Una flor obsesiva en el parque de todos los sueños: A propósito de En los extramuros del mundo de Enrique Verástegui. Roger Santiváñez

Gracias a Roger por compartir esta hermosa resena sobre los Extramuros de Enrique Verastegui, que lei impresionado hace mucho tiempo. Conoci a Enrique en la GUE Buenaventura Sepulveda, cuando recibio con entusiasmo un vocabulario quechua que circulaba a mineografo. Para mi los extramuros han llegado a significar el exilio, la distancia del origen y el lenguaje, y mirar a San Vicente de Canete desde la campina de la hacienda Montalvan imaginando la ciudad a traves de su lejanos sonidos, mientras esperaba que el colegio desaparezca para no ir nunca mas a clases. Pese a que ya en Lima hablamos solo un par de veces mas, Enrique compartio su poemas mas recientes en Hawansuyo. Aun tengo en deuda escribir la resena que me pidio y que inicie jjuntando al poeta con mi gata Chaka, que ahora duerme al costado, y acaso ya estuvo en ” no puedo soñar cantar escribir ese poema para ti mi gatita “. Es la magia de tu poesia querido Enrique. Gracias Roger. Texto a proposito de la re edicion de En los Extramuros del mundo. Editorial Esto No Es Berlin. Madrid 1019.

Una flor obsesiva en el parque de todos los sueños: A propósito de En los extramuros del mundo de Enrique Verástegui

Por Roger Santiváñez

Tendríamos que empezar situándonos en el contexto socio-histórico del Perú al momento de la aparición de En los extramuros del mundo (1971) de Enrique Verástegui. El país atravesaba una las épocas más álgidas de su devenir en el siglo XX: la llamada Revolución Peruana del general Juan Velasco Alvarado. La Reforma Agraria -con su radical expropiación de la tierra y entrega de ella al campesinado organizado en cooperativas y sociedades de interés social- había transformado a la masa popular de orígen nativo indio y/o cholo en personas con dignidad humana, ya que antes del velasquisimo, la gran mayoría nacional -desde los tiempos de la colonia-  se debatía en la oscura noche de la explotación y la ignorancia como siervos de la gleba en la gran propiedad terrateniente de la oligarquía, columna  vertebral de la sociedad peruana hasta 1968. Hace cincuenta años entonces que podemos hablar de un Perú modernizado, producto de aquella Revolución Nacional incruenta que fue el gobierno reformista de Velasco.

       Uno de los fenómenos que cambió la faz de Lima, al compás de las reformas (anque justo es decir que el proceso empezó lentamente desde 1947) fue la migración provinciana a la capital, principalmente de raiz andina.  En este escenario es que va a producirse -en el ámbito de la poesía- el surgimiento del Movimiento Hora Zero, una especie de caja de resonancia verbal de aquello que acontecía en los dominios de la realidad. En efecto, los nuevos poetas de HZ provenían -en su mayoría- de la provincia. Para el caso que nos ocupa, Enrique Verástegui había llegado de Cañete, de una familia de clase media urbana que -como miles- enviaban a sus hijos a estudiar en la Universidad de San Marcos: “ 8.30 en la C.U. / …/ y la alegría de este verano es un sol reluciente / recien acuñado por el Banco Central de Reserva / 8.30 en la C.U./ 8.30 / 8.30 / 8.30/ 8.30 / Voy a estallar” . Se trata del desquicio y neurosis que produce el impacto de la ciudad industrial-modernizada a la visión de un muchacho con una “sensibilidad extraviada” como reza un hermoso verso del libro que comentamos.

       Como es historia, Enrique Veástegui escribió En los extramuros del mundo -entre los 19 y 20 años de edad- viviendo una intensa exaltación que lo llevaba -según la leyenda urbana- a dormir en las calles del centro de Lima, para experimemtar esa radical morada en el infierno- y después escribir. Recuerdo el mes de julio de 1973, cuando viajé -desde mi natal Piura a Lima- con la esperanza secreta de encontrarme con los poetas de HZ leidos en Estos 13 (la famosa antología de la generación del 70 firmada por JM Oviedo) en lo que duró mi traslado en el clásico ómnibus Tepsa de aquellos dias adolescentes. Grande fue mi exaltación -tras conseguir el libro en la librería Milla Batres de la Plaza Francia- al comenzar a leer el poema de Verasttegui que principia el volumen: “Llevo un sol en los bolsillos / pero ya no tengo nada en mí /no puedo soñar cantar pensar en cosas concretas / no puedo soñar cantar escribir ese poema para ti mi gatita /…/ y mis vecinos me tiene controlado / me ven llegar como una peste / y hablan de mi /entre comillas soy el ocioso el paria el que llega tarde en la noche / y corro por estas calles de Lima” Detengámonos en este primer envión del poemario, porque da el tono preciso de toda la obra.

