Ruta 17. Fredy Amílcar Roncalla

Este breve testimonio fue parte de una de las tres menciones honrosas del primer Premio FLLITT, de testimonio, que ganó el narrador Oswaldo Estrada y ha sido publicado como:

Ruta 17

Fredy Amílcar Roncalla

El casino lo compraron unos malasios pensando atraer magnates chinos. Pero los que llegan son viejitos y obreros de restaurantes y mercados de Queens. Venden el cupón de juego que les dan en los buses y se quedan con la diferencia. Unos diez dólares diarios. Luego esperan el viaje de retorno fumando, con amagues de Tai Chi, caminando ida y vuelta por el pasadizo. Una mezcla de proletarios chinos, rednecks, judíos de castkills y “latinos” nos recibe cada vez que vamos con mi esposa y el husky a pasar un día. Ella siguiendo la pasión por los juegos de azar que los chinos llevan en el ADN desde tiempos antiguos y yo persiguiendo sueños y memorias de los Andes.

Cada vez que ella se sienta en una mesa vacía de Spanish 21 la llena de inmediato y se arma el ambiente. Por eso nos dan el hotel y la comida gratén. El husky y yo la esperamos cada uno dedicado a lo suyo. Él sacando pecho y recibiendo halagos de tutili, y yo leyendo poesía peruana. Al cabo del tiempo varios poetas de las pakarinas del Wony y Quilca ahora escriben desde la academia o la biblioteca pública de su pueblo, donde el “Silencio” es un libro de John Cage que nadie lee. Por mi parte, he escrito libros y poemas breves en los casinos de Atlantic City donde al otro lado de la ventana, mas allá de unos molinos de vientos eléctricos, los bofedales remiten a la infancia en la puna, igual que ciertos musgos, efectos de luz, pasos de viento por las hojas, caligramas en el bosque, horizontes abiertos y cruzados por ríos que nacen desde siempre.

La aparente distancia que separa los bosques de upstate con valles y quebradas se borra, música de sutiles variaciones, en estos pequeños detalles que anulan el presente cuando hemos viajado a carretera abierta.

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Ruta 17 qaynapas kunanpas.

No sé si aún exista el musak, pero en el casino se escuchan clásicos del rock de los setenta y sesenta. Alguna vez pusieron unas maquetas con imágenes de Hendrix, Joplin, y Santana junto a una rifa de un jeep de doble tracción. No estamos lejos del desolado Woodstock, y de Pine Bush, don- de ahora vive la pareja que aparece en la foto emblemática del concierto. Ahí en Pine Bush y Fair Oaks, solíamos comprar kacharpas para el flea market luego que una poeta hippie de New Paltz nos diera el dato. Pero ese es otro wayno.

Lejos de esperar que suba desde la quebrada y llegue a la casa grande tras envolver alisos, eucaliptos, molles y tumbos rodeados de chiwacos y seqollos, la niebla abre la mañana cubriendo el bosque y las pequeñas colinas. Cual filosofo Zen, el trote del husky es feliz, meando a cada rato y oliendo rastros de venados y conejos. Damos vuelta algunas colinas y escapamos del frío por unos pasadizos que más tarde los chinos ocuparan jugando pin pon y comiendo sus guardados.

Entonces suena una canción de Dylan. Hard rain? Blowing in the wind? The answer my friend? Pero sus notas se han reducido a señales acústicas que no dicen nada. La novedad que solían tener es ya cansada. Lejanos los tiempos en que al otro extremo de la ruta 17, en un College Town de upstate el rock clásico te llevaba a otra parte, en un remolino hippie, beatnick, viajes de Don Juan, barfly, canchis canchis. Nombres e iconos que ya no quiero repetir pero están, imanes de laberinto, cuando sin embargo estoy leyendo Taki Onqoy de Enrique Verástegui.

Ruta 17 rara cábala.

