El petróleo y la pandemia. Pedro Favaron

Por si aun no sabemos que el petroleo, o el gas no significa ningun beneficio a ls comunidades nativas, como tampoco lo hacen las “romatizadas vacaciones etnograficas y sicotropicas” amen de la complacencia y complicidad de algunos dirigente, el presente articulo de Pedro Favaron es bastante esclarecedor.(N del E)

Según denuncian los comuneros de una comunidad nativa de Yarinacocha, una empresa del Estado (de cuyo nombre, por motivos legales, no quiero acordarme) le entregó en efectivo el monto de 700 soles al jefe de dicha comunidad. La escueta suma fue dada con el “altruista propósito” de paliar las necesidades de los comuneros durante la inmovilización social decretada por el gobierno. El jefe en cuestión, sin embargo, tras recibir el dinero, no convocó a la comunidad para anunciar la donación y repartirla de forma equitativa u organizar una olla común, sino que la dio a sus familiares. Lamentablemente, algunos dirigentes indígenas y autoridades comunales se han vuelto proclives a capturar la ayuda recibida (incluso en este agitado contexto) para distribuirla entre sus propias redes de parentesco y de afinidad. No voy a decir de qué comunidad se trata ni voy a dar el nombre del jefe, ya que esto se debe resolver de forma interna. Sin embargo, siento necesario poner en evidencia que los pueblos indígenas no siempre están a salvo de la corrupción transversal de la sociedad. Entiendo que estas palabras pueden no resultar agradables a todos, sobre todo a los que quieren ver a los pueblos indígenas como eternas víctimas de un sistema opresor. Quienes viven en la ciudad y vienen a las comunidades de vacaciones etnográficas o psicotrópicas, pueden continuar romantizando. Pero si vivimos acá permanentemente y creemos en la capacidad que tiene todo ser humano de tomar decisiones éticas, no tenemos espacio para tales ensueños.

El propio jefe en cuestión ha terminado confesando su acción, pero la justifica diciendo que entregó el dinero a sus familiares porque ellos no habían recibido el bono del gobierno. No podemos pensar que éste es un evento aislado. Tampoco, que la empresa realizó la donación de buena fe y que ellos no tienen responsabilidad de lo que sucedió después con el dinero. Es evidente que si una empresa del Estado gestiona plata para una comunidad particular, por más ínfima que sea la suma, lo hace para ganarse la confianza de la población y tratar de imponer su agenda (y son muchos los intereses que están en juego en este momento en las comunidades de Yarinacocha, que forman parte del Lote 200 de explotación de hidrocarburos). Por lo general, cuando los Estados modernos negocian posibles concesiones extractivas en territorios indígenas no se comportan como árbitros imparciales, sino que más parecen abogados (e incluso promotores) de las corporaciones. Esto, por supuesto, no es ni siquiera liberalismo, en un sentido clásico del término económico, sino mercantilismo. ¿Es correcto utilizar la plata de los impuestos para financiar negocios que favorecerán a empresas particulares? Cada quien ha de llegar a su propia conclusión; y lo hará, entiendo, según su ideología y conveniencia. Pero es inadmisible darle plata de manera privada al jefe de una comunidad. Una donación debe ser hecha en presencia de la asamblea comunal.

Una parte del problema en las relaciones entre el Estado y las comunidades indígenas viene de la mala comprensión de la figura del jefe comunal. El jefe de una comunidad es un vocero, que no puede negociar ni tomar ninguna decisión al margen de la asamblea comunal. Por ejemplo, en la Comunidad Nativa de Santa Clara, de la que soy comunero, el cargo de jefe dura solo dos años. Y muchas veces se escoge al jefe por descarte, ya sea porque ninguna otra persona se quiso postular o para evitar que un candidato, del que la población desconfía por acusaciones precedentes, ocupe la jefatura. Quienes postulan al cargo de jefe algunas veces lo hacen para beneficiarse en nombre de la comunidad y son muchas las denuncias internas por corrupción. El cargo de jefe no tiene ninguna remuneración, demanda tiempo y gasto del propio presupuesto para realizar los trámites; por eso no resulta atractivo para quienes quieren mantener a su familia honestamente. Y dado el paternalismo vigente y la pobreza en la que viven la mayoría de comuneros, las pequeñas tentaciones resultan luego muy grandes.

