Papa tras la niebla. Julio Chalco

Desde la distancia, que suele remitirnos a momentos pristinos y fundantes de la infancia, Julio Chalco comparte un recuerdo de su padre en un viaje de retorno de Huyro a Sicuani, aludiando a la seguridad de su presencia en los primeros pasos de la vida y en la lejana Oviedo. Toca asi un motivo muy presente entre los ninos/ viejos andinos: la presencia y ausencia del padre, sus huellas en toda la vida. Algo que Julio tambien a tocado en su recuerdo de Sonia Yasmina. Yaqalla waqachiwanki.
Todavía nada entre mis recuerdos imprescindibles la lejana vez en que llegaste a Huyro y me rescataste de las manos de la bruja buena que era la tía Asunta. Estábamos los tres (ella el abuelo y yo) sentados frente al fogón de leña tomando un café renegrido del cuál sacaba siempre cantidades bíblicas de pequeñas hormigas ahogadas y cocinadas que habían llegado ahí junto al azúcar. Entonces entraste repentinamente por la pequeña puerta que da al patio, arropado como un ukuku qullana y cargado de enormes chutas. La emoción que sentí al verte se contrajo cuando vi la repentina mueca de tristeza de la tía Asunta que tuvo un amago de apoplejía y soltó el jarro desportillado ante semejante impresión.
Confieso que fue una dura despedida. Hablaste, explicaste y negociaste con ellos el resto de esa larga noche, mientras yo dormía acurrucado entre tus brazos viendo cómo los carbones de ese fogón se consumían inevitables como la vida misma.
Recuerdo, como si fuese hace un instante, aquellos pucheros incontenibles y los descomunales cabellos negros sueltos de la tía Asunta que flameaban como la bandera negra de la despedida, mientras nosotros subíamos sobre ese viejo camión cargado de frutas que treparía serpenteante las montañas para llevarnos de vuelta a Sicuani. Tiempo después… solo mucho tiempo después comprendería que nunca más vería a esa tierna anciana que solo quería hacerme feliz.
Luego el flashback de la memoria me pone sobre tus fuertes hombros que me hacen navegar entre una tenue neblina nocturna que corre hacia mí como un río de aguas vaporosas. Mis manos atenazan tu cabeza que mira hacía al frente. Tu voz me pregunta si estoy bien, contesto que sí. En ese trance, noto que hablas con “otros” de cuya presencia solo puedo notar por el coro irregular de sus voces y el sonido de sus pisadas sobre el barro. No tenía miedo. Siempre lo supiste ¿verdad? Sabía que estabas ahí abajo sosteniéndome y alimentando mi seguridad con tu voz y tus hombros de ukumari, incluso a la mañana siguiente cuando desperté y descubrí la serpenteante carretera por donde habíamos caminado… Aún estaba sobre tus mismos hombros.
Es curioso, pero en ocasiones, durante una de mis habituales caminatas, tengo la misma sensación de seguridad, cuando repentinamente me veo envuelto del tenue manto de esa niebla que usualmente se cierne sobre Oviedo o alguno de los parajes asturianos. Estoy como programado para pensar que estás ahí… aquí, a mi lado, cercano, oteando mis pasos, abriendo la neblina para mí. Te imagino decepcionado con mis desaciertos y alegrándote de esos pequeños triunfos que a veces llegan inmerecidamente a esta impredecible neblina que es mi vida. Pero vuelvo a la dura realidad y caigo en la cuenta de que ya no estás y esa duda no me permite caminar solo. Es entonces cuando te extraño ríos, bosques, niebla, voz guía… No lo puedo evitar.
Oviedo, junio de 2017

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