“LAS PROEZAS DE VIVUCHA” DE FEDERICO LATORRE ORMACHEA: NOVELA PICARRESCA DE APURÍMAC. Niel Palomino Gonzales

Con estas palabras Niel Palomino presenta una breve nota sobre Vivucha, cuando el bien don Federico aun estaba vivo:

“Este texto se publicó el 6 de junio del año 2013 en el diario El Pregón de Abancay. El 7 de octubre de este mismo año, el gran Patriarca de las Letras Apurimeñas como le 60007627_2630686873672621_1977447353040240640_nllamábamos, dejó para siempre su querido Abancay. Hoy, lo vuelvo a publicar como muestra de mi perenne cariño a don Federico, quien me alentó mucho en mi carrera literaria. A él le debo libros varios apurimeños entre ellos de James Oscco, de Manuel Robles, de Guillermo Viladegut. A él le debo la Revista Literaria Peruana que Ricardo Virhuez dedicó a la literatura de Apurímac.”

Ya que en este texto  Niel Reclama un estudio mas profundo de la obra de don Federico- que me gustaria hacer con el texto a mano- hay que senalar que existen obras comparables en la literatura apurimena: un corpus integrado por  Vivucha, Huambar, Atuj y Dieguillo (Robles Alarcon), Chilliko, Hernan Hurtado junto a Chilliko, Camotillo el Tinterillo, Hugo Carrillo y la narrativa oral sobre todo en el ciclo del zorro, que se  a transformando en diferentes personas a medida que el relato discurre, incluso tocando mana munaspalla, el tropo de la literatura brichera.

 

“LAS PROEZAS DE VIVUCHA” DE FEDERICO LATORRE ORMACHEA: NOVELA PICARRESCA DE APURÍMAC[1]

Por Niel Palomino Gonzales

 

De paso por Abancay, siempre que puedo, visito a dos grandes amigos de allá: el narrador Federico Latorre y el vate Hernán Hurtado. Con ellos hablo de literatura en aquella tierra del cambray y el pisonay, tomando como es lógico, el dulcísimo e insuperable té piteado. A don Federico lo visito en su casa, que queda detrás de la UTEA, y por una cuestión de sortilegio o superchería él me recibe siempre con uno o dos libros recientemente publicados. Aunque parezca increíble la proeza cultural-literaria de este escritor abanquino, consiste en publicar una considerable cantidad de libros al año. Seguro por eso, Latorre Ormachea ha escrito (a la fecha) 39 libros. De los cuales 21 editados y 18 por editar. Esta vasta producción comprende narraciones, ensayos, antologías y poemarios. Constituyéndose con ello, en el escritor apurimeño más prolífico en publicaciones. Una cualidad notoria de Latorre Ormachea, es su capacidad de recrear en castellano aquellas narraciones orales quechuas que vienes desde tiempos antiguos de boca en boca. Así, cuando leí sus Leyendas de oro de Apurímac, o Narraciones Apurimeñas, pude recordar inmediatamente aquellos relatos que mi abuela Paulina Santisteban me los hacían en mi infancia “dulces y serena”. Como hablar de esta copiosa producción me llevaría más tiempo ahora solo comentaré sobre su última producción.

El día 28 de marzo, aprovechando el feriado largo por Semana Santa estuve por Abancay agradablemente acompañado por una guapa cusqueña. Le visitamos en su casa con aromática huerta. Ya dentro, él, además de un matecito con propiedades afrodisiacas, nos recibió con su última publicación: Las proezas de Vivucha. Una novela de lectura ágil en la que el mismo protagonista, Vivucha, nos narra su azarosa vida al mejor estilo de El Lazarillo de Tormes. Pocos en realidad han escrito novela picaresca en el Perú. Y esta producción de Latorre, junto con la novela El Gaznápiro de Alejandro Sánchez (Lima, 1995), es una de ellas.

Como es harto sabido, con la publicación de  Vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, ocurrida en 1554, surge un nuevo género narrativo típicamente español: la novela picaresca. Entre sus características tenemos: el protagonista es un pícaro, un personaje marginal de baja extracción social, que desde muy joven se ve obligado a sobrevivir en un mundo adverso y avaro mediante su ingenio; la narración está hecha en primera persona como una autobiografía del mismo pícaro; las acción transcurren en tiempos y lugares concretos y el lenguaje empleado es llano y hasta vulgar; el pícaro cambia de identidad de manera frecuente y generalmente asciende de clase social. Pero la principal característica de la novela picaresca es que el testimonio del pícaro, es una denuncia punzante de los vicios, lacras y defectos de todas las instituciones de una sociedad decadente como la actual.

