DEMOLICIÓN: EL GRADO ZERO DE LA ESCRITURA. Alberto Colan

A pocos e inmensos dias de la la partida del poeta y amigo Alberto Colan, compartimos su contribucion a “Revelacion en la senda del manzanar: Homenaje a Juan Ramirez Ruiz”. Siguen frescas sus palabras. Buen viaje Alberto,  recordando a Oquendo en la Plaza San Francisco…

DEMOLICIÓN: EL GRADO ZERO DE LA ESCRITURA

 

El clima era propicio. La atmósfera era tensa. El ambiente eléctrico. La revolución tocaba nuestras puertas. Todo estaba listo, para el estallido de la poesía.

¨Apenas se inicia la década del Setenta, una nueva generación de poetas peruanos implanta su voz con un aguerrido propósito: transformar la realidad social y transformar la poesía. Es decir, transformar al hombre¨[1].

Como sabía donde se reunían los poetas, fuimos a verlos. Estaban en el Palermo, un café-bar del centro de Lima, ubicado en la Colmena, frente a la Casona de San Marcos. Era, punto de reunión, conversadero, bebedero y centro de operaciones de empleados públicos, estudiantes, intelectuales y bohemios de toda laya. Donde se podía pasar horas, bebiendo y conversando con los amigos, después de las obligaciones del día a día.

Allí, al fondo de ese canchón lleno de mesas de piedra y metal, con apartados de madera, conversaba un grupo bullicioso de muchachos, envueltos por el espeso humo de cigarrillos. Eran los poetas que buscábamos. Provincianos o limeños, hijos o nietos de migrantes de costa, sierra y selva. Estudiantes de Universidades Nacionales, Villareal y San Marcos que se alojaban en casas de familiares y parientes. Comían en pensiones de mala muerte, o en ¨la muerte lenta¨ del comedor universitario.

Ellos, nosotros éramos el resultado de la modernización del país de la década de los 40´s. Éramos el producto de la migración y el afán descentralista e integrador de las mayorías. Entre quienes se encontraban cientos, miles de poetas desconocidos, en todo el país. Un reclame, un manifiesto era preciso, para llamar su atención y convocarlos a demoler las murallas conservadoras y colonizadas de las palabras prestigiadas del ¨Parnaso¨ de las letras ¨nacionales¨.

Un petardo de franqueza y lucidez, fue suficiente. El manifiesto ¨Palabras urgentes¨, que 40 años después, mantiene vigente sus connotaciones proféticas y visionarias.

¨HORA ZERO quiere significar este punto crucial y culminante que vivimos. Y es también un punto de partida. Desde aquí empezamos a deslindar las situaciones literario-políticas del país. (…) hemos encontrado ágiles ruinas, valores enclenques, una incertidumbre fabulosa y la mierda extendiéndose vertiginosamente.

De un lado los jaleos políticos, domésticos, con sus líderes torpes e ignorantes y de otro lado la sucia y poderosa mano del imperialismo norteamericano manejando a estos y desquiciando la voluntad de un pueblo. (…)

Estamos atentos a lo que se está haciendo en el país. Queremos cambios profundos, conscientes de que todo lo que viene es irreversible porque el curso de la historia es incontenible y América Latina y los países del tercer mundo se encaminan hacia su total liberación. (… )

La poesía en el Perú después de Vallejo sólo ha sido un hábil remedo, trasplante de otras literaturas. Sin embargo es necesario decir que en muchos casos los viejos poetas acompañaron la danza de los monigotes ocasionales, escribiendo literatura de toda laya para el consumo de una espantosa clientela de cretinos. (…)

Todo esto nos lleva a una conclusión: ellos no escribieron nada auténtico, no emprendieron ninguna investigación, no descubrieron ni renovaron nada. No hubo creación¨[2].

Entre la polvareda y los escombros, producto del Manifiesto, se alzaron las voces lastimeras de las víctimas de la hecatombe. Los poetas aludidos respondieron a través de la prensa, con gritos histéricos, calificando de ¨adánicos y parricidas¨ a los jóvenes poetas.

Sin embargo, no faltó una voz lúcida, la de Alat (Alfonso La Torre), que desde los primeros días, supo por donde iba la cosa.

