Las Congojas del obispo Caveza de Vaca. Hugo Carrillo

“La gloria humana no es otra cosa que un rumor de viento en los oídos.”

—Torcuato Severino Boecio

 

 

—Vuelva Su Eminencia, ¡vuélvase por favor! —gritó muy asustada la mujer al tiempo que se dispuso a sacudir a su anciano amante para avivarlo, porque lo vio gimotear y sufrir entre sueños.

El obispo Mercedes Cabeza de Vaca salivaba irritaciones y se mordía la lengua pronunciando incoherentes blasfemias y abominaciones:

—¡Maldita seas!, deseo tus con-denados embrujos, esas bragas de luto tenaz asientan tu belleza y me incitan agitaciones de amor como al salmón sor Magdala, —le gruñó delirante a la beata que lo cuidaba.

—¡Mi Dios! ¡Santo cielo!, ¿pero qué dice? Está poseído. Eso es pecado capital Su Eminencia. Está usted pecando y me está haciendo pecar a mí Reverendísima. —Chilló la mujer y luego se puso a implorar de rodillas.  —Oye mis ruegos y despiértalo San Miguel o moriré de la vergüenza—, gimoteó una y otra vez, dirigiéndose al jefe de los ejércitos de Dios grabado con pan de oro en la cabezada de los aposentos del obispo.

—¡Por la gran pipa de Papa Pío!, ¡qué pecado ni ocho cuartos, nosotros estamos vacunados hasta por Bula Áurea Magdala! —Exclamó el obispo secándose las babas al terminar de sacudirse de la pesadilla. En seguida sermoneó—: El pecado es para los mortales que no rezan ni aman a Dios sobre todas las cosas Ma-Magdachita y; yo te quiero aunque no tanto como a Dios, pero un tantito menos nada más, y aunque no pueda abrazar a pecho abierto a mis hijos cumplo fielmente con su manutención señora, o tiene usted alguna queja; —le enrostró a su cuidadora y agregó— la que por sus actos pareciera no querer cumplir con sus obligaciones maritales es usted Magdala. Afuera puede ser todo lo beata que quiera, pero en casa usted es mi mujer y madre de mis hijos, así que no caiga en pena capital. Le recuerdo una vez más: por sus actos los juzgareis, dice la Santa Iglesia y sus actos no están complaciendo precisamente al ministro del Señor, de modo que no debiera esperar absolución.

—Pero amada Excelencia Mercedes Pío, usted estaba delirando o tal vez está poseído desde hace ya varias semanas. Anoche mismo y, apenas al terminar la novena, me dijo que me rizara las pestañas y me pintara la boca antes de acostarme. Entonces yo no soy responsable de ningún pecado capital, usted me está empujando con sus desvaríos al atrio mismo de los infiernos Reverendísima. Nadie en su sano juicio se maquilla fea y viste hábitos y amitos de día para dirigir el coro de la iglesia y luego, sin más ni más, vestir diminutas prendas para bailar por las noches en el tubo de los camastros del obispo Su Eminencia. Me volveré loca.

—Claro, claro que sí, como Juana La Loca si persistes en la absurda abstinencia sexual sin que estemos en tiempos de adviento. Hija, la locura es buena si es por amor. En cuanto al sano juicio, ¡eso es justamente lo que exijo Magdala!, que acudas a tu sano juicio y cumplas fielmente en la cama con tu vocación de servicio. Ahora sí, oremos juntos para hacer más fuertes nuestros deseos —exhortó el obispo Mercedes Cabeza de Vaca.

**

—Gracias Magdala, gracias por lo de anoche, gracias por espantar mis penas. Luego de tus afectos de ángel, soñé que una virgen me llamaba desde las profundidades del lago de Pacucha para unos santos óleos y claro, la fe me obliga, debo acudir presto, —comentó el obispo a la madre de sus hijos.

—Pero solo es un sueño Reverendísima no debe preocuparse. No se asuste que me asusta más a mí,      —respondió la beata haciendo cruces y rociando agua vendita al cuadro del arcángel San Miguel.

