Todavía somos de Niel Palomino Gonzales. Jorge Teran Morvelli

Niel Palomino Gonzales. Todavía somos. Arequipa, Aletheya, 2018

 

Niel Palomino Gonzales, autor de origen apurimeño, formado en la UNSAAC, es un constante animador de la vida cultural del Cusco y Apurímac. Vinculado, de esta manera, con la tradición literaria del sur del país, en el que se ubican algunas de las literaturas regionales más antiguas –en tanto existe registro de ellas- y sólidas del país: la cusqueña y la apurimeña. Bastaría mencionar que la primera es la más antigua de la cual se tiene registro escrito, cuna del indigenismo literario, y la segunda, lugar de nacimiento de uno de los dos narradores peruanos más universales: el amauta José María Arguedas. (El segundo, como se deduce, también es sureño: M Vargas Llosa).

Pero, nuestro autor es, sobre todo, un persistente narrador, cuya escritura ha ido madurando con el paso de los años. Desde una primera edición de El cantar del wakachuta en el 2010 y su posterior reedición el 2015. Libro este que podemos juzgarlo como un libro iniciático, de aprendizaje, en el que el escritor va probando sus técnicas para afinarlas en el frecuente quehacer escritural. Destacan en él algunos cuentos, como el que otorga nombre al libro y otros como “Operación hormiga” y “La venganza del Aguacero”, en los que, además, Palomino persevera en los finales sorpresivos. No obstante, este primer libro permite observar una voz particular, permite apreciar una poética, una narrativa que se enfocaba en el acontecer andino, desde un plano si queremos, en principio, tradicional, con los tópicos de los mundos divididos, entre indios, mestizos y señores, en el decir de Arguedas, hasta cuentos mucho más modernos sobre el impacto de la globalización en los Andes, tanto en clave alegórica como en un registro, digamos, realista; pasando por las historias de amor al calor de los valles surandinos, entre otros tópicos. Ítems estos que permiten comprender este primer conjunto de relatos Palomino Gonzales al interior de aquello que se ha denominado narrativa andina; una narrativa que, además de dialogar con técnicas coetáneas y trabajar el llamado castellano andino, ha complejizado la representación de los Andes a partir de los procesos sociales contemporáneos de modernización y globalización.

Este segundo conjunto de cuentos, Todavía somos (2018), es un libro organizado –en la misma línea del anterior- alrededor de la voz andina, aunque desde una práctica escritural madura, en la que se aprecia con mayor claridad y calidad, la poética anunciada en El cantar… Título que es, además, una doble declaración. 1) Señala su vínculo con la narrativa arguediana (sin que esto implique otras apuestas narrativas), así como, 2) en el magisterio del amauta apurimeño, su pertenencia a la voz de los sectores andinos quechuas; estamos ante el “todavía somos” arguediano como programa narrativo: resistencia y continuidad, permanencia y cambio, tradición y modernidad –y posmodernidad- en el mundo andino. En esa doble línea, se aprende y aprehende lo que podemos considerar la voz del otro, una construcción de esta voz que arriesga por la enunciación desde narradores liminales, en la edad (es constante la presencia de narradores [as] adolescentes o que, desde el tiempo transcurrido, rememoran constantemente la adolescencia o primera juventud), entre la vida y la muerte, entre la tierra y el desarraigo. Mundos andinos que representan un acontecer vigente, continuo, y, sobre todo, vivo y poderoso. En los siguientes párrafos vamos a detenernos, principalmente, en los primeros cuentos, pues, consideramos, aportan las líneas de lectura más substanciales del libro de Niel Palomino.

“El retorno de José María”, cuento que apertura el libro, resulta un cuento metaficcional, específicamente metaliterario, en tanto ficcionaliza aspectos vinculados con el mundo de la literatura, cercana a lo que se ha dado en llamar metaficción historiográfica. En esta línea, recordamos algunos textos contemporáneos, pues resulta una tendencia común en la literatura posmoderna. Pensamos en, por ejemplo, los libros de Laurent Binet HHHH y La séptima función del lenguaje, Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla o Si te vieras con mis ojos de Carlos Franz. En el caso peruano, se nos vienen al recuerdo Llora corazón (2006), de Luis Fernando Cueto, novela que recrea libremente también una parte de la vida de Arguedas, específicamente su estadía en Chimbote, a través de los ojos de su sobrina, una de las hijas de su hermano Arístides. Así, como la vida de Vallejo, alrededor, sobre todo, de su prisión en Trujillo, hasta su viaje a Europa, en la pluma de Eduardo González Viaña, en Vallejo en los infiernos (2008).

