Sobre la Felicidad. Diego Luzuriaga

Hace unas semanas Roger Santivanez y noqa recalamos en los predios del musico, poeta y mejor amigo Diago Luzuriaga en la afueras de Phili.  Al fin pudimos en tener en las manos la edicion impresa de su primera libro de su libro, Sobre la Felicidad,  escrito con  los ojos abiertos a la infancia, las historias de sus hermano, los suenos temranos,  y la intermitencia entre Loja, Quito, y Nueva York. Este libro ha sido presentado recientemente en Ecuador, en donde tambien suelen sonar las producciones de su obra musical, ya que Duieguito es un  compositor como ninguno. Reproducimos, la nota que Plan V le hiciera sobre la presnetacion de su libro, que  tambien se puede  ver en si enteritud en Isuu: Sobre la felicidad

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Sobre la felicidad
El evocador y, por qué no, provocador, título del libro de relatos y poemas de Diego Luzuriaga Arias titula este artículo. El reconocido músico lojano, compositor, investigador y catedrático, que vive y trabaja en Filadelfia, Estados Unidos, lanzó su primer libro, en el cual se festeja la memoria el recuerdo de la lojanidad que lleva consigo por donde quiera que vaya.
25 de abril del 2017
JUAN CARLOS CALDERÓN

Diego Luzuriaga

Lojano, PhD en Artes Musicales por la Universidad de Columbia, NY. Compositor.  Sus obras han sido interpretadas por sinfónicas de Tokio, Nueva York, Canada, Quito… Es compositor de varias cantatas e invitado permanente al Festival de Música Sacra, de Quito.

A las siete de la noche del viernes 21 de abril, el patio central del Incine está rebozado de abrazos, sonoras palmadas en la espalda, expresiones como: !hombre, que gusto verte, hombre! y otras lojanidades. Se presenta el libro de poemas y relatos de Diego Luzuriaga Arias, publicado por la editorial Club de la pelea. Entre las primeras copas de vino que circulan están los once hermanos (sí, once) y hermanas del compositor, sus sobrinos y sobrinas, sus primos y primas. Están sus entrañables y antiguos amigos, Oscar Chalá, Ataulfo Tobar, Juan Mullo… del Taller de Música, grupo formado en Quito en la década de los 80 que innovó, investigó y rescató los ritmos profundos de las patrias chicas. Un gentío.

Diego está feliz. Ha venido por unas semanas al país de sus ancestros, con su esposa Clara y una de sus hijas, Sara. Ha presentado en la Semana Mayor una nueva versión de su cantata Resurrección en Quito, un conjunto de 19 piezas que es presentado en los mejores escenarios de la ciudad capital desde el 2003.  Ha ido a la costa ecuatoriana y ha regresado justo para tener en sus manos, recién salido del horno de papel, su libro Sobre la felicidad. Vaya nombre, atractivo al menos para quienes buscan un remedio para sus males del alma. Es un título que suena a autoayuda, quien lo niega. Varios se han sentido provocados por el título, para saber, quizá con un oculto sentimiento de vouyer, qué propone este PhD en Música sobre la felicidad. A secas.

La sala de proyección del Incine se queda pequeña para acoger a tanto invitado. Camilo, el histórico director de cine y hermano de Diego —y a la vez director del Incine— presenta el acto en el escenario. Solo dos sillas, una mesa pequeña, un arreglo de hermosas rosas —las bellezas que produce y exporta Gonzalo, otro hermano— la decoran. Y al otro extremo cuatro guitarras que reposan a la espera de que Donald Régnier les de vida y acompañe la hermosa y educada voz de María Tejada.

Camilo arranca con la introducción, a su modo, con desparpajo e irreverencia, y pone condiciones —que nunca serían cumplidas— para continuar la velada sin contratiempos. Presenta al dúo Régnier-Tejada, que empiezan su intervención. Entonces suena un celular y el guitarrista se detiene de pronto. Con rostro serio, mirada fija y con su silenciada guitarra sobre la pierna derecha dice al público: “miren, esto es importante. La música es un proceso que sale del silencio de acá —se topa la cabeza— y va hasta la guitarra y si suena algo en el exterior, como un celular, entonces el proceso se interrumpe”. Es suficiente el regaño con guante blanco y todos apagan los aparatos. Alguien entre el público exclama: “¿sabían que sí hay vida con el celular apagado? Nadie los va a olvidar, nadie los va abandonar, no se van a perder de nada”. Parafrasea a Luis Pescetti.

Son cuatro canciones que envuelven al público. Un público sobrecogido y arrobado que descubre que puede vivir varios minutos sin celular. Y que asiste también al cada vez escaso milagro de escuchar música en vivo.

