CORONAVIRUS EN TIERRA VIRGEN EL INMINENTE ETNOCIDIO AMAZONICO. José Carlos Vilcapoma

Nunca se sabrá con exactitud cuántos indios americanos murieron desde el siglo XVI hasta la estabilización del declive poblacional (siglo y medio después) debido a la secreta guerra bacteriológica que fue parte implícita de la Conquista. Sí se sabe, por relación de los propios cronistas que narraron la entrada de Cortés a México, o por el súbito despoblamiento de las Antillas que Las Casas denunciara, el haber sido fatal aquí el “romadizo” (nombre antiguo de la gripe), pues en esa larga guerra declarada por los castellanos a su llegada de allende los mares pelearon a su favor contra nuestros naturales el general Viruela (Muru Onqoy, en el Perú) y sus aliados Gripe, Sarampión, Escarlatina o Rubéola y consta que en virtud de sus invisibles ataques aquéllos fueron devastados por afecciones repentinas, eruptivas y respiratorias, nunca antes vistas. Se hicieron parte de la historia americana con otras: Lepra, Paperas y Sarna, todas creídas maldición divina y, por ello, personificadas míticamente.

Cruz, espada y enfermedades
Es sabido que Colón en su segundo viaje trajo consigo ganado infectado con influenza y que ésta arrasó con los taínos, isleños del Caribe. Precedió en años a Cortez y Pizarro, quienes a la par de la cruz y la espada trajeran la viruela como el sello de muerte para las poblaciones indígenas. Los mayas lo consignan en sus códices; Guamán Poma lo dibuja para los incas. Pero no solo era la viruela, también venía el sarampión.
“En el caso del Imperio Inca, la viruela, el sarampión y la gripe llegaron diez años antes que Pizarro y sus huestes. Como si se tratase de esos adelantados [representantes reales, n. del e.] los agentes microbianos causantes de estas graves enfermedades castigaron a los supuestos infieles a la religión de las Santas Majestades, los reyes y reinas de España, para preparar su sometimiento.”
Huayna Cápac, el soberano Inca padre de Huáscar y Atahuallpa, quien expandía su territorio hacia el norte, donde vio frustrados sus intentos, de pronto supo de aquellos hombres venidos del mar. Eran los monstruosos wiracochas que llegaban desde sus profundidades en expresión hierofánica, pero a la vez vistos como el origen de un extraño mal que le supuró en el rostro y partes del cuerpo y le causó la muerte. Su sucesor, el todavía infante Ninan Coyuchi, corrió la misma suerte, no superó el inexplicable mal.
Pizarro y sus huestes arremetieron, ayudados por estos males, en un territorio debilitado por la feroz y encarnizada disputa de hermanos, y ese auxilio sería tan grande como el de sus arcabuces y sus perros comeíndios. Tras la captura, suplicio, rescate y muerte de Atahuallpa hechos por demás conocidos, llegaron al Cusco y se llevaron cuanto pudieron cargar. Solo después de haber fundido en barras transportables el oro y la plata de costa y sierra se interesaron, en su insaciable sed de oro, por el que pudieran encontrar en las selvas amazónicas.

La enfermedad de El Dorado
Creyeron que la espesura escondía El Dorado, pueblo perdido lleno de oro, que era parte del imaginario medieval, al igual que otras fábulas similares como el Paititi o el País de la Canela. Se adentraron en la región buscándolas. Llevaban consigo no solo la sed de riqueza, fama y gloria, sino patógenos como la sífilis, contra los que no tenían inmunidad.
Fray Gaspar de Carbajal y Francisco de Orellana, bajo el mando de Gonzalo Pizarro, en 1542, descubren un inmenso río, a cuya ribera habían pueblos nativos que a los ojos de los conquistadores eran las amazonas de los mitos griegos; según relata el primero, diestras en el manejo del arco y la flecha, que como consecuencia habían perdido el seno derecho. De allí el nombre de nuestro inmenso río: Amazonas.
No se encontró ni El Dorado ni otro pueblo que se le asemeje. Debido a su ferocidad y canibalismo, según los españoles, se les abandonó tan pronto como se pudo. Habían fracasado en la empresa, empero infestándoles con otros males de los que nunca se supo cuánto ni cómo les afectara. Eran invisibles desde entonces.
Un largo paréntesis de siglos, en tanto el interés colonial se concentraba en los Andes, porque la servidumbre de los indios estaba a la mano. Una opaca política evangelizadora en el siglo XVIII de franciscanos y jesuitas, los acercaría nuevamente a la Amazonia. Se buscaba conquistar las almas. Ocopa, en el Mantaro, y Maynas en Iquitos eran visibles cabezas de entrada a la Amazonia. Era solo el preámbulo de otra fiebre, no la de la gripe, sino la del caucho.

