A 100 AÑOS DE SU NACIMIENTO, EL GRITO DE SUS 20 AÑOS DE MANUEL ROBLES ALARCÓN AÚN NO SE ESCUCHA EN APURIMAC. Niel Palomino Gonzales

Jamas sospeche que detras de las turbinas de la hidroelectrica de Chalhuanca, que escucho hasta ahora, estuviera el celebre escritor Abanquino Manuel Robles Alarcon. Quien sabe si aquel tayta agradable, con el cual tomamos un te pitieado en la cantina de las mas guapas de Chalhuanca, luego del Qalla -Cusco, fuera el autor al que Niel  Palomino y Hernan Hurtado rescatan del olvido.

A 100 AÑOS DE SU NACIMIENTO, EL GRITO DE SUS 20 AÑOS DE MANUEL ROBLES ALARCÓN AÚN NO SE ESCUCHA EN APURIMAC

Por Niel Palomino Gonzales

“Aquí va/ el grito de mis veinte años/ flameados por la rebeldía”, escribió Manuel Robles Alarcón en el epílogo de su libro de cuentos Sombras de Arcilla, en Chalhuanca -1936. Y ese grito aún no ha sido bien escuchado en Abancay, su tierra natal, mucho menos en Apurímac. Es decir, la mayoría de los profesores de primaria y del nivel secundario del departamento de Apurímac, aún desconocen la vida y obras de este insigne narrador abanquino. Espero que esta breve nota motive su investigación y su posterior difusión de las narraciones de Robles en el profesorado de la región de El Dios hablador.

Manuel Robles Alarcón (Abancay, 1916 – Lima, 1988) es uno de los más destacados exponentes del Indigenismo literario en el Perú. Prueba de ello, la calidad de su narrativa ha sido reconocido por los más calificados intelectuales y críticos literarios del país: Uriel García, Luis E. Valcárcel, Luis Hernán Ramírez, César Lévano, Virgilio Roel, Tomás G. Escajadillo y Ricardo González Vigil. Algunos de los citados autores afirman lo siguiente: “En sus 326 páginas, Lockje Runa hace vivir con un extraordinario realismo a los personajes indígenas. Antes solo Arguedas había logrado transmitirnos el lenguaje del indio. Pero, Robles Alarcón lo consigue con una fuerza y un verismo únicos…”. (Luis E. Valcárcel, 1941). “Robles Alarcón fue un muchacho tempranamente huérfano que trajinó a pie por toda la sierra sur, que trabajó en el correo de Lima, en las salinas de Huarmey, en la Central Hidroeléctrica de Huallanca, en el corazón de su Abancay natal o en la Central Hidroeléctrica de Chalhuanca… Ese largo caminar por el mundo se iluminó con una temprana, terca vocación literaria…” (César Lévano, 1981). “Manuel Robles Alarcón pertenece a una generación de narradores que hacia la década del 30 empezó a mostrarse como heredera y sucedánea de la generación Amauta. Los escritores de esta nueva generación, Ciro Alegría, Arturo Hernández, Francisco Izquierdo Ríos, José María Arguedas… y Manuel Robles Alarcón, tomaron para sí las enseñanzas doctrinarias y socialistas de José Carlos Mariátegui…Frustrado estudiante de Letras y Derecho en la Universidad de San Marcos, participó en todos los movimientos obrero-estudiantiles que ocurrieron a la caída del presidente Leguía… ” (Luis Hernán Ramírez, 1982).

Para confirmar y justificar su maestría narrativa, este autor abanquino ganó en 1947 el Premio Nacional Ricardo Palma con su novela Jacinto Huillca y fue, en 1942, mención honrosa del importantísimo premio internacional Farrar & Reinhart convocado y otorgado por los Estados Unidos de Norteamérica (la misma que ganó Ciro Alegría con El mundo es ancho y ajeno).

Robles escribió, asimismo, la novela Sara Cosecho en 1940, Fantásticas aventuras del Atoj y el Diguillo 1974. De Sara Cosecho el reconocido vate y profesor grauino Hernán Hurtado ha elaborado una tesis con la cual optó su grado de Magíster en Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. La sustentación de la tesis y la posterior edición de la tesis como libro causaron una revaloración de la narrativa de Robles en los ámbitos académicos del país y ojalá genere la reedición de sus textos narrativos. En la investigación mencionada, Hernán Hurtado demuestra que la novela Sara cosecho es la historia olvidada de los abanquinos de los años 20 del siglo pasado. En la novela coexisten siempre de manera conflictiva los mistis hacendados, los mestizos y los humildes indios o campesinos. Configurando de esta forma la heterogénea población abanquina. Asimismo, Hurtado, afirma que Robles Alarcón, en su novela Sara cosecho, recrea un milenario ritual andino (la cosecha de maíz), en un sincretismo cultural en el cual conviven la racionalidad y la religiosidad andina con la occidental. La tesis se suma a otras exégesis valiosas, que nos permiten ratificar que si Andahuaylas tiene a Arguedas, Abancay, también tiene lo suyo con Manuel Robles Alarcón.

