PARA ESTUDIAR A VALLEJO. Omar Aramayo

 

PARA ESTUDIAR A VALLEJO.

¿Es Vallejo el mejor poeta del mundo, como aseguran los que solo han leído a Vallejo o no han leído nada? Tal afirmación se basa en una poco conocida encuesta realizada en España el año 2000, en el ámbito literario, donde se concluía que era el poeta más importante de la lengua al finalizar el milenio. Al margen de cualquier anecdótica información, lo que sí es posible es reconocer que el vate santiaguino desplegó una poética original, profunda y renovadora, comparable solo a las que en su tiempo implementaron Quevedo y siglos más tarde Darío. Tres hitos que marcan el desarrollo del idioma, tres padres que cuestionan la gramática, el ritmo, y la semántica, y por lo tanto el espíritu, replanteado como fuente de contenidos que la realidad social cambiante lo exige, que hacen de la lengua una posibilidad del ser y del ver las cosas más allá de lo que son, más allá o más adentro. Porque el idioma no solo describe e interpreta la verdad y debe por lo tanto ser verdad, sino la belleza, y eso está directamente en la fragua, en el horno, en el corazón de los grandes creadores, que sobre intuiciones primigenias van a desbordar y transformar el vehículo que los transporta verso a verso, silencio a silencio, hacia un final que al iniciar sus obras tal vez ni ellos mismos calcularon.

Debemos recordar que en 1922, hace noventa años, se publicaron obras capitales y renovadoras de la literatura universal: Tierra Baldía de Elliot, Ulises de James Joyce, y por cierto Trilce, de César Vallejo; año el mismo y en enero, se realizó la semana de arte moderno en Sao Paulo y la antropofagia, que marca la renovación de las artes en el casavallejomundo portugués. No se trata de concluir en una telaraña de coincidencias, sino de observar con justicia que la originalidad de Vallejo es paralela al mundo europeo, nítida, fresca, glamorosa, dentro de un estado de ánimo universal, parte de una masa crítica evidente, donde la expresión artística no pertenece tanto a la persona sino que es expresión de un élan vital cósmico y social, como sugería John Lennon, la música está en el ambiente, el individuo es un receptor ; para recusar la teoría de los “préstamos” de la cual algunos jóvenes académicos echan mano alegremente para explicar la obra de Oquendo o de los indigenistas del grupo Orkopata, como tributarios fatalistas de las vanguardias europeas, clara expresión de la mentalidad colonial, que jamás podrá explicarse la existencia del mundo sino como parte de Europa.
Obviamente Vallejo tenía un profundo conocimiento de la gran renovación mundial del arte y la literatura, conectó y bebió de esa fuente globalizante, pero lejos estuvo de ser acólito, tributario, colono, de ese movimiento de energía, vitalidad, y alegría. La palabra préstamo patina en seco y siete veces seguidas. Vallejo tenía su propio fulgor, y lo mismo que aquellos jóvenes innovadores como Huidobro o José Juan Tablada, y más antes Souza Andrade, y más antes aun, Simón Rodríguez.

En su irreverencia ante la sociedad, el pasado y el sistema, la vanguardia desata fuerzas creativas insospechadas, el nuevo arte con su semilla de rebeldía se siembra como un huracán y las viejas formas del arte cesan puntualmente, como si un árbitro deportivo o la sirena de una fábrica señalaran de pronto el final del partido, el fin de la jornada, el acabose del crepúsculo. Y empieza un tiempo nuevo. Ese impulso creativo, regenerador, está nutrido de una alegría liberadora de fuerzas contenidas; cuando observamos Trilce, podemos ver fundamentalmente el júbilo interior, Trilce es el júbilo, la alegría de crear y de ser. Es obra de gozo íntimo y de sumo humor, más allá del tema existencial y de la duda metafísica que alienta en el contenido; indubitablemente, desdice eso, la superstición que Vallejo era un hombre triste y depresivo, que sus versos invitan a la angustia o la melancolía. Vallejo lo dice, paradójicamente, con alegría. En todo caso, se estable un doble juego, paralelo, lo que dice se relativiza a través de la forma, o adquiere otro relieve, una especie de supra oxímoron; paralelo, opuesto y complementario. Es pero no es, lo garantizo con la forma, lo digo, pero tú sabrás comprender, reflexiona y nos pone a prueba. Vallejo no se “prestó” el ultraísmo, lo entrevió, lo intuyó, y lo desarrolló de manera personal, lo enriqueció, como ocurrió con otros creadores, porque la vanguardia estaba en el aire. Y se adelantó de tal modo, que muchos lo incomprendieron o solo no lo entendieron; Mariátegui, su primer sabio apologista, acogió a Trilce en su ensayo sobre literatura peruana, el Amauta era difusor y analista de las tendencias en boga; aparte de las polémica que suscitó y que fue asumida solo por Orrego y León Barandiarán, a favor de Vallejo y susdetractores provincianos. Trilce fue un libro subversivo, que puso en cuitas a los críticos, que les hizo dudar de su teoría y de su práctica estética y de su condición humana, hasta llegar finalmente a la pregunta ¿para qué sirve la poesía? ¿Esto es poesía? ¿Entonces, qué es la poesía? El mensaje de Trilce, es el cambio en sí, cambio vertiginoso.

