El oro de Acapulco (y los Heraldos Negros en ritmo de vals). Roger Santiváñez

Hace unos dias recordando polcas y valses que el querido Jose Oviedo solia cantar con letras de “Galatea”, “Alturas de Machupiqchu” y “los Heraldos Negros” recordamos con Roger un tono de antologia en la casa de Elsa Sanchez Leon, cuando al salir, ya en el colectivo Pepe les canto “los Heraldos Negros” a lo Romulo Varillas. Roger comparte el recuerdo de esa cancion que es parte del capitulo “el Oro de Acapulco” de sus memorias tituladas “A summer Place”, que es un un recuento personal de la actividad poetica de las ultimas decadas. La imagen pertenece a Sombrero Rojo, un casi poema que Roger y el editor construyeron mediante el messanger. Gracias por la generosidad, Roger.

El oro de Acapulco

De pura casualidad conocí en la puerta de la casa barranquina de Isaac Rupay, a Félix Puescas Montero quien habría de ser una especie de guía para mí, durante los primeros días de mi estancia limeña cuando ya me fui definitivamente de Piura en enero de 1974. Definitivamente era lo que yo pensaba, ya que no muy lejos -hacia mayo de ese mismo año estaría regresando a mi ciudad natal. Leí una gacetilla de El Comercio donde se anunciaba un recital de poesía joven y la dirección a la que llegué era el domicilio de Isaac Rupay, poeta miembro de Hora Zero cuyo nombre me era familiar por diversas publicaciones en las que había visto sus poemas. Justo en la puerta me encontré con Félix Puescas, un simpático hombre de entrada edad, escritor, melómano, cultísimo y -para colmo- paisano mío, nacido en Bernal, área del Bajo-Piura. Una poderosa química se situó entre nosotros después de salir de la casa de Isaac, quien -a pesar de su visible y delicada condición de salud- nos recibió en su sala, para explicarnos -no sin compartido estupor- que se trataba de una broma de pésimo gusto: no había -ni por asomo- ningún recital en su apacible casa del Pasaje Tumay en Barranco.

Pero esto nos sirivió a Félix y a mí para despedirnos y tomar un micro de la 73-M traladándonoss al centro de Lima. En el trayecto nos la pasamos contándonos mutuamente grandes trancos de nuestras vidas y reconociendo lugares y gente de la memoria piurana, así como hablando de nuestros proyectos de escritura. Al llegar a la esquina de Wilson y Colmena, Félix me propuso ir al Palermo lo cual -para el chibolo literario de diecisiete años que yo era- significaba poco menos que la entrada al paraíso. Caminábamos entonces hacia la plaza San Martín -cuando sorpresivamente- a la altura del restaurant Tívoli Félix se detiene para saludar a un muchacho de pantalones acampanados, pelo largo y lentes cuadrados de filos plateados: era Armando Arteaga, poeta que yo había leído en el número 2 de La Tortuga ecuestre y cuyo nombre aparecía mencionado por Enrique Verástegui en su poema del primer y único ejemplar de Eros, la famosa revista -dirigida por Isaac Rupay- que lanzó la poesía de María Emilia Cornejo a fines de 1973. Armando nos dijo que pronto nos daba el alcance en el Palermo y así fue.

En el bar me vi sentado cerca a la puerta compartiendo la mesa con los primeros poetas jóvenes que conocí al llegar a Lima. Estaban Armando, Juan Carlos Lázaro, un delgado muchacho -entusiasta y transparente- que nos animaba a publicar una nueva revista de poesía. También Fredy Roncalla -alto y simpatico, así como Guillermo Falconí, quien pronto me prestaría -en gesto que mucho atesoré- la versión castellana de Howl -el Aullido de Allen Ginsberg- en la versión de Marcelo Cohen para Ediciones Mediodía de Buenos Aires. Todos ellos conformaban una suerte de poetas novísimos, aparecidos inmediatamente después de la explosión de Hora Zero en 1970. Más jóvenes que los fundadores de dicho Movimiento -estos patas todos habían nacido en el primer lustro de los 1950s- me acogieron con rápida amistad y me acompañaron -junto a Félix Puescas- (después de todo yo era todavía un adolescente de diecisiete años) por toda la Colmena hasta la Av. Tacna donde debía tomar mi movilidad para Villacampa, Rímac donde estaba alojado en casa de mi tía Emma. La nueva revista de la que hablaba Juan Carlos Lázaro se llamó Cronopios y circuló a mediados de 1974. A este grupo tendría que agregar a Bernardo Rafael Alvarez, con quien me topé en el kiosko de Néstor Jáuregui en la Colmena frente al Parque Universitario, por aquellos mismos días y en los que había publicado su libro Aproximaciones & Conversaciones. De todos ellos con quien trabé una más profunda relación sería Armando Arteaga, quien empezó a visitarme casi diariamente en mi casa para salir a caminar juntos por las intrincadas calles del Cercado y por toda la entonces -para mí- infnita ciudad de Lima.

