Huillecuy y pedidos a Dios. Roger Emerson Agüero Pittman

Roger  comparte este bello relato en que la memoria en que la infancia  se desplaza por varios mundos de un modo claro, como la laguna de Ruricocha, cuando ya ha llovido, los pobladores han regresado a sus casas, y el toro pasta en las laderas. Este es una extracto de su libro Mirada de niño, presentado en la FIL 2016Gracias Roger

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Laguna Rurichocha. Foto: Delia Haro Flores

 

Huillecuy y pedidos a Dios

El huillecuy era una manera singular de comunicarse de un lugar a otro dentro del pueblo, y en muchos casos, a largas distancias. Se transmitía órdenes y noticias.

El pregonero tenía autoridad en la comunidad y su función consistía en convocar a los pobladores a las asambleas, a las faenas comunales, a las actividades festivas y escolares. El eterno pregonero del pueblo fue Braulio Moreno, debido a la ubicación estratégica de su vivienda y por su vocación de servicio.

En la parte alta de su casa había una plataforma, como consecuencia de la presencia de un cerro que terminaba en una lomadita. Desde allí, a toda voz, él llamaba a los comuneros y comuneras a las actividades programadas, de acuerdo con una agenda. Lo hacía muy temprano, cuando la gente todavía no salía a las chacras, o en las tardes, asegurándose de que la gente ya estuviera de vuelta. Cuando escuchábamos su voz, todos guardábamos silencio, a fin de captar el mensaje; y a quienes estaban lejos se les trasmitía el llamado de casa en casa.

De la misma manera, en las mañanas se escuchaba a las mamás y a los papás cómo llamaban a sus hijos e hijas para darles indicaciones adicionales: que se apurasen para el desayuno, que ya se hacía tarde para llegar a la escuela o ir a trabajar. Otras veces, llamaban desde las chacras para avisar que había un animal suelto haciendo daño a las sementeras. Entonces había que comunicarlo en seguida al dueño o al propietario de la chacra.

En otras ocasiones el mensaje llegaba desde la puna de Tecllo, a 4,125 metros de altitud, recorriendo una distancia aproximada de cuatro kilómetros.

Cuando se encontraba a un animal herido o muerto en la puna, por haberse desbarrancado, las pastoras daban la noticia a los dueños llamando en voz alta. Así, cada vez que se escuchaba una voz que venía de las alturas, el pueblo permanecía en silencio, hasta captar el mensaje. Luego, la gente repetía la noticia, gritando de una casa a otra, hasta llegar al destinatario final. Este sistema era rápido y la noticia llegaba en menos de diez minutos. Posteriormente, los dueños del animal se organizaban para ir a la puna con acémilas para traer la carne. El viaje podía durar alrededor de seis horas, hasta llegar al lugar del accidente.

La gente llamaba a sus parientes y pedía apoyo; afilaban los cuchillos para degollar al ganado. En el pueblo corría la noticia de que esa semana habría abundante carne. En esa época, solo con esa circunstancia es que se podía comer la carne de ganado vacuno. No recuerdo que se haya matado una vaca especialmente para alimentar a la familia. El día del reparto, por medio del trueque, a cambio de la carne la gente ofrecía granos de trigo, maíz y papa, cuando llegara la cosecha. Pocas veces compraban con dinero y quizá nunca lo hicieron.

Así pasó con uno de nuestros novillos, “Mishitu”. El mensaje vino de la puna: “El animal se rodó”. Fue una gran pérdida ya que nos servía para la yunta y para labrar la tierra. Además, el toro negro “Ushi” se quedaría solo, sin pareja. Esa semana se repartió y se consumió la carne. También se la hizo secar para hacer charqui, colgándola en los alambres de la casa o en el techo de la cocina.

Algunas veces, a través de estos mensajes, nos enterábamos de asuntos familiares o privados. Por ejemplo, de esta forma supimos que una de las hijas de don Primitivo Haro se llamaba Zoila Rosa y que los perros de doña Huji se llamaban “Ni por oro”, “Ni por plata” y “Como tú”.

El huillecuy también era una forma de comunicarse con Dios, el creador. Se le hacían pedidos sobre todo en las épocas en que no llovía, pese a que era el tiempo. Esto nos perjudicaba porque no podíamos iniciar la siembra. En las noches, las familias completas

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Roger Emerson Aguero

salían de sus casas para ubicarse en la parte alta del patio y de las chacras, y desde allí se clamaba a viva voz, la bendición del señor Dios, para que enviara la lluvia y no murieran los cultivos que ya se estaban secando por falta de agua. Los cultivos se sembraban y crecían al secano; no había agua para regar. Las primeras lluvias, que generalmente aparecían en noviembre, a veces lo hacían recién en enero. Ante la desesperación de la gente, el maíz, la papa y las habas tiernas empezaban a secarse. Tampoco se podía sembrar trigo, cebada ni arvejas porque la tierra estaba seca.

