Presentacion de la Carnada y otros cuentos de Ugo Velazco

Tambien estan invitados a la pressentacion de “La Carnada” de Ugo Velazco hoy noche a las siete PM. en el local de la Libreria la Dragona (favor ver la dicreccion en el afiche). Con Alfredo Herrera Flores y Esteban Quiroz. Con Huambar y Adelaida la noche literaria sera memorable. Ugo ha tenido la mabilidad de compartir dos cuentos de su libro. La carnada y Apolinario ya Estaba Muerto

  1. La carnada

— ¡Cuando esté sobre su pecho!

La voz áspera de Efraín, quien hasta entonces había permanecido ovillado como un embrión detrás de una roca, apenas rozó el escondrijo de Nilda. Ella asintió con la cabeza y organizó sus miembros para el salto definitivo. Enseguida, Efraín hizo una seña con la mano para que el pequeño Tito aclarara el lazo de su soguilla. Desde su refugio lítico, el niño había calculado el terrible tamaño del cóndor en el aire, y a pesar suyo no pudo dejar de presentir una lluvia de brutales picotazos deformando el cuerpo de Máximo Carbajal, su padre, que ya era un legítimo cadáver en la pampa. Y con los ojos a punto de desbordarse, ordenó su arma con el arte impecable de un laceador consumado.

Pero tuvieron que aguardar todavía un momento más, agazapados, mudos, vigilando el insoportable planeo en espiral del ave sobre esa triza de mundo. Un suave airecillo helaba de cuando en cuando sus rostros curtidos, aquellos ojos resecos, los labios rajados por la sed. Y luego el sol y su lenguaje de candela sobre los cabellos hirsutos, el silbido del ichu y el silencio universal sobre el muerto.

Aquel cóndor era probablemente el más hermoso y grande que habían visto jamás. Sus garras de lava gris, el pico de piedra, los ojos minerales, la cresta de barro y sangre, su plumaje severo construido con el primer aire que se movió sobre la tierra y la primera ráfaga de nieve, su pescuezo estriado trabajado por la cólera del tiempo. De modo que los cazadores creyeron para sí mismos que los cuatro días de ascenso para llegar a ese páramo gélido de pastos miserables y rocas escasas, podían valer la pena después de todo. Venidos desde los cálidos bajíos de Challwa, le siguieron el rastro con el propósito de darle caza, de desenterrarlo del aire y llevarlo, borracho y vencido, como un criminal, por la calle principal de Coyllurqui hasta la plaza de toros, para entregarlo en Yawar fiesta. Máximo Carbajal lo había hecho desde niño, y ahora tenía treinta cóndores en su historia y una fama casi mítica en la tierra, pero también en el cielo.

—Que sea macho —le había exigido el alcalde de Coyllurqui con mil soles en la mesa y una rebosante taza de chicha vieja.

—Están escaseando, don Sacramento; hay que caminar más. Ya no es como antes…

El alcalde tamborileó intranquilo sus dedos. Él también sorbió un trago de chicha y luego agregó quinientos soles.

—Macho, entonces —aseguró Máximo, satisfecho, y vació de un trago su taza desportillada.

Desde ese día caminaron viendo arriba.

Efraín, que podía distinguir una vizcacha soleándose sobre una piedra en el cerro de enfrente y pegarle un tiro certero, fue quien avistó primero al cóndor. Al principio creyó que se trataba de una hembra por la quebrada estrecha de donde había emergido. Más adelante, desde otro ángulo, supieron que era un cóndor macho, de espléndido collar blanco, de tamaño importante.

—Alista el carnero —ordenó Máximo a su esposa.

Nilda palmeó, sonriente, el trozo de carne hediondo que Tito custodiaba en el lomo de una mula.

La estrategia era sencilla: exhibirían la carne rancia en una grieta, de modo que las rocas y el aire paralítico entorpecerían el flujo de las alas del cóndor cuando bajase a picotear la carnada; y con un salto ágil desde sus escondites, lo aprehenderían.

En efecto, al tercer día de escalada hallaron la grieta. Máximo recordó los espléndidos cóndores que amansó en ella para fraguar su reputación. Ahora Tito estaba ahí para heredar su arte y el de su bisabuelo y el del más primitivo de sus ancestros.