Para el caso, estamos ante un cuento que, desde la voz de Chawaco, narrador configurado como nieto de la protagonista (en realidad un huérfano también, a la manera de Arguedas), recrea los días finales de esta, Justina, la célebre personaje de “Warma Kuyay”; para, desde dicha enunciación, vincular la historia de Justina con la vida del escritor andahuaylino. Historia que se soporta, sobre todo, en el final mítico. Al pasar de los años, la anciana Justina buscará reencontrarse con el joven Arguedas, al que soñará llamándola para reencontrarse, quien habrá de llamarla desde la agonía. El tiempo ha transcurrido. De alguna manera la vida no es la misma, pues cada quien ha seguido su propio derrotero, pero, aún así, la necesidad de volver a ver a Arguedas es perentoria para la anciana. El reencuentro, no obstante, será tardío, a la muerte del amauta. No obstante, la vida, esta breve estancia por el mundo, no es más que eso, una pausa, pues Arguedas y Justina pertenecen a otro mundo, pertenecen a otra realidad. Específicamente, el mundo tras la muerte física es un paso para el redescubrimiento de su naturaleza mítica, de forma que el reencuentro tiene que darse, sino en esta realidad en la otra, en la complementaria, en el mundo de las deidades andinas. Seres míticos (laguna y cóndor una, zorro el otro; un Arguedas que camina, en ese sentido, entre los dos mundos, al lado de una Justina que se relaciona con la Pachamama y los Apus tutelares, con las pachas andinas) habrán de darse el abrazo eterno, en una nueva vida que es, a su vez, un lazo con esta. A todas luces, este relato de Palomino Gonzales establece un proyecto que retoma la línea mítica de la narrativa andina, pero haciéndola dialogar con recursos tradicionales, modernos y posmodernos a nivel técnico y temático.

El segundo cuento de la colección, “El cantar de Vitkus”, incide, una vez más, en el mundo andino, pero, a diferencia del anterior, desde una perspectiva histórica. En el caso específico de nuestra literatura, se incluye en la línea trazada por autores como Luis Enrique Tord y su libro, El oro de Pachacámac (1985), por ejemplo; Enrique Rosas Paravicino y Muchas Lunas en Machu Picchu (2006), Los primeros cuentos de Señores destos Reynos (1994) de Luis Nieto Degregori o el reciente, cuando menos en su versión impresa, El espía del Inca (2018) de Rafael Dumett. Estamos ante textos que se vinculan con la llamada narrativa histórica, en mayor o menor grado, ambientada en los inicios del desencuentro entre Occidente y los Andes.

La mirada que propone Palomino Gonzales, en realidad, resulta complementaria a la presente en el anterior cuento. Desde un enfoque andino quechua, más específicamente, desde la etnia inca. A partir de la voz del joven guerrero, Willka Nina (Fuego sagrado), se construye la versión de la “conquista”, de la invasión española al Tahuantinsuyo. Una versión que se puede interpretar como la que se enuncia desde el otro silenciado, la “voz de los vencidos”, la “otra historia”. (Al respecto, la dedicatoria a los guerrero incas [hombres y mujeres] y a Juan José Vega es explícita; bastaría recordar el libro La guerra de los Viracochas [1963] del historiador peruano). Estamos ante otra versión. Empero, a esta otra versión, no hay que verla con el estigma de la derrota; el relato de Palomino, que da cuenta de los años previos a la llegada de Pizarro, en los tiempos de la muerte de Huayna Cápac, la posterior guerra de los hermanos por el trono, hasta la muerte de Manco Inca en VIlcabamba, contiene actos de entrega y valentía. Es, en sí, un relato épico, de resistencia y constancia. Un cuento memorable.

“Barbarita”, el tercer relato del conjunto, representa un mundo andino, el apurimeño, a través de la figura rebelde y corajuda de Bárbara Pinares, mujer de armas tomar. Estamos ante una historia de amor, pero no cualquier amor, sino uno pasional, desde la narración de una anciana, la que será la mujer que da origen a la canción “Barbarita”, prácticamente himno de la región Grau. Sin embargo, más allá de la historia de amor, resulta interesante la construcción de Barbarita como personaje: es una mujer que posee agencia, que puede tomar la iniciativa y se confronta de tú a tú, frontalmente, en un mundo gobernado por hombres, en un mundo mestizo o amestizado que es también un mundo andino, de bravura y epicidad. Ciertamente, puede remitir a la figura emblemática de la mujer andina guerrera, cual Mama Huaco. Y desde esa lectura, comprenderse como parte central del equilibrio cósmico en el mundo andino.

Completan la colección los cuentos, “El Color del Desarrollo”, suerte de tragedia comunal ante el avance indiscriminado de la minería en los Andes, que actualiza el viejo conflicto entre Occidente y el mundo andino en nuestra contemporaneidad. Además, de “La Conversión de Ofelio Uscamayta”, en el que asistimos al derrotero de un hombre cegado por los celos y el alcohol o a las astucias de una joven esposa. Finalmente, “Colegiala de mi Primer Latino” es, como su nombre lo anuncia, la historia de amor de un par de colegiales, pero que es, a su vez, el pretexto para presentar el acontecer diario en un colegio de Vilcabamba, el Encinas.

En resumidas cuentas, mito, historia, tradición, modernidad, globalización, conforman el mundo andino que encontramos en los relatos de Palomino Gonzales. Un mundo andino dinámico, resistente, siempre vigente. Estamos ante un proyecto literario que se soporta en el afán identitario acerca del ser andino, acerca de la andinidad y, a primera vista, las distintas formas de este y, en una de sus lecturas, su resistencia frente a Occidente; resistencia que no es negación, que tampoco es entreguismo, pero que parece reclamar, igualdad, equidad. En la línea de madurez, que sigue a las enseñanzas del maestro Arguedas, quien en “A nuestro padre creador: Túpac Amaru” habría de decir Kausasianikun. ¡Estamos vivos; todavía somos!

Jorge Terán Morveli

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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