Mundialización y los retos del interculturalismo. Jean-Jacques Decoster

“Solo así podemos convivir en un mundo único, reflejado en el prisma de una multiplicidad de naturalezas” Gracias Jean Jaques  por esta reflexion  actual de duracion tectonica.

 

” Mundialización y los retos del interculturalismo”

Jean-Jacques Decoster, Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco

(presentado en el cuadro de La Noche de Ideas de la Alianza Francesa: “Un Mundo Común” Cusco, 26 de enero del 2017)

 

Quiero empezar esta reflexión sobre el tema de la reunión –un mundo común– por posicionarme en oposición a lo que generalmente se acuerda a considerar como una evidencia

Propongo que el planeta NO esta en peligro. Pero sí lo es la humanidad.

 

Existen varios escenarios posibles de una destrucción de la raza humana en un futuro todavía muy lejano –pero cortísimo a la escala sideral– escenarios de ciencia ficción tipo Mad Max, Yo soy leyenda, Planetas de los monos, que sí permiten pensar en un mundo post humano, consecuencia de la auto destrucción de la humanidad por descuido, o por estupidez.

 

Pero vuelvo a resaltar que la desaparición de la humanidad constituirá para el planeta un suceso relativamente menor; no seria la primera vez que desaparece una especie.

 

Los dinosaurios ocuparon el planeta mucho más tiempo que los humanos y desaparecieron casi de un día para el otro hace unos 60 millones de años. Se estima que 8,700 especies desaparecen cada año o sea 24 por día.

 

La humanidad entonces puede llegar a ser una de las muchas especies que llegaron a ocupar un espacio en nuestro planeta y que dejaron de existir después de un rato.

 

Para ver la importancia relativa de la presencia de la humanidad en nuestro planeta se ha sugerido pensar en la duración de la tierra 4.5 mil millones de años plasmado en un reloj de 24 horas. En la cara del reloj las transformaciones geofísicas del planeta ocupan la mayor parte del día. Las primeras bacterias aparecen a las 9 de la mañana, las primeras plantas, a las 6:40 de la tarde. El primer pez a las 9:20 de la noche. El primer dinosaurio a las 10:47 de la noche. El primer mamífero a las 10:56, mientras los dinosaurios desaparecen a las 11:41 y el Homo Sapiens Sapiens nace a las 11:59’56” hace apenas 4 segundos.

 

En este corto tiempo nos hemos vuelto móvil, nos hemos vuelto nómades, nos hemos vuelto migrantes. Hasta hace apenas 100, 000 años vivíamos todavía en el cuerno de África, en la punta oriental del continente cerca a la península Arábica.

Hubo entonces una sucesión de olas expansionistas, hacia Europa, Asia y de allá hacia las Américas. Esas olas se multiplican a lo largo de la historia, a través Asia y Europa, y eventualmente de Europa hacia el Nuevo Mundo.

 

En su progresión geográfica, los grupos conquistadores (quienes ellos mismos de paso estaban en busca de una identidad y de una definición propia), agarraban de las diferencias morfológicas, reales o inventadas de los nativos “salvajes” para evidenciar su superioridad y justificar la exterminación y la esclavitud. Presentaban su dios como el Dios único verdadero, (a veces tan perfecto que no se podía ni dibujar) y de paso todos los que no le reconocían, se les podía dominar. O justificaban la explotación, la esclavitud y la exterminación por caracterizas derivadas de las diferencias biológicas –genero, morfología– bases del racismo de la xenofobia y del machismo. (ver en este sentido la discusión de Gramsci sobre arbritrarialidad de las categorías, hacia la no arbitrarialidad)

 

En la región Andina de Suramérica, luego de una época de conquista y colonización, y para poder explotar directamente los recursos naturales, la globalización pasó a tomar otra forma bajo el mito de la economía de mercado y la idea del progreso económico inagotable (ver en este sentido el trabajo de la ecóloga-economista feminista Yayo Herrero). Es a propósito este mito de crecimiento inevitable y bueno, que esta operando la destrucción de nuestro entorno, mencionado arriba. Este mito del desarrollo, más que una ficción es un engaño basado en un artificio aceptado tanto por los perpetradores como por las victimas.

Si consideramos los limites de los recursos del planeta, para que todos disfrutemos del nivel de consumo de los europeos, no necesitamos un planeta, agotable o medio-agotado como es el que tenemos, si no tres. Si consideramos para los 7 mil millones de humanos el nivel de consumo de los EEUU, necesitamos 5 planetas. El nivel de consumo del habitante de Arabia Saudita, 12 planetas. Es decir que la idea del desarrollo que siempre se ha presentado como una forma de nivelación hacia arriba para todos los seres humanos es físicamente imposible con los recursos disponibles y las formas de consumo que tenemos. Sin embargo de eso, nos hemos agarrado de esa ilusión como algo que no solamente anhelamos pero además que vemos como una meta deseable y alcanzable. Más aún, se considera que si hoy mismo paramos esta locura suicida, no solamente el calentamiento global no va a dar marcha atrás, si no que además –incluso si nos pasamos hoy a las energías renovables–, que nos pongamos de acuerdo para dejar de destruir la humanidad, es muy probable que las energías renovables no bastaran para sostenernos.