         Aquí tenemos al joven que deambula por la ciudad, sin dinero, y presa de una desesperación que le impide la paz interna. Su entorno lo persigue, intensifica su paranoia, y de hecho, es un marginal. La genialidad de Verástegui fusiona el sufrimiento personal, con el padecimiento social más la condición del poeta en la sociedad moderna de América Latina.  De este modo nos identificamos con la visión del autor y disfrutamos con el tan original ritmo de su fraseo altamente fresco y renovador. En ese instante (1972-1975) todo el mundo parecía soñar en escribir como Verástegui, tan emulativa y provocadora era su prosodia, así como su mundo representado: el de miles de muchachos provincianos arribados a la capital, para sobrevivir en cuartuchos y pensiones de mala muerte, comiendo en la “Muerte lenta” (comedor universitario de San Marcos) pasando las horas “con libros y muchachas bajo el brazo”(Washington Delgado dixit) y bebiendo cerveza en bares perdidos por las callejas del centro con “pisos de aserrín” (según anunció Eliot)  hablando de política y de literatura (de litteris et de armis como dice Pound)  y leyéndolo a pesar de andar con los “pálidos bolsillos” ( en el decir del propio Verástegui) y de que el “Viejo fioca” [Hernández’s words] fuera para quedarse “ echado calato en la cama leyendo un poema de Pound ” como escribe Jorge Pimentel -cofundador de Hora Zero-  en su injustamente poco estudiado Kenacort y valium 10 (1970).

       Prosiguiendo la lectura de En los extramuros -como yo lo hice en un bussing de la línea 48 que equivocadamente tomé en la esquina de la Avenida Abancay y el Parque Universitario  [exáctamente allí donde Verástegui escribió: “Por aquel entonces estos versos fueron peatones / y automóviles atascados / frente al parque Universitario en la Avenida Abancay / y el policía de servicios / increpándome por no llevar mis documentos, / mi partida de defunción”]  para irme al Rímac pero fui a dar hasta el Callao. Es decir, yo era uno de esos peatones atracado entre los carros que -totalmente concentrado en las imágenes que me retrataban a mi mismo y lo que me acababa de suceder y me seguía sucediendo, perdí -instantáneamente- la noción de la realidad y subí al bussing equivocado, para sentir que -en efecto- podría producirse mi defunción bajo la profunda noche de Lima que yo no conocía en absoluto con mis inexpertos y provincianos 17 años a la sazón. Mi mirada se detuvo así en este verso “y aprendí que el verso más claro está garabateado sobre la pared de los baños”. Mii mente volaba a esos recintos  en los cafés, bares y servicios  públicos de lima, cuyo hedor hería la pituitaria, donde yo había entrado mientras emulaba el deambular por las calle del centro, aprendido -leído- en el libro de Enrique Verástegui.

       Pero aquel sintomático verso encerraba todo un arte poética. Es decir, planteaba una revolución en la concepción de la poesía hasta ese momento en el Perú. Claro que dicha revolución ya se venía dando -en el campo de la cultura occidental- desde los días de Baudelaire y su celebérrima Las flores del mal (1857); fundación de la lírica moderna según Hugo Friederich mediante la cual hasta la carroña más repulsiva era digna de belleza. Desde esta línea viene la idea verasteguiana de considerar que el verso más claro esta escrito en la pared de los baños, alusión directa a la ruptura que deseaba sostener: la poesía no es más el objeto sublime o elevado de la antigua tradición, sino -todo lo contrario- la creación estética basada en lo oscuro, denigrado y sucio; hallado en la terrible y cruda realidad: “yo no quiero brillar con esa intensidad de aviso Phillips”. Como vemos, incluido el entorno urbano de la modernidad asumido desde una posición crítica, lugar donde el poeta con su verso lo va “gritando por estas páginas sórdidas” para testimoniar la alienación e infelicidad del mundo contemporáneo en el cual se define de la siguiente forma: “soy yo ardiendo de noche sobre los corazones que aún no han conocido el amor / y están desesperados gimiendo arrancándose los cabellos”. Imagen infernal que nos remite a Dante -como sabemos- uno de los poetas-guía más importantes de Verástegui.