¨¿En qué radica la novedad de los poetas del 70?…Los del 70 empiezan tomando conciencia de grupo. Su manifiesto es coral, y hay en ello la asunción moderna de la asimilación del individuo al trabajo en equipo…Además, no es la perspectiva de una obra hecha o iniciada lo que los une, sino una obra por hacer. Todos ellos son inéditos…Y parten de una revisión crítica de la trayectoria poética peruana. Iconoclastas, denuncian toda la poesía posterior a Vallejo, no extraen nada positivo de esos escombros, y optan por la ruptura¨[3].

Iconoclastas, rebeldes con causa, fue el amor a primera vista que me sedujo. Atrayéndome como campo magnético, a las filas del grupo. Porque, teníamos las ideas y el pelo largo, y queríamos ser los malos de la película.

Fuimos parte de la patota, de la mancha. Del grupo de pacifistas y revolucionarios que hacía activismo, en marchas y mítines de protesta, y participaban en recitales de poesía y actos de solidaridad, en apoyo a las huelgas y movilizaciones de los trabajadores.

Así, nos conocimos la mayoría de poetas de Hora Zero. Juan Ramírez, Jorge Pimentel, Enrique Verástegui (Lima, 1950), Jorge Nájar (Pucallpa, 1944). Quienes, recién publicaban o estaban a punto de publicar sus primeros libros: ¨Kenacort y Valium 10¨ (1970), ¨Un par de vueltas por la realidad¨ (1971), ¨En los extramuros del mundo¨ (1972), y ¨Malas maneras¨ (1973), Isaac Rupay (Director de Eros, y la Tortuga ecuestre), Elías Durand, José ¨Pepe¨ Diez, Ricardo Oré, Feliciano Mejía, José Cerna Bazán, Eloy Jáuregui, Yulino Dávila, César Gamarra, Arturo Castañeda, Bernardo Álvarez, Pedro Grimaldo y Ángel Garrido. También, a Ketty Beleván, César Valcárcel, y Cinthya Pimentel.

Juan Ramírez Ruíz (Chiclayo, 1946). Un tipo menudo, ágil, cálido y alegre. Vehemente y obstinado. Hombre dedicado en cuerpo y alma a la poesía. Esa primera impresión que guardo de él, permanece indeleble en mi memoria. Que, aún se resiste a aceptar las trágicas noticias de su deterioro físico y mental. El abandono de sus últimos días y su trágica muerte.

Vivía en una pensión del Jirón Ancash 444, frente a la iglesia de San Francisco del centro de Lima. Que compartía, con otros inquilinos, entre quienes se encontraban los poeta: José Cerna Bazán (Chachapoyas, 1949) y Arturo Castañeda Liñán. Allí, en la oscuridad de su cuarto, permanecía la mayor parte del día dedicado a tiempo completo a la poesía que, no pocas veces, interrumpíamos los amigos.

Juan Ramírez y Jorge Pimentel (Lima, 1944), fundan Hora Zero en enero de 1970. Juan, es el autor de los 8 manifiestos que se publican, entre 1970 y 1973, fecha en que culmina la primera etapa del Grupo. El primer Manifiesto ¨Palabras urgentes¨, que contó con la colaboración de Juan Ojeda, lo firman: Juan Ramírez Ruíz, Jorge Pimentel, José Carlos Rodríguez, Mario Luna, Julio Polar y Jorge Nájar.

¨Y parten de una revisión crítica de la trayectoria poética peruana. Iconoclastas, denuncian toda la poesía posterior a Vallejo, no extraen nada positivo de esos escombros, y optan por la ruptura. Esta demolición edípica por parte de los poetas de ¨Hora Zero¨, sin ser novedosa, tiene, sin embargo, una estimulante concepción de la catarsis: su cólera iconoclasta arranca de un lúcido razonamiento crítico¨[4].

En abril, del mismo año, funda la revista Hora Zero Chiclayo. Donde aparecen: Fernando Cañola, José Díez Salazar, Carlos Ramírez Soto, Donald Sánchez, Rafael Goto, Jorge Fernández, y Enrique Verástegui.