—No es susto Magdala, siento que la Virgen María me tiene un encargo, tal vez sabe de algún pecado mortal en la diócesis. Con tantos ateos uno nunca sabe. Cuántos adulterios, cuántos incestos y cuantos condenados asecharán y la madre de nuestro Señor me socorre con su alerta, —comentó el obispo Cabeza de Vaca y oró tres veces el Ave María antes de marchar a la iglesia para la misa de las seis.

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—La Santa Iglesia nos reclama en estas horas urgentes amados hermanos. ¡No hay tiempo ni para orar! Ha llegado el momento de la acción para defender a Dios y a la familia, —anunció el obispo y alertó—: Creencias paganas e ideologías pecadoras nos invaden con sus pestes y con sus tijeras de odio en la mano.

Desafiando las leyes divinas y el infinito poder de nuestro salvador, los anticristos y satanes modernos nos ofenden. Dicen que el poder nace del fusil, y ofendiendo las leyes de la naturaleza se terminan amancebando entre hombres o entre mujeres, mientras otros herejes adoran cerros y lagunas. ¡Ha llegado la hora de volver a Dios y las cruzadas!, os toca a ustedes los jóvenes. Marchad como ángeles arcabuceros y seguid el camino de San Miguel Arcángel. —Ordenó Su Eminencia el obispo Mercedes para finalizar el sermón.

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Al observar agotada a la beata en la siguiente noche, el obispo Mercedes le resopló agua de azahar y procedió a sahumar sus aposentos quemando ramas de eucalipto, floripondio rosado y rabo de zorrillo para desterrar sus alucinaciones. Con impaciencia esperó que Magdala se durmiera, pero antes de la medianoche salió muy apurado y apenas arropado hacia el lago pese al intenso frio y las tres leguas que mediaban con su caserón.

Cuando llegó a Pacucha cientos de parroquianos esperaban con rogativas al portador de la fe, para que calmara con sus oraciones la ferocidad de la Mama Paqucha.

Las olas del lago se habían desbocado y golpeaban las bancas y hasta la puerta misma de la pequeña iglesia. Peor aún, algunos paisanos fuera de sí, advertían con alaridos haber visto que una sirena montada en burbujas azules se había llevado varios hombres a las profundidades del lago.

El obispo Cabeza de Vaca corrió incontinenti a la playa para comprobar las denuncias, allí, camino a la compuerta de Santa Elena, se encontró con una extraña barcaza de totora y maguey cuyo capitán era un arcángel acicalado entre azulinos tules. —Debe ser Nuestra Señora Aparecida. —se dijo y procedió a hincarse en actitud de contrición.

—Ave María sin pecado concebida. Ordene el alto cielo que su siervo cumplirá lo que os encomendéis, ¿qué pecados observáis entre los infieles?,   —clamó el dignatario mirando con disimulo la eternidad del lago para no dirigirse directamente a los ojos de la aparecida, sin embargo, el reflejo de las aguas descubrieron el rostro de su interlocutora. ¡Era un arcángel vestido de mujer!

—Por ahora solo debes orar yaravíes y disponer tu espíritu para bajar a los cielos del Uku Pacha. Muy pronto recibirás la iluminación de los dioses Wayta Uma —dijo la arcángel, insertando flores de cantuta y pétalos de clavelina en su cabellera azul.

Su Señoría permaneció muy perturbado durante largo rato. Se preguntó varias veces por los mensajes errados de la iglesia al tratar de retratar a Dios ataviado con flores en la cabeza. También se incomodó por aquello de bajar a los cielos, pero, supuso que en la mirada de vuelo de pájaro que decían tener los indios, arriba también puede ser abajo, de modo que decidió no contradecir la divina orden.

