II. Al fondo de ese horizonte: Ithaca

Al fondo de ese horizonte: Ithaca, un pueblo del que Ulises y Cavafi hubiesen salido corriendo al enterarse que su mejor graffiti dice “happiness is seeing Ithaca in the rear view mirror”. Tierra de suicidas y paraíso del amor e infierno de la soledad en donde los inviernos, con nieve hasta el cuello y un frío de poca madre, solían alargarse por catorce o quince meses. Por esos lugares uno hacia el amor hasta perder la sensación del cuerpo arrojado a las piernas de la muchacha, de la rubia, la flaca, la nieta del pirata, la carpintera, la bailarina, la intelectual, la anarquista, la chonqadora, la que quería solo la puntita, la bohemia, la política, la fumona, la bisexual, la espiritual, la melancólica, la conflictiva, la siria y la judía, la desleal y la dedicada, la esotérica y la terrenal, la ya pasadita y la changuita aun, para luego recorrer los bares tratando de llenar una copa sin fondo. Miles de historias salían de un pueblo en que un chorro de medio genios solían empezar su locura paseándose de ida y vuelta por el Ithaca Commons, y al cabo del tiempo reclamaban sus historias por su humor, por su soledad, por su dolor del mundo, por sus sueños utópicos o por la calidad de las drogas que tomaban en un viaje a un tonal elusivo en un pueblo que tal vez fue sagrado. La suya era una manera brillante de vivir al margen, complaciente y dolida, carnal, de amores quebrados e imposibles, testigo de los últimos avances de la ciencia y la teoría, pero frágil al momento del último sorbo. A la una de la mañana la soledad era terrible y adictiva. Arriba quedaba el ingenio de la gran Universidad que para este tiempo ya dejaba atrás la florida contracultura y avanzaba a ser una fábrica de información, una gran chacra cognitiva donde pastaba el ganado cantando alegremente “you have to do what you have to do”. Pero estos preferían hablar de los dinosaurios y del Sandinismo; habían descrito las variables matemáticas de una cascada de agua y vivían entre el ajedrez y la nicotina; llegaron de la india hace un par de décadas y parecían ponderar misterios filosóficos sentados día a día frente el Olivers; mezclaban una gran selección de jazz con los mejores tragos y drogas; desaprecian luego de una noche de jam para volver años mas tarde bailando con los senos desnudos en homenaje a las serpientes y al espíritu del bosque; venían de Australia vía Marruecos y abordaban cada momento como un acto ritual; vivían en un laberinto llamado Motel Booby Sands, tenían una madre esquizofrénica, y le habían servido un cóctel a Molotov; celebraban con una cerveza la salida de una clínica de desintoxicación; eran choros baratos que andaban en mancha con literatos, poetas, pintores y vagos que algún día se tirarían en conjunto a su única novia. Para ellos crecían las espigas de los peñascos y las retamas al borde de los caminos. Para ellos existían los abismos, los remolinos, las turbulencias, los destellos eléctricos, las grandes pachangas, los choques, la confusión, los imanes de la ambigüedad, pero también las aguas calmas e infinitas que sólo se ven ciertas veces y que entienden los que entienden.

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