Jorge Nájar hace la misma operación, en Pucallpa. Donde, se suman: Javier Dávila, Carlos Moreno, Edison Mego, Juan Sánchez y Elsa Mayora.

Mario Luna, realiza una actividad similar en Chimbote. Asimilando, a: Lina de Acevedo, José González, Enrique Cam, José Guevara, Julio Bernabé, Pietro Luna, Miguel Rodríguez Paz, Hugo Vargas Tello.

César Gamarra, en Huancayo, y Enrique Rosas, en el Cusco, intentarán lo mismo. Sin mayores resultados.

En 1973, se edita en Lima, financiado por Eloy Jáuregui, el tabloide Hora Zero/ revista de arte y literatura. Que fue diseñado por Alberto Colán y trae ilustraciones de Julio Polar. Ella, reúne a: Isaac Rupay, Feliciano Mejía, Ricardo Oré, José Cerna Bazán, Yulino Dávila, Bernardo Álvarez, Elías Durand, Rubén Urbizagástegui, Ángel Garrido, Eloy Jáuregui, y quien escribe estas líneas.

Por aquél tiempo, nos frecuentábamos mucho. Tanto con Juan, en su cuarto del jirón Ancash 444, como en casa de Jorge Pimentel, de la calle Francisco de Zela 857; o en casa de mis padres, en Huascarán 689 de La Victoria. Donde nos reuníamos a conversar, intercambiar discos, o libros. Para luego, salir a caminar y continuar conversando.

 

Fotografías:

  1. La Comuna

En aquellos días de 1970, se funda la primera comuna. Que, administrada por ¨Coco¨ Pimentel y Manuel Morales, funcionaba en la 7ª. Cuadra del jirón Huancavelica. Allí vivían, en feliz convivencia, los poetas: Enrique Verástegui, y el poeta y dibujante José ¨Pepe¨ Diez. Y algunos ocasionales inquilinos (as), de paso.

En ella, se cocinaba, se comía, trabajaba y dormía. Allí, recalábamos todos. Luego de las amanecidas del Palermo, el chino-chino, los Vidrios, o la Llegada. Si no, nos amanecíamos conversando, deambulando por las sórdidas calles del centro de Lima.

  1. La película perdida

A poco de conocernos y formar parte del grupo. Una conversación sobre la necesidad de hacer cine, fue pescado al vuelo por ¨Coco¨ Pimentel. Quien, se ofreció a hacer de productor, poniendo los materiales. Convocamos a Lucho Arauco, un amigo que contaba con una cámara, y a todos los involucrados (Enrique Verástegui, Ketty Beleván, Vladimir Herrera), a un café frente a la plazuela de San Francisco.

Era, un día x de invierno. Nos sentamos a cranear una breve historia, cuya duración no debería pasar de 3 minutos (tiempo de duración del rollo). Contábamos con una cámara de super8, detrás de ella, Lucho Arauco. Nos faltaban los actores.

Entonces, mientras Enrique y Vladi, escribían. Empezamos a filmar. Corte. Luego, una brevísima secuencia, Donde Ketty, entre Enrique y Vladi, sentados en una de las bancas del parque, era atacada por un pistolero. El malo de la película.

Fin.

(El rollo, se envío a revelar a Panamá. Su paradero se desconoce. Si no se encuentra en los archivos secretos del cine subte, se ofrece una recompensa a quien la devuelva).

  1. El che en la carretera

Movidos por el mismo empeño, hicimos un documental en formato audiovisual (slides más cinta grabada). Que mostraba los contrastes de la sociedad y la figura siempre presente del che Guevara, que circulaba como ícono de camioneros, y de la juventud, en posters y camisetas.

¨El che, en las carreteras¨. Constaba de alrededor de 250 slides, fotografiado en película Kodak con una cámara de medio formato, en escenarios de Miraflores y la Parada. Contó, con la participación de Armando Arteaga, Luis Arauco, Jorge Pimentel, y quien escribe.

(Jorge y yo, conservamos parte de dicho material).