        Testimonio y expresión de la nueva Lima -y el nuevo país- surgido sobre los efectos de la migración interna masiva, los poetas de Hora Zero -y Verástegui entre ellos siendo quizá el más relevante- no sólo “se proyectaron a si mismos como la vanguardia de un proceso de cambio social” sino que también “buscaron desarrollar una nueva forma poética para capturar el espíritu de la nueva sociedad” [ James Higgins en su libro Myths of the Emergent: Social Mobility in Contemporary Peruvian Fiction, 1994]. Es en medio de dicho contexto que podemos entender los siguientes versos de En los extramuros del mundo: “En mi país la poesía ladra / suda orina tiene sucias las axilas / La poesía frecuenta los burdeles”. Es decir, la poesía está inmersa en la dura realidad. En el emblemático poema ‘Salmo’ del libro que comentamos, más allá de cierto inequívoco aliento ginsberiano, escribe Verástegui: “Yo vi caminar por calles de Lima a hombres y mujeres / carcomidos por la neurosis / hombres y mujeres de cemento pegados al cemento aletargados / confundidos y riéndose de todo. / Yo vi sufrir a esta gente con el ruido de los cláxons / sapos girasoles sarna asma avisos de neón / noticias de muerte por millares una visión en La Colmena”. Ese es el espíritu de la nueva dimensión urbana captado por la fulgurante inspiración del poeta en pleno centro de Lima.  

       La obra está articulada en torno a estos dos ejes temáticos: a) Erotismo y b) Psicosis; contradicción que se resuelve en un claro enfrentamiento contra el Sistema establecido, y está sostenida en una dicción cotidiana-coloquial que genera la hermosa atmósfera de lo que podríamos llamar un lirismourbano.   Este es el tono -más un toque de cultismo y otro de implícita protesta social- que gobierna la magnífica plasmación textual de En los extramutros del mundo. Modernidad y Eros versus la alienación del Sistema burgués capitalista, en un trance vivencial que identifica la poesía como utopía libertaria total.  Son doce poemas -en la primera parte- que como círculos concéntricosa van desarrollando pendularmente los conceptos encarnados en los ejes temáticos, tomando la forma verbal de su innovador estilo, para definirse -amplia y suscíntamente a la vez- en el largo poema integral (estética de Hora Zero) ‘Una cita con Sonja / En los extramuros del mundo’ que configura él solo la segunda y última parte del poemario.

       En lo que queda de esta nota, vamos a intentar ilustrar el devenir de los citados ejes temáticos y su realización en el plano del lenguaje poético. “Durante mil o dos mil años habité los mecanismos / de la locura” dice con toda claridad al empezar el ‘Poema escrito sobre una impresión causada por Dulle Griet -una pintura de Brueghel’ para continuar “y he vagado entre yerbas y pintura con mis recortes / de Catherine Denueve / de Raquel Welch desnuda en los mercados”. Es decir, en respuesta a la psicosis está el erotismo, pero no se refocila en la contemplación de aquellas íconos de Eros en la contemporánea Sociedad del especatáculo de los 60s y 70s, sino que cuestiona el Sistema: “huyendo de los mercaderes / y sus facturas de compra-venta” resolviendo la contradicción en el espacio del lirismo más puro pero abrevado de la condición urbana: “porque afuera / (bajo la Lluvia) / los avisos luminosos continúan encendiéndose / como la soledad / a la entrada del Paraíso).

       En este sentido es imposible no citar ‘Datzibao’ uno de los más hermosos poemas de amor de nuestra lengua (y por su título homenaje en sesgo a la Revolución Cultural de la China de Mao). Pináculo del lirismo-urbano, este texto -para empezar- puede servirnos para indicar uno de los mejores y más distintivos rasgos de la poesía verasteguiana: el ritmo. Leamos: “y aquí me tienes ideando estas líneas que reflejan mis ojos cansados / de ir caminando con la mente y las manos repletas de yerba”. El encadenameinto prosódico es formidable, una cadencia que no para sino que incita a continuar con los latidos de dicha respiración verbal y que no sólo pantea un deslinde generacional: “y tu mirada angustiada y esa seriedad para responderme a ciertas / preguntas y custiones que nos diferenciaron para / siempre de las personas nacidas antes de 1950”; sino que poetiza lo cotidiano: “portándote como en la más furiosa embestida / en la batalla por un lugar en el taxi” haciendo gala de la voz coloquial directa: “Porque ya es hora de ir poniendo las cosas en claro” desde un sutil punto de vista politico: “y más que nada empezar a ser uno mismo / un solo obstinado bloque de rabia”. Huyendo de la psicosis con la que nos asedia el Sistema: “tú por todo lo que para mí reflejabas lo más claro eres mi sopor / antes de echarte a gritar por estos sitios malditos, y -a pesar de ello- la salida liberadora la poesía: “aún después de haber transformado esa palabrita bestialmente lúcida / en una flor obsesiva”. Y por si fuera poco cierra con una reivindicación étnica: “aprendiendo / de ti a la Molina no voy más esa canción negra arde en mi pecho, me aplasta, levanta, avienta a decir no contra todo”.

