EL LENGUAJE DE LOS RÍOS O LAS CARTOGRAFÍAS DEL AMOR: VEINTE AÑOS DE POESÍA Y FUEGO en Hernan Hurtado. Paul A. Valenzuela Trujillo

EL LENGUAJE DE LOS RÍOS O LAS CARTOGRAFÍAS DEL AMOR: VEINTE AÑOS DE POESÍA Y FUEGO

Paul A. Valenzuela Trujillo

 

Introito

Los primeros placeres son una clara respuesta a nuestras tempranas inquietudes, un develamiento de aquello que fue insinuado con sutileza, pero nunca procesado plenamente en compañía de alguien. Y así debe ser, ya que el camino del autodescubrimiento no solo es riesgo, sino también libertad, con todas las acepciones que esta palabra pueda sugerir.

A finales de mil novecientos noventa y ocho descubrí, en el viejo y apolillado estante de libros de mi madre, un delgado ejemplar de tapa negra con una inquietante imagen de portada. Al principio solo el dibujo llamó mi atención, ya que se trataba de un torrente de notas musicales que buscaba arremeter contra la pasividad de un grupo de personas en su cotidiano ejercicio pedestre. Luego de hojear muy superficialmente el interior, encontré un pequeño poema de cinco versos en la contratapa del libro, junto a la fotografía del autor. Este hallazgo cambio por completo mi precaria percepción de la poesía, entendida —hasta entonces— como una vana práctica reservada a viejos y noveles declamadores.

En esas breves palabras pude intuir lo que más adelante en la Facultad de Letras de la UNSA lograría comprender, o más o menos comprender, acerca de la literatura como territorio del lenguaje. Aquellos versos finales crearon un clima subtropical en mí, con espasmos y sudores, con humedad y altas temperaturas. Sin ánimo de exagerar, se trataba de un texto bellamente escrito, mi primer contacto formal y carnal con la santa-profana poesía: “Para matar a la muerte/ me armé/ de tu mirada/ de tus manos/ y de tu dulce sonrisa”.

Muchos años después, cuando pude entablar amistad con el poeta Hernán Hurtado Trujillo, indagué un poco más en relación a su trabajo de creador, principalmente sobre su tercer libro y el poema que tanto me había emocionado. Su testimonio, lejos de apartarme de absurdos idealismos, lo que hizo fue aclarar un asunto de fondo: se escribe para llegar a SER o por lo menos para INTENTARLO. Desde esa perspectiva se plantea un diálogo sincero y abierto con el lector, con la humanidad, con la vida; en palabras del propio artista: “El lenguaje de los ríos después de haber sido largo tiempo represado por las circunstancias rompe al fin y al cabo los diques del dolor y el silencio, tiende sus alas como un ave solitaria por el mundo, a cumplir su destino de cantar su canción. Si tú amigo lector al oír estos versos también cantas, tendré la dicha de saber que ya somos más que dos”.

 

Nudo

El escritor y académico Marco Martos comentó en el prólogo de El lenguaje de los ríos (1998) haber quedado impresionado al escuchar en un auditorio de la ciudad de Cusco los versos de Hernán Hurtado, herederos de esa veta lírica arguediana que no deja de tener trascendencia. En efecto, desde el mismo título del libro, la naturaleza y el imaginario popular logran impregnar de frescura y vitalidad cada una de las composiciones del vate vilcabambino, proyectándose una voz crítica, reivindicativa y depurada desde su concepción estética.

Este tercer poemario de HHT inicia una etapa de renovación estilística en la tradición poética apurimeña, ya que combina el rigor formal de la escritura con la versatilidad temática de hondura filosófica. Fue justamente este trabajo el que avivó en muchos jóvenes el interés apasionado por la poesía, en un medio con escasez de libros y autores como la ciudad de Abancay. Sin embargo, su difusión no contó con el debido respaldo por parte de las autoridades competentes, quienes lejos de reconocer y valorar el esfuerzo intelectual de los artistas a través de la proyección de sus obras, se ocupan de mantener en la ignorancia el espíritu de sus conciudadanos.