 

Hay un detalle relativamente reciente: desde el inicio de este siglo XXI, la humanidad se ha vuelto urbana. Más de la mitad de la población de la tierra vivemos en ciudades, y esta proporción pasara a 70 % dentro de una generación. Con la mitad de los 7 000 000 000 de humanos que somos, viviendo en ciudades que sean de medio millón como es Cusco o de 9 millones como es Lima, hay que dejar muy claro que en esas zonas urbanas, no se produce nada que contribuye a la vida. Es decir que la otra mitad del mundo tiene que producir los alimentos necesarios para la población urbana. Más grave todavía, se tiene que transportar esa producción del campo a la ciudad y ese transporte se hace, de forma habitual, usando recursos no renovables, lo que otra vez nos conduce al mismo círculo de dependencia y de destrucción.

Si bien somos una especie relativamente insignificante a nivel de la historia del planeta, somos sin embargo la especie que más a transformado su entorno. A pesar de la irresolución aparente de algunos políticos, esta bien comprobado que estamos viviendo un cambio climático global. Pero que además de ser testigos, también es innegable que somos nosotros los actores, los responsables de ese daño irreversible a nuestra fuente de vida que es la naturaleza.

 

Más que los propios dinosaurios, más que las hormigas o las cucarachas, hemos impactado nuestro mundo. No solamente se puede ver a la muralla de China desde el espacio, si no también hemos destruido –o estamos en proceso de destruir –la misma naturaleza que nos permite respirar, alimentarnos y vivir.

 

Desde el inicio, el hombre a transformado su entorno. A través de la caza, la domesticación, la actividad agraria, … El antropólogo francés Philippe Descola habla del Antropoceno para definir el periodo marcado por el impacto de los humanos sobre su entorno. Generalmente se fecha esa época a partir de la revolución industrial. Pero otros científicos incluso proponen fechas más tempranas, de cambios de niveles de CO2 en las capas de hielo que corresponden al descenso demográfico, (– y una baja en la extensión de la explotación agrícola) como consecuencia de la invasión del nuevo mundo, que además concuerda con el inicio de la dominación cultural occidental, europea, cristiana que llegará a controlar el mundo por los próximos quinientos años, hasta el presente.

 

Estamos también frente a una mundialización de la información. Hemos llegado a un momento clave o quizás a una crisis de la información. Todos usamos redes sociales. Pero estamos recién descubriendo que las redes sociales son canales de información –más no de conocimiento, menos todavía de sabiduría– pero de información sesgada, hasta engañadora. Nos hemos aterrorizados en los últimos meses con la realización que estamos en un mundo que algunos llaman de manera metafórica la época “post verdad”. Sin entrar en teorías de conspiración, el mero hecho que nuestro espacio virtual, nuestro mundo en el ciberespacio esta constituido de “amigos” que mal que bien comparten la mismas ideas e ideologías que las nuestras –por eso son nuestros “amigos”– provoca una especie de retroalimentación de la información donde se comparten noticias, videos etc., y nos consolidamos en nuestra manera de pensar, en una suerte de mundo virtual coherente.

 

De tal manera que cuando estamos confrontados con un debate como por ejemplo ahora están circulando en internet opiniones muy contrarias sobre libertad de pensar, derechos civiles, y ideología de género, si nos encontramos con una expresión en este debate muy distinta de la nuestra, nos asombramos que alguien pueda tener una posición radicalmente distinta de nuestra “verdad” y lo eliminamos de nuestros “amigos” , así consolidando este universo hermético de discusión cerrada y de información soslayada.

 

Nuestra realidad esta camino a un mundo común. No creo que sea necesario ni constructivo lamentar ese hecho. Quizás de hecho se trata del último paso de expansión –desde la África de Lucy hasta Siberia y el altiplano, hasta Antartida– que hemos celebrado más arriba. Todas las invasiones que el mundo ha conocido, desde la propagación de nuestros ancestros africanos, hasta las invasiones bárbaras, Ghengis Khan, los hunos y los mongoles, el retorno a Africa en forma de colonización, las guerras del 19 y del 20, las migraciones económicas o los actos de terror de los últimos tiempos, pueden inscribirse en esta marcha.

 

Con todo lo negativo que puede tener el fenómeno de la mundialización, parece ser el destino colectivo nuestro como especie humana, además de ser en forma contradictoria, la única forma de lograr la paz y la continuación de la humanidad.

 

Y la interculturalidad en todo eso? Los procesos descritos arriba de movimientos de población, de imposición de cultura, de ingreso a mercados productivos, han dejado socavas históricas: racismo, intolerancia religiosa, xenofobia, profundas cicatrices culturales de odio, menosprecio, repulsión, o tal como lo estamos viviendo ahora en los Estados Unidos (esta en marcha la construcción del muro de Trump) y Europa (donde el rechazo a la migración esta en proceso de re-escribir la historia política de esa región). Todo a raíz de una preocupación para el bienestar económico, que se traduce, a veces como una preocupación para salvaguardar su cultura, y el temor al otro.