Camino que pasa por el sur de Up State y termina a unas cuadras de la carnicería de los Sopranos. Pueblo de inmigrantes, de silencios y miedos violentos, donde te sobran los dedos de la mano para contar los que te dicen hola. Y donde el único restaurante peruano que vale la pena era uno de una señora chinchana que los abre y cierra a cada rato. Te sirven como a peón y barato. Pero hay que agarrarla los tres primeros meses. El resto de restaurantes peruanos es una mues-

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tra de mezquindad universal. Lo cual no impidió que una familia china compara la tienda a un huancaíno para vender huacatay, boldo, kinkones, humitas y patasca que los peruanos le consumían impulsados por la nostalgia y la delgada memoria de lo que alguna vez fue la comida peruana, antes de que aparezca la globo trafa de platos novoandinos con menús inmensos y nada de comida dentro.

Conocí a Enrique en el Sepúlveda de San Vicente. Era un recién bajado al cuadrado. La primera vez de la puna a la capital de provincia y la segunda del Pachachaca al valle de Cañete. Llevando lo poco de quechua que había aprendido encima de Cotaruse en un manojo poético y cristalino que desde entonces voy desatando perlaschallay. Escribí un breve vocabulario de quechua que fui circulando entre unos cuantos estudiantes. Quien lo recibió con genuino entusiasmo fue un compañero mayor, Enrique, que más tarde sellaría los extramuros como metáfora central de la poética del momento. La otra metáfora central son las palabras urgentes de Juan. Pero antes que apareciera ese bello poemario en el setenta, y que Enrique fuera ya una leyenda comentada por los muchachos del barrio de San Vicente, para mí los extramuros eran escaparme del Buenaventura Sepúlveda rumbo a las dunas allende la Hacienda Montalván, esperando que por arte y magia desaparezca el colegio, e imaginando lo que pasaba en la ciudad a través de sus lejanos sonidos. Desde entonces migrar es un constante extramuro, una disyunción esencial y eterna. Por eso le perdono la apertura demasiado cercana al Aullido, que junto a la mitificación de lo beatnick, ya me tiene hasta la coronilla.

Hechos su trazos iniciales desde los preincas, las acequias costeras dan vida al desierto. Suelen bordear las dunas de sacuaras, pájaros bobos y sauces. Esas colinas fueron también fosas comunes, precursoras de la barbarie en los Andes, de la masacre de coolíes chinos que buscaron apoyo en la brutal invasión chilena para luego ser asesinados en mancha por la población negra azuzada por los hacendados. Esta historia infame, extramuro del lenguaje, grillete epistémico impuesto por el racismo, aun no ha sido suficientemente contada. El aura apacible de la campiña es ahora socavado

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por guetos racistas de Asia, traficantes de tierras, playas privadas, fauna de litoral sobreviviendo entre malaguas y botellas de plástico mientras los pelícanos aún vuelan al norte. A la Molina no voy más.

En el Taki Onqoy de Enrique hay una visión larga de la historia. Una suerte de mito poética, que requiere del poema integral y va abarcando varios estadios de la historia para proponer una visión de mundo a partir del erotismo, la protesta juvenil contracultural, el sindicalismo, y el llamado a las armas. Si en vida Juan Ramírez Ruiz y Enrique Verástegui estaban distanciados, la aparente disimilitud de sus poéticas no lo es en el fondo. El golondrino camina por los extramuros. Y la meditación final de Juan Choqne es acaso la llegada al gran sur de Las Armas Molidas. Tanto Juan como Enrique optan por Juan Choqne en vez de Waman Poma. Pero su Nueva Coronica es el gran primer poema integral. Ostranenie y distanciamiento: migrar es también ir lejos la mezquinad de las sutiles diferencias de la poesía de los setenta y generaciones posteriores. Mas allá del lenguaje. Y la resolución mística que la da la rebeldía y la meditación en hanan.

