Jorge Flores Ochoa (1935-2020) y Ricardo Valderrama (1945-2020).

Se nos van queridos familiares, amigos, artistas, cantantes e intelectuales. Penando en todos ellos, que son nosotros, y respetando el duelo privado, Juan Zevallos Aguilar comparte una semblanza de dos intelectuales  publicos del Cusco, que nos acaban de dejar.  Frente esto caba aclarar que es profndamente triste y vil que circule la pregunta de donde estan los inelctuales. Descansa en paz prima, tio, queridos antropologos

Jorge Flores Ochoa (1935-2020) y Ricardo Valderrama (1945-2020).

 

Escribo bastante compungido estas líneas. Las dedico a los antropólogos cuzqueños Jorge Flores Ochoa y Ricardo Valderrama para calmar el dolor que me causa sus fallecimientos. Los dos pertenecían a distintas generaciones y fueron mis maestros y amigos. El primero le enseñó los rudimentos de la etnografía al segundo.

El Dr. Jorge Flores Ochoa era amigo de mi padre desde sus años universitarios en la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cuzco (UNSAAC). Se conocieron y se hicieron amigos en el movimiento estudiantil ligado al APRA, a fines de los años cincuenta y primeros años de los sesenta. A pesar de que mi padre estudiaba contabilidad y dejó de pertenecer a organizaciones apristas por diferencias ideológicas, mantuvieron su amistad toda la vida. El célebre antropólogo nunca dejó de ser aprista. En el Cuzco Rojo se decía: “El único defecto del Dr. Flores es ser aprista”. Así que el Dr. Coco, como lo llamábamos en mi familia, fue una presencia importante en mi desarrollo personal en los primeros dieciseis años que pasé en la ciudad del Cuzco. Recuerdo que en mi niñez siempre lo veía manejando su Land Rover y llevando una cámara fotográfica al hombro. Su colección de arte colonial y popular contemporáneo era formidable. Para mantenerla al día iba todos los años a la feria del Santurantikuy. Por mera coincidencia, uno de sus queridos sobrinos, Pocho Serrano, resultó siendo mi vecino en la Urbanización Mariscal Gamarra. El vivía junto a su mamá, la señora Chela hermana del Dr. Coco, y su hermano mayor, Pancho, en el departamento de a lado. Con Pocho visitábamos la casa de su tío Coco con cierta frecuencia. Quedaba en una transversal de la Avenida Garcilaso en Huanchac. Veíamos películas en ocho milímetros de dibujos animados y documentales con Pocho y sus primos Gustavo y Miguel. El api y los sándwiches de queso de paria eran infaltables. A Gustavo, el mayor, yo le llevaba unos cinco años. Me impresionaron mucho una película sobre el Jamboree de los Boy Scouts en el Japón y Nanouk el esquimal (1922) de Flaherty. También recuerdo haber visto al Dr. Coco bailando como caporal de una cuadrilla de diablada en la fiesta de la Virgen de la Candelaria en Puno. No podía pasar desapercibido. Destacaba por su estatura, era alto y fornido, y danzaba con mucha elegancia. Otra memoria imborrable fue que en su casa comí por primera vez el popular sandwich norteamericano de tostadas de pan blanco con mantequilla de maní y mermelada de fresa. El Dr. Coco, su esposa, la antropóloga puneña Yemira Nájar, y sus tres hijos de entonces, Gustavo, Miguel y Eldi, acababan de retornar al Cuzco después de una larga estadía en los Estados Unidos. En esta oportunidad se fue de profesor visitante a Berkeley, creo yo. Sus hijos desarrollaron el hábito de comer este popular sandwich norteamericano. Por eso, volvieron con una buena reserva de tal mantequilla. Había mejores mermeladas de frutilla en el Cuzco, pero era inhallable la mantequilla de maní. Nos gustaron tanto los sandwiches que terminamos un pote en una tarde. Ese recipiente seguramente les iba a durar un par de semanas. En las visitas a su casa vi y saludé, sin darme cuenta de su importancia intelectual, a los andinistas John Rowe, John Murra, Juan Ossio, Franklin Pease y su esposa Mariana Mould.

Mi familia se mudó poco a poco a Lima para que los hijos podamos seguir estudios universitarios a partir de 1977. El Dr. Coco buscaba a mi padre cuando visitaba la capital. Me acuerdo haberlo visto en casa y haber almorzado con él en el Club Cuzco. Él solía alojarse en una pensión en la Avenida Cuba en Jesús María, a pocas cuadras de este centro de reunión de cuzqueños. En la Escuela de Literatura de la Universidad de San Marcos me alegré mucho cuando Manuel Larrú, en su curso de Literaturas Orales, nos hizo leer el capítulo “Aspectos mágicos del pastoreo: enqa, enqaychu, illa y khuya rumi” del libro Pastores de Puna (1977) de Jorge Flores y Gregorio Condori Mamani. Autobiografía (1976) de Ricardo Valderrama y Carmen Escalante. El artículo explica muy bien estos conceptos. Es clarísimo como el agua de manantial de puna. Sentí mucho orgullo cuando se reconocía en clase los aportes de los antropólogos cuzqueños.

