EL RETORNO DE JOSÉ MARÌA. Niel Agripino Palomino

Continuando con la voz colectiva inaugurada por el maestro, Niel Agripino Palomino nos cuenta la historia de mama Justina, que hacia poco estuvo en el Wanupata kaminakuy. Chaytaqa Don Maximo Damianwan kompanana

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EL RETORNO DE JOSÉ MARÌA

 

Pese a estar totalmente vieja, ciega y enferma, Justina realizó lo que jamás había pensado antes: irse a Lima. Y no precisamente porque algún hijo considerado la hizo llamar para que pasara sus últimos años allá; sino, porque antes de morir quería reencontrarse con un hombre, a quien ella en sus años mozos le había desairado como enamorado.

—Él mismo en mis sueños me pide que vaya. Seguro quiere verme. Tal vez, ahora más que nunca está sufriendo—. Me dijo en quechua.

—No puede llamarte un hombre a quien despreciaste, mamá Justina— increpé a la vieja. Pero, ella:

— ¡Que sí! — con una seguridad de roca andina.

Le pregunté entonces que si alguna vez sintió algún afecto por él y si ahora lo quería. Justina se quedó muda un rato y tosió. Su rostro arrugado adoptó una actitud reflexiva y por fin me confesó:

—Claro que lo quería y lo quiero mucho, pero una fuerza extraña y poderosa aquella vez me forzó a decirle no. Y ahora, esa misma fuerza me empuja a ir por él. Vámonos, Chawaco, hijo mío. Él me llama y me dice que solo yo puedo terminar con sus tormentos y agonías. Vamos, acompáñame a Lima, por favor.

Por eso seguí a Justina o mejor dicho la guie como un pago por todo lo que hizo por mí. Pues, justo cuando la orfandad me cubría con su manto de desamparo, ella me extendió la luz del auxilio. Mis padres habían finado dejándome como a retama menuda que en pleno alud, se aferra con su única raíz a la tierra movediza. Seguro al verme así, huérfano de huérfanos, doblemente pobre como ella, Justina, quien no conoció a varón alguno desde que el hacendado la forzó en la toma de agua, me crio con la más extraña ternura, que solo una mujer ultrajada y negada para tener hijos puede sentir.

Todo iba de lo más normal durante ese tiempo, hasta que últimamente la anciana empezó a percibir en sueños aquellos llamados raros que desde Lima le hacía ese hombre. Motivada por ello, mamá Justina se volvió evocadora. Recordaba constantemente su infancia y adolescencia. Eran años cuando tenía vista, hermosura y una voz de torcaza; por eso, no solo fue la mujer deseada por los indios, sino también por los mismos mistis y, en especial, por ese niño misti con alma de indio que se enamoró perdidamente de ella. En las noches antes de dormir, Justina solía contarme, que ese niño aun siendo misti, hablaba nuestro dulcísimo runasimi, cantaba nuestras canciones y bailaba nuestras danzas como si fuera un indio más. De la misma forma, presenció el odioso maltrato que los indios sufríamos por parte de los mistis y él mismo soportó en carne propia dichos agravios. Me dijo también que ese niño, obligado por su padre se había ido de Viseca. Prometiéndoles a los indios no morir, si primero no contaba al mundo las tradiciones, creencias y sufrimientos y alegrías de los indios.

—Escribiré hasta del amor que te tuve Justinita sunqusuwa[1]. Y volveré—. Le había dicho a mi abuela.

Pero ese niño misti con alma de indio no volvió, ni mamá Justina tuvo más noticias de él. Hasta que el viejo charanguero Julio, oyendo hablar a mi abuela de sus sueños, una noche nos contó que aquel niño estaba en Lima hecho un respetado profesional. Al escuchar eso, Justina empezó a llenarse de caprichos para ir al encuentro con él. Por eso, fuimos hasta Lima en el Expreso Puquio Pérez Albela con el dinero que el viejo Julio nos prestó, aun sabiendo que por ser tan pobres, nunca le pagaríamos. A la salida de Viseca, los únicos seres que nos despidieron fueron unos tukus o búhos con su ulular malagüero y los zorrinos con su olor a muerte cercana de algún familiar. Una sensación más fría que la nieve del Karwarasu[2] se apoderó de nuestras almas. Aun así, continuamos el viaje.

Cuando ya llegamos a Lima, en el paradero o agencia que dicen, entre mucha gente que bajaba del carro, distinguí a un joven que vino de Puquio con nosotros. Este se acercó a un puesto de periódicos y se puso a leer. Después de un rato de consternación, empezó a llorar inconteniblemente cubriéndose el rostro con las manos. Al verlo así, me aproximé y le consulté el motivo de su llanto. A lo que él, lloroso y con palabras entrecortadas, me dijo que los periódicos informaban que había muerto su maestro José María Arguedas. Al escucharlo, no dudé que se trataba de ese misti, pues, tanto me había repetido mamá Justina esos nombres y ese apellido.