Pero a nivel mundiano somos golondrinos eternos escuchando desde afuera los sonidos de los territorios íntimos y los marcados por la discriminación runapa wasinpi

1+7+8 número del infinito, buena suerte de los chinos.

Ambos poetas, que ahora camina en hanan, tenían ya resuelto algo que pensé irreparable en los viajes de ida a y vuelta a Ithaca: lo tradicional y lo moderno bla bla bla. Escritura Hanan y Alfagramática en Juan y versos de la Elegía Apu Inca Atahualpaman en Enrique. Era genuino el interés de futuro poeta al recibir un vocabulario quechua de un recién bajado. En alguna otra parte, empezando un poema con una referencia a un cura en Granada pasa al Aru, mas arriba de Lunahuana. Sus vasos comunicantes no son claros y el poeta deja al lector un homework como un jardín a cultivar. En Taki Onqoy, cercanos a fragmentos erótico permutacionales, los trozos en quechua no son traducidos y en algunas artes o son invención del poeta o están mal trans-

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critos. Pero presagian la poesía bilingüe y monolingüe actual, como también lo hacen fragmentos de Clave Huambar, español mejorado que Choqne articula relatando agravios y antes de proponer la rebelión.

—oy, acasu isto es tistimonio?

—mi gusta el wayno y digo why not. Viajando a Ithaca a tocar y bailar Arpaschallay violinchallay toda la noche cuerpo soltero.

Si fue derrotado por el cura Albornoz con ayuda de Waman Poma, y ha cargado desde entones el estigma de ser una enfermedad, el Taki Onqoy fue más bien un movimiento curativo del mal colonial que el chamán Juan Choqne potencia recurriendo al taki –música y canto– que es, como dice Arguedas, la materia de la cual estamos hechos. No hay historia peruana sin música y danza. En el principio era la danza y el sonido. El cuerpo. Allá en las alturas donde el cóndor corre y las vicuñas vuelan, como decía el galáctico Lino Pareja. Como fuente poética anti sistémica el Taki Onqoy fue puquio de que se unió rápido a la contra cultura y dio frutos en el arte. Pero también en la perversa lectura utopista y milenarista de la cultura, que artistas e intelectuales de la ciudad pusieron en la palestra al verse rebasados por la guerra civil. Naturaleza muerta al interior de los extramuros. Aun se pueden ver los estragos del sikianálisis y el no tan sutil racismo que permea al discurso sobre el “otro” que deviene en el perro del hortelano y la utopía arcaica.

Raro que antes que la academia sueca fuera forzada a suspender por un año el Premio Nobel de literatura este fuera dado a Bob Dylan y a un arequipeño de cuyo nombre no me quiero acordar.

Caminito 17 / rodeadito de distancias / cuantas veces hey pasado / desolado por la duda / bailemos …

Pero para Enrique no hay pisqo análisis ni utópico pío pío que valga y pone a Choqne como dirigente de una protesta campesina en el Valle de Cañete, como chaman que cura la violencia de la colonia en la lucha sindical y acaso armada. Y en su meditación final supone equilibrio cósmico. Ecos de Ta-

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ki Onqoy de Daniel Kirwayo, pensado entre París y Lima, el canto amazónico y el wayno. Choqne es un ser cercano. Nosotros. Golondrino viajero, enséname tu camino, mas allá del On the Road que iniciaron los compadritos hasta terminar en turismo sicotrópico y perversión de la Ayahuasca. Icaro sagrado hampeq taki. Eres, somos, el prójimo que vela por los desposeídos. Moledor de armas de la poesía integral. Poética libertaria mientras no sea un grillete más y cuando deja fluir corrientes paralelas. Ya no es posible entonces, que los migrantes reconozcamos nuestro origen como alteridad. Somos humanos. Ya no más “otra” literatura, poesía marginal, arte chicha ni ocho cuartos.

Hace tiempo, cuando la 17 se adentraba en zonas despobladas había un grifo