  1. Poetas en la playa

Un verano salvaje, tuvimos, el ¨negro¨ Mateo y yo, de llevarlos a la playa. Convocamos a los poetas en el cuarto de Juan, una mañana de un fin de semana.

Un grupo numeroso, nos esperaba. Pálidos y ojerosos, refunfuñaban por haberlos levantado de la cama tan temprano. Éramos tantos que parecía una manifestación, en las calles vacías de la ciudad. Tantos que llenamos un ómnibus. Y, entre bromas y conversaciones, rápidamente nos llegamos a la playa.

En Agua dulce, alquilamos una carpa. Y pasamos un día alegre y despreocupado. Jugando, tomado sol, bañándonos en el mar y consiguiendo nuevas chicas.

  1. La necesidad, madre de todos los libros

El Palermo, nuestro centro de operaciones. De allí, salíamos a ¨expropiar¨ libros, en la, entonces, numerosas y bien surtidas librerías del centro, para, luego de leídos, revenderlos. Una manera de agenciarnos algo de dinero, para equilibrar nuestros menguados presupuestos.

Todos, de una manera u otra, lo practicábamos. Teníamos expertos en ésos menesteres, que lucían sus habilidades y establecían competencias entre ellos. Uno de ellos, era Juan quien lograba ¨expropiar¨ 7 u 8 libros, de una sola vez. El resto, torpemente, llegaba a escasos 1 o 2 libros; si estábamos con suerte y no éramos vergonzosamente atrapados con las manos en la masa y llevados a la comisaría más cercana. Donde éramos la burla de ladrones y policías, que no se explicaban por y para qué robábamos libros. ¡Cosas de locos!, decían.

  1. Rímac, dios Hablador

Un invierno, nos fuimos de paseo a Chosica. Éramos, dos parejas: Juan, su novia Midori; mi chica de entonces (no recuerdo su nombre), y este servidor. Almorzamos, entre bromas y conversaciones. Al rato, el llamado amoroso no se hizo esperar. Nos separamos, para ¨rezar¨ por nuestra cuenta.

Luego, el sol generoso, hizo el resto. Nos recostamos, mi chica y yo, sobre una gran piedra al borde del río. Nos quedamos dormidos.

Entre sueños, oí murmullos, voces y risas. Que, al principio, creí producto del sueño. Eran murmullos, que, tan pronto parecían hablarme cerca al oído, como, parecía provenir de más lejos, por su potencia y volumen. Me desperté sobresaltado. Miré a los alrededores. No había nadie. Estábamos, solos. Mi chica, el río, y yo.

Le comenté a Juan lo ocurrido. Tratando de encontrar alguna explicación a lo ocurrido, recordé que el Rímac: El Hablador. Fue, antiguamente, un río sagrado. El Apu, huaca y oráculo de Lima. El mismo que, por alguna misteriosa razón, me dio el privilegio de hacerme escuchar sus risas y su voz. ¡Será de felicidad -agregó, Juan- por tener de invitados, a los poetas¡(¿Habladores?). Alegres, celebramos la ocurrencia, brindando con el río.

 

 

  1. Duelo al sol

A fines de diciembre del ´71, hay un intercambio de misivas a través de la prensa, entre Jorge Pimentel y Antonio Cisneros, que culmina en un duelo entre ambos poetas. Una visita inocente a ¨Coco¨ da pie a que me involucre en dicho acto.

Jorge, algo nervioso, me comenta las últimas novedades del hecho en cuestión. Le respondo, serio (pero en plan de joda)- La cosa es sencilla. ¡Escoge las armas y un padrino ¡- Lo piensa, un momento. ¡Verdad, cuñadito¡ Que buena idea -Me dice- A partir de ese momento, nos echamos a volar, elucubrando los pormenores de un ¨happening¨.

Tengo una pistola ¡Tráela!- contesto- Rebusca entre sus cosas. Luego, viene y me la muestra. La reviso y hago el ademán de disparar. ¿Dispararías..?!- Más que pregunta, entiendo es un guiño. Un reto e invitación al amigo – ¡Compra las balas¡- Respondo.