La fiebre del caucho: látigo y malaria
Descubierto el látex de la shiringa a fines del siglo XIX, una inhumana carrera por su explotación trasladó a su territorio verdaderas factorías de explotación esclavista. El látigo de ingenios de negros de cañaverales se trasladó a pueblos de nativos amazónicos que nunca comprendieron el porqué de esa violencia. Se aniquiló pueblos íntegros, como los aguarunas, que sucumbieron ante este flagelo en número superior a los veinte mil.
La explotación del caucho despertó intereses gubernamentales como los de Brasil y Bolivia, manifiestos en la escaramuza internacional de la “guerra del Acre”. El nororiente amazónico, en el lado peruano, se vio invadido por comerciantes, aventureros y negociantes que aniquilaron poblaciones tanto como transformaron la estructura cultural de nuestras comunidades. Son de ingrata recordación los hermanos Julio César y Lizardo Arana, empresarios que expoliaron a boras, aguarunas y witotos, de la cuenca del Putumayo. El látigo sobre las espaldas indígenas estaba acompañado de enfermedades mortales como la malaria y la fiebre amarilla. Estas atrocidades se mantuvieron en el silencio, en tanto siempre nuestra Amazonia era invisibilizada. Se supo de esta inhumana política gracias a un joven ingeniero estadounidense, Walter Hardenburg, quien pese a la censura de entonces logró escribir crónicas desgarradoras:
“Los agentes de la Compañía fuerzan a los pacíficos indígenas del Putumayo a trabajar día y noche … sin la más mínima remuneración exceptuando los alimentos necesarios para mantenerlos con vida. Les roban sus cultivos, sus mujeres y sus hijos … Los azotan de forma inhumana hasta que se les ven los huesos … Dejan que se mueran, comidos por los gusanos, cuando sirven como comida para los perros … Cogen a sus hijos por los pies y estampan sus cabezas contra árboles y paredes hasta que sus cerebros salen volando … Disparan a hombres, mujeres y niños para divertirse … los queman con queroseno para que los empleados disfruten de su desesperada agonía”.

Comunidades nativas, empresas y pueblos en aislamiento
Solo a mediados del siglo XX la antropología y la actividad misional de nuevas confesiones religiosas, como el Instituto Lingüístico de Verano, y la política expansionista de los países del área, darían relativa importancia a los habitantes de esta sabana verde. Era un área geográfico cultural poblada por pueblos indígenas, tan escasamente conocidos como menospreciados. Había 14 familias lingüísticas y más de 50 grupos étnicos. Era a la vez el reservorio de la biodiversidad, el “pulmón del mundo”, expresión de la “pluralidad cultural”. Pero de poco sirvió tal registro, pues como política inclusiva o de respeto de sus derechos individuales y colectivos, poco o nada se hacían desde los estados. La Academia tenía dificultades para estudiarlos, sea por sus limitaciones teóricas, proclives a las ideologías dominantes, o por las metodológicas.
Cuando se supo que debajo de este gran territorio había riqueza hidrocarburífera, se adentraron en él las empresas, al viejo estilo de Gonzalo Pizarro, Orellana, Fitzcarrald o Arana. Una política gubernamental alentó las concesiones y se lotizó la Amazonia. Un nuevo mapa de actores surgía en las oficinas gubernamentales de PerúPetro. Entonces no importó la voz de los nativos. Con los empresarios entraron muchos trabajadores, amén de colonos. Ya no era la viruela ni el sarampión, ni la malaria ni la fiebre amarilla, eran, sobre todo, las enfermedades de transmisión sexual y la hepatitis B. Fueron infectados, causando irreversibles consecuencias poblacionales, pueblos como los Candoshi de la región Loreto pues la hepatitis es un mal incurable y generacional; cuando marca lo hace para siempre.
Solo cuando la normativa internacional de la OIT reconoce, en el Convenio 169 (comenzada en 1982 y después de una discusión de más de veinte años) el derecho a la consulta previa y Naciones Unidas emite la Declaración, producto del grupo de trabajo para pueblos indígenas, se le da relativa importancia a sus derechos políticos. Tal presión hace que los países reformen sus constituciones reconociéndose como pluriculturales y multiétnicos y se emitan leyes sobre la consulta previa y consentida; sin embargo, en nuestro país, la postergación de sus derechos e incomprensión cultural, trajo muerte y abandono, como el Baguazo, el 5 de junio de 2009.
Los resultados saltan a la vista. Una sobreexplotación de los recursos, pueblos indígenas que han sucumbido ante nuevos actores como la empresa básicamente extractiva y una inoperativa burocracia que se ve imposibilitada de implementar las normas legales o ejecutar fondos de compensación que duermen en depósitos bancarios mientras sus beneficiarios sucumben en el hambre y la desnutrición. Existen organizaciones frágiles en su defensa. Algunas comunidades indígenas reclaman sus derechos y otras se han ido selva adentro, convirtiéndose en pueblos en aislamiento voluntario y en “contacto inicial”, denominación cuestionable, como si ellos hubieran elegido tal situación de despojo de sus tierras y de sus recursos.

