El Cactus Solitario. Roger Emerson Agüero Pittman

Cuando de niño viajé, por primera vez, de Yurayaco a Huari, llamó mucho mi atención la flora de los valles de Shuncuy y del Puccha. Observé que el cactus vivía solitario, en medio de la peña, en el páramo, en suelo arenoso y conglomerado. Crecía resignado de su destino, sin pedir mucho a la naturaleza; sin exigir que el relieve sea plano o que el suelo tenga abundantes nutrientes. Al cactus para vivir solo le bastaba un pedazo de tierra eriaza en una lomada.

Parecía que vivía en soledad con el alma dormido y el corazón sin latir. Me preguntaba con una fijación: ¿Vivirá sin ilusión y esperanza?, ¿En las mañanas sabrá sonreírle al resplandeciente sol?, ¿hablará con alegría a pesar del aislamiento y soledad en la que vive? A este cactus, vestido de espinas, de alma huraña, y corazón seco, fui conociéndole. También sabía florecer, alegrarse, agradecerle a la naturaleza por tener vida y un espacio en este mundo complejo y competitivo.

Aparentaba ser una planta sin alma que perecía de poquito. Su cuerpo débil estaba lleno de espinas como única defensa para que nadie se arrimara o acerque intentando derrumbarlo. No exigía ni pedía nada para seguir prolongando su lenta existencia. Necesita sólo unas gotas de agua para calmar su sed y almacenarla en sus sabias para seguir viviendo en las épocas de estiaje. En su aislamiento, allí en la ladera, resistía sin quejarse de la intensidad de los rayos solares que le caían ni de las fuertes brisas que le azotaban.

La flor del cactus mostraba la belleza de sus pétalos que eran incomparables por sus diversas formas, colores múltiples y diferentes tamaños que contrastaban con sus tallos espinosos. Los pájaros y picaflores de los valles profundos y calurosos los visitaban para chupar su néctar, luego cantar alegres y emprender sus vuelos sin rumbo ni destino.

Cuando le miré de cerca, el cactus estaba llorando de dolor y doblándose poco a poco antes de caerse y terminar en el suelo. Le pregunté que le había pasado, pero antes que me responda me di cuenta que estaba herido. Sus lágrimas de dolor escurrían de gota en gota por sus tallos, estrellándose entre las espinas; luego caían al suelo y desaparecían. Me solidaricé e intenté ayudarle y salvarle. Y, no permití que se caiga y terminé tirado en el suelo, no quería que se cumpliera el dicho “del árbol caído todos hacen leña”.

Aquel día inolvidable que conocí al solitario cactus quedé para siempre maravillado y admirado, a un inicio sin saber por qué. Recuerdo que lo contemplaba perplejo, pero, con corazón alegre. Hasta ahora tengo una fijación especial sobre esta planta, me sigue encantando por lo que a veces me pregunto, sin aún responderme: ¿Mi alma y mi corazón tendrán algo del cactus solitario?

PD: En los valles cálidos de Yurayaco crece el cactus “pumapa gorutan” (“pene de puma”).
Agosto, 2012.

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