Cuando tuvieron la carnada sobre una piedra incisiva, los cuatro aguardaron mimetizados entre rocas e ichus pálidos. En unas horas, un cóndor se precipitó sobre la carroña. La faena fue exitosa; la soguilla de Tito frenaba con odio los aletazos de la bestia, y ya podían ver entre sus brazos nervudos el cuerpo negro del ave que en vano se sacudía.

— ¡Hembra! —gritó Efraín.

Máximo, que tenía sujetado del cuello al ave, escupió el muermo de su enojo, y la soltó con desprecio.

Esa noche, abrigados por las estrellas, mantas y ponchos, renegaron de su suerte. Tenían, además, las viandas vacías, y por todo alimento tomaron una porción del carnero podrido cuidando de guardar lo sobrante. Al cabo, Máximo recurrió al auxilio de las menudas hojas de coca que deambulaban en el fondo de su bolsillo. Tito, al abrigo del abrazo de su madre, hubo de atesorar también un par de hojas en su boca: era la primera vez que chacchaba. Efraín, aterido, como una momia, recordó en voz alta la vez en que sus perdigones no pudieron matar a un venado colosal, de modo que tuvo que seguirle el rastro durante cuatro días, con la esperanza de que la fatiga y el desangramiento lo sitiaran. Habría muerto de sed si no fuera porque al hallarlo ya sin aliento, lo degolló y bebió su sangre aún caliente. Temía que ahora sucediera lo mismo, pues el porongo de agua estaba seco.

Al amanecer, dispuestos a reanudar la marcha, Nilda se dio con que la carnada había desaparecido.

— ¡¿Puma?! —preguntó Máximo sin que jamás se supiera la respuesta.

Avanzaron un trecho tanteando un ojo de agua, pero con el sol levantándose entre los picos graníticos y el cielo limpio de julio, era una locura continuar. “Cuatro días para la fiesta”, pensó Nilda bajo el cielo inútil. 

Máximo, injuriando los riscos, se estiró en el suelo. Sin carnada, debía hacerlo como su abuelo, Santiago Carbajal, “El tuerto de Challwan”. Efraín y Nilda comprendieron la escena; este le alcanzó su puñal degollador. Con él, Máximo abrió su antebrazo y untó con sangre su rostro y su chaqueta. Los demás se camuflaron a poca distancia para dar el salto cuando el cóndor descendiera a comer.

Pero Máximo sabía que no bastaba tenderse en el suelo y oler a sangre. Su abuelo le había dicho que tenía que morir de verdad, vivir como un muerto el tiempo que fuera necesario. Solo así el cóndor descendería sobre su cuerpo, pues ellos huelen la muerte. Decidido, cerró sus ojos, distendió los músculos y opacó cualquier sonido de su cuerpo. Olvidó su respiración y se prohibió recordar lo otro que también su abuelo le había dicho. Únicamente su corazón parecía no aceptar esa muerte absurda.

Al medio día, Máximo era un muerto calcinado por el sol. Incluso la sed que hubiera deformado a cualquiera no corrompía su postura de cadáver. Aquel era un arte extraño, reliquia de los mayores. Algunos insectos fugaces lamían su sangre. Pero Máximo ya era incapaz de percibir esas mínimas estampidas sobre su cuerpo. A las cuatro de la tarde, Efraín advirtió un punto negro en el cielo. Era el cóndor que codiciaban; lo sabía. ¿Se creyó lo del muerto? ¿Qué hedor lo había convocado? ¿Acaso la muerte de Máximo era genuina? De modo que el niño preguntó a su madre si ellos estaban vivos, y ella no respondió.

A las cinco de la tarde, cuando el viento enfriaba el sol, Máximo sintió un aire diferente girar sobre él. Conocía de memoria el olor tibio de las plumas de su víctima.

— ¡Cuando esté sobre su pecho! —repitió Efraín presto para saltar.

Y de pronto el peso de un gigante que desciende sólido sobre el cadáver. “¡Te tengo!”, pensó Máximo desde el otro mundo.

Pero sus miembros entumecidos y torpes tardaron mucho en revivir, se enredaron y no supieron defenderse del picotazo fulminante que le vació un ojo mientras Nilda y Efraín daban el salto felino sobre esa mezcla de cóndor y hombre que ya se batía en la pampa.