Asombrado y dolido me alejé del estudiante puquiano y fui al lado de mamá Justina. Ella estaba sentada en una banca de cemento, seguro sin presagiar lo sucedido. No sabía cómo decirle y esperé un buen tiempo, hasta que ella me apuró que fuéramos en busca del hombre. Entonces, temeroso de su reacción le dije en quechua:

—Mamallay, dicen que ese hombre por quien venimos acaba de morirse.

—Por eso me llamó entonces, ahora ya lo comprendo. Habemos pues personas que antes de morir, agonizamos mucho tiempo en espera de nuestro ser más querido y recién cuando sentimos su presencia nos morimos— dijo mamá Justina también en quechua. Yo esperaba otra reacción: un grito de dolor incontenible, un desmayo tal vez, pero no, extrañamente no ocurrió lo que temía.

Estábamos más solos que el cóndor del Parque de las Leyendas de Lima. Como esa ave habíamos dejado nuestra quebrada adorada y nos veíamos en ese candente arenal, sin un árbol donde colgar nuestras penas.

De pronto, mamá Justina me sorprendió:

—Al panteón, ruégale a alguien wawallay para que nos lleve al cementerio.

—No puedo le dije, ¿a quién no más pedirle eso?

—Suplícale, date mañas, Chawaco. Es importante que vayamos allá, porque tengo llevármela como sea. José María tiene que volver pronto a su tierra natal—, me dijo con una convicción absoluta.

El estudiante puquiano permanecía aún allí. A él me acerqué y le pedí que nos llevara al cementerio. En cuanto llegamos, comprobamos que había mucha gente. Entre esa muchedumbre, al medio, cubierto su cajón por bandera nuestra y de otros países, era cargado aquel que en vida fue José María Arguedas. En ese mar de gente, estuve con mi abuela y vi cómo fue su entierro. Profesores, estudiantes, periodistas y personas humildes de todas las sangres, se aseguraban un lugar para llorar. Y lo hacían con tanta dolencia como si estuvieran en el entierro del familiar más querido.

En esos instantes, impiándose las lágrimas con las manos, el estudiante puquiano tomó una lata de pintura y en el nicho de Arguedas escribió: “Kaypiraqmi Kachkani” (Aquí estoy todavía). Algunos mistis enternados tomaron palabra y hablaron también. Un indio como nosotros se abrió un espacio entre el multitud y habló. Fue un discurso en castellano salpicado de frases quechuas, pero muy doloroso y entrecortado. Al final de su intervención tocó en su violín el Yawar mayu, una melodía tan triste que multiplicó más nuestras lágrimas. En ese instante alcé la mirada con dirección a la Sierra. El cielo andino estaba negro y lloviendo como si estuviéramos en febrero. Y la negrura del cielo serrano, enlutó también el cielo costeño, luego al de todo el Perú.

Pasadas las horas, todos abandonaron aquel cementerio llamado El Ángel. Pensé que nosotros también haríamos lo mismo, pero mamá Justina me contuvo con fuerza y me llevó a ocultarnos en un lugar del camposanto. Cuando por fin todos abandonaron aquel lugar, salimos del escondite y fuimos hasta aquella tumba. Ya allí y a esa hora, mamá Justina empezó a llorar recién. Sus sollozos dolorosos me cortan las últimas fibras de mi alma y me arrancaron las lágrimas más gruesas. Cerré mis ojos llorosos y los froté con mis dos manos. Cuando los volví a abrir. Justina ya no estaba a mi lado. Extendí mi mirada por todo el cementerio y ni sombra de ella. Entonces la llamé y no escuché respuesta alguna. Ahí nomás, como el mal viento de las punas, el miedo entró a mi cuerpo hasta enfriarme. Aun así, la volví a llamar por su nombre fuerte, muy fuerte con las pocas fuerzas que me quedaban y solo escuché el silencio misterioso.

Mis piernas temblaban y mi cuerpo ya se iba al suelo. Fue entonces que una pariguana adulta y de gran tamaño apareció justo donde antes había estado Justina. La miré asombrado y cuando aún no salía del desconcierto, vi lo que jamás voy a olvidar. La tumba de Arguedas empezó a temblar, y de ahí mismo, salió un hermoso zorro. Se sacudió de la arena, estiró su cuerpo con fuerza, echó un aullido sonoro al cielo y con pasos firmes se trepó a la pariaguana. Esta se elevó inmediatamente con dirección a Andahuaylas. Y ahora están allí. Ella agitando sus alas sobre la laguna Pacucha, y él, caminando por sus orillas en eterna hermandad entre el cielo y la tierra.

 

[1] Que roba corazones.

[2] Karwarasu. Majestuoso nevado ubicado en Puquio.

 

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