EL corona en suelo virgen
Hoy nuestros indígenas amazónicos enfrentan el mortífero virus del corona. El primer caso comprobado fue el de un joven yanoama, del vecino grupo étnico emblemático brasilero, seguido de dos casos positivos de cocamas de la misma zona y la muerte de una joven indígena borari en Pará, tal como informó el gubernamental FUNAI (Fundación Nacional del Indio). De otro lado, el 25 de marzo, el Ministerio de Salud de Colombia confirmó los dos primeros casos entre sus poblaciones nativas de la etnia caribeña Yupka, al norte de Santander, en Cúcuta. Ante esta inminente propagación, Bolivia ha cerrado 22 áreas naturales en territorios de su Amazonia.
En el lado peruano, Aurelio Chino, reconocido líder de los quechuas del Pastaza, en Loreto, dio positivo al COVID 19, tras haber regresado de Holanda, a donde acudió a denunciar las acciones de contaminación de una petrolera en sus territorios. Luego vendrían las lamentables muertes de dos shipibos de Puerto Bethel, provincia de Coronel Portillo, en la región Ucayali. Los asháninkas de Río Negro denuncian otros casos reclamando exámenes que no llegan. Otras organizaciones indígenas de las cuencas amazónicas han anunciado este inminente peligro. AIDESEP, entre ellas, ha lanzado un SOS, afirmando que hay casos comprobados en Iquitos. Los dirigentes indígenas se pronuncian, teniendo como respuesta el silencio de las autoridades. La epidemia ha calado en suelo virgen.
Las comunidades nativas no entienden de mascarillas, ni cuarentenas, ni distanciamiento social. Nunca han vivido esta escalada global; si por siglos estuvieron en el abandono, ahora lo están más que nunca, por el temor al contagio. Ellos motu proprio, por sentido de conservación natural, danzan y cantan para vencer el mal cerrando sus malocas y sus fronteras; fronteras sin hitos ni demarcación, solo referenciadas por sus ríos. Hablan con el Amimiro, con el Chullachaqui, con el Curupira, pero eso no basta. Reclaman atención urgente por parte del Estado, invocan el Convenio 169, hablan de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, repiten la Declaración Universal de Pueblos Indígenas, pero nada. No les alcanza el bono de los 380 soles, tampoco el de 760 soles, que es para los rurales. Para los funcionarios ellos no son rurales, sino amazónicos, como si tal dicotomía funcionara. No se sabe cuántos ni como están distribuidos. Unas cifras gubernamentales dicen que son 1500 comunidades nativas y otras dicen que son 2000. RENIEC no culminó el registro de sus identificaciones al interior de ellas. Muchos son inexistentes a los ojos de la legalidad. Mientras eso ocurre y los madereros ilegales, narcotraficantes y contrabandistas, siguen circulando, tal como lo ha denunciado la COICA (Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica), nuestras autoridades guardan silencio absoluto, para no demostrar desconocimiento o falta de compromiso con tan compleja realidad.
La Universidad de Missouri de los Estados Unidos sostiene que las enfermedades infecciosas en pueblos indígenas, no expuestos a patógenos comunes, los convierte en altamente vulnerables. Desde la Facultad de Medicina de la Universidad Federal de Sao Paulo se habla de la posibilidad del exterminio de los pueblos indígenas. En ellos no cuenta la sintomatología por edades. Según nuestra Universidad Peruana Cayetano Heredia la mortalidad en estas poblaciones puede ser 4 o 5 veces más que en el resto de la población.
Dicho esto, el panorama se presenta extremadamente grave para nuestros contemporáneos compatriotas, tan peruanos como nosotros. Las consecuencias que se avecinan muestran un alto índice de mortalidad y una devastadora descomposición social. Si lo permitimos, seremos parte del etnocidio, delito de lesa Humanidad.

*Antropólogo, primer viceministro de Interculturalidad del Perú. Actual Presidente CIOFF Peru- Adscrito a UNESCO.

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