En una visita que hice al Santuario del Señor de Quyllurit’i en 1986, lo encontré con su equipo de investigación. Esta vez manejaba una Toyota Land Cruiser mucho más grande que su Land Rover. Estaba grabando eventos de la peregrinación con su videocámara profesional. A partir de los noventa yo regresaba al Cusco en los tres meses de vacaciones de verano del hemisferio norte. En la primera mitad de esta década hice mi doctorado en la Universidad de Pittsburgh. Como ya era costumbre lo visitaba en su nueva casa en Huanccaro. Invitaba unos opíparos almuerzos donde no faltaba el cancacho y siempre se encontraban otros invitados y, por supuesto, su esposa y su hijo menor Jorgito, el artista. En las sobremesas que duraban horas me ponía al día sobre la realidad local y los avances y retrocesos de las ciencias sociales. Dejaba su casa siempre con separatas de sus artículos y un libro que recientemente había publicado. El me hacía preguntas sobre mi vida en los EEUU y el desarrollo de mi doctorado. En una visita le conté sobre mi tema de investigación. Escuchó con mucha atención mis reflexiones sobre el indigenismo y la gestión aymara y quechua en el sur andino. Cuando terminé mi explicación, pidió hacerme una entrevista para su programa de radio Tinkuy que se emitía todos los domingos a las siete de la mañana. Me citó en un estudio de grabación montado en la casa del arqueólogo Luis Barreda Murillo, en el barrio de Lucrepata. La grabación tuvo lugar un sábado en la tarde. Allí recién pude conocer, en persona, a Ricardo Valderrama. Llevaba una chaqueta militar idéntica a la de Robert de Niro en la película Taxi driver. Yo ya había leído sus libros Gregorio Condori Mamani y Del Tata Mallku a la Mama Pacha (1988). Eran lectura obligatoria en la Universidad de San Marcos y en el extranjero. Nos entrevistaron simultáneamente a Ricardo y a mí, el Dr. Coco y el Dr. Abraham Valencia, mientras Luis Barreda estaba encargado de los controles del equipo de grabación y sonido. Terminada la sesión nos despedimos de los responsables que iban a armar el programa de radio del día siguiente. Caminamos con Ricardo en dirección al café Extra para seguir conversando. Días después me presentó a su esposa Carmen Escalante.

Mis largas visitas anuales al Cuzco continuaron hasta 2015 más o menos. A partir del 2000 viajé a mi ciudad natal con mi recién formada familia. Aparte de las invitaciones a la morada de los Flores Nájar empezamos a frecuentar la casa huerto de los Valderrama Escalante en San Jerónimo. Allí conocí a sus herederos. Cuando mi hijo Daniel tenía dos años entró a su huerto y quiso comer del árbol una pera que estaba a su alcance. Carmen se dio cuenta e impidió que la mordiera. Así evitó un desorden estomacal que nos iba a complicar la vida. Al igual que los Flores Nájar, los Valderrama Escalante organizaban unos deliciosos almuerzos, el chiriuchu y la frutillada que servía Carmen son inolvidables. No eramos los únicos invitados. Recuerdo haber compartido la mesa con Martin Lienhard, William Rowe, Bruce Mannheim, Tom Zuidema, Charles Walker, Zoila Mendoza, Enrique Rosas Paravicino y Luis Nieto Degregori, en diversas ocasiones. En las sobremesas también aprendí muchísimo de estos andinistas. El sentido de humor de Ricardo hacía que las conversaciones sean inolvidables. Los conocedores del quechua se divertían mucho más escuchando sus chistes. Entre ellos, Martín Lienhard perdía momentáneamente su compostura suiza y William Rowe dejaba de lado su flema inglesa. Un año con Ricardo y Enrique Rosas viajamos todo un día por el Valle Sagrado de los Incas, en el Toyota doble tracción de Enrique. Me hicieron conocer la picantería “La Chepita” en Urubamba. Me sorprendió que a pesar de las generosas porciones de costillares fritos, chicharrones y lechones al horno que servían, mantenían un excelente sabor. Siempre me preguntaba porqué no lo conocí antes de los noventa si teníamos tanto en común. Las notas necrológicas publicadas me dieron la respuesta. Difícil de creer. Ricardo era mi mayor en quince años. Pero su comportamiento, su manera de ver la vida lo hacían parecer mucho más joven.