**

Un murmullo de antiguos haylly-takis oraban entre los peñascos que abrazan el santuario de Sóndor, mientras una multitud de flamencos hacia sombra en la parte alta del ushno, protegiendo a veinte capellanes cóndor que cargaban una litera de totora y maguey gobernada por la misma arcángel de cabello azul. En esta ocasión coincidente con el solsticio de invierno, la gobernanta arcángel mostraba muy orgullosa seis dedos en cada una de las manos como una revelación de su origen entre las divinidades pumas.

La hermosa mujer de seis dedos que dijo llamarse Anqhas Wayta lo convocó desde su litera, hablaba quechua, aunque por la entonación, el obispo Mercedes Cabeza de Vaca se confundiera con el Jakaru de la Sierra de Lima donde había trabajado cuando joven.

Luego de encargar la presencia de cuatro pumas alados a los que llamaba Pacha Chimpachiq, la Diosa Azul proclamó que la salvación del obispo dependía de su pasaje al regazo de la Mama Paqucha. Hizo que lo subieran a la litera y lo envolvió entre las brumas. Entonces, los sacerdotes cóndores procedieron a encorsetar las amarras de la litera, levantaron anclas y, de ese modo, se hundieron en las profundidades del lago.

Los templos que desfilaban ante los ojos del obispo Cabeza de Vaca lo maravillaron. Nunca los había visto con ornamentaciones de ónix y oro ni siquiera en Roma. Debajo del lago se podían distinguir ciudades interiores enlosadas con cuarzo transparente que se intercomunicaban con Sóndor y el Korikancha por el verdadero Hemisferio Norte y también tenían salidas en Kutina Chaka por el Gran Río del Destino que llegaban hasta Kuelap en Chachapoyas por las rutas del Hemisferio Sur.

El obispo Cabeza de Vaca se llenó de éxtasis en el acuático cielo, pero sobre todas las cosas, se inundó de amor por Anqhas Wayta, sintió que si no la tenía iba a morir y, a morir prefería la vida en los cielos del Uku Paqucha.

**

—Vuelva de nuevo Su Excelencia, ¡vuélvase por favor! —En qué momento se desabrigó, se me ha resfriado y está usted volando en fiebre—, expresó la beata buscando el termómetro entre las urnas de San Pantaleón.

—No es ninguna fiebre Magdala, es el brote del encuentro que tuve anoche con la virgen y el arcángel,                      —respondió el obispo.

—El arcángel está en reparación donde el santero padre. —Corrigió la beata.

—Qué santero, ni santero, ni tanta vaina doña —gruñó el obispo Mercedes Cabeza de Vaca y reveló haber visto con sus propios ojos al Arcángel Excelso entre las barcazas que con la inundación habían anclado en la mismísima iglesia de Pacucha.

—Con su perdón Su Excelencia, pero no son los ángeles los que desbordan ríos y mares. A los lagos les están secando sus ojos con este infernal clima… ¡Dios!, pensé llamar al doctor para remediar esa neumonía, pero tal vez, ay, llamaré más bien al chamán para que lo cure del susto.

—¡Qué susto hombre!, ¿será posible? Venditas ostias. La ciencia todavía no ha demostrado que un huevo cure nada doñita. Me sacas de quicio y se me sale el chapetón que si se encrespa completito puede liarse con cualquier diablo por más mujer que sea Magdala. —le renegó el obispo a su amante beata.

—Por lo menos déjeme ponerle paños Su Señoría —rogó la mujer mientras el obispo Cabeza de Vaca se alejaba.

**

Miles de hombres y mujeres, y hasta busca personas y caza fantasmas de Inglaterra buscaron rincón por rincón y cielo por cielo al obispo Cabeza de Vaca. La búsqueda se prolongó hasta la iniciación de los tiempos de adviento.

Cuando los doctrineros resolvieron por confesar entre dos sacerdotes a la vez a todo aquel mayor de trece años y exorcizar al pueblo entero de Pacucha, solo encontraron una certeza. Todos los exorcizados dijeron haber escuchado cantar hayllis y antiguos himnos quechuas al obispo Mercedes Cabeza de Vaca, antes de penetrar a las profundidades del Lago clamando versículos para su amada Anqhas Wayta…

 

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