ENRIQUE ROSAS PARAVICINO: EL GRAN SEÑOR DE LA NARRATIVA CUSQUEÑA. (Entrevista) Niel Palomino Gonzales

Niel Palomino comparte una entrevista al querido narrador Enrique Rosas Paravicino que pese al tiempo no ha dejado de ser actual. Esperando leer su ensayo sobre la narrativa postarguediana y celebrando que el Apu Ausangate este al centro de su poetica

 

ENRIQUE ROSAS PARAVICINO:

EL GRAN SEÑOR DE LA NARRATIVA CUSQUEÑA

 

Por Niel Palomino Gonzales

Dueño de una narrativa artísticamente bien labrada y universal, Enrique Rosas Paravicino, es uno de los más destacados narradores cusqueños de fines del siglo XX e inicios del XXI. Reconocido como tal por la crítica especializada y por las antologías narrativas más serias. Si hay una novela cusqueña contemporánea que trascenderá el tiempo, esa es Muchas lunas en Machu Picchu, que por el genuino incaismo que se siente y palpa en sus páginas es los Comentarios reales del siglo XX. En esta, el tema transversal es la fundación, florecimiento y éxodo de una sociedad y una cultura: la incaica. A dicho eje temático, como sucede en las mejores novelas de la literatura universal, se suman temas como el amor, la muerte, la lucha, el valor heroico, la magnanimidad de sus personajes, la traición, las fiestas, la peste, el dolor, la guerra, la paz, la sabiduría, la juventud y la vejez; es decir, toda la humanidad. En suma, Muchas lunas en Machu Picchu es, para decirlo con la voz de nuestro Premio Nobel, una novela total.

 

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Mario Vargas Llosa en su Cartas a un novelista dice: “El novelista no elige sus temas; es elegido por ellos”. Díganos, ¿por qué decidió escribir Muchas lunas en Machu Picchu, qué le ha motivado su escritura?

Conozco ese juicio de Vargas Llosa. Es interesante. Pero yo escogí deliberadamente Machu Picchu como tema de novela, por la atmósfera de magia y misterio que trasunta la ciudad. La idea la fui madurando durante muchos años, al tiempo que me sumía en lecturas de narrativa histórica que guardasen analogía con el pasado prehispánico de Perú. Novelas como “Los últimos días de Pompeya”, “Salambó”, “El nombre de la rosa” y “Los perros del paraíso” fueron ayudándome a delinear el argumento. Las fuentes propiamente históricas las hallé en los textos de Luis E. Valcárcel, John Rowe, Alfredo Valencia Zegarra, Marino Sánchez y otros especialistas. Fue una experiencia maravillosa. Noche y día tenía presente aquella frase de Thornton Wilder: “El viaje de la imaginación a un lugar remoto es un juego de niños, comparado con un viaje a otra época”.

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El genio del Realismo francés, Balzac, había dicho que “la novela es la historia olvidada de los pueblos”, es ¿Muchas Lunas en Machu Picchu, una novela histórica?

Así es. “Muchas lunas…” se inscribe en la vertiente de la novela histórica. Su propósito es reconstruir ficcionalmente lo que pudo ser Machu Picchu. Recordará usted que Pablo Neruda en su famoso poema “Alturas de Machupicchu” se pregunta: “Piedra en la piedra, el hombre ¿dónde estuvo? / Aire en el aire, el hombre ¿dónde estuvo?” Pues bien, mi novela es una respuesta a este Premio Nobel. Es una forma de decirle en prosa compacta: “Aquí está el hombre por el que usted pregunta, poeta Neruda. Esta es la gente que habitó Machu Picchu; he aquí las pasiones, amores y padecimientos que llenaron el aire de la ciudad. Aprecie al Inca Pachacútec bailando con la Coya en el día de inauguración de la ciudad. Mire a estos personajes venidos del pasado: unos son amautas, otros astrónomos; tampoco faltan las sacerdotisas, los guerreros, los chasquis, los arquitectos, las hechiceras. Es decir toda una galería de sujetos, con sus respectivos roles en la trenza argumental.