Ricardo tenía fama de ser distraído. Yo comprobé su tendencia a olvidarse de cosas un día que lo encontré de casualidad en la Plaza de Armas del Cuzco. Junto a Tom Zuidema caminaban en dirección a la Quinta Eulalia de Choquechaca. Después de saludarnos me invitó a almorzar. Les pregunté de que si los iba a importunar. Cuando me contestaron que no, me uní a ellos. La conversación fue interesantísima. Estaban muy contentos. Entre bocados de una lengua atomada, lechón al horno y sorbos de cerveza cuzqueña me contaron que acababan de encontrar unos hitos en la cercana pampa de Saylla. Estos montículos hechos con piedras corroboraban, una vez más, la existencia del sistema de ceques de los Incas. Cuando terminamos el almuerzo, Ricardo le pidió a Zuidema que teníamos que alejarnos un ratito para conversar un asunto personal. El patriarca holandés nos dio su venia y nos dirigimos al bar. Cuando llegamos a nuestro destino me dijo que se había olvidado su billetera y si yo podía cancelar la cuenta. Más tarde me iba a buscar para devolverme el dinero. Por supuesto, acepté encargarme de la cuenta. Le comenté que se olvidara del reembolso. Ya me había pagado de antemano con las invitaciones que me hacía a su casa.

Jorge Flores y Ricardo Valderrama fueron dos antropólogos que mostraron un genuino interés por mi agenda de investigación anclada en los estudios culturales. Además, la literatura era parte de sus vidas. Sus lecturas literarias estaban al día. Teníamos muchos temas para conversar. Asistieron a la presentación de mi libro Indigenismo y nación que tuvo lugar en la Biblioteca Municipal del Cuzco en el 2004. Me llevaron varias veces al Departamento de Ciencias Sociales de la UNSAAC para dar charlas a los estudiantes y docentes en su salón de grados. Las ventanas de este recinto estaban cubiertas por cortinas de terciopelo rojo amarradas con cordones dorados. El Dr. Coco insistía en que participara en los encuentros anuales del CEAC, su centro de investigación, que tenían lugar en la Casa del Almirante. Nunca pude leer una ponencia en esos eventos. Desafortunadamente siempre se realizaban en las últimas semanas de agosto. En esos días yo tenía que estar en los EEUU para iniciar el semestre de otoño en calidad de estudiante de doctorado y de docente universitario años más tarde. Ahora que los dos han iniciado el largo viaje va a ser difícil cambiar la rutina de mis visitas al Cuzco. Voy a extrañar las edificantes conversaciones que teníamos en sus hogares y en los cafés del centro con Ricardo. Tengo mucho que agradecerles. Me dieron la confianza para seguir en esta difícil carrera cuando la necesitaba. Tuve la oportunidad de comunicar mis ideas en agraz a ellos y sus estudiantes. Aprendí mucho con sus preguntas y sus acotaciones. Por ser los mejores especialistas en la cultura de la región de inmediato se daban cuenta de mis errores factuales. Hasta ahora me acuerdo que el Dr. Coco me corrigió la tendencia muy común de atribuirle una identidad aymara al fotógrafo Martín Chambi por ser de Puno. Por su parte, Ricardo amigablemente corregía mi pronunciación de ciertas palabras en runasimi, sobre todo las con sonidos fricativos, y sobre el origen de ciertos trajes típicos y costumbres quechuas.

Los dos tenían distintas posiciones políticas y orientaciones en teorías antropológicas, pero coincidían en fijar los requisitos básicos para hacer trabajo de campo. Exigían que el antropólogo debía aprender primero el idioma del grupo a ser estudiado. El Dr. Coco dominaba el aymara y el quechua. Ricardo era bilingüe en castellano y quechua. Decían que luego de aprender las lenguas amerindias, no se podía hacer trabajo de campo en solo los fines de semana. Según ambos, el antropólogo debía estar en el campo por lo menos dos meses seguidos para alcanzar la debida profundidad en su tema de estudio. Gracias a hacer lo que predicaban pudieron dar los mayores aportes a la antropología andina. El Dr. Coco demostró que existían pastores de auquénidos en las alturas y Ricardo exploró espacios de extrema pobreza quechua en la ciudad con sus entrevistas a Gregorio y su esposa Asunta y a abigeos presos en una cárcel de pueblo. Aunque parezca extraño, estas exigencias, que se han convertido en sentido común, generaban animadversión contra ellos en parte de la comunidad antropológica peruana. Mis más profundas condolencias a sus familias.

 

Worthington 3 de setiembre del 2020.

 

Ulises Juan Zevallos Aguilar.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s