BROZOVICH: UNA VIDA ENTRE LA POESÍA, LA PINTURA Y LA BOHEMIA. Niel Agripino Palomino

Niel Agripino Palomino comparte memorias de Raul Brozovich, por culpa de quien, luego de escuchar Toparpa leido por Helena Uzandizaga,  Odi Gonzales, Mario Guevara, G. P. , Martin Lienhard y noqa fuimos acaso a buscarlo en todas las  cantinas del Cusco para terminar hablando de las virtude del caldo de cabeza. Chaynas soltero vida kasqa

BROZOVICH: UNA VIDA ENTRE LA POESÍA, LA PINTURA Y LA BOHEMIA

Por Niel Palomino Gonzales

 

A don Adrián Valer Delgado,

en recuerdo a su amistad con Brózovich

 

“Raúl Brózovich Mendoza, nació para ser poeta y no pudo torcerle el cuello al destino maldito de escribir por más que quiso y por más que sumo insatisfacciones per doquier”. Así reza en la contraportada de Memoria Poética, uno de los libros del autor. Y es que Brózovich, no solo fue el poeta que en Cusco ha desplegado   lenguajes   y   estructuras   de   poética vanguardista, en cuanta tertulia y exposición de poesía ilustrada; sino, un artista que cultivó, también con la misma pasión y entrega, la pintura y la bohemia.

En su quehacer poético, tiene de Maiakovski esa obstinación por estructurar el poema en forma libre y atropellada, con mínimos signos de puntuación, al mejor estilo futurista; de Vallejo, su preocupación por expresar el dolor y la miseria humanos.

En su arte plástica se aproxima, según los conocidos en el campo, a maestros como Gauguin, Van Gogh, Dalí, pintores vanguardistas. Finalmente, en animar tertulias literarias con sarcástica bohemia, nos recuerda a Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, poetas malditos de finales del siglo XIX e inicios del XX.

 

Único entre los poetas del Cusco, sin seguidores ni discípulos, porque él fue ante todo un artista cuya vida transitó al margen del afán protagónico o figurantismo. Tal vez, por eso, no figura en las antologías de la poesía peruana, pese a que su poética no tiene nada que envidiar al de los poetas antologados de la generación 60. Pues, a decir de Leonel Guzmán, con quien coincido, el vate de “Toparpa” es “el poeta genial del siglo XX del Cusco”, junto con Nieto Miranda y Pérez Ocampo. Y si precisamos los extremos, Luis Nieto Miranda, por su poesía rítmica, melodiosa y grandilocuente, es el Chocano del Cusco y Raúl Brózovich, por su poesía arrancada de la más dolorosa y miseria humana que le tocó vivir, es el Vallejo del Cusco.

 

Al leer los poemas de Brózovich, constatamos que él no ha cantado a la vida; sino, ha cantado de la vida. Así, al ingresar a su universo poético, percibimos que como buen artista, Brózovich, se inicia con una poesía “pura”. Verbigracia: “Soneto libre para una rosa”, “La muerte y la rosa”, “Melpómene”, en cuyos versos “la rosa / pura es apenas graciosa” y “en su débil estructura/ el amor está en el aire”; pero, también puede estar en los ojos “en la fiesta de los sentidos” o viene de la sombra en forma de un “cuchillo desvelado” Luego el fluir poético de Brózovich, se detiene en una poesía humana poemas como “El duro oficio de vivir”, “Ultima agonía del poeta atormentado”.   “El Festín de Heliogábalo”, “Trampas trampas”, etc. Donde “En el interior de un ómnibus/ un niño canta… jerigonzas de waynos” para que “de extraña vergüenza/ uno saca una moneda/ del subsuelo del corazón. Y “el dulce y desesperado/ empleado público… descubra “antes del desayuno… horrorizado/ sus medias rotas”. Y el poeta atormentado agoniza por última vez pues, “debajo de su ropa usadas/ sus heridas profundas hablaban de la república del sollozo ‘y a pesar de ello el” poeta- que andaba por la sombra dura de las alcaldías/ con su pequeño libro de poemas/ blindados” que “ocupaban el recinto de su alma”, en esas andanzas comprende que “lleno de fantasía la vida no era para él/ ni tampoco él para la muerte”. (Clara alusión a aquellas autoridades que no se interesan por el arte y la cultura, sino en saquear y saquear más el tesoro público con obras solo de cemento). Raúl entra también a una poesía social y popular con poemas como “Redoble fúnebre” dedicado a Luis Zapata (guerrillero caído junto al poeta de árboles y pájaros (Heraud) y con poemas dedicados al genial clásico de la tonada Qorilaziana (Pancho Gómez). De allí, salta cual gato siete vidas, a una poética histórica al mejor estilo de Neruda en “Canto General”, o Cardenal de “Economía del Taeantinsuyo”, construyendo palabra sobre palabra poemas como “Toparpa” y “Keros”.