Es para evitar estos problemas que en el documento enviado al Estado dentro del marco del proceso de Consulta Previa por el Lote 200, los firmantes propusimos que las negociaciones deben darse, de principio a fin, en las propias comunidades nativas (no en hoteles de la ciudad de Pucallpa con unos cuantos representantes); y que todos los comuneros que así lo deseen deben participar, de forma pública y convocante. También se ha exigido que el proyecto de explotación de recursos cuente con el consentimiento previo de la comunidad. Cualquier Estado respetuoso lo haría así. Pero sabemos que la educación democrática en el Perú no es muy profunda, sobre todo cuando se trata de incluir a los menospreciados pueblos indígenas. Debemos aceptar que los únicos que pueden decidir si el Lote va o no va, son los propios comuneros, ya que son ellos los que sufrirán las consecuencias de un derrame o las molestias generadas por la explotación y la presencia de la empresa en sus territorios ancestrales. Las organizaciones indígenas tienen la responsabilidad de acompañar a las comunidades en el proceso, de brindar asesoría y de elevar los reclamos de las comunidades. Pero la decisión final es solo de las comunidades afectadas; no es una decisión de los dirigentes de las federaciones y de las organizaciones, ni de las ONG, ni de los aliados políticos de los pueblos indígenas. Los comuneros deben elegir de forma libre e informada; y su decisión debe ser respetada, se ajuste o no se ajuste a nuestra agenda política o a nuestros intereses económicos.

El caso de este jefe comunal me hace pensar sobre los modos en los que suelen llegar las ayudas económicas a los pueblos indígenas, especialmente ahora que la epidemia del Covid ha despertado tanto interés. Son muchos los que, durante esta epidemia y apelando a la vulnerabilidad, han recibido dinero nacional e internacional en nombre de las comunidades. No solo han recibido donaciones los dirigentes y las organizaciones, sino que muchos neo-chamanes indígenas, dedicados a proveer ayawaska a los turistas psicoactivos, han realizado sus propias campañas de recolección de fondos entre sus clientes apelando a las muertes en sus comunidades. Luego publican fotos en Facebook repartiendo alimentos como prueba para los donantes. Sin embargo, la transparencia demanda que las organizaciones y las personas que han recibido donaciones en nombre de las comunidades, hagan públicas sus cuentas, señalando cuánto dinero han recibido y de quién, presentando boletas de gasto, estados de cuenta y todo lo necesario, para que no quede duda. Algunos han hecho esto, pero son los menos. Y estas aclaraciones las deben hacer ante sus donantes, pero primeramente han de hacerlas en las propias asambleas comunitarias, al frente del pueblo. No se trata de acusar a las personas de corrupción sin prueba alguna, sobre todo cuando han existido muchos que han contribuido con generoso desinterés y sincera preocupación, sino de acostumbrarnos a la transparencia.

Entiendo claramente que los pueblos indígenas han sufrido una embestida terrible sobre sus territorios y un proceso histórico que los ha debilitado culturalmente y espiritualmente. Sin embargo, pensarlos como víctimas perpetuas no contribuye a fortalecer la autonomía y dignidad de los pueblos. Si queremos que nuestras familias, nuestras comunidades, que la salud de nuestros territorios y que la herencia que hemos recibido de los antiguos, persistan ante las múltiples amenazas que nos circundan, mi sugerencia, como comunero empadronado, es que en primer lugar nosotros debemos actuar con solvencia ética. Y sería muy bueno que todas las familias de las comunidades nativas y ligadas a los pueblos indígenas, dejemos de lado las malas prácticas políticas de la sociedad nacional, las mezquinas costumbres de los burócratas populistas y mentirosos, ese criollismo imperante y tan nocivo. Conviene actuar con honestidad, transparencia y justicia, para así fomentar la unidad entre las familias y ser un buen ejemplo para los demás. Y pienso necesario hacerlo con discreción. Nadie tiene por qué enterarse de lo bueno que hacemos por nuestros semejantes, del servicio que brindamos a otro ser humano (sea indígena o no, ya que la solidaridad debe ser universal). Aunque cierta actividad en las redes sociales y en los medios es necesaria para conseguir fondos, no es bueno sobre-promocionarnos en Facebook y personalizar mesiánicamente nuestra participación, siguiendo las lógicas alienadas del espectáculo y satisfaciendo nuestro propio narcicismo. El ayudar al prójimo brinda, en sí mismo, una insondable satisfacción; la vida se dignifica en el servicio a los demás. Pero si ayudamos con segundas intenciones, buscando un beneficio egoísta, la acción se desvirtúa. Pretender conseguir un rédito personal de la enfermedad, ya sea político, social, académico o económico, es una inmoralidad severa. Y creo que la ética es hoy un bien escaso. Como también lo es la capacidad de dialogar y de discernir de manera alturada con quienes piensan diferente a nosotros en algún punto.

Pedro Favaron,
San José de Yarinaocha, junio 2020

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