A los cuatro días, los cazadores fueron vistos entrando al pueblo sin el cóndor del alcalde. Máximo sobre la mula, con el pecho rajado y el cuenco de su ojo derecho vacío, le confesó a Tito aquello que no quiso recordar mientras estaba muerto.

—Él es Mallku, desde siempre, y nunca es para los hombres. No lo olvides, hijo.

Y, despacio, los cuatro doblaron hacia la casa del alcalde.

Apolinario ya estaba muerto

D

esde que Rigoberto bajó del bus no apartó de su mente el reiterativo sueño, que durante las séis horas de viaje desde Ayacucho, había tenido. Era el mediodía. Apoyó una maleta negra en la pared del terminal, se quitó el sombrero, peinó con sus dedos sudosos su ligera cabellera cana e hilando un silbido de resignación, observó hasta donde la vista se lo permitió, la infinita hilera de casas que encauzaban la calle Angaráes. «La vista se me está apagando», pensó y desabotonó el cuello de su camisa. Al cabo, la bocina de un taxi le hizo recoger su maleta y empezar la caminata.

Era cierto, la ciudad ahora era un boscaje de ruido y edificios modernos. Solo algunas casas de tapia o adobe no habían terminado de desmoronarse sobre el asfalto. «Hasta las casas se agachan con el tiempo», se dijo porque durante el viaje no había hablado y ahora quería desentumecer su boca y escucharse, y además porque había pasado bajo la sombra del alero de una vieja casa cuyo esqueleto de teja y chaclas podridas ya buscaban la tierra.

 Luego de alejarse del centro de la ciudad,  Rigoberto entró en una estrecha callecita detrás de una chacra que ahora, como hacía treinta años, también tenía un caudaloso maizal en plena maduración. «Todavía me acuerdo», pensó y se detuvo al filo del sembrado. Limpió por última vez su frente cerciorándose de que la casa al final de la calle también seguía siendo blanca —a pesar del barro de la tapia que había sobrepujado al yeso e impuesto su color— y de dos pisos después de tantos años. A Rigoberto, desde pequeño, le disgustaba viajar; odiaba las travesías largas tanto como la vida en la ciudad, de modo que si ahora se había enfrentado a la ruta abrupta y pésima que une a ambas ciudades, era porque en esa casa se le necesitaba con apremio y además porque una suma generosa de dinero lo ameritaba. Rigoberto Bermúdez caminó veinte metros y llamó a la puerta 529.

En aquella casa de tejas rojizas, ventanas pequeñas y pozo con polea, Rigoberto debía salvarle la vida a un viejo amigo.

—Ya llegó el curandero —avisó una mujer menuda y joven a otra mucho mayor que no había tardado en asomar su rostro demacrado desde el jardín, al fondo del pasadizo.

Rigoberto demoró en reconocerla envuelta en la sombra húmeda del corredor.

A él le disgustaba ese apelativo, tanto o más que el de «brujo» o «chamán», pues consideraba lo suyo como un oficio médico espiritual superior a la medicina convencional que campeaba en ciudades como ésta. Pero esta vez no se inmutó ni pretendió hacer notar su molestia; estaba sereno, diríase feliz, por no haber esperado en la puerta soportando el sol inclemente de setiembre.

—Rigoberto —pronunció Jesusa cuando estuvo en la puerta—. Pasa; hace un calor…

—Jesusa.

Jesusa limpió su mano con una punta de mandil y se la ofreció a Rigoberto para que la saludara.

—Ella es Lidia, mi hija —agregó con una sonrisa.

Rigoberto correspondió su sonrisa, se quitó el sombrero y entró en la casa, despacio, detrás de las mujeres.

Pocas cosas habían cambiado en su interior: el jardín era más frondoso y oscuro, un cedrón había descarriado sus ramas en la atmósfera del patio y otras hierbas crecieron a su gusto, las paredes musgosas pero altas sostenían una hilera de tejas ahogadas por líquenes blanquecinos, las ventanas ahora tenían papel de azúcar o periódicos y no cortinas, y algunas baldosas estaban resquebrajadas, semejando breves explosiones, quizá por cierta patología del suelo.