       Con un trabajo formal que fusiona lirismo -por asociación musical antisemántica- con cotidianeidad: “y la brisa remece tus sueños / -la brisa helada de un ventilador” Verástegui declara su derecho a crear un nuevo lenguaje para nuestra poesía: “Y esto te urge más que una palabra perfecta”. Antiretórico en la línea de Nicanor Parra, la materia verbal es trabajada con libertad coloquial sin límites: “alguien nombra a los hijos de puta que gustan de la poesía y a la mierda Tomás de Aquino / y a la mierda todo el mundo Aristóteles Platón / y a la mierda la historia de la mierda / y dime, recitas ya a Li Po?”. En realidad, podría describirse la elipsis dialéctica que va de “Qué tal viejo Ch’sumadre” de Luis Hernández -unos años antes (1965)- para observar el tránsito del giro cotidiano transformado en  poesía en el río de los 60s-70s- que -en este caso- asume el odio y rechazo a la poesía, similar al de Enrique Lihn por esa misma época en el ámbito latinoamericano.

       Amplias muestras del lirismo-urbano de Verástegui vemos en textos como ‘Para que esto no sea un hato de palabras apiladas com yerba encima del papel’ . La realidad de Lima se convierte en el personaje central, sobre el que los jóvenes amantes estudiantes hablan de “esta ciudad de trapo, en la ciudad de / las antenaas de TV, la cuestión del amor”, buscando espacios para su amor erótico enfrentándose al Sistema establecido: “antes / de que un patrullero pase descubriéndonos / agazapados tirados sobre la yerba del parque / Neptuno y el amor eres tú oh mi gatita”. Del mismo modo, en el bello ‘Poema escrito sobre la impresión causada por ‘El remolino de los amantes’ -una pintura de William Blake’ (super cultismo del título, de paso) dividido en tres exactas partes, cuyos versos, como éste: “deseé apoderarme de ti o mejor toqué tus cabellos” nos da una muestra del alto nivel de su lirismo, o el cultismo que aquí sigue: “Mozart es apenas / una sonata que ningún aprendiz / estudiante de piano puede limpiar sobre las teclas” nos refiere a esa sed de cultura latinoamericana, la apropiación poundiana de Europa, nuestro snobismo de aculturados learners. Sin embargo Verástegui le saca la vuelta a la imitación alienada: “A ti te gusta la poesia / pero no tanto como un pastel de fresa”. Nada más auténtico que la voz conversacional fluyendo del lenguaje real y directo de la realidad diaria y su habla -de todos modos nacional popular- e inequiívocamente universal.

          La posición política del poemario se planta en los territorios de la izquierda marxista radical: Black Panther ( ejército urbano afriacan-american de California), Marighela (Guerrilla urbana del Brasil), Séndic (Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros de Uruguay) y por supuesto Ernesto Ché Guevara [“por ese Che permanente que tanto tú como yo / deseamos ser”] impronta casi natural de la década de los 1960s, etapa formativa del poeta Enrique Verástegu. El poema que culmina En los extramuros del mundo focalizado en el amor por Sonja (a estas alturas no creo cometer una infidencia si digo que ella es Enriqueta Beleván, magnífica poeta y -de paso- recordar que fue con ella con quien estaba Jarry, la tarde de domingo en el Wony (1974) , en que Armando Arteaga me lo presentó y tomamos té con tostadas); Sonja alumbra toda la exultante vida de este texto. Los ejes temáticos son manejados aquí con maestría, en una sola identidad resuelta: “Yo soy el que no quiso ser lo que ahora o nunca / pudo dejar de haber sido un furioso lucero / trasponiendo los límites / entre la noche y la poesía”. Quizá lo más claro -en cuanto a su propuesta general- nos lo dice ese extraordinario poeta que -sin duda- es Enrique Verástegui con los últimos versos del libro: “Y entonces tuvimos que andar buscando nuestra propia / y amarga manera de entender estas cosas / una lenta y amarga experiencia: hermosa como un ave sailvestre”. Básicamente se trata de eso:  Belleza.

roger santiváñez                             

Collingswood, New Jersey South.


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