En mi casa subíamos al terreno detrás de la cocina, y desde una piedra grande gritábamos a viva voz, en coro, pidiéndole al Señor: “Taytallay kamacog yacullequita guichaycamuy”, o sea, “Dios mío, creador, tus aguas deja caer para darle vida a mis plantas”. Cuando nos cansábamos, se escuchaban los pedidos de las otras casas. Entre los gritos se confundían los ladridos de los perros, que se sorprendían y desesperaban como si estuvieran viendo el alma de una persona recién fallecida. Los gallos, por su parte, comenzaban a cantar, creyendo que estaba por amanecer.

Cuando los pedidos y rezos no eran escuchados, la gente se impacientaba. Entonces la comunidad completa se organizaba y salía hacia la laguna Ruricocha, en la puna, a cuatro horas de camino con la finalidad de molestar a la laguna para que, luego, como castigo, el Señor nos enviara la lluvia. Los ancianos comentaban que así lo habían hecho los antepasados.

 

Al llegar a la laguna se empezaba a tirar piedras con hondas y huaracas, con la intención de hacerle daño. Otro grupo subía a la parte alta del cerro y, con picos y barretas, desprendía rocas gigantes, que luego rodaban a toda velocidad hasta caer bruscamente a la laguna. Las primeras piedras caían de una en una; luego, era una verdadera lluvia. A más rocas, más se molestaría la laguna. Con la caída de las piedras, el agua se movía produciendo espuma y una ola gigante en las orillas. Una buena parte del área seca del cerro se mojaba. Los patos silvestres y los gansos, asustados, emprendían el vuelo, sin rumbo ni destino, sin saber qué estaba pasando. Las perdices salían de sus escondites y también emprendían vuelo. Solo las gaviotas andinas –llegllish– celebraban nuestra presencia.

En la parte rocosa del cerro se veían las huellas de un toro, marcadas desde lo alto hasta perderse en las profundidades de la laguna. Decían que un toro de oro encantado, al resbalar sobre la roca, había dejado plantado uno de sus cuernos y las huellas de sus cuatro extremidades. Después de muchos años, un campesino encontró el cuerno y lo entregó al párroco de la iglesia de la provincia. Hoy afirman que el cuerno de oro es utilizado hasta la fecha como candelabro ceremonial en la iglesia de Llamellín.

Comentaban también que al toro de oro encantado le gustaba emerger de las profundidades de la laguna, a medianoche, cuando había luna llena, en los meses de mayo y junio que había baja temperatura. Luego nadaba a la orilla y subía por el camino pedregoso que va al pueblo de Canto, hacia las faldas del cerro, hasta llegar a la cumbre. Allí era su querencia, donde pastaba y nadie podía verlo. Solo dos abuelos contaron cierta vez que, al buscar a sus animales por ese lugar, les ganó la noche y se quedaron a dormir en una cueva pequeña. Allí esperaron a que saliera la luna para continuar con la búsqueda. De pronto, el sonido de las aguas de la laguna los despertó. Parecía un aluvión. Entonces vieron que, entre olas gigantes, cubierto de espuma, apareció el toro de oro encantado. Cuando llegó a la cumbre ellos lo miraron espantados. Llamaban la atención sus cuernos, sobre los cuales habían crecido plantas. Su lomo estaba lleno de musgo. Cuando bramaba, todas las rocas temblaban y el eco se trasladaba de cerro en cerro. De otros sitios, los toros respondían mugiendo, casi enloquecidos. Los abuelos vieron también que peleaba con los arbustos, los envolvía con sus cuernos y los levantaba. Lo mismo hacía con el ichu y con pedazos de tierra. Arañaba la roca y el suelo con sus patas. Nuevamente levantaba la cabeza y casi mirando a la luna llena, mugía, haciendo notar que no había otro toro capaz de desplazarle de su dominio. Cuando se calmaba, buscaba el pasto fresco para alimentarse. Por momentos, el reflejo de la luna en el cuerpo dorado del toro empañaba la vista de los abuelitos y les impedía ver. Al empezar a ocultarse la luna, el toro de oro regresaba a la laguna, al trote, bramando, botando espuma, arañando el suelo, resbalándose por la roca, siguiendo las huellas en el cerro, hasta llegar a la laguna. Por eso la gente sabía que el “encanto” vivía en las profundidades; y que si le caían rocas encima, lloraría de dolor; y así llegaría la lluvia.

En la tarde, luego de haber molestado a la laguna, la gente regresaba a sus casas agotada y cansada. En el camino decían: “Ojalá tenga efecto nuestro trabajo”. Llegábamos al pueblo al iniciar la noche y era en ese momento que empezaban a caer las primeras gotas de lluvia.

 

*Extracto del libro Mirada de niño de Roger Agüero, presentado en la FIL 2016.

 

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