La poesía de Vallejo tiene voces, matices, registros diversos, no es unísona ni monocorde. Los Heraldos Negros o Nostalgia Imperiales, corresponden a dos formas absolutamente distintas ya en su primer libro, esta manera de ver el mundo y ver la poesía nos permite distinguir hasta seis maneras de producir la voz poética, en ese tejido incansable de contenido y forma.
La poesía nativista, o indigenista, donde la evocación y la exultación de su lar nativo, Santiago de Chuco, Trujillo, el pasado prehispánico, un indigenismo sui generis, que años más tarde se convertirán en los himnos de la solidaridad, son el capital poético inicial de Vallejo, su herencia romántica; pero además su yo identitario.

La poesía intimista, la del yo y de la familia, aquella inagotable épica de los ojos cerrados y el recuerdo inagotable, las hermanas, los padres, la ternura, los amores infantiles y juveniles, inconclusos y reminiscentes, la cárcel lacerante, los recuerdos que lo persiguen como fantasmas, la conciencia y dios y la muerte que lo acosan y no lo dejan tranquilo, ni siquiera pensar en el bruto libre/ que goza donde quiere, donde puede. La ropa que lo acompaña y de la cual no puede desprenderse, y no podrá hacerlo sino hasta su última etapa.
La poesía intelectual, la construcción de las grandes metáforas, Tahona estuosa de santiagoaquellos mis bizcochos, el alambique, la escultura lingüística, el lucimiento del idioma, la herencia conceptista del aquel bravo dinamitero del siglo de oro; esa que le ha arrebatado el sueño a tanto estudioso de la literatura, lo que dijo y lo que no dijo, que a veces es tan especialmente interpretado localmente por Jorge Díaz Herrera, Danilo Sánchez Lihon o Manuel Velázques Rojas. El enigma, la superstición y la inteligencia, un coctel bravo y exquisito, engañoso y brillante.

El tiempo hace que esos versos barrosos, difíciles, con el tiempo se vuelvan diáfanos, cristalinos, clásicos; irrepetibles, además porque toda repetición es una ofensa. Estruendomudo, lagrimal trifurca, y tantos. Poesía que resemantisa, que renueva sentidos, donde dos palabras se juntan inusualmente, como a nadie se le había ocurrido, la parición de un nuevo sema, la impronta de un nuevo somos.

La poesía lúdica, expansiva, donde no le importa ser surrealista, él que fue tan duro con el surrealismo como escuela o secta, o estridentista (una versión mexicana criolla del futurismo, al cual Roberto Bolaño ha destinado al basurero de la historia literaria, pero que en Vallejo es savia fresca) o naiv, o solo ultraísta como Girondo, Borges, o Cassinos de Asens; donde solo le interesa jugar con la palabra y a partir de ese juego arma su estrategia. 999 calorías/ Rumb… Trrraprrr… chaz/ Serpentínica u del biscochero/ engrifada al tímpano. Vallejo como Oquendo de Amat, supo troquelar un vanguardismo sui generis, crisol de todos los ismos, propio, humano y jubiloso; y en el caso de Vallejo a veces inmersos en su lectura nos olvidamos que es vanguardismo sino solo un juego, es decir poesía.

La poesía mántrica, cerradamente anafórica, en base a la repetición, como un tambor o los latidos del corazón, en busca del ritmo y la persistencia, como una lluvia que no se retira o la voz que llama a los dioses sin cansancio; en fin, en busca de un estado de ánimo: Era era. Es una tendencia de poesía fonética, a veces clara otras difusa, en Yuntas se puede distinguir esta manera, en alta resolución. Varios días, Guijón; muchos días, guijón; mucho tiempo, Gijón; etc. o tanto otros de España.
La poesía donde se encarnan los grandes himnos de la agonía y la solidaridad, donde Vallejo ha transmutado la duda metafísica por el amor al ser humano, visibles en Poemas Humanos y en España Aparta de mí este Cáliz. Poeta como Walt Whitman o Saint Jhon Perse, o pintores como Orozco o Siqueiros, de frescos, que trascienden la circunstancia y hablan en nombre de la especie. Esta es una manera de ver su poesía, existen muchas otras, más oportunas y completas, más dedicadas y profundas, que podrán encontrarse en este libro; a Vallejo debemos verlo con ojo de mosca y tratarlo con mano de cirujano, inmensa es su riqueza.

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