Jorge Diaz Untiveros Narracion

MI PADRE ME REGALO UNA BICICLETA. Jorge Díaz Untiveros

Tomado del Uyabook de Jorge, pintura de Toby Weston

Mi padre me regaló una bicicleta. Tenía yo seis años y ojos de pajarito.

Sin embargo yo no quería una bicicleta, es más, tenía miedo tener una. Yo quería un nintendo y juegos como los que tenían mis amigos del barrio que se fueron a vivir a New Jersey.

Ellos habían viajado a Patterson, ese barrio obrero que muy bien puede ser otro barrio más de los muchos que hay en Perú.

Sus padres se fueron huyendo del terrorismo y de Alan. Y allá pudieron comprarse un nintendo y mandar remesas puntuales a sus abuelos, señal de que la cosa les iba mejor que al resto.

Pero nosotros no podíamos comprar una consola de video juegos. Nuestra casa aun estaba construyéndose y dormíamos todos juntos en la sala y cubriendo lo que serían las ventanas con plástico azul.

Poco a poco llegaban las camionadas de cemento y de ladrillos y nuestra casa fue naciendo en el transcurso de muchos años.

Yo no adivinaba lo felices que eran mis padres al ver cómo se erigía su propia casa, poco a poco, lentamente. O cuando muy feliz papá me decía: ¨tendremos un jardín acá¨.

Yo, como niño inocente que era, lo miraba indiferente, pues en aquellas épocas, ¨mi casa¨ llegaba hasta el final de la calle; solo bastaba caminar un poco para tocar la puerta de alguna de las casas de mis amigos y preguntar cosas del tipo: ¨Señora Inés, buenos días, ¿estará Aldo?¨. ¨Buenos días señor Rodrigo, ¿Marcelo puede salir a jugar?¨. A veces me quedaba en esas otras casas, esperándolos. Siempre me invitaban limonada. A veces solo iba por la limonada.

Eran otros tiempos y uno podía incluso beber el agua de la manguera y jugar hasta tarde, pero todo circunscrito a nuestra calle y nuestro parque, que era la zona que los vecinos tenían mapeada y protegida.

Los vecinos habían formado una junta e intercalaban la vigía a tiempo completo. Si oíamos un pitazo debíamos correr a casa. Lo bueno es que nunca pasó nada. Así, fuera de esos límites, los más pequeños sabíamos que existía el mundo real, con sus coches bombas, sus levas y su caos político.

Entonces cuando papá me regaló la bicicleta yo tuve miedo.
Imaginé que saldría lejos de la mirada de los vecinos. ¿Y si me llevaba el ejército? ¿Y si los terrucos me secuestraban? Papá y mamá se pondrían muy tristes.

No, yo no quería una bicicleta.

La casa terminó de construirse, mis amigos jamás volverían al barrio, y poco a poco dejaría de lado la costumbre de frecuentar otras casas, así como mi afición por la limonada casera.

Cuando al fin logré subirme a esa bicicleta, el mundo ya era otro.

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