—Está en su cuarto —señaló Jesusa—. Desde hace tres meses. Pero hace una semana ya no come.

Cuando Rigoberto entró en el cuarto oscuro, un hedor a orín ácido y carne podrida llenaba el ambiente. Rigoberto recordó su sueño.

Desde un catre se oyó algo que ya no era voz sino un ruido inútil, tenue y seco.

—¿Quién?

Luego, desde las comisuras de su cavidad nasal, arrastró con dolor un muermo negro que escupió en su bacinica de aluminio.

—Apolinario, llaqtamasiy[1] —dijo Rigoberto tomándolo de la mano.

Aquel no era su amigo. Era un montón de carne oscura adherida a un armazón de huesos que desde adentro querían romper su piel. Su cabello frío y sin dirección como los de un perro muerto, sus ojos precipitados en sus cuencos apenas cumplían la función de mirar, sus labios rotos, la tráquea emergida y solitaria en su cuello, sus brazos escamosos y, curiosamente, un vientre sobredimensionado, redondo y negruzco.

—Eres tú —reconoció—. Rigoberto.

A pesar del mediodía soleado, Rigoberto notó el aire helado de la habitación en las alas de su nariz y las puntas de sus dedos. Por ello, decidió sentarse en el borde de la cama aunque el crujido de los hierros arañara el silencio casi material del cuarto.

Apolinario, entre tanto, quiso humedecer sus labios con la lengua, en vano.

— ¿Qué tengo?

Rigoberto continuó recordando su sueño: Apolinario arrojando una materia oscura por la boca, halándolo desesperadamente de la camisa, llorando ese mismo humor, hasta precipitarse en el suelo, clamando ayuda en los breves intervalos en los que el vómito cesaba. Y cuando hubo terminado de evacuar, sus oídos se empozaron de esa serosidad negra y tal fue el dolor y la pujanza por contrarrestar el martirio que sus excretas se sublevaron y mancharon su ropa.

—Te he soñado, Apolinario —respondió Rigoberto.

—A lo mejor, pues.

Cuando Jesusa y Lidia entraron en el cuarto, fue para que dispusieran los materiales que Rigoberto había pedido con anterioridad por teléfono: un cuy negro, cigarros Inca, coca de Huánuco, aguardiente. Pero el jubeo debía ser practicado aún por la noche, de modo que chacchando y recordando mejores tiempos, aguardaron que el sol se perdiera.

Aún en la oscuridad de la habitación —que ahora era más espesa—, Rigoberto se lo dijo a Jesusa, escondiendo su voz:

—Apolinario ya estaba muerto cuando toqué tu puerta. ¿Para qué he venido?

Jesusa vació un nuevo manojo de coca en el cuenco de las manos de Rigoberto. Luego desató un pesado suspiro y vio a su esposo amontonado e inservible sobre su catre.

—Para saber.

Lidia encendió la luz amarilla. Ahora el cuarto de paredes celestes parecía más frío y lastimero. Y todavía chaccharon y fumaron lo suficiente como para que las manos de Rigoberto dominaran el cuy y la enfermedad se sometiera a su ciencia, trasluciéndose en las entrañas del roedor. Aquel rito significaba apenas el diagnóstico, antes de escoger el remedio más lógico y emprender un tratamiento.

Don Rigoberto Bermúdez debió sujetar al cuy negro con las dos manos, de forma que hubo de recoger con él toda la información del cuerpo de Apolinario —en todos sus planos—, mediante la frotación reiterada y pacienciosa.

Jesusa, sofocada por la unión del aguardiente y la coca, acompañaba el jubeo con sus exhalaciones de tabaco; mientras que Lidia ordenaba el cuerpo tendido de Apolinario según las exigencias de Rigoberto.

Fue en ese trance, devorados por la vaharada y la luz amarilla de la habitación, en que Jesusa recordó a Julián, su hijo, y soltó una lágrima por el reflejo del alcohol y la tristeza de no tenerlo consigo desde hace ya un puñado de años. Además porque no sabía nada de él ni nadie que estuviera vivo y, desde luego, tampoco los muertos a quienes hubo consultado una y otra vez.