¨A la hora señalada¨ (primeros días del ´72). Al momento que ¨Toño¨ Cisneros, leía uno de sus poemas. Salí de entre la multitud de intelectuales y curiosos que atiborraba las instalaciones del INC (del Jr. Ancash). Calma y pausadamente al frente. Donde, sentados uno al lado del otro, Pimentel y Cisneros alternaban la lectura de poemas.

Frente a los dos. De espaldas al público, levanté lentamente el arma que saqué del bolsillo de la chaqueta. Disparé uno, dos tiros. Luego, salí, entre el estupor y silencio sepulcral del auditorio, con el arma en alto. Como si llevara un amuleto protector.

Quienes presenciaron el duelo, tienen su particular versión de los hechos. Unos vieron caer a Jorge Pimentel, en un charco de sangre; otros, dicen que yo maté al poeta Cisneros. Como hubo dos tiros, le dejo al lector escoger la opción que mejor le parezca. Haciendo la aclaración, para los despistados, que como el arma era de fogueo, ambos poetas gozan de buena salud.

El hecho, quedó registrada en las crónicas de la época. Y, días después, la repuesta de Hora Zero, no se hizo esperar. Los miembros, repudiaron el hecho. Viendo incoherencia y personalismo, en el acto.

La repuesta inesperada, que no interpretó correctamente el acto (un hecho artístico). Motivó, entre otras razones, el alejamiento entre Juan Ramírez y Jorge Pimentel y mi posterior distanciamiento del Grupo. Que, antes y por otros motivos, hicieran: José Cerna Bazán, Enrique Verástegui y Feliciano Mejía. Hechos, que propiciaron el estallido del grupo inicial, de los 70´s. Y que no fue impedimento para que los siguiera frecuentando y colaborando, como amigos y compañeros de ruta, a unos y otros.

En 1977, un nuevo grupo entra a escena. Es la segunda etapa, que algunos críticos han llamado, irónicamente, ¨la 2ª. Fase¨ de Hora Zero. De sus integrantes originales, sólo quedaron: Jorge Pimentel, Enrique Verástegui, Feliciano Mejía, Mario Luna y Eloy Jáuregui. A los que se sumaron: José Rosas, y Tulio Mora (ambos, de ¨Estación Reunida¨); Roger Santibáñez y Dalmacia Ruíz Rosas, (de ¨La Sagrada familia¨), Carmen Ollé, Miguel Burga, Sergio Castillo y Ricardo Paredes. Quienes hacen sus propios aportes, con poemas y libros publicados.

A ellos se agregan pintores, como: Carlos Ostolaza, Oswaldo Higuchi. Y otros poetas del interior y del exterior. Aparece Hora Zero Internacional. Con poetas de Europa (Tristan Cabral, André Laude, François Bott y Tahar Ben Jelloun). Y, los Infrarrealistas en México (Mario Santiago, Roberto Bolaño, José Vicente Anaya, Rubén Medina, Guadalupe Ochoa, Ramón Méndez, Bruno Montané, Mario Santiago Papasquiaro, Macario Matus, Orlando Guillén, Alcira Soust Scaffo, Rafael Catana, Rebeca López, Luis Antonio Gómez, Lucero Andrade, y los peruanos: José Rosas y Margarita Caballero.

Luego. El tiempo y las responsabilidades, nos fueron alejando. Recorrí algo de mundo, gran parte del país. Y terminé exiliado, en Arequipa. Donde entré sin visa, siguiendo a una ingrata, y trabajé como ilegal unos cuantos años, en la Universidad de San Agustín. Y, cada vez que estaba de paso por Lima, me daba tiempo para buscar a los amigos, almorzar juntos. Y renovar las viejas amistades. Charlar y reírnos de la vida.

Enterarme de la enfermedad de Juan. De su misteriosa desaparición, y posterior muerte. Fue un duro golpe. Una pérdida personal, tan dolorosa como la muerte de un pariente muy cercano. Porque, es sabido que los amigos, son los hermanos que hubiésemos querido tener.