Del libro de relatos Fantásticas aventuras del Atoj y el Diguillo, el estudioso literario y antologador Ricardo González Vigil afirma: “Robles Alarcón, con el acierto de los grandes recopiladores… de la Edad Media hilvana en secuencias seminovelescas sabrosas fábulas andinas”. (1984). Su última y premiada novela Jacinto Huillca aún no ha sido editada.

Al leer su libro de cuentos Los perros vagabundos, que antes fue llamado Sombras de arcilla, he comprobado las siguientes características resaltantes de su narrativa: a) el adecuado manejo del castellano andino quechuizado, que reflejan el habla y el nivel sociocultural de sus personajes (campesinos en su mayoría). Ejemplo: “¡Ostedes son mojeres más bien, caraju!” ¡Tché! ¡Para que sirven pobres huajates, homrre!; sus historias son narradas de manera lineal o secuencial por un narrador onmisciente (en tercera persona). b) los adjetivos que usa hacen que sus descripciones sean poéticas y sus textos verdaderas prosas poéticas. Ejemplo: “Y el aullido lacerante se sacudió rabioso en la calleja, y metiéndose ululante por las estrechas quebradas tatuadas por los huaicos, se remontó rozando las estrellas, embadurnando la noche con su voz terrible”. “La Cunshicha, bella moza con todos los atributos de la fruta apetecible, veinte veces había visto amarillarse, volverse oro los trigales igualando en brillo al sol…”. En cuanto al contenido de sus textos: “No le falta orientación social a este libro de cuentos. Cada episodio está enfocado con un alto sentido de denuncia del régimen injusto que padecen nuestros pueblos campesinos…” (Uriel García, 1939).

Pero, lo realmente interesante de este libro está en los cuadros humanos que presenta el autor: indios que pese a la situación de pobreza e injusticia, festejan con alegría sus carnavales tradicionales. Con cantos al compás de la tinya, la quena y el violín se desafían en la competencia del sejollo, para demostrar su valor y su hombría. Indios que se rebelan contra el gamonal que les ha despojado de sus tierras, quitado todo y esclavizado en sus haciendas. Ciegos que llevan en su alma la música andina y son capaces de sensibilizar a los jaraneros y también al lector. Un indio que sufre el robo de su mujer por otro, pero que se resigna con hidalguía andina. Silhuicha, Ulgacha, Luricha, Cunshicha y Sabelacha, cinco hermosas p’ashñas de Pichiupata que acuden a la fiesta robando a su paso el corazón de los cholos y de la misma naturaleza. Si el indigenismo ecuatoriano tiene a Andrés Chiliquinga como héroe, el boliviano a Agiali, el indigenismo peruano además de Benito Castro, Rendón Huillka y Agapito Robles, tiene en Pedro Chaquitajlla de Robles Alarcón un líder capaz de acaudillar a sus semejantes en una rebelión contra el abuso y la injusticia de los hacendados y sus cómplices: las autoridades judiciales y policiales.

Lo expuesto y lo afirmado son pruebas suficientes que demuestran la calidad de literatos que produce nuestra región apurimeña (Juan Espinoza Medrano, Arguedas, Feliciano Padilla también son apurimeños). Pero, que por negligencia o por ignorancia de las autoridades políticas y educativas, en su propia tierra son poco conocidos. Ojalá las autoridades apurimeñas editen alguno de los libros citados de Manuel Robles. Eso sería un homenaje verdadero a tan importante escritor abanquino, y no las resoluciones y firmas de papel y tinta, tampoco solo las ceremonias de unos cuantos minutos. Esos textos, asimismo, deberían ser distribuidos a nivel regional como ocurre en Puno, Ayacucho, Cuzco y Cajamarca. Pues, la población apurimeña, los niños y jóvenes en especial, tienen derecho leer sobre su cultura y a sus paisanos escritores. Así, y solo así, se hará una verdadera revolución social en Apurímac, con la mejor y más poderosa y pacífica arma: la educación en su lengua, su literatura y su cultura.

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