Así fue como un día mi amigo me citó en el café Haití de Miraflores. Se trataba de presentarme a los poetas de El oro de Acapulco plaquette que -bajo el sello La Joven Parca y el advocativo Cuadernos de Berlioz I– salió ese verano de 1974 con poemas de Luis La Hoz y Oscar Aragón. La Hoz -mayor que nosotros- había pertenecido al grupo CIRLE de la Católica, y Aragón -contertulio del Palermo– debutó con Armando en el número 2 de La tortuga ecuestre. A la sazón -ellos tres- conformaban lo que alguna vez Lucho La Hoz llamó “el grupo que se inicia con El oro de Acapulco” es decir, la plaquette mencionada, cuyo nombre viene de un verso de Rodolfo Hinostroza en Contra Natura, el cual alude -en español- a un excelente tipo de marihuana conocido internacionalmente -en la época de los hippies- como Golden Acapulco por su rubia apariencia y sublime poder psicoactivo. A mí me había encantado esta plaquette, principalmente el poema Constanza de La Hoz y el hermoso Contemplación de una muchacha que monta en bicicleta de Oscar Aragón. De modo que significaba un grato momento conocerlos. Súbitamente aparecieron con Armando por la esquina del cine El Pacífico junto a Rocío, hermana de Lucho -muy linda y fresca- más Fernando Ampuero, el joven narrador de look hippie que ya había publicado Paren el mundo que aca me bajo.

La cita era -aunque yo no lo sabia- para irnos a una fiesta en el departamento de Elsa Sánchez León. Tras las presentaciones del caso, enrumbamos al edificio miraflorino donde vivía la guapísima y atractiva Elsa. Recuerdo que en esa fiesta conocí a Oscar Málaga, Vladimir Herrera y Pepe Oviedo, todos poetas y me re-encontré con Fredy Roncalla, quien esa noche inició un romance con la hermosa Ivonne Río, escultora talentosa. Por los amplios ventanales del departamento entraba la brisa que subía desde la Costa Verde mientras algunos bailaban al ritmo de “Pronto llegará el día de mi suerte” de Lavoé y Colón que estaba de moda y también de dos canciones que se oían mucho en ese verano del 74: “Another Day” de Paul McCartney y “Mind Games” de John Lennon. Otros tomábamos ron con cocacola, sirviéndonos de un recipiente grande donde se había hecho la mezcla y conversábamos sentados en el sofa de la sala. Allí fue cuando de pronto tenía a mi lado a Vladimir Herrera y le comenté:

-He leído tus poemas en Haraui y en Eros. A lo que el poeta de Mate de cedrón me respondió:

-Ah, esa es mi prehistoria poética.

Avanzó la noche con sus alegres voces danzando entre los muebles del bonito apartamento y llegó la hora de partir. Salimos todos juntos. En la curva de la medianoche tomamos un colectivo Lima-Miraflores Armando, Málaga, Oviedo y yo. Este últmo con sus tragos adentro principó a cantar los versos del poema Los heraldos negros de Vallejo en tiempo de valse criollo, lo cual entusiamó a Oscar Málaga que -muerto de risa- lo seguía con el canto. La verdad que era muy graciosa la voz aguardentosa de Pepe Oviedo entonando -en el estilo de Rómulo Varillas y los Embajadores criollos: “Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas o los heraldos negros que nos manda la muerte” con el quejido típico de un valsario cantinero.

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