Historias de trenes. Fredy Roncalla

Estoy seguro que vi un trencito en el escaparate de una tienda cerca de la plaza de armas. Pero mi madre, ha repetido una y mil veces que ese dia me antojé  de un tranvía con pasajeros y todo.

Y como no me podía  comprar el tranvía, agarré un berrinche de padre y señor mío.  Mami Tere me llevó a la casa de la tía Julia, en la Avenida Grau, donde el tío Carlos le ayudó a calmarme con su santa paciencia.

He estado pensando en trenes desde hace unas semanas por culpa de un inclemente trencito de sonidos que no he logrado escuchar en ninguna parte.

Hiaspataqmi los sueños   dicen punkuykita kichaykuway. Y hay trenes de todo tipo, como serpentina. Pero en este carnaval revientan los huaycos como globos en la cara sucia  de la ciudad.

Lejanos los campamentos de Cocachacra, donde uno podía armar una carpa al anochecer, escuchar Mira Agripina en un restaurant de camioneros, y al día siguiente ir a robar manzanas en las fértiles y áridas laderas camino a Huarochirí.

Ciertas noches esas laderas son cerros negros llenos de trenes subterráneos que vienen con cargas inmensas desde lejanas minas. Apenas paran y parten a otras zonas de oscuridad. Hay gente que viaja, a veces caminando por los durmientes, cuidando de no perderse. De pronto encajan  con el subte de Manhattan, pero llegar es una complicadera del diablo.

Uno tiene que manejar desde el Upper West Side hasta los mid easts y meterse en el primer carro del subte que va al Lower East Side, salir en la  14 e ir caminando  para ver si al lado del antiguo Tower Records aun esta la tienda  de Ramón, el maestro de  platería.

Otras veces  el carro se va a todo cuete por  BQE y termina en un portaaviones o entre varios edificios recontra modernos conectados por  puentes  de cien pisos  aun no terminados de construir, será porque  se inician en los bypasses sin sentido  tras palacio de gobierno y encima de Polvos Azules, cuyos sótanos imaginarios se conectan con Casa Grande, el laberinto de ferreterías que empezaba en  Chacra Rios y una cuidad ignota a la que suelo volver a encontrarme con viejas historias.

Freaking trains, make up your mind.

Mas ordenados los trenes de Marithelma.  Ahí uno se mete en una estación de Roma para aparecer en Paris, o Manhattan  o Madrid, y sigue  viajando  hasta después que ese bello cuento se ha terminado.

Dentro de los  sueños nunca se sabe que vagón no tomar para  no darse cara a cara con el tren macho, mucho, demasiado, de pesadilla, de la realidad, ciudad infernal, trafico de mierda, caos pasando por los durmientes cotidianos como si nada.

Lima.

Donde llegan todas las carretas sin rumbo, sin paisaje que no sea tajado por un cerco, sin mar que no sea apenas una sobra de horizonte y sin cielo que no sea ajeno.

Ahí donde lo que debería ser una línea de tren es un bus metropolitano. Flaca lombriz paralela al trencito eléctrico. Dos décadas y mas de estafa para unos  juguetes obra Olbretech.

Tres vagoncitos van ida y vuelta de desierto a desierto.  Y uns coaster cualquiera lleva más sardinas que un ómnibus del Sanjon.

Que ganas de ser pichinkucha, killincho, seqollo. Wamancha que abre sus alas siguendo el hilo sonoro de Dona Ercila Bustillos.

Viaje a hanan, pasaje de ida y vuelta sin peaje alguno.

Pero en la coche callada de  Nyack  pasa un enorme tren con un ruido de la granputa. Sus ecos  llevan a los laberinto ferroviarios en Kearny, al Pasquack line de Nanuet a Hoboken, y de ahí al Subway de New York, que ya ha sido cantado por muchos poetas.

Mejor no le hubiese pedido  tren ni tranvía  a mami Tere.

 

 

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