 

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En su novela, usted postula que el nombre con que bautizó Pachacutec a nuestra ciudad sagrada no fue Machu Picchu (Picacho Viejo), sino WIÑAYMARCA (pueblo de la eternidad). Luego, temiendo que los españoles llegaran hasta allá, los mismos pobladores de aquella ciudad terminaron llamándola Vitcos, ¿en qué se basa usted para dicho postulado?

Más que basarme en fuentes históricas, yo elaboro mis propias deducciones, porque estoy convencido de que el verdadero nombre de la ciudad tuvo que ser otra, probablemente uno de fuerte resonancia poética. Alguna vez, un viejo profesor mío decía que pudo haber sido “Wiñaymarka” (ciudad eterna) ¿Y por qué no? Dado que la razón de ser de Machu Picchu era el bienestar espiritual, la comunión con la divinidad, la reafirmación del binomio hombre-naturaleza, es probable que su nombre haya sido algo connotativo de paz, meditación, magia y sensación de eternidad.

 

 

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Otra hipótesis suya es que aquella ciudad sagrada fue poblada hasta la muerte de Túpac Amaru I, luego, a causa de este asesinato, se produjo un éxodo que termina en el Ausangate, donde es enterrada la cabeza del último joven inca, ¿cuál es el sustento para que esto ocurra así?

Me baso en el dato histórico que aporta Luis E. Valcárcel, esto es, que el éxodo de los últimos habitantes de Machu Picchu pudo haber sido en 1572. Bien sabemos que este año el virrey Francisco de Toledo llevó a cabo la campaña de Vilcabamba, con un saldo decisivo consistente en la derrota final del último inca, Túpac Amaru, quien luego de ser traído prisionero al Cusco, fue ejecutado en la plaza de Awqaypata. También las investigaciones etnológicas nos refieren que el mito de Inkarrí tiene su origen en este período, en la muerte del indicado monarca. Este episodio de la historia es el que me sirve de eje para construir la trama de la novela. Es más, ahí radica el sustento de rigor. Los demás elementos corresponden a la ficción y, como tales, están más en los predios de la verdad poética que de la verdad histórica.

 

 

 

 

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Según infiero de su novela, Paititi es entonces una invención, un mito. Le pregunto esto porque, sobre el caso se ha escrito varios relatos cortos y extensos que defienden su existencia real y usted es el único narrador que parece negarlo.

Ni lo niego ni lo afirmo. El Paititi en el Perú forma parte del imaginario popular, desde los orígenes de la colonia. En la novela, lo enfoco como un ardid inteligente de los incas para despistar a los españoles y mandarles de paseo por las selvas más inhóspitas. Era una manera de proteger Machu Picchu de los depredadores. ¿Se imagina usted? Si las huestes de Pizarro y Almagro hubiesen dado con dicha ciudadela, no hubiera quedado piedra sobre piedra. La hubieran arrasado con el argumento de que era el centro de los adoradores del demonio. En todo caso, los incas han tenido que haber seguido alguna estrategia inteligente para mantener alejados a los españoles de espacios sagrados como Machu Picchu y Chokekiraw.

 

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Mucho fluye en su novela un lenguaje incaico, garcilasiano, cusqueño, andino. Tal parece que las frases de Astor Ninango (personaje central de su novela) son suyas, es decir, sentidas por usted acaso Astor no es su alter ego, es decir usted mismo. ¿Cuánto de Enrique Rosas hay en ese último poblador vivo de Machu Picchu?

En los juicios del protagonista hay mucho de uno. Siempre el autor se expresa sutil o abiertamente a través de alguno de los personajes. Ciertamente Astor Ninango es mi alter ego. De haber yo nacido en aquel tiempo, me hubiera gustado ser como él, así proteico y multifacético. Es astrónomo, cazador, viajero, espía, guerrero y líder de un pueblo.

 

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La lectura de su novela me ha traído a la memoria aquel libro interesante que escribió un chalaco, seguro lo ha leído (Buscando un Inca de Flores Galindo) y, también ese mito que fue ansiado por Guaman Poma, por Garcilaso y por Arguedas y sigue siendo la esperanza nuestra; es decir, el mito Inkari, ¿por qué insistir en el mito, por qué seguir buscando un inca?

