Wilhelmine. Marithelma Costa

La poeta, activista y jardinera Marithelma Costa, que ya se dejaba extrañar, comparte el fascinante relato sobre su jardineramasi Wilhemine. Marithelma tiene dos  jardines a los costados de un edificio de la Sexta Avenida de Nueva York, es autora de numerosos libros, y del primer estudio fuera del país de las Armas Molidas.

Siempre sospeché que a pesar de lo que decía, Wilhelmine había nacido en los banlieues de París y era una gran fabuladora. Pero como ustedes han descubierto en su pesquisa, mi amiga acumulaba tal número de identidades que en el fondo era un ser transnacional, algo así como la Monsanto. Cuando la conocí en el Jardín Botánico parecía una exploradora: vestía de caqui y llevaba su melena gris en una larga trenza. La veía casi a diario en el Labyrinthe sentada muy erecta, con los ojos cerrados. Parecía que meditaba. Durante nuestras primeras conversaciones me contó que el lema que adorna el templete, Horas non numero nisi serenas, también se puede ver en la Torre de l’Orologio veneciano. Lo conocía bien pues vivió en esa ciudad cuando se dedicó a estudiar la flora del Lido.

Tras estar inmóvil y casi ingrávida por un largo rato, súbitamente se desperezaba, miraba a ambos lados y bajaba enérgica por la espiral de la colina. Era como si le hubieran cargado las baterías. Al llegar a la base, inspeccionaba las ramas del cedro del Líbano que sembraron en esa parte del jardín antes de la Revolución. Parecía que buscaba una larva o algún insecto. Cuando estaba segura de que nadie la observaba, desaparecía detrás de los invernaderos. Nunca me atreví a preguntarle adónde iba. Su persona imponía tal respeto, que no dejaba resquicios para intromisones.

En aquella época solía asistir a diario al Jardin des Plantes. Después de tres años, me había dado cuenta de que el diploma universitario en el que estaba inscrita no me garantizaba ningún trabajo. Y volver a Martinica, una isla azotada por el calor y condenada a los ciclones, no me atraía en lo más mínimo. Debía hallar una forma de hacer nuevos contactos para sobrevivir en París y estaba segura de que en aquel oasis verde algo sucedería.

Un día llevaba un paquete de cerezas y como Wilhelmine parecía menos ensimismada que de costumbre, le ofrecí una. Me miró como si me viera por primera vez, dijo Merci, y comenzó a contarme la historia de su vida mientras se comía las cerezas. Le juro que así comenzó nuestra relación y que nunca nos encontramos en un lugar que no fuera el Jardín Botánico.

Dijo haber nacido en Viena por lo que, aunque sonara anacrónico, se consideraba una ciudadana del imperio austrohúngaro. De su niñez imperial aún le quedaba una buena dosis de altivez y la absoluta certeza de que la filosofía era la primera de las ciencias, y las que llaman naturales, las segundas.

La historia era fascinante. A los cinco años sus padres se mudaron al sur de los Estados Unidos, en concreto, a Atlanta. En esa ciudad, que describía como el centro de operaciones de los Confederados, inició sus estudios con tutores de las más prestigiosas universidades de la zona: Emory University –enclavada en las tierras cherokees–, Georgia Tech –especializada en física y química–, y hasta de New Orleans, célebre por sus hallazgos en el campo de la fitología.

Todos sus maestros coincidían en que era una niña prodigio. Bastaba presentarle un tema, prestarle varios libros y a los pocos días dominaba el material sin que se le pasara detalle alguno. Le atraían sobre todo la química y la botánica y, dentro de esta, el reino de las yerbas. Hacia los diecisiete años los profesores de Atlanta agotaron lo que podían ofrecerle, por lo que la joven se trasladó a Nueva York a fin de doctorarse en Columbia University.

