Censuras y sensores. Rafo Leon

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En Sociales de El Comercio de hoy se da cuenta de una coruscante fiesta de verano en el Club Náutico de Punta Hermosa. La cosa era con disfraz y a don Luis Linares no se le ocurrió mejor idea que la de caracterizarse como Hitler, y posar ante la cámara haciendo el saludo nazi. La verdad que más me gustaron los disfraces de salvajes maories que llevaron Luciana Arrisueño y Marco Baltazar. (3/19)

Ayer se viralizó la foto aparecida el mismo día en Sociales de El Comercio, de un ignorante disfrazado de Hitler en una fiesta de un club del sur limeño. El jurado que evaluaba los disfraces premió a este señor ignorante como el mejor. Una verdadera vergüenza.

Creo sin embargo que ese ignorante señor estaba en su derecho al disfrazarse de Hitler e incluso, al ofender la memoria de muchísima gente violentada durante el Tercer Reich. Todos estamos autorizados a ser crueles, imbéciles, repugnantes a condición de no pasar al acto. No habría además forma legal de impedir que alguien se caracterice de lo que se le antoje, pero con seguridad que hoy, lunes, el ignorante señor Luis Linares está siendo mal mirado por muchas personas. Esa sanción es horrorosa, peor que la penal, sin duda.

Sobre el punto. Hace un par de semanas un medio me pidió responder a un cuestionario sobre un tema caliente: la censura en el arte. Al final la nota en la que iba a ir mi comentario no salió, no fue culpa de nadie, que no se activen los sensores de los censores, no hay rollo. Pero no quisiera que las ideas que allí expuse se perdieran, y no porque sean notables sino porque este debate me gusta, me entusiasma, y ahí va.

1.- Aprovechando la reciente polémica relacionada a las tablas de Sarhua, ¿cómo se marca la diferencia entre la apología y el arte?

Tratamos de establecer fronteras y diferencias en terrenos donde esto es imposible, como la famosa distinción entre erotismo y pornografía. Ese afán de clasificar en los terrenos pantanosos donde se nos pone a prueba como seres pensantes, tolerantes y abiertos, no lleva a ninguna parte. Lo que ocurrió con las tablas de Sarhua no fue producto de una confusión entre arte y apología, se trató de una maniobra fascistoide premeditada, basada en la ignorancia de una manifestación valiosa, antigua y coherente de arte popular, una torpe iniciativa orientada a polarizar más aún a las gentes de un país marcado por el estigma del estereotipo, la banalidad y el ladrido por encima de la palabra. No creo que haya una línea clara que distinga la apología del arte, ni en que haya que buscarla para respetarla. Las personas adultas que vivimos en una fase adulta de la humanidad, debemos estar dispuestas a verlo y a aguantarlo todo.

2.- Y, de forma más compleja, ¿cómo diferenciar -en los tiempos de arte contemporáneo que corren- lo que es arte y lo que no?

Esa pregunta (“¿qué convierte a un objeto cualquiera en una obra de arte?”) torturaba a Sartre; él mismo y más tarde con una ayudita de Borges, se planteó que el mecanismo que transformaba una cosa en la otra no era parte del objeto en sí sino de la conciencia de quien lo percibe. Es por ello que las respuestas a esa pregunta retórica varían con el tiempo. Borges, sin necesidad de decirlo siquiera, plantea que el arte tiene un componente amoral, no moral ni inmoral. Algo que coloca al objeto en un plano movedizo, arriba de lo estructurado por las convenciones sociales, en el que no juegan las categorías de pensamiento y juicio con las que sobrevivimos en las instituciones cotidianas como la familia, la ley y el trabajo. El arte contemporáneo es demasiado variado y dispar como para meterlo en una sola bolsa.

3.- ¿Cuál es el abanico de razones que podrían impulsar los intentos de censura? Propongo dos casos. Un sector conservador -en el que también se coló una porción homofóbica- que atacó la muestra Vírgenes de la Puerta del Mac antes de que si quiera iniciase. Y sectores más progresistas y feministas que hoy por hoy ya hicieron que se retire el cuadro ‘Hylas y las Ninfas’ de la Art Gallery de Manchester y que pretenden censurar a ‘Lolita’.