Aparte de la propuesta de Flores Galindo y de los discursos de Guaman Poma y Garcilaso de la Vega, el mito andino viene a ser el contradiscurso popular de la historia, la respuesta de los subalternos ante la versión oficial de los acontecimientos. Durante siglos se nos enseñó que la conquista del Perú fue una misión civilizadora de Occidente, o que Francisco Pizarro viene a ser el paladín central de nuestra nacionalidad. Es más, se nos formó en el falso mito de la hispanidad, o sea, celebrar el 12 de octubre como el “día de la raza”, esto es, una forma de reconocer, arbitrariamente, a los ibéricos como el tronco hegemónico del que surgen las naciones hispanoamericanos. ¿Y dónde quedan los incas, aztecas, mayas, mochicas y tiahuanacos? ¿Dónde quedaron los 20 mil años de civilización andina? Ante este contrabando historiográfico, bienvenido sea el mito de Inkarri en sus diferentes versiones, tanto así como la rica tradición oral registrada por la etnología, especialmente por la acción pionera de José María Arguedas, tanto como de Josafat Roel Pineda, Efraín Morote Best, Alejandro Ortiz Rescaniere y otros.

 

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Creo haber leído la mayoría de su producción narrativa, en ella constaté que desde su primer cuento Temporal en la cuesta de los difuntos hasta su última novela (Muchas lunas en Macchu Picchu), todas siempre aluden al Ausangate, ¿por qué en la mayoría de su narrativa siempre está presente aquel nevado? ¿Qué es para usted el Ausangate?

El Ausangate es mi apu tutelar. Un portento de la naturaleza que está allí al alcance de la imaginación, un nevado cuya sola existencia genera una mitología regional riquísima. Tuve la suerte de nacer cerca al nevado (Ocongate) y apreciarlo desde niño y, también, oír una preciosa tradición oral en torno al Apu que lo habita. Los pueblos de su entorno se sienten impregnados por su magia y belleza. Se sienten privilegiados de vivir cerca de él. Hay canciones, danzas y ritos inspirados en la perenne majestad del nevado. Entonces ¿cómo no incorporarlo a mi narrativa como un referente de vida, anhelos, proyectos y vicisitudes, además de fuente de inspiración permanente?

 

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Estamos por concluir el centenario de nacimiento de Arguedas, a la narrativa que él ha abierto algunos quisieron enterrarla y no la pudieron. ¿Cuál es su balance sobre la narrativa andina después de José María Arguedas, cuánto y cómo ha influenciado el autor de Todas las sangres a los narradores andinos contemporáneos?

He aquí un tema muy importante. Al respecto tengo un ensayo titulado “La novelística andina posarguediana” en la cual evalúo el rol del autor de “Los ríos profundos” en el proceso actual de la narrativa peruana. Por cierto que el tema es complejo para tratarlo en una entrevista. Le invito más bien a leer ese escrito que ya está en circulación. ¿Qué quisieron enterrar a Arguedas? ¿Quiénes? ¿Los cientistas sociales que en 1965 organizaron una mesa redonda para descalificar el valor de “Todas las sangres? ¿O los intelectuales que se sumaron a los juicios sesgados de “La utopía arcaica” de Vargas Llosa? Como respuesta a ellos baste citar el reciente libro publicado por la Biblioteca Nacional del Perú, Arguedas, poética de la verdad. Segunda mesa redonda sobre Todas las sangres (Lima 2011). Aquí está registrado el homenaje que le rinden a Arguedas personalidades del nivel de José Matos Mar, Aníbal Quijano, Julio Cotler, Hugo Neira, Guillermo Rochabrún y Gonzalo Portocarrero, entre otros. Es una forma de desagraviarlo del penoso incidente de 1965. Por lo demás, la conmemoración del centenario de su nacimiento ha sido apoteósica a nivel nacional e internacional. Jamás he visto tanto fervor por la memoria de un novelista que reivindicó vigorosamente la herencia indígena. Es señal de que avanzamos, es evidencia de que nos reconocemos así como somos: síntesis de un mestizaje hecho de todas las sangres, herederos de Garcilaso, Guaman Poma y Vallejo y, por lo mismo, con una tarea de encarar el presente con lucidez y coraje, pero también de pensar en un futuro de modernidad, sin renunciar a los valores y memorias recibidos de nuestros mayores.

