bustos. Las alegrías no derivaron en fiesta ni siquiera cuando llegó el primer avión al pampón de Huancabamba. No era para menos, por vez primera  en doscientos años de hambre, los paladares inauguraron sus antojos, las bocas se llenaron de gustitos y de huevos fritos y hasta de bisteks; pero también se embucharon chismes y  comidillas. Salivaron las bembas y sudaron frío las frentes, por culpa de un advenedizo oriental, propietario apenas de un miserable anzuelo, pero que acariciaba hasta el sacio el salero y las bondades de la ¡Doña! Felipa Bustos. Los picadillos comentaban de las gracias y los miskis de la Felipa, que, según los más antojados, se escabullían como la más pura miel de chancaca y manzanilla entre sus ropas de mestiza. La envidia soplaba muy fuerte, se desgañitaba entre coca y cañazo, entre gustazo y rabia. Los rumores iniciales de los triunfos de Shinzo Hamada, se transformaron hora tras hora en escupitajos de lava ardiente, por la “faena  maldita” de la Segunda Guerra Mundial que llegó a Chiripampa con el peleador japonés.

El japonesito Hamada Abe salía de pesca todas las madrugadas al río Chicha, de su suerte en el día dependían las  hambres y el amor de los parroquianos a la pensión. Ya para entonces “Ajito” era el mejor pretexto para ver las trenzas de la “Miskicha” o mejor dicho, el terminal de las trenzas.

El pueblo había soportado que un japonés, con un anzuelo como única arma, se apoderara de la trenza más preciada de la comarca, pero la historia de un pacto brujo firmado en Oronccoy (mal de gusano), llenó a más no poder la ira de los celos en Chiripampa. Muchas lenguas que se alargaban por kilómetros, bullaron su llanto por un acuerdo secreto oficiado entre el peleón japonés y el “Diablo Negro” Amancio Serna. Se aducía que a través del pacto,  el “Diablo Negro”, gozaba de una pensión especial en el restaurante de “Ajito”: Maldijeron las ensangrentadas lenguas, que mientras Hamada Abe conseguía el pan nuestro para el desayuno de los comensales, Amancio Serna tomaba delicioso chupe inca, que según las crónicas, habría sido el alimento ofrecido al emperador después de un ayuno total, incluido el sexual.

Don Florentino “Floro” Salas, asiduo comensal y secreto amante de la “Miskicha”, acostumbraba madrugar para pescar, aunque no tenía la suerte del japonés. Aquella mañana tampoco fue la excepción; decidió entonces recoger los anzuelos y la canasta, total, era un día de mala suerte nada más, y sus penas no tendrían jamás, la dimención del dolor que sentiría Shinzo Hamada cuando se enterara de los chismes que rodaban por los cerros de Chiripampa. Florentino pensaba con ternura  en el japonesito y en “cómo puere pue” Segunda Guerra Mundial. Tenía los sentimientos mezclados, porque su resignación dibujaba alguna mueca de gracia por la salud estomacal servida por Shinzo Hamada y “Ajito”; aún en ese intante lo invadían los olores y las indulgencias del desayuno que llegó con el japonés al pueblo de Chiripampa. 

Pese a su condición de perdedor, Florentino   también disfrutaba de la competencia con Shinzo en la pesca. Con esos mismos pensamientos fue pillado por el japonés en plena retirada.

-¡Jahoo!..Buinu días. Buinu días. ¿Cuantu costali piscau Dun Floro. Ta glandi piscau tlrucha, ta buinu tlrucha? -preguntó “Ajito”.

-¡Naada carajo!, están esperando algún cojudo, -respondió Florentino, con doble intensión.

El japonés pescó de inmediato el malévolo comentario.

-¡Jahoo!.. Cómo puere pue Dun Floro, -maistru Miyamoto dicindo: pinsa ligira subri tú mismo y pinsa prufundu subre il mundo. -Por qué morestau, por qué rice cujuru.

-¡Carajo!, y todavía me vienes con tus cuentos chinos o, bueno japoneses, igual es. Eres o te haces el cojudo. Mientras vienes a robar mis truchas, tu mujer se convive con el negro Amancio Serna.

Mientras estás pescando mis truchas aquí, en tu pensión están ¡conchando!, están haciendo ¡chupe inca! El “Diablo Negro” está haciendo literalmente de las suyas con tu mujer, eres un cornudo japonés.

-¡Cornudo!, mientras tú me vienes con  historias de maestros esgrimistas, a tu hijo hasta de nombre le han cambiado ¡carajo!; apellidos de capilla y partido político le han puesto, los borrachos de mierda le llaman: Cipriano Kenya Shinzo Hamada Santa María Bustos de la Serna Acción Revolucionaria ¡¡El Pueblo Lo Hizo!!, -masculló  Florentino Salas muy airado.

-¡Jahoo!… ¡Ah…, ooojj!, ¿y por eso rici cujuru, curnudu? No molesta Florentino Salas.  ¿Acaso mujer teirmina?, mujer no teirmina. Mujer nunca teirmina.

-¿Quién cujuru, Shinzo Hamada cujuro u Sarna  cujuru?. Amancio Sarna cumpra carni, cumpra huivo, quiso, papa, gallina tudo cumpra… y Shinzo Hamada cucina y Shinzo cume; ¿quién cujuru Amancio Sarna cujuru u Shinzo Hamada Abe cujuro?.

~¡Jaho¡. Pur gustu llura “Floro” Salas. ¿Si tú, casa haciendo, dunde vayas visitando?, ¡eil vida nunca teirmina! ~Sentenció Shinzo Hamada, antes de hacerse el harakiri con un amén oriental.

 

 

La vida no vale nada 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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