Creo que, su vehemencia, la pasión por la poesía, su afición por la bebida y empecinamiento por conservar incontaminada la pureza de su marginalidad, le pasó la factura. Pagando con el desamparo, la pérdida de la razón y la inmolación, con su trágica muerte. Pérdida que, no solo familiares y amigos, lamentamos; sino la cultura, toda. Que, tarde o temprano, se rendirá ante la evidencia de la calidad de su poesía. Alguna autoridad inteligente, le rendirá tributo, y se organizarán cátedras y seminarios, dedicadas al estudio de su obra.

  1. Sólito

Principios del ‘78. Jorge me habla de una idea: Un monigote que ha visto al principio de una serie de tv. (¨El santo¨). Quiere convertirlo en personaje de una tira cómica, para venderlo al director del diario La República. ¡Vamos a medias, cholo! – Me dice, para motivarme y luego, me pregunta si lo puedo dibujar – Claro! Con la condición que vayamos a medias en todo; créditos y dinero, incluidos- respondo.

Hace un garabato sobre un trozo de papel. -Quiero que se doble, se convierta en una cosa, una araña. Entiendes? -Vuelve a preguntar- Carburo ideas. Le digo que hay que reunir y seleccionar una buena cantidad de chistes y darle personalidad al personaje.

Así hicimos. Nos reunimos con el ¨negro¨ Mateo, alrededor de una cervecita en el Cordano, y empezamos a contarnos una serie de chistes. Si nos cagábamos de risa, anotaba un esquema del mismo. Pero, en esencia, fueron pocos. Los más, salieron en la mesa de dibujo, producto de la dificultad de tener que enfrentar un palote, sólo, en una tira. Sin expresión, ya que no tenía rostro. Al que había no solo hacer mover y caminar, sino dotar de una personalidad que no tenía. En fin, todo un reto.

Jorge, consiguió el departamento de una amiga, y trajo los materiales. Yo, me puse manos a la obra. Dibujaba, puntualmente, en horas de la tarde. Durante 2 semanas le di vida al personaje, que Jorge revisaba y aprobaba con una carcajada.

Le entregué los originales que Jorge, a su vez, llevó a Guillermo Thorndike. Meses después, al preguntar por los resultados, me dio la ingrata notica que Guillermo, los había perdido. El hecho, me dio mala espina.

Pero, tiempo después. Como necesitaba dinero y guardaba algunas fotocopias, hice una nueva versión y le entregué las tiras a Jorge, recordándole nuestro compromiso. Tiempo después, un familiar que conocía mi trabajo, me trajo el periódico en que fueron publicadas. Aparecían publicadas en el diario ¨Página once¨, a nombre de Jorge Pimentel.

Otros poetas y artistas de los 70

En los alrededores, había otros grupos y poetas independientes, con los que compartíamos el júbilo de amar la vida. La pasión por la literatura, el arte, y la política. El café, y una que otra rivalidad, tipo amor-odio que algunos no pudieron superar.

Eran parte importante de los amigos, críticos y compañeros de ruta. Poetas, editores de revistas y artistas: Armando Arteaga (Auki y Maestra vida); Isaac Rupay (Eros, y La Tortuga ecuestre), el ¨negro¨ Mateo Morales, Vladimir Herrera el ¨zorro¨ Guillermo Falconí, Freddy Roncalla, Oscar Aragón, Luis la Hoz, Oscar Málaga, Elqui Burgos, Santiago López Maguiña, los hermanos Rosas (Patrick y José), Gustavo Armijos, Juan Carlos Lázaro. Y, el pintor Nelson Castañeda.

Amén de, un sinnúmero de grupos y poetas que en otros puntos del país, florecían con su palabra altiva y trepidante. Que merecerían, no un artículo, sino, todo un libro aparte.

Coda

En suma: Hora Zero, fue un estado de ánimo, unido por la revolución, la poesía, la música, el cine, y el deseo de vivir en libertad. Que nos enriqueció, mental y espiritualmente y enriqueció la cultura del país.

Es decir, parafraseando a Juan Ramírez Ruíz, fue ¡El júbilo!

 

[1] Alat (seudónimo de Alfonso La Torre). En el diario Expreso, 26 de enero, 1970.

[2] Palabras urgentes, manifiesto suscrito por Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruíz. Revista ¨Hora Zero¨, Lima 1970.

 

[3] Alat. Id.

[4] Alat. Id.

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