Cuando la coca le supo amarga, Rigoberto preguntó por Julián. Había interrumpido su canto —una breve fórmula quechua— precisamente porque él ya sabía la respuesta y porque Apolinario, su amigo de siempre, ya estaba muerto aunque él no se enterase de ello y pretendiese durar un poco más sobre la Tierra.

—Reconoció el lunar —dijo Jesusa aproximándose al oído de Rigoberto—. Y se fue.

El hecho fue que Apolinario, a los pocos años de matrimonio con Jesusa, le reprochó que ésta no le pudiera dar hijos, pese a los trucos y artificios con que sofisticaban la cópula. Y solo fue posible que Apolinario obtuviera un heredero, engendrando en la criada, que acaso también era agraciada y joven, y por eso mismo Apolinario la codiciaba en secreto. Jesusa, no obstante, siempre lo supo. Entendía la demora de Apolinario en el maizal, respetaba ese salirse de la cama a media noche, aceptaba esas sonrisas, miradas y silencios que como dos criminales negociaban delante de ella. Y justificaba que poco a poco creciera una tercera silla en el comedor, una toalla en la ducha y también un portafotos más grande. De modo que no fue necesario forzar ni someter a nadie; las cosas desembocaron naturalmente y nadie dijo nada. En la casa los tres aprendieron a sostener un silencio áspero que los exiliaba en sus húmedas habitaciones, fabricando siempre un pretexto para no llorar o maldecir. Si Jesusa lloró, fundió su llanto con el ruido de la lluvia en el tejado para que nadie la regañara. Jesusa creyó —acaso fue que ahora tenía más tiempo para contemplar— que los musgos crecieron con mayor ahínco, que las paredes de tapia empezaban a criar grietas y telarañas y que las baldosas reventaban en silencio, como ella cuando comparaba su vientre huraño con la voluminosa preñez de la sirvienta.

Cuando cesaron las lluvias, nació Julián. La sirvienta hizo saber a Jesusa y Apolinario que quería irse. Se miraron los tres, insatisfechos; alguien preguntó el porqué, pero nunca hubo respuesta. ¿Quizá lo sabían de antemano? Fue entonces la primera vez que Rigoberto pisó la casa de Apolinario.

La fama de los brujos se divulga entre la gente que busca el daño y la trampa; y de entre todos, la de Rigoberto satisfacía las exigencias de Jesusa y Apolinario. El trabajo era fácil: había que tornar en opa a la muchacha, no matarla, sino solo desequilibrar su juicio, desentenderla de la realidad para tenerla en la casa lo mismo que una mascota, y además para que amamantase a la criatura. Rigoberto cumplió cabalmente su trabajo —con un poco de ceniza de ombligo humano, arena de tres ríos y doce lanas de colores—, y por la generosa suma de dinero que recibió, se ofreció en solucionar el problema de infertilidad de Jesusa; «si sigue al pie de la letra mis indicaciones», le aseguró, «en un par de años podrá engendrar si quisiera como un campo de mostaza».

De forma que Julián creció bajo la tutela de Apolinario y en cuanto adquirió cierto juicio fue separado de su madre. Para todo el mundo Julián era el hijo de Jesusa. En cuanto a la madre, los mejunjes de Rigoberto y los trabajos que habían operado sobre ella terminaron por infligir en ella la imbecilidad. Poco a poco su andar se atrofió, aunque sin llegar a la cojera, se desplazaba ligeramente encorvada por las paredes de la casa, impidiéndole salir a la calle; su rostro parecía expresar una mueca  de permanente asombro; con la boca todo el tiempo abierta no sabía, ni era consciente, de la baba que remojaba su quijada y su pecho. La suciedad y la grasa se apoderaron de su imagen y el abandono al que había confinado su vestimenta y sus pelos, la sumieron en la monstruosidad. Pero lo más reprobable fue que Jesusa y Apolinario le enseñaron a Julián —por miedo al instinto o la corazonada— a odiar a la opa. Qué desprecios y molestias recibió de su hijo. Por ello, el día en que la verdad salió a la luz, el mundo se invirtió para Jesusa y Apolinario.

—¿Fue Lidia? —preguntó Rigoberto, aprovechando que ella, Lidia, había ido en busca de una manta para depositar el cuerpo flojo del cuy que ya preludiaba su muerte.