El aedo poetiza también el lado lóbrego y degenerado de la sociedad actual: la violencia, el lumpenaje, el sexismo, la prostitución y la homosexualidad en su poema Grafitti en el cual dice: “sin lengua caminas caminas caminas/ habitaciones sucias/sordos hoteluchos/ de pronto crímenes violentos/ basura del lumpen/ torturas policiacas/en la plaza Abancay pasas la noche huarapera/ bailando valsecitos criollos/ con maricones/ y afuera brillan chavetas/ de los chinos cholos…” Para finalmente concluir en una poética de tendencia futurista, claro está, a lo Maiakovski, con poemas como “fábrica de Sueños” y “Chatarra 2555”.

Esta muestra poética nos confirma a un hombre que supo entender que el arte es un compromiso de vida y muerte. Con tal idea Brózovich, vivió cada instante de su vida con intensidad, buscando en cada palabra, pincel o vaso, una nueva forma de vivir en el arte. Esto le facultó ser ya lo dijimos, un gato siete vidas, que brincó de una estancia artística a otra, con precisión, para caer a cada una, siempre de pie.

Leí a Raúl Brózovich por primera vez en 1999. Por aquel año, cursaba mi tercer ciclo en la Facultad de Educación de la UNSAAC. Lo leí gracias a la antología Piedra sobre piedra, Poesía cusqueña del siglo XX, del poeta y buen docente universitario Mario Pantoja. Yo tenía 19 años, poco sabía o poco entendía de la poesía. Cuando leí los poemas de Brózovich, aquella vez, no entendí nada, pero sentí una vibración intensa en mi alma. Desde entonces comprendí que la auténtica poesía no se entiende, sino se siente. Cuando semanas después, Mario Pantoja presentó su libro mencionado tuve la suerte de conocerlo la noche de la presentación. Brózovich era un señor canoso, blanquiñoso, ya de edad, su rostro y su frente llego de arrugas y una piel que daba la apariencia de estar desescamándose, de ojos verdes, de vestimenta sencilla y de hablar sumamente parco. A los días siguientes, lo vi en la Biblioteca Central de la UNSAAC en compañía de otro señor canoso: el bibliotecario y gran lector Adrián Valer. Me acerqué, saludé a los dos y hablamos. Otra vez, Brózovich se mostraba parco. Era el primer poeta que conocía e incluso tuve la imagen que todos los poetas eran callados como Brózovich. Pero yo seguía saludándole y así finalmente logré ser reconocido por él. Para entonces, busqué y leí todo lo que de su poesía había en la universidad. Brózovich venía casi diario a la universidad. Como ya era casi su amigo, me confesó que acababa de jubilarse. Él había laborado en Proyección Social. Me confesó que la burocracia le hacía venir por cada cosa y eso le incomodaba. Yo quería que habláramos de poesía, que me dijera cómo hacer poesía; pero, nada de nada. Y me conformé con que habláramos, no importa de lo que sea.

Por aquel entonces, obtuve un carnet de lector de la abundante e importante Biblioteca del Centro Bartolomé de las Casas. Todas las tardes en que tenía libre iba a leer libros. Una tarde de setiembre del año 2000, cuando salía de la biblioteca mencionada, en una de las bancas de la Plaza Limacpampa, divisé a un señor desgarbado, canoso, con un saco ajado. En cuanto me acerqué lo reconocí: Raúl Brózovich, el poeta. Le desperté, me reconoció. Conversamos. Me preguntó que si me gustaba chicha. Le respondí que sí. Entonces, vamos a La Chomba me dijo. Esta es una de las chicherías más antiguas y famosas del Cusco, ubicada en la subida de la Av. Tullumayo, cerca de Limacpampa. Él invitó la primera ronda y la segunda le devolví yo. Pero tomamos otras rondas más hasta quedar ebrios igual que los otros concurrentes. Mientras tomábamos, sin que le preguntara y para mi asombro, Brózovich empezó a hablar como un río desbordado. Me narró de sus inicios de poeta, del Cholo Nieto, su maestro, del poeta ruso Vladimir Maiakovski, de Vallejo, de Bertolt Brecht, de Nazim Hitmet, de Comunismo. Maravillado solo lo escuchaba. Narró de sus viajes y aventuras por el Perú y por el extranjero. De su estadía en Bolivia, del grupo Gesta Bárbara en la cual había participado. De su paso por Mendoza Argentina, donde se retó en una payada (una especie de impro de estos tiempos) con un payador gaucho. Me confesó de su incursión en el teatro. Me confesó de una hija actriz nacional famosa llamada Cecilia Brózovich. Ese era el Brózovich que yo conocí, parco de sobrio, pero con unas copas, un volcán de ideas, anécdotas y versos en erupción. Finalmente, después de tantos vasos de chicha me confesó que ese día era su cumpleaños. Como no contábamos con más dinero a eso de las nueve de la noche nos fuimos caminados hasta la Calle Qheswa cerca al Mercado San Pedro, donde vivía Brózovich.   Llegamos a la casa. Subimos al segundo piso. De su cuarto, su cama, solo los que estuvimos ahí varias veces sabemos cómo es.

