CORPUS FILOSÓFICO ANDINO (Prólogo del libro). Gustavo Flores Quelopana

“Aquí no rige el principio de identidad sino de contradicción y armonía de los opuestos” (GFQ)

Una reflexion sobre si hay o no algo que se puede llamar una “filosofia andina”, en la que el autor hace un esfuerzo por enmarcarla fuera del canon eurocentrico. Cosa sobre la cual tal vez hay que reflexionar  considerando el caracter aglutinante y posicional de la palabra de las lenguas originarias. Dado que este campo  es cada vez mas pertinente y nutrido invitamos al amable lector a contribuir al dialogo. (N del E)

 

CORPUS FILOSÓFICO ANDINO

(Prólogo del libro)

Gustavo Flores Quelopana

Sociedad Peruana de Filosofía

 Corpus filosófico andino

En primer lugar aquí no se concibe la filosofía dentro de los estrechos márgenes eurocéntricos, como crítica, metódica y racional. Eso pertenece a la teoría restringida de la filosofía. Pues, sobre la base de los principios de universalidad, polimorfismo y multivocidad la filosofía es concebida dentro de una teoría ampliada, donde el mito es otra forma que tiene la razón para dar cuenta de las cuestiones últimas del mundo.

El mito al universalizar la experiencia y establecer una tensión entre el principio y el fin, estimula la especulación sobre la ruptura entre lo ontológico –los arquetipos celestes- y lo histórico –el mundo a armonizar-. Aquí no rige el principio de identidad sino de contradicción y armonía de los opuestos. Asi, la filosofía de la civilización andina precolombina es mitocrática en sus diversas culturas. Pero la predominancia del mito expresa un misticismo muy acentuado, que atiende a la unión del hombre con el Ser a través de su representante terreno –chamán, curaca, sacerdote, rey, emperador-.

No obstante, a diferencia de la India con su misticismo de la negación aquí se trata de un misticismo afirmativo de la vida y del mundo con un gran contenido ético. Los sacrificios humanos buscan restablecer el equilibrio con lo sagrado. Por ello la filosofía mitocrática prehispánica es afirmadora de la vida o Camac. Es una filosofía afirmativa de la realidad, el mundo visible es real, pero no lo es todo. Mas la realidad no es meramente lo empírico sino sobre todo lo metaempírico.

Por eso el Ser o Camac no se agota en la Pacha o Mundo. Es, más bien, el fundamento o Teqse equivalente al arjé griego. Sin embargo, Camac no es “Creador” del mundo, que supondría la idea de la “Nada absoluta y de la creatio ex nihilo” propia de la metafísica cristiana. Sino que es el “Ordenador” del mundo, que implica la idea de la “Nada relativa y la ordenatio desde el Caos”, propia de la metafísica mítica. Es decir, el arjé andino encaja en el esquema metafísico de un dualismo metafísico donde el Ordenador hace el mundo desde el Caos. Esto indica la sobrevivencia del mito teogónico del caos original a diferencia del mito trágico griego del dios malo.

El Corpus filosófico andino arriba a la conclusión general del Camac –vida- vivificando la Pacha en los sucesivos Pachacuti –fin cíclico del mundo-. Por qué no han de encontrar fin los Pachacuti. Esta idea de perpetuo devenir y dinamismo del arjé es cosa que refleja la constante renovación de la naturaleza, propia de la visión agrocéntrica de los pueblos neolíticos. O dicho de otro modo, el Camac es el Ser dinámico que sigue un curso de ciclos interminables de ordenamiento del cosmos. Esto implica una teleología eidética que responde a un cosmocentrismo religioso centrado en conseguir la armonía del mundo de aquí –Kay Pacha- y del mundo de abajo –Ukhu Pacha- con el mundo de arriba –Hanan Pacha-.

El Amauta es el que ve y oye las cosas invisibles, el sabio, sacerdote, pensador y filósofo mitocrático encargado de interpretar las señales del cielo y de los dioses para dar sentido a la vida y al mundo. En realidad son receptáculos de la sabiduría sublime por desposarse con la revelación divina. La sabiduría suprema y el carácter inmutable de la misma pertenece al Ordenador y las escuelas de sabiduría de las diversas culturas andinas son los arúspices cósmicos para obtener conocimiento divino.

Se trata de una filosofía oracular, simbólica, analógica, escatológica, mántica, profética y horoscópica cuyo principal misión es interpretar el destino. No es que así llegó la filosofía al Nuevo Mundo, porque la filosofía mitomórfica del chamanismo fue la que antecedió a la filosofía mitocrática de las civilizaciones precolombinas. Pero en la obra me centro en la filosofía mitocrática que aconteció desde Caral y Sechín hasta Tiahuanaco y el Incario.

En suma, este libro reúne cuatro de mis obras fundamentales sobre la filosofía andina y la interpretación mitocrática de la filosofía. Su punto de partida no es la teoría restringida de la filosofía que la concibe dentro de los estrechos márgenes eurocéntricos. Pues, desde los principios de universalidad, polimorfismo y multivocidad la filosofía es concebida dentro de una teoría ampliada, donde el mito es otra forma que tiene la razón para dar cuenta de las cuestiones últimas del mundo. La filosofía de la civilización andina precolombina es mitocrática. Se trata de un misticismo afirmativo de la vida y del mundo con un gran contenido ético. Por ello la filosofía mitocrática prehispánica es afirmadora de la Vida o Camac.

Si la pregunta de la filosofía  occidental es ¿Por qué hay Ser en vez de Nada?, el de la filosofía oriental budista ¿Por qué hay Nada en vez de Ser?; y el de la filosofía oriental hinduista ¿Por qué hay Ser Absoluto en vez de Nada Absoluta?; el de la filosofía andina es ¿Por qué hay Vida en vez de Ser absoluto y Nada eterna? Pero ¿Qué es la Vida antes del Ser y de la Nada? No es la deidad como principio impersonal sino que es una divinidad Ordenadora, no creadora, dinámica y que es causa del ser de todas las cosas.

En el presente Corpus he buscado quintaesenciar lo medular de mis planteamientos sobre la Filosofía Andina. Debo agradecer por el impulso recibido a la Universidad mexicana de Toluca en las personas de los catedráticos María del Rosario Guerra González y a Hilda C. Vargas Cancino; asi como a la Escuela Normal Superior de Bucaramanga, Colombia, en la persona del profesor Jorge Alberto Deháquiz Mejía.

 

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