La primera de las tres secciones del libro no solo sirve como título general de todo el conjunto, sino que también reúne a mi criterio los mejores y más logrados poemas, ya que desde el inicio se va afirmando una voz convertida en corriente de agua que logra arrastrar las piedras de la mediocridad y el conformismo: “De la rama temblorosa de la tarde/ un verso/ mojado por la lluvia/ sacudiendo el dolor de sus alas/ me lanza/ con esta brutal pregunta:/ ¿Por qué estás sentado/ en la piedra metafísica de la nada/ mirando/ la sombra caída de la risa?”. El poeta es una caja de resonancia, a través de su palabra se proyectan las dudas y especulaciones humanas. También sus más nobles anhelos fluyen trasparentemente: “He visto ese río/ que bajaba/ como un dulce veneno/ matando la tristeza de los niños/ abriendo nuevos cauces/ en sus manos”. Otro rasgo distintivo en la poética del autor es la reflexión habitual sobre los diferentes tópicos de la cultura universal (el tiempo, la muerte, la soledad, el amor), interiorizados simbólicamente con mucha agudeza y un logrado tratamiento del lenguaje: “El mismo reloj se quiebra/ en el fondo de las cosas/ el mismo espejo se contempla/ ser más viejo que el tiempo”. “Y a veces/ uno no sabe/ si es nube/ piedra/ o río que se lleva las respuestas”. “Y cuando un día/ nuestra voz se marchite/ en los labios de la muerte/ nuestros ríos/ siempre tendrán/ algo que decirse/ tendrán que cantar con el fuego”.

Con El río en tiempos de lluvia, segunda parte del libro, la emoción social del poeta se desborda de solidaridad y lúcida conciencia al exponer la problemática moral del mundo contemporáneo: “Odio a las guerras/ que proclaman las cadenas/ Me avergüenzan tus predicas/ que te ponen de rodillas/ tu temor al fuego/ de vivir resignado”. “El ichu estrangulado por las bestias/ La mazorca desdentada de alegría/ El río enturbiado por la sangre/ el dolor vacío del silencio”. “Ya el sol se ha cansado/ de ver pobre a la pobreza/ o leer a tu lágrima en mi pupila”. No obstante, esa voz que ásperamente denuncia ingenuos fanatismos y cotidianas desigualdades, también asume el reto de proclamar abiertamente su esperanza en el hombre arraigado a sus más elementales valores y principios, aquellos que forjan verdaderas naciones e individuos: “Creo en ti/ porque eres universo/ un punto/ más infinito que la recta”. “En mí el pan canta/ cuando ve bailar al trigo/ y la tierra aplaude a sus frutos/ con la mano de los hombres”. “El fuego ha nacido/ en la sangre de los hombres/ y quemó cantando a la muerte”. Los últimos poemas de esta sección logran evidenciar ese entrañable afecto por las cosas y las gentes sencillas, por ese espacio germinativo abonado de ternura y nostalgia: “Las abanquinas/ polleronas y de blancos sombreros/ lavan sus prendas/ hasta sacarle la mugre a la tristeza”. “Cuando la noche despierta/ parpadeando sus pestañas de luna/ nace el amor/ como un suspiro universal de la dicha”. “En la lejana cabaña de qenqo/ mi abuela/ hacía dormir el fuego/ en las fibras aceradas del tayanko”.

La última de las tres secciones del libro reúne una serie de poemas mucho más personales e intimistas, donde el amor adquiere matices redentores, debido fundamentalmente a su capacidad de reconciliar al hombre consigo mismo y con su entorno: “La luna me persigue/ cuando corro cabalgando en un palo/ por las calles de la infancia”. “Yo até tu cuerpo a la noche/ por pastar mis sueños/ en tu huerto de amor”. “Para salir de mí a los míos/ te escribo estos versos/ que no son sino tú”. En el horizonte poético del autor, el sentimiento amoroso es un espectro amplio; no se restringe únicamente a lo erótico pasional, ni a lo tierno melancólico, hay en él una actitud vital, una apuesta reivindicativa por la vida. Es cuando el arte, y más precisamente la poesía, logra convertirse en ese puente humano construido con palabras: “Vendré sobre los derrumbados muros de la sombra/ que carcomió tu mirada/ vendré por los rincones de tu angustia/ hasta hallar tu sonrisa”. “A la tercera muchacha/ yo la quiero/ y el amor se hace dulce/ como un beso espontáneo/ en la frente de los hombres”. “La amo tercamente/ sin saber quién es ella/ porque sé que me trae/ a las aves/ y a los hombres/ en su pecho”.

 

Kacharpari

Para trazar un sendero poético hace falta entusiasmo, para recorrerlo pasión; pero para mantenerse en dicho sendero, a pesar del dolor que hay en los hombres y en el mundo —como dijera Luchito Hernández— se necesita muchísima actitud. Los años trascurridos vienen demostrando la vigencia de este libro, cuya poesía respira libre el aire de campo que lo vincula más íntimamente con la naturaleza y la humanidad común y silvestre. Porque desde nuestra aldea también podemos tener sueños y aspiraciones universales. En ese sentido, la reedición de El lenguaje de los ríos, veinte años después de su primera entrega, viene a saldar esa deuda pendiente con las nuevas generaciones interesadas en el antiguo y a la vez moderno ejercicio de la trasparencia. Para redondear la idea: solitario es el trabajo del poeta, pero colectivo el entusiasmo que despierta. ¡QUÉ BIBA LA POESÍA!

  

Abancay, 14 de octubre de 2018.

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