A partir de esa borrachera se fortificó nuestra amistad. Por eso, sé que él abandonó sus estudios de Leyes en la UNSAAC “por decencia intelectual sus docentes eran académicamente pésimos y porque un poeta jamás podría ser abogado, ni un abogado sería poeta: el poeta dice la verdad y no tiene precio y el abogado miente y tiene un precio contante y sonante, pero acabante”, decía el gran Brozo. Sé también que él tenía preparado todo un estudio antológico sobre la poesía surandina, incluso me mostró el machote de dicho libro; pero, cuando él iba a las entidades públicas para exigirles que cumplan con su deber cultural costeando la publicación, los amos y señores del tesoro público, los burócratas odiosos siempre le negaron.

Él como pintor autodidacto criticaba duramente a la Escuela Superior Autónoma de Bellas Artes, decía que allí estaban docentes con cerebros europeizados y faltos de imaginación. Me contó que un día se le ocurrió hacer una exposición de poesía ilustrada con los poemas más representativos de César Vallejo. Para ello, había a los alumnos y docentes de la escuela de arte citada, a fin de que ilustren los poemas. Los estudiantes le aceptaron y cuando fue a ver los cuadros quedose sorprendido con el trabajo plástico. Según Brózovich, para Los heraldos negros habían dibujado una masacre, en el cual unos tipos estaban golpeando a un hombrecito con unos palos enormes; para Los dados eternos, la ilustración contenía hartos dados unos sobre otros; para Piedra negra sobre una piedra blanca, había un dibujo en el cual efectivamente una piedra negra aplastaba a una piedra blanca. Cierto o no es lo que Brózovich contaba.

Cuando el año 2001 conjuntamente con Jerver Pérez y otros amigos fundamos el Círculo Literario Avatares en la Facultad de Educación, a sugerencia de Raúl Brózovich organizamos una exposición de poesía ilustrada en la entrada de la Biblioteca Central y fue un éxito, porque también organizamos un recital de nuestros poemas ilustrados en el Salón de Grados de la Facultad de Educación.

En diciembre del año 2003, sus compañeros del SINTUC, y principalmente Adrián Valer, se lo editaron sus poemas bajo el título parafrástico de “Los versos del gran capitán”. Y a pocos meses de su muerte el poeta Mario Pantoja y el narrador Enrique Rosas editaron sus poemas casi completos bajo el título de El duro oficio de vivir, con el sello de la Editorial Universitaria de la UNSAAC.

Semanas antes de su deceso me volví a encontrar con él. Ya no estaba tan bien tanto en lo físico como en lo mental. Aun así seguía quejándose de la negativa de las autoridades políticas cusqueñas para publicar, no su libro, sino una antología de poesía surandina. Ahora que faltan pocos meses para los diez años de sensible deceso, el dolor sigue, la negativa de los burócratas y autoridades políticas para con Raúl Brózovich continúa. Por eso, lleno coraje repito con la voz de Brózovich: “Nosotros los poetas (geniales o no) /_aborrecidos_ por la gente mentirosa/ odiados sin piedad _ por los desgraciaditos/ (que no alzan la nariz del epigastro de sus intereses generales)./ Perseguidos a golpes de oro por los cadáveres de la bolsa/ Nosotros los grandes desdeñados/ tropezamos con la metáfora de nuestra turbulencia soñadora _nosotros testigos de una época privada de espíritu_ les decimos con letra minúscula:/ somos necesarios como el agua natural. / _Acto seguido_ que vamos a reconstruir la voluntad ‘todopoderosa’/ del hombre sobre la tierra”. Pero no se crea que Brózovich solo cantaban de las injusticias, también en su alma de poeta elegido, había espacios para lo más tierno de los sentimientos: el amor. Leamos: “Criatura delgada/ porque eres pequeña y delgada/ soñaré despacio con tu vida/ pequeña y delgada criatura/ es el otoño de fuego/ que inicia la música de tus pasos/ así te amo/ apasionadamente/ el tiempo corre enloquecido hacia tus brazos/ fabricas ilusiones con tus pestañas sedosas/ y me dejas cuando quieres dejarme/ llorando saudades…/ recoge en sus redes mi corazón destrozado/ pasa/ toma asiento en la silleta frágil de los sueños/ y conversemos”. ¡Qué intensidad, qué sentimiento! ¡Bello canto al amor! Pero su más precioso canto es a su Cusco amado. Escuchémosle: “CUZCO

AMO TUS SILENCIOS

FINA ARQUITECTURA DEL TIEMPO

TEMPLO DE PIEDRA

COFRE DEL AMOR

RAMO DE ESTRELLAS LEVANTADO

NIEVE

CATARATAS DE TURQUESA

QUE HACIA LA PIEDRA

SU FRENTE DE CÓNDOR SOLITARIO TOCAS

¿QUÉ SECRETA MANO DEL TIEMPO HA PULIDO TU ESTRUCTURA?”.

 

Cuando alguna vez le pregunté cómo le gustaría ser recordado, él me respondió: “Como un simple aficionado a la vida”. Así es y así será modesto Brózovich, gran poeta maldito del Cusco, porque tú más que nadie, conociste “el duro oficio de vivir” de un artista, y supiste que las injusticias humanas y la necedad de los burócratas, más que a nadie desgarran al poeta, y duelen doble al artista.