Al cabo de dos años y cinco meses, Jesusa logró concebir una hija, Lidia. Solo ella pudo acceder al secreto de sus padres y aunque exhortada a no decir palabra al respecto, no pudo guardar la promesa cuando Julián le había revelado, de tanto mirarse en el espejo, que él tenía un lunar en el ojo derecho, como la opa. Sí, un lunar gris en la esclera, una mancha que era señal de parentesco. Cuando Julián lo supo, entendió la procedencia de sus demás facciones.

—¡El lunar! —respondió Jesusa, escupiendo un espumarajo verde de coca— ¡El maldito lunar!

Cuando Julián se fue, no hubo tiempo para respuestas ni razonamientos. Treinta años sin plan, sin inventar una salida para impedir la posible fuga del hijo. Cuando Julián se fue, Jesusa creyó que el mundo había terminado, que todo había muerto. Y pronto la opa fue echada a la calle; deambuló algunas semanas ignorante de su castigo y poco a poco desapareció en las calles de la ciudad.

Y ahora, después de varios años, cuando Jesusa creía poder recordar a Julián sin llorar, Apolinario cayó enfermo. Su mal había empezado de pronto, de forma que Jesusa y Lidia aún recordaban la noche que se acostó alegre y cabal, para despertar convertido en otra cosa. En su rostro habían brotado pequeños lunares, dispersos al principio y de un gris tímido; pero con el paso de los días, los lunares progresaron en cantidad y volumen. En un mes el cuerpo de Apolinario había sido dominado por los miles de puntos negros que no cesaban de germinar y venir al mundo como una plaga, como una sombría granizada. Su presencia oscura, la vergüenza de su progresiva flaqueza y su vientre abombado lo recluyeron en su cuarto y domesticaron su carácter, ahora no hablaba, lloraba lo que nunca, y maldecía a Jesusa. 

Apolinario paseó por todos los hospitales y clínicas de Lima y Huancayo, buscando una lógica para su mal. Invirtió toda su fortuna de minero jubilado para someterse a los análisis más rigurosos, a las pruebas más absurdas, pero no se encontró nada. Fue entonces que recordó el nombre de Rigoberto y agradeció a Dios que él aún viviera y contestara a su llamado.

Cuando el jubeo terminó y el breve cuarto se vio colmado de humo y tufo de caña, el cuy murió en el vientre abombado de Apolinario, exhalando un corto pero desgarrador chillido, precisamente en la parte más negruzca y tumefacta. Rigoberto depositó al animal sobre la manta que Lidia había tendido en el suelo, y chaccharon en silencio todavía un rato más. Apolinario, diezmado por la vitalidad que el cuy extrajo de él, probablemente no despertaría hasta el día siguiente.

—Ayúdalo, Rigoberto —suplicó Jesusa acariciando el rostro de su marido—. Voltea la brujería, que sea el doble de dolor para quien ha hecho este daño.

Rigoberto chacchó en silencio recordando su sueño. Al cabo, cuando su mejilla izquierda estuvo lo suficientemente hinchada por el borujo de coca, con sus uñas afiladas —que para esas artes las cultivaba— abrió el cuerpo del cuy, desde el pescuezo. En otras ocasiones habría sido necesario revisar minuciosamente las entrañas, vesículas y linfas del animal, pero ahora no. Al mismo tiempo que Rigoberto introducía sus uñas y se abría la carne aún humeante del animal, unos breves corpúsculos negros y rugosos manaban como mana la arena seca de un costal rasgado. Todo el cuerpo del cuy excretaba esa materia negra, por el hocico, por las orejas, por la nariz, fluían los granos negros.

Don Rigoberto, que había espantado males en todo el país y que había visto las peores aberraciones transfigurarse en el cuerpo de los cuyes muertos en jubeo, quedó perplejo al ver al animal roto, bullente de esa absurda materia negra que, a todas luces, eran lunares, cientos, miles, transportando un reclamo.

—¿Está segura que quiere que voltee el daño, Jesusa? —preguntó Rigoberto.

Jesusa exhaló una larga bocanada de humo y agachó la mirada. Lidia se apuró en abrazarla. Sobre las tejas ya sonaban las primeras gotas de setiembre.


[1] Vocablo quechua que significa paisano mío.

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