“Ordenamiento de la Ocultación” o la palabra en la poesía de Carlos Velásquez Iwaki. Nilo Tomaylla

 

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Yo os escribo desde una colina de la ciudad de Ginebra. Hace algún tiempo los chaskis modernos recorren, con la misma eficacia que en la época del rey Túpac Yupanki, s. xv, las autopistas del ciberespacio, trayendo noticias sobre las creaciones literarias de mi país; si bien es cierto que las informaciones sobre la narrativa son cosechas abundantes y de buena calidad, los trabajos sobre poesía son escasos.

¿Por qué?

¿El mundo ha matado a sus últimos cantores?. En realidad fue siempre así. Le dieron duro con un palo y con una piedra. El poeta de hoy y de ayer es el mismo que aquel bardo que decía “me muero de sed, cerca de la fontana”, recorriendo el mundo sin más bienes materiales que una talega de cáñamo llena de lirios y pájaros. Se llamaron villon, Leopardi, Vallejo, Cavafis, Mallarmé, whitman, Juan Ojeda, Paul Celan. Carlos Velásquez pertenece a esa raza de bardos recalcitrantes que han unido el crepúsculo con el alba. De silueta claroscuro y paso trashumante. A veces le veía en una facultad universitaria del Cusco, luego por las calles de Buenos Aires; hasta que en uno de mis retornos a la ciudad imperial quise encontrarlo: fui directamente donde el poeta Mario Pantoja, quien era muy cercano, para que me diera su dirección; pero recibí como respuesta de que Velásquez vivía en el Japón. Desde entonces renuncié a encontrarme, a veces dudé de su existencia y que los poemarios que puntualmente me llegaban, con su firma, tal vez fueron productos de un heterónimo de inspiración gremial.

Acabo de recibir su último poemario Ordenamiento de la Ocultación, Quisakuro editores, Cusco junio 2018. Libro de perfecto continente que guarda 42 poemas.

Poeta inclasificable, desde el primer libro Espantapájaros, editado por los años 1970, su trabajo se sitúa en un trabajo limpio de metáforas paseistaso de abusadas imágenes de vanguardias. Su poesía es el ordenamiento de la palabra, tallado a partir de un bloque lingüístico que se halla en las canteras de lo oral y escritural. Poeta admirador del modernismo brasileño y los mitos orales de ascendencia mochica, quechua, huachipaire, mismo japonesa-amazónica. Sí, todo eso parece ser Velásquez.

Poesía sensorial por estar tejido por hebras del intimismo y poesía innovadora por el hecho de que las  palabras poco usuales cobran brillo en un trabajo de filigrana verbal, a la manera de los orfebres de Catacaos. Es el rescate de las palabras, que en una época hicieron los futuristas -pienso hoy en el poeta huancaíno Juan Parra del Riego- palabras por tanto importantes pero evitadas a menudo en la lírica. Eso es la importancia del trabajo de Carlos Velásquez: De un lado el lenguaje y del otro el pensamiento mítico, que nace del universo de los pueblos (en su caso) del norte, del cusco y de Qosñipata (selva del manú).

Poeta de discurso antiacademicista, pero de una cultura poética muy actualizada.

Nos dice en la solapa de su libro “Uno de los riesgos que veo y asumo en mi poesía es su carácter confesional, sentimental. Aparte de su torrencialidad descuidada, que descubren al animal civil que soy, el bosquimano victimado por la distopía cotidiana….”

El director de Siete Culebras, revista andina de cultura, el narrador Mario Guevara, en algún atardecer cusqueño me recordó que el poeta Velásquez probablemente sea uno de los mejores vates que esta madre tierra haya dado en estos tiempos. Pueda que sea, por el renovado lenguaje de sus trabajos, de ser así, él se alinea con el respeto que le inspira al lado de sus mayores, entre ellos al del poeta Raúl Brózovich Mendoza.

El poema pórtico se llama Samincha, vocablo quechua que pertenece al lenguaje críptico-mágico, que podemos acomodarlo como Bendiciónen cristiano.

 

Samincha

 

El efecto territorio-espejo/es lo que nos define coextensivos/por encima de lo que sienta el corazón/frente al laberinto/que se transforma navaja de abanico/llevada por el aire.

Para que dejen de ser contemporáneos/los lamentos de eternidad que aspiramos.

Protegidos con sal rosada de Maras/espiritualizamos afectos nectofílicos/que vienen y van/por el camino del viejo confrontador de rayos.

Que vuelve sabio/mostrando cicatrices del cielo en el culo/para que lluevan reapariciones/de un solo origen/perdonadas por adelantado.

A quienes mostramos la punta del corazón/como amenaza importante.

 

El lenguaje debe liberarse de la historia, con palabras que respondan al silencio, decía el gran Paul Celan antes de tirarse de cabeza en el río Sena. Sí, creo que la poesía es eso también. Velásquez ha llegado con este libro a las máximas riberas de la poesía purista, de esa poesía fluyente, cargadas del supremo limo de la palabra.

 

Solo me queda deciros, desde esta colina de Ginebra, que los cantores pan-andinos creo que no van a morir de sed ni de golpes; porque obras como Ordenamiento de la Ocultaciónme dicen que en las laderas del Ausangate las musas se han instalado para rato.

 

NT/Ginebra, Enero 2018.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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