Allí descubrió otra de sus pasiones: los fósiles. Las calles bullían con manifestaciones contra la guerra del Viet Nam; pero ella prefería los anaqueles de la biblioteca Butler y los pasillos del Museo de Historia Natural, donde se sentía segura. Segura y viva entre las huellas que dejaron en la Tierra los seres que la poblaban hacía millones de años . Recuerdo la frase porque me impactó mucho y a partir de entonces no he vuelto a mirar las piedras sin pensar en Wilhelmine. Aquel primer día de confidencias se comió la última cereza que quedaba en la bolsa y se disculpó diciendo que debía marcharse. Y como su historia me parecía fascinante –y yo, la verdad, estaba más sola que la una–, veinticuatro horas más tarde estaba en el mismo banquito circular, con un kilo de fresas y un envase de crema batida.

Llegó temprano, me saludó cortés y prosiguió su historia como si no la hubiera interrumpido. Volvió a París con su primer doctorado bajo el brazo, cuando las pintadas del mayo francés comenzaban a desleírse y los últimos vendedores del Mercado General de Les Halles cerraban sus puestos. Consiguió un pequeño apartamento junto a la iglesia de St. Eustache y vivió de cerca el agujero que fue creciendo donde antes hacía la compra y años más tarde tomaría el metro. Los cambios que transformaron radicalmente el barrio no la afectaron demasiado. Pasaba las mañanas en la biblioteca de la École Pratique des Hautes Études preparando un título postdoctoral, y las tardes en los laboratorios del Jardin des Plantes. Buscaba una semilla que como la del pachulí, protegiera la tierra de la erosión y soportara sequías e inundaciones. Vivía obsesionada con su proyecto pues sabía que el cambio climático se nos venía encima..

La misma tarde que defendió su tesis en la Sorbonne, le ofrecieron un puesto en el centro de investigaciones del Jardin des Plantes. Primero trabajó en el Departamento de los Helechos de la Escuela de Botánica y después pasó al de las dicotiledóneas. A medida que acumulaba conocimientos, seguía con su idea fija: encontrar una planta que revirtiera el proceso de desertización al que se abocaba la Tierra. Con los años fue manipulando el ADN de las semillas que le enviaba un profesor de Columbia University y casaban con sus objetivos. Aprovechaba las zonas más escarpadas del jardín para sembrarlas en primavera, estudiarlas a lo largo del verano y en invierno, constatar los efectos producidos en el terreno. Su proyecto fue todo un éxito. Además pronto se dio cuenta de que si se secaban a la sombra, en los tallos se metabolizaban unos alcaloides muy poderosos.

Después de vernos a diario durante meses, una tarde me pidió que la acompañara a su huerto. Nos metimos detrás del Invernadero Mexicano y me mostró su trabajo. Allí mismo sacó unas yerbas de una bolsita roja y lió un pitillo para la que nos lo fumáramos. Aquel cambio radical de actitud me sorprendió: se me abría un nuevo aspecto de su personalidad. Le aseguro que como soy asmática, nunca había fumado ni cigarillos; pero el efecto fue asombroso. Los verdes de los parterres adquirían una nitidez y frescura portentosa. El azul del cielo se tornaba vibrante, eléctrico. Y podía respirar mejor que nunca.

Según fue pasando el verano seguimos viéndonos en el templete y vistando sus plantitas, que crecían saludables y fuertes. Jules, un compañero de estudios de Nueva York comenzó a enviarle el abono fermentado que producían los elegantes caballos de trote del hipódromo de Vincennes. El tenía acceso franco a potreros, pues en medio de un experimento de bioquímica, se percató de que lo que verdaderamente le apasionaba eran las carreras de los caballos y no las de la gente. Plantó los estudios en Columbia University, volvió a París y convenció a su padre, un banquero de Credit Lyonais, que le comprara una pareja de trotones.