El impulso represor es la contraparte del impulso creador. Cuando surge el segundo, el primero naturalmente muestra sus garras; y vis a vis, cuando la represión cae, la creación intenta a como sea emerger y decir. Hoy, tiempos de Babel, las instituciones (religión, escuela, familia, clubes, credos) se crispan porque la libertad de creación está metiéndose dentro del bote como el agua que amenaza con hacerlo naufragar. Son entidades censoras hoy el militarismo, la religión fanática, cierto feminismo y todo el cuerpo de ideas que se han concentrado en lo políticamente correcto. ¿Lo común a todas? El miedo a perder espacio y poder. Es decir, la génesis de la intolerancia. Para ser coherente debo decir que tanto derecho tiene quien monta una muestra en la que se simboliza a las vírgenes transexuales como quienes se oponen a ella. Lo que resulta inadmisible es que una de las partes intente reprimir a la otra con actos de violencia, como ocurrió en el MAC. Esos actos no son performances ni instalaciones, son parientes de la muestra de Arte Degenerado que montaron Hitler y Goebbels contra todo lenguaje que no correspondiera en su momento con el realismo pura sangre. El mismo mecanismo de la coerción violenta –quizás con mejores modales- late en muestras de censura como la del cuadro del museo de Manchester o el cambio del final de la ópera Carmen en una puesta en Florencia, donde la gitanilla en lugar de ser acuchillada por don José, se empodera y lo mata a él. Esto es necio porque introduce en el arte la moraleja y automáticamente, siguiendo a Borges, el objeto pasa a formar parte de la mercancía barata concebida para darle gusto a un sector del público que en ese momento tiene poder. Pero vuelvo al punto: todo comienza y termina en el miedo. No sabemos aceptar nuestra condición de adultos en una fase adulta de nuestra civilización.

4.- En el caso del cine, ¿qué opinas de la edición de escenas y contenido para su proyección? En el caso de obras que reescribieron los límites del arte, como Saló, Irreversible, La Vida de Adele, Nynphomaniac, etc.
La edición es un enemigo de los más peligrosos de la libertad y a la vez, la exhibición de su patetismo. Hay que recordar el famoso caso de la película Salambó, en España, cuando durante el franquismo para ocultar el adulterio de la trama, el film se edita y los diálogos se cambian… ¡de modo que la pareja adúltera queda como incestuosa porque la convirtieron en una dupla de hermanos! Si alguien realiza una película con cualquier grado de color en el erotismo o en lo que fuera, debe defender la obra total, coherente y unitaria hasta el final, y si el mercado le pone exigencias moralistas, el deber del creador es desafiarlas y así crear un segundo momento para su obra, el de la contestación, una suerte de “valor agregado”. Netflix es un semillero de represiones, ahí están las versiones editadas de Ninphomania y de otros filmes, realizadas para que puedan entrar al hogar. Paradójico, las películas citadas se hicieron precisamente para que no entren al hogar o para que en un acto surreal como el que proponía Buñuel, el sexo descarado y obvio se proyectara en un aula de niñitas puras.
5.- ¿Crees que el movimiento #MeToo y la corrección política podrían llegar a afectar el contenido de las películas? Un par de ejemplos puntuales: ¿Se podrían volver a hacer, hoy en día, películas como ‘Lolita’ o ‘El Padrino?
Estoy convencido de que hoy un Paul Bowles no podía publicar novelas maravillosas como The Sheltering Sky o Déjala que caiga, por su visión sobre los marroquíes. “¡Racismo, islamofobia!”, saldrían los buenos a gritar. La corrección política es la estrategia más acabada de la estupidez humana incapaz de enfrentarse a sí misma con todos sus fantasmas, sus luces, sus sombras, sus grandezas. En la creación todo debe ser posible porque la creación lleva a la realidad a extremos a veces intolerables. Pero la corrección política y su retroceso han terminado confundiendo a las palabras con las cosas.

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