 

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Por otra parte, estamos en el Año del Centenario de Machu Picchu para el Mundo, no hay mejor nombre, creo yo, porque, efectivamente, fueron cien años de nuestro Machu Picchu, pero para el mundo y no para nosotros, ¿Usted que escribió el mejor libro no a Machu Picchu, sino, sobre Machu Picchu, cómo considera esta celebración del centenario?

Me parece que esta celebración obedece más a los afanes del mercado turístico que a una voluntad ciudadana de conmemorar un acontecimiento.

Con ello no quiero desmerecer el mérito de Hiram Bingham, como descubridor científico de Machu Picchu, pero sí considero conveniente recuperar también a otras personalidades que aportaron en la investigación de lo que fue Machu Picchu en la historia. Nombres como de Luis E. Valcárcel, José Gabriel Cosio, Manuel Chávez Ballón, John Rowe, Alfredo Valencia Zegarra y Oscar Ladrón de Guevara, entre otros, aparecen ciertamente postergados ante el incienso que el marketing turístico quema en honor de Hiram Bingham y su corte. Bienvenido el boom turístico y la prosperidad que ello acarrea para sus beneficiarios. Pero, señor, nuestra región sigue acusando altos índices de pobreza, exclusión social y deficiencia alimentaria. Parodiando a Eduardo Galeano: el Cusco tiene a la vaca, pero otros ordeñan la leche. ¿Por qué? Por diversas razones de orden político y económico; entre ellas, por el centralismo agobiante que, también en este sector, ejerce Lima a través del Ministerio de Cultura. El centenario debería ser asimismo una ocasión para reflexionar sobre éste y otros asuntos, pero además para debatir alternativas viables en beneficio de la región.

 

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Y un poco saliéndonos del tema, ¿en qué momento Ud. sintió un llamado de la escritura, hay algún hecho importante que le haya motivado para ser escritor?

Todo llamado en el arte tiene un toque de misterio y fascinación. Exactamente no recuerdo un episodio equiparable a la figura del ‘Camino de Damasco’. Pero hay una serie de hechos que fueron constituyendo en mí ese binomio esencial para ser hombre de letras: vocación y formación. Por algún designio oscuro, uno tiene una adolescencia solitaria, lejos del hogar paterno y de la risa de los hermanos. Uno se refugia entonces en los libros de la Biblioteca Municipal y en los volúmenes empolvados del colegio. A los 14 años leí con deleite a Bécquer, luego pasé a Neruda, después a Vallejo. Entre uno y otro autor me sentí arrobado por La vida es sueño de Calderón de la Barca. El Quijote de Cervantes me hizo entender la complejidad de la condición humana, y del predominio de la racionalidad prosaica sobre el ideal platónico. Una mañana de 1964 la radio dio una noticia: Jean Paul Sartre acababa de rechazar el Premio Nobel de Literatura. Lo comenté con mi profesor de literatura, quien entonces ensalzó a Sartre como un prototipo de intelectual honesto y, por tanto, justificó su decisión. Ese profesor era Gustavo Pérez Ocampo, quien años después fue un entrañable amigo. A partir de Sartre se me abrió el mundo de los vanguardistas europeos y sus epígonos latinoamericanos: Breton, Maiakovski, García Lorca, Eluard, Huidobro, Borges, Hidalgo, etcétera. En el género narrativo mis lecturas fueron más libres: Gustavo Flaubert, Ernest Hemingway, Ciro Alegría, Alejo Carpentier, Thomas Mann, Rómulo Gallegos y José María Arguedas, entre otros. Como verá, usted, la lectura permanente fue el punto de partida para forjar una vocación hecha más de intuiciones que de certezas. En eso estamos y en ello nos jugamos. Como dijo Alejandro Romualdo: “El hombre es lucha. Y en la lucha pena”.

 

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¿Cuando usted escribe, cuál le sale primero, la obra o el título?

Primero uno engendra a la criatura, luego le asigna un nombre; en este caso, el título. Así exige la lógica. ¿No le parece?

 

Cusco, octubre de 2011

 

 

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