LOS CUENTOS DE NIEL PALOMINO. Juan Alberto Osorio

Una gran alegría  compartir la reseña de Juan Alberto Osorio sobre los cuentos de Niel Agripino Palomino, que no ha dejado que el trabajo crítico merme en la imaginación.  “El retorno de José María” visitó brevemente a Adelaida y Dona Felipa en Wanupata, para luego alojarse en este libro de lectura recomendable. Los acompaña “Barbarita” de las Hermanas Moreano

 

 

LOS CUENTOS DE NIEL PALOMINO

Juan Alberto Osorio

 

Hace poco apareció el segundo libro de cuentos de Niel Palomino, Todavía somos. El 2016 nos entregó El cantar del wakachuta, en el que se encuentran relatos de buena factura, especialmente el que da título al libro, un excelente cuento que hemos destacado en otro lugar. Se señala el cierre del mismo, con una revelación distinta a la que había dominado todo el relato.

El título Todavía somos nos revela el deseo de trascendencia, de perduración, de continuidad, en suma de ir más allá de la muerte. Es una preocupación universal, expresada en casi todas las literaturas, como lo hace Francisco de Quevedo, en ese estupendo soneto, Amor constante más allá de la muerte. En el caso de Niel Palomino, y de nosotros, los que hemos nacido en ciudades mestizas, alcanzaría su significado más preciso en una enunciación quechua. Estas ideas están, además, en la dedicatoria del libro que comentamos.

Todavía somos es en conjunto de seis relato, de diferente extensión, que integran un texto breve. El primero de ellos es El retorno de José María. De inmediato estos nombres, en una asociación aleatoria, nos lleva a evocar a Arguedas. Pero qué podría hacer él aquí, nos dice una reflexión risueña. Iniciada la lectura, esa relación imaginada absurda se va convirtiendo en leve sospecha, y luego, en una realidad, sobre todo al final del relato. Primero fue Justina y luego Viseca, como personaje y espacio arguedianos. El amor inicial de los niños que fueron, Arguedas y Justina. Estamos no solo ante ese procedimiento de reaparición de personajes en obras de autores diferentes, sino ante la presencia en el texto de un espacio mítico, con transgresiones del orden natural, en la conversión de personas en aves, lagunas y otros elementos de la naturaleza. Estamos en un espacio mitológico, en el que la anciana Justina es en realidad la laguna Pacucha (Andahuaylas) y Arguedas, es redimido de su sepultura por las deidades del Panteón Andino, convertido en una Atoq, un zorro de arriba. El cóndor, que para el caso tomó la figura de Justina (Pacucha) levanta vuelo llevando en sus espaldas a Atoq (Arguedas), van al lugar donde nacieron, en una especie de retorno a los orígenes. El personaje narrador, un muchacho, que llamaba abuela a Justina, queda en este mundo para ser testigo del baño de sangre que se produciría en los años de violencia política en el país. Estamos ante un narrador intradiegético que por momentos marca distancia con el mundo narrado. Lo que llama la atención es la presencia del relato mítico, aun pensando en una elaboración epigonal.

