TRENZANDO NUBES Y PALABRAS: APUNTES SOBRE UN POEMARIO INICIAL (de Genaro Cahuana Orihuela). Paul A. Valenzuela Trujillo

Hay en la poesía una suerte de fulgor divino que nos devuelve al estado primigenio del ser: el instinto. Porque para sobrevivir en este mundo, con la suma de precariedades que vamos acumulando en vida, son necesarias algunas dosis de irremediable poesía para aflojar, poco a poco, el nudo corredizo que nos ponen al cuello muchos de nuestros congéneres.

Hablo de instinto, porque en estos últimos años un grupo de jóvenes vates apurimeños, con la insolencia y el atrevimiento propios de la edad, vienen asumiendo la praxis poética con mucha actitud y mucho olfato, a pesar de algunas carencias de libros y lecturas. Aspecto remediable en este vano oficio de juntar palabras, cual ladrillos, para la forja del individuo.

Dentro de esta pléyade de nóveles poetas destaca el trabajo de Genaro Cahuana Orihuela, quien a partir de elementos intimistas y otros culturales, construye una propuesta de arraigada andinidad. Precisamente, lo que motiva el comentario de este fabulador insomne, es la aparición del primer libro del docente, músico y director de teatro apurimeño. Con el sugerente título El incendio de las flores (2018), el wayki Genaro reúne una serie de textos en verso, divididos en dos secciones respectivamente. Los poemas, a pesar de haber sido escritos en diferentes etapas, integran una sola unidad estética, tanto en el tratamiento del lenguaje, como en la visión general del libro.

La primera parte, Pincelando los recuerdos de sembríos, es un mapa poético de la ausencia; la emoción lírica se desborda en versos de sentida y sufrida evocación, donde las palabras buscan apresar aquello que fugaz, como flor de temporada, partió dejando impregnado en el poeta el aroma ingrato del recuerdo: “Cuando supe que ya no habitabas / en las grafías de mis ojos, / salí a buscar mi suerte”. “¿Qué será de tus besos de tumbo / cuando llegues al abra del recuerdo?”. “Las hierbas de tu huerto de nube / te dirán que mi canción es un cadáver”. Por otro lado, la naturaleza misma, con sus elementos en constante equilibrio y sintonía, es la que alimenta el imaginario del autor, volviendo su poesía fecunda y dotándola de plasticidad y ternura transparentes: “Cuerpo de lluvia”, “Cabellos de primavera”, “Abrazo de agua”, etc.

En El incendio de las flores, segundo grupo de poemas del libro, alternan tres motivos muy marcados en la poesía del autor: la mujer amada, la madre y la afirmación de una consciencia social. Respecto al primer punto, ya no es la angustia lírica y su permanente desolación el derrotero poético a seguir; todo lo contrario, la presencia del ser amado en cada uno de los textos iniciales reconforta: “Las hojas solemnes de coca / sonríen en cada paso a nuestro destino y / giran la mirada hacia nuestras manos”. “Hilando un cielo de colores nocturnos, / nos abrigaremos del frío estéril / con el giro suave de tu rueca”. Sin embargo, son los poemas a la madre los que mejor expresan esa idea del hombre andino enraizado a su espacio vital, donde lo sagrado no es invisible a los ojos, ya que se encuentra a nuestro alcance, en lo cotidiano, afirmándose en el cariño y valoración a la madre, síntesis de nuestra cultura: “Madrecita mía, / tú eres el corazón sensitivo / de los cuentos telúricos”. “Tu voz cíclica / es una mitología / que enciende el umbral de mi verso”. “Siento estar en nuestra casa de llikllas / jugando con el desvelo de los mecheros”. Justamente, es el hecho de pertenecer a un pueblo, de reconocerse como parte de una nación (que no excluye a ningún individuo), lo que despertó en el poeta una solidaria consciencia social, que ve en el anhelo de justicia del otro, las reivindicaciones propias: “Ven, te regalo mi corazón de lámpara / para que escribas en cada lágrima / de los desheredados / una sonrisa de tarwi indomable, / hasta que la bulla, pueda entenderte”. “Pajarillo, nuestra vida es un ritual telúrico. / Anda dile a tus hermanos del ocaso / que nuestro canto ha sido mordido / por el cáncer de los barbados”.

Todo primer libro requiere de la lectura atenta del autor, ya que el proceso de la escritura se va consolidando a partir de la depuración del estilo, superando una etapa inicial de aprendizaje y bosquejando nuevos proyectos que permitan una mejor articulación del discurso poético. En ese sentido, estoy seguro que las próximas entregas de Genaro Cahuana irán puliendo una voz originalísima dentro de las letras apurimeñas, cuya tradición literaria empieza a renovarse con el aporte de las nuevas generaciones.

 

Abancay, 10 de setiembre de 2017

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