Como le llegaron noticias de Wilhelmine –a quien pretendió infructuosamente en los pasillos de la Casa Internacional de Columbia durante el verano del 72– y sabía lo poderoso que era aquel excremento, le mandó treinta kilos en una furgoneta que llevaba el logotipo del hipódromo. No sé si se encontraron en persona, pues ella nunca lo mencionó y yo no me atreví a preguntarlo.

A partir de entonces las plantas crecían a una velocidad portentosa. Mezclábamos el estiércol con turba de musgo, y lo esparcíamos cada luna nueva. Generalmente coronábamos la faena compartiendo en el Labyrinthe fruta o, si no había nadie, un pitillo.

El primero de agosto —lo recuerdo bien porque es mi cumpleaños—, pues llevé una tarta de limón para celebrarlo con ella y la encontré preocupadísima. Tras comerse en silencio unos albaricoques verdes que tenía en el bolsillo, me llevó a los surcos y señaló algunos tallos que habían sido podados sin esmero. Ese día no me convidó a fumar ni echamos abono. Me marché a mi buhardilla y me comí la tarta sola.

Una semana más tarde, de la preocupación pasó a la alarma: los ladrones ya no se conformaban con cortar los tallos maduros, sino que estaban robándose las plantas. Seguían lo que parecía un un método cuidadoso a fin de que no se notara; pero ella, que se conocía cada hoja, flor y retoño de sus cultivos, lo había visto desde la entrada.

Estaba furiosa. Yo había tenido el raro privilegio de seguir de cerca su investigación y creía que la conocía, pero aquel día parecía otra persona: sus palabras decían lo contrario de lo que comunicaban sus gestos. De su boca salían insultos, blasfemias, maldiciones; pero su mirada era dulce… y hasta divertida. Luego comenzó a mezclar las lenguas.

Estábamos hablando, por ejemplo, del día en que conoció a Jules en la calle 116 con Broadway, de la carga de estiércol que le había prometido al encagado de los rosales o del sécretaire Biedermeier vienés que su padre compró para aliviar su nostalgia y, sin solución de continuidad, introducía frases en inglés (lengua que no domino, y aún menos, con su acento sureño) y unas veces terminaba en alemán y otras en húngaro. Y yo me desesperaba: sus pasos del francés a las otras lenguas no seguían ningún patrón y ella no se daba cuenta de su descontrol. Además me fastidiaba estar siempre diciéndole, “Pardon, pardon”, porque no entendía ni papa y ella debía repetirlo todo desde el principio.

Un buen día los camiones del hipódromo dejaron de llegar. La falta de aquel abono milagroso no pareció alarmarla. Dos semanas más tarde fue ella la que desapareció de golpe. Esperé antes de ir a los laboratorios a inquirir sobre su paradero o denunciar su desaparición. Pasado un tiempo razonable, pregunté por ella en las depedencias de la Escuela de Botánica y Geología, y en cada uno de los pisos de la biblioteca. Hablé con secretarias, conserjes, administradores, jefes de sección, investigadores y directores de estudio. Y nadie pudo dar razón de Wilhelmine. Juraban no conocer a la persona que describía.

Alarmada, fui a Les Halles a la dirección que mencionó alguna vez, y lo que encontré no fue un edificio de apartamentos, sino una cochera trasformada en salon de té de lujo. No me atreví acercarme al hipódromo a preguntar por Jules. Estaba aterrada. Tampoco volví al Jardín ni a sus inmediaciones. Y no se pueden imaginar el ataque pánico que sentí, cuando ustedes mandaron gendarmes para que me trajeran a la prefectura. Temía que hubieran encontrado su cadáver y tuviera que identificarlo.

Ahora, con la versión que me han presentado de su vida, me he caído de las nubes. ¿Quién me iba a decir que aquel puñado de semillas llegadas en pequeños sobres desde Nueva York, iban a hacer que ustedes abrieran esta investigación y mi amiga tuviera que desaparecer llevándose con ella los secretos de su descubrimiento?

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