La novela Las proezas de Vivucha de Federico Latorre tiene esa factura en la forma como en el contenido. Cumple con todas las características de la novela picaresca. En ese sentido, el Vivucha es el pícaro de la narrativa apurimeña.

Así pues, Las proezas de Vivucha relata las peripecias de un niño andino de nombre Ciriaco Castro Cerrillo, quien, tras sufrir el abandono de su padre, (un sastre alcohólico que murió de cirrosis) sobrevive con su madre. Al ver que los esfuerzos de ella no son suficientes, empieza a robar por necesidad, pues, “mientras muchos niños de la ciudad usaban hermosos zapatos, yo andaba descalzo, con la planta de los pies callosa”. El niño sirve a un patrón avaro, llamado Fernando Estrada. Aprende de este el oficio de ladrón. “El pícaro comerciante que era mi patrón, con el mal ejemplo, avivaba ciertas tendencias en mi ser, como la de ser un mentirosillo de primera cuenta y un niño demasiado aficionado en querer apropiarse de lo ajeno”, confiesa el mismo Vivucha.

Ciriaco cuenta que desde pequeño acumulaba mañas y que uno de sus primeros robos por necesidad fue el de hurtar un ají de su vecina. Eso se incrementó en el aprendizaje de más pericias como: escalar cercos de las casas, contar chistes, bailar. Pero ese primer robo, en vez de ser corregido, fue aplaudido y premiado por su madre de la siguiente manera “En el mundo no hay otro igual que mi hijo Ciriaco; eres un ángel, eres vivo, muy vivo, un vivucha”.

En ese ascendente aprendizaje de las malas habilidades, aparecen en el camino del Vivucha: la beata lenguaraz, el patrón avaro, los policías incapaces para capturar, los jueces sobornables, el condenado, la turista delatora.

Escapando de la justicia y tras ser delatado por la gringa Stevenson, Vivucha se interna en Huaypetue. Allí junto a otros jóvenes, trabaja a brazo partido en los lavadores de oro. Para entonces su nombre es Adan Huamanñahui.

Viendo las injusticias en los lavaderos de oro, Vivucha lidera una rebelión contra el minero explotador Ángel Álvarez. En el campamento de este conoce a Bertha, cocinera de origen humilde a quien el despiadado minero la había convertido en su amante.

Desde este episodio, el escenario es la tantas veces hurgada selva de Puerto Maldonado. El Vivucha ya no es el niño pillo de Abancay; sino, se ha transformado y convertido en el aquel que se enfrenta a los abusos en los lavaderos de oro. Desmantelando el negocio del minero, Adan Huamanñahui y sus compañeros arriban a Puerto Maldonado. Allí, en le hospital Santa Rosa, conocen al médico Alfonso Alves de Sousa. Este y su esposa, en un acto milagroso adoptan al Vivucha como hijo. Así Vivucha cambia de identidad por segunda vez y su nombre es Alfonso Segundo Ballivián.

La verdadera proeza de Vivucha en sí, no se muestra en la novela, para justificar su título, más que la proeza, el azar y la buena suerte determinan las acciones de Vivucha.

Es lo que a grandes rasgos comento sobre la última novela de Latorre. Pero su vastísima escritura sigue allí, esperando auspiciadores y editores. Pero principalmente, espera un estudio serio. Ojalá este artículo despierte interés en estudiosos de la literatura,   y se le dé el sitial que merece el autor y su prolífica producción dentro de la Literatura Peruana.

 

[1] Este texto se publicó el 6 de junio del año 2013 en el diario El Pregón de Abancay. El 7 de octubre de este mismo año, el gran Patriarca de las Letras Apurimeñas como le llamábamos, dejó para siempre su querido Abancay. Hoy, lo vuelvo a publicar como muestra de mi perenne cariño a don Federico, quien me alentó mucho en mi carrera literaria. A él le debo libros varios apurimeños entre ellos de James Oscco, de Manuel Robles, de Guillermo Viladegut. A él le debo la Revista Literaria Peruana que Ricardo Virhuez dedicó a la literatura de Apurímac.

 

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