Son cuatro canciones que envuelven al público. Un público sobrecogido y arrobado que descubre que puede vivir varios minutos sin celular. Y que asiste también al cada vez escaso milagro de escuchar música en vivo. Luego, Diego Luzuriaga y Huilo Ruales se sientan tras la mesa, las flores y dos botellas de agua. Ruales arranca con su texto de cuatro páginas, cuyos primeros párrafos transcribo:

“Del desarraigo proviene este tríptico de textos atados con un título que, sin necesidad de artilugios, abarca tanto, pues, basta y sobra con el sentido primigenio de sus palabras: Sobre la felicidad. Desde luego, nada tiene que ver con la felicidad a secas, temática sobre la que Borges se refería como lerda, como ociosa, a la hora de surtir literatura.  Pues, en tanto vampiro, en tanto “llevada por el mal”, la literatura suele provenir más bien de la infelicidad, del dolor, de los desajustes de la existencia. Y del desarraigo, por supuesto. En este compendio de narraciones y poemas, el tema recurrente es la felicidad que se tuvo. La melancolía gozosa de la evocación. La infancia, la familia, el terruño, el país, la juventud. Y, a su vez, aquella felicidad triste que estalla cuando por una ranura del presente, llega correteando la infancia, intacta e inasible. La escritura, entonces, resulta el gesto a través del cual se intenta recuperarla. Como le ocurrió a Proust, cuando cierta vez el aroma dulce y acanelado de las magdalenas verpertinas despertó en su alma más que en la misma memoria, la punta de la madeja de su magna obra En busca del tiempo perdido: la hora terrible del niño que en su lecho esperaba el beso de su madre, que por lo general no llegaba”.

Portada del libro

Habla además de los poemas; las frases certeras del escritor, editor y crítico desmenuzan el alma del poeta, habla de frases tatuadas más que escritas, de poemas desnudos de ornamentos líricos que deambulan por el paraíso perdido, poemas que perforan la corteza de la memoria en pos de la otra mitad del mapa, dice el poeta del poeta. Habla del poeta Ruales: “Sobre la felicidadsimboliza lo que Diego es en su alma, en su integridad: un hombre lleno de gratitud con la prodigalidad que le ha permitido su vida, sus padres, su familia, su terruño y la riqueza de su cultura original”.

Diego Luzuriaga habla después. Lee algunos de su textos: sobre Yangana, la hacienda del sur lojano donde creció, donde descubrió el mundo, el agua, la hierba, el lodo, los juegos, los hermanos y hermanas, la madre rebozante de ternura, el padre justo, severo y virtuoso, el repe, el firmamento, el horno de leña, las lomas de esta tierra de una geografía como la de un papel arrugado por la mano de un dios. Habla del amor, del recuerdo, de las vacas —una llamada Malvina—, de la chorrera, de la molienda, de la mesa repleta de comida deliciosa, sencilla y suficiente, del montón del hermanos que hablan al tiempo sobre el día siguiente, de la alegría de ver la caravana de sus primos, los Vivanco Arias acercarse con la promesa del amor por el fondo de la loma desde Masanamaca. Habla del paraíso, de los linderos, de la devoción de sus padres, de la guitarra, de sus travesuras, del lenguaje secreto de su hija, de las canciones de su tío Joaquín —sobre un pato y una sirena—, de las jicamas… Recita con acento lojano; su vida por Brasil, París, Roma o Nueva York no le ha quitado el cantado dulce y moroso. Lee un poema que es como un conjuro, en el cual dice que cuando en Nueva York pronuncie tres veces la palabra Yangana, habrá otro mundo. Dice las palabras lentamente, como invocando los viejos fantasmas. Entre el público, hay gente que en silencio llora.

Sobre la felicidad no es una fórmula de buenas prácticas para obtener el éxito en la vida. No es una definición conceptual ni una teorización académica de ese concepto tan sinuiso como mitológico.

Sobre la felicidad no es una fórmula de buenas prácticas para obtener el éxito en la vida. No es una definición conceptual ni una teorización académica de ese concepto tan sinuiso como mitológico. Son 165 páginas donde Diego Luzuriaga se ha puesto el overol para cincelar las palabras, cada una tan evocadora que lo regresa a uno sin más a esos años y lugares, ese paraíso perdido donde fuimos tan pero tan felices que no podemos de pensarlas —esas palabras— sin una lágrima y una sonrisa.

Cuando la gente sale del salón de actos y ha terminado de extasiarse con la segunda parte de los cantos de María Tejada, hay palabras que se repiten como un karma, como si con solo pronunciarlas todo el mal vivir, las malas energías y el mal aire se disiparan. Como si con solo evocarlas —las palabras— se conjurara el desamor, la mala leche y el odio inhumano de la política, y volvieran de golpe los días del asombro, como si estuviéramos en su Yangana frente “a un río de aguas diáfanas que se precipitan por un lecho de aguas pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. Y el mundo fuera tan reciente que las cosas carecieran de nombre. Y entonces Diego Luzuriaga las hace nacer con solo nombrarlas.

Y cuando ya circulan las copas y los entremeses, y el frío de Quito es más que las decenas de abrazos y fotos y sonrisas y cuando los 12 hermanos y hermanas Luzuriaga Arias se han juntado nuevamente todos —la sexta vez en sus vidas— surge la pregunta: Diego, ¿y la felicidad? No responde sino con su amplia sonrisa. Pero la respuesta está escrita acá:

Un sillón cómodo
un ruido de tren lejano
una conversación de vecinos allá afuera
ininteligible
entrecortada
que se convierte en una tonalidad
gris
el sonido de la televisión que se hace intermitente
como las olas
y que deviene un parque con brisa tibia y patos
sin yo darme cuenta
una frase se hace tortuga
un amigo camina y me dice cosas
en una dimensión que no es ni tiempo
ni espacio
una masa voluminosa casi transparente
suave y placentera
como una avalancha lentísima
sin ángulos sin colores sin perfumes
avanza
poco a poco
envolviéndolo todo
hasta llegar a mi cuerpo
que no lo siento
me he quedado sin peso
sin músculos
sin uñas
sin hambre
sin dolor
sin necesidad de nada
sin pasado sin futuro
sólo ahora
y allí
allí sucedió
serían las tres de la tarde.

Se puede leer aquí

 

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