El segundo relato es también inquietante, El cantar de Vitkus, porque se mueve en un campo problemático entre la historia y la literatura. Este cuento es, en esencia, en relato histórico. El personaje narrador, Willka Nina, un joven guerrero inka, cuyo nombre es revelado en los tramos finales del relato por el agónico Manco Inka. El relato es un canto al valor de los bisoños guerreros incas en su lucha, primero contra Atahualpa, y luego, contra los Españoles. De modo sucinto cubre parte de la historia del Cusco, hasta el establecimiento de los inkas en Vilcabamba. De allí el título de este relato, un elogio de la resistencia quechua. El autor dedica su relato a los jóvenes guerreros inkas que con valor defendieron el Cusco, no solo contra los españoles, sino contra los miles de sus aliados: Kañaris, Wankas, Chachapuyas, y otros. También destaca el hecho de que los inkas tempranamente tuvieron su caballería y armamento capturado. El texto también está dedicado al historiador Juan José Vega. Son también destacables los Chaskis que se suceden, y juegan un rol importante en el relato, trayendo noticias nefastas, cual mensajeros de una tragedia. Pero no, la tragedia está ya en el inicio del texto. El narrador se dirige imperativamente a sus jefes militares, kusi Yupanki y Cawidi, instándoles a actuar. Allí se inserta el inicio de la elegía quechua Apu Inka Atawallpaman: “Qué arco iris es este negro arco iris”. Ese negro “arco iris” es la anunciadora de la terrible tragedia que amenaza al Cusco. Pero también, en el nivel simbólico, el relato apunta al renacimiento, al retorno a una situación distinta. Aquí habría que ver las difíciles relaciones entre el discurso histórico (cronístico) y el discurso narrativo (literario); que este no perturbe a aquel, que aporte en el desarrollo de las acciones mismas, en la carga emotiva, en la configuración de los personajes literarios, en base a las personas históricas.

El tercer relato titula Barbarita. La narradora es una anciana, una abuela, que muchos años después, evoca su vida. Está, además, postrada en una cama, víctima de una dolencia. Su historia empieza cuando joven, en edad casadera, con la presencia de uno y otro pretendiente, que contienden con violencia por ella. El primer pretendiente improvisa para ella una canción. Son costumbres de pueblos ganaderos de la región Apurímac, a mediados del siglo XX. Las informaciones, que son abundantes, tienen una fijación temporal, 1970. La narradora enuncia su discurso aproximadamente diez años después. Se infiere de todo ello que ella es una anciana mayor de ochenta años. Ella imagina que la adolescente que la escucha es su nieta. Es un relato intradiegético, que nos llega en un régimen homodiegético. Sin embargo existe una particularidad advertida al inicio y al final del relato. En cada caso un breve fragmento, en letras cursivas, extradiegéticas ambas, en la voz de la adolescente que escucha su relato, y la ve llorar cada que escucha esa canción inspirada en ella. En el fragmento final, concluido el relato de la abuela, la adolescente la abraza y besa, y termina manifestando que estuvo a punto declararle que ella no era su nieta, sino hija de uno de sus inquilinos. En el inicio del texto esta misma narradora adolescente anuncia el relato de la abuela, y al final, lo cierra. Su intervención actúa como dos bisagras, que anuncian y cierran el relato central, y lo hace con maestría destacable. La historia de la abuela transcurre en varios lugares de Apurímac y Lima. En aquel lugar los pretendientes, además de ser jinetes diestros y valientes, debían “saber torear, domar potros salvajes, ser músicos y compositores”, como lo fue el primer pretendiente que tuvo, el que compuso esa canción que la atormenta, y del que no sabe nada, ella y la hija que tuvieron. Los personajes son configurados con precisión informativa y de modo explícito.

Creo que los tres primeros relatos son los mejor elaborados, que asumen, además, temáticas más trascendentes. El color del Desarrollo es un relato sobre los efectos negativos de la minería, los abusos que cometen las empresas mineras, y sobre los estragos que dejan al marcharse. La conversación de Ofelio Uscamayta es una historia de confusiones, celos excesivos de un esposo, que lo conducen a la degradación, y después a su redención por los caminos de la religión. El relato sobre la vida escolar, Colegiala de mi primer latido, cierra el volumen.

Los narradores de estos relatos se instalan en la dimensión del saber, y lo primero que hacen es revelar sus posiciones, pero el tratamiento que reciben en discurso narrativo hace que sus historias no sean tomadas como una sucesión de vivencias realmente ocurridas. Así se aprecia mejor el esfuerzo de distanciarse de las posiciones originales, y llevarlos por los siempre debatible caminos de la ficción.

En todo esto es importante la elección de un narrador que asume el relato. El autor, en este caso, acierta en esta búsqueda y logro de este interpuesto, entre él y el discurso narrativo.

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