 

Los conflictos, la intolerancia, las transformaciones políticas y sociales que estamos viviendo, fácilmente pueden encontrar sus orígenes en algunos de los hechos históricos que hemos mencionado antes: cruzadas, conquistas, esclavitud, revolución industrial, división del medio oriente después de la segunda guerra mundial, afán de George W. Bush de vengar a su padre mientras exportar la democracia americana — y de paso, importar petróleo, pusilanimidad de Obama frente a comprometer su ejercito a resolver el conflicto en Siria, todo eso puede explicar Brexit, las Casa Blanca de Bannon y la subida de la extrema derecha en Europa.

 

A medida que se achican las distancias, la realidad de los otras culturas se hacen más presentes. Hacen 100 años, en Europa y en EEUU, se hacían exposiciones universales donde se solían traer aldeas enteras de grupos de africanos o de otras partes, que se reconstruyan dentro de la feria como una suerte de zoológico humano. En esa época, los antropólogos llenaban salas de conferencias disertando sobre pueblos lejanos. Ahora este afán exótico ha sido desplazado por la posibilidad de viajar a los sitios mas alejados del planeta, haciendo del antropólogo, en su rol de explorador y conferencista, algo obsoleto. Al mismo tiempo el exotismo llegaba a casa: las olas de migración económica y política desde el siglo 19 por adelante y hasta la actualidad hacen del metro de Paris o de Nueva York microcosmos representativos del planeta.

 

La interculturalidad, como convivencia positiva, al mismo tiempo que nos devela nuestras diferencias, también revela nuestra humanidad común. Pero no es suficiente juntar a grupos de diferentes culturas, llamarlo interculturalidad y aguardar que nos llevemos bien entre todos. En las últimas décadas filósofos como Ulrich Beck, (quien habla de cosmopolitanismo en el sentido de una realidad donde todos somos ciudadanos del mundo), Bruno Latour, quien siguiendo Isabelle Stengers usa más bien el término de cosmopolíticas para describir una confrontación de realidades distintas. Mientras más interesante quizás es la visón ontológica del antropólogo brasilero Eduardo Viveiros de Castro quien propone la idea del multinaturalismo en oposición al etnocentrismo. El argumento de Castro es que no se trata de puntos de vista distintos, por los cuales individuos (o culturas) distintas verían la misma realidad de manera diferente. Todo al contrario dice Castro. Cada individuo se ve a si mismo exactamente de la mismo manera — como ser humano. Pero lo que difiere es la realidad que uno ve.

De hecho, sigue Castro, cuando los indios de la Amazonia dicen, por ejemplo, que los jaguares perciben a la sangre humana como masato, o los tapires ven el barro donde se acuestan como hamacas, la idea implícita es que todos los seres humanos, así como los no humanos, suelen beber masato, o se acuestan en hamacas — la cultura entonces es universal y transespecies. Al contrario, la realidad que se percibe a través esas categorías cambia radicalmente cuando se pasa de una especie a otra: nuestra sangre es el masato del jaguar, el barro, la hamaca del tapir. . . Si bien la cultura es universal e invariable, la naturaleza, más bien es particular a cada tipo de entidad perceptiva. Así que, si nuestra cosmología moderna propone la singularidad de la naturaleza y la multiplicidad de las culturas – un “mononaturalismo” frente a un “multiculturalismo” – el perspectivismo amazónico reclama al contrario un monoculturalismo y un multinaturalismo.

 

Tal como hemos resaltado, arriba, el afán perjudicial de civilizar (educar, cristianizar …) por parte de los conquistadores y colonizadores, asimismo cabe resaltar el agenda dañoso del desarrollismo neoliberal, bajo el espejismo de una nivelación económica. Tenemos que considerar la posibilidad que la misma promoción de la interculturalidad parta de la misma propuesta de reducción de los prespectivismos plurales a un mundo único –pero multicultural– producto de una misma visión hegemónica.

Para retomar la temática de ese encuentro Un Mundo común, no me cabe duda: somos un mundo. Siempre lo hemos sido. La pregunta debe ser ¿que mundo somos/queremos ser?

Ahora nuestro mundo es más grande que nunca, con una población que ocupa todos los rincones de la tierra , y al mismo tiempo donde la comunicación achica las distancias. Los movimientos migratorios actuales que vemos en Europa o entre Centro- y Noramérica, son quizás nada más que la culminación de la expansión de la humanidad que empezó unos 100 mil años atrás en Africa. Al volver a encontrarnos después de tanto tiempo, en vez de desear una sincretización, una estandarización de estos recorridos múltiples, ¿no deberíamos más bien valorar la suma de esas experiencias, las historias, los idiomas, las diferentes maneras de creer, las formas de hacer ciencia, los idiomas, todo lo que nos diferencia al mismo tiempo que nos hace humano. Solo así podemos convivir en un mundo único, reflejado en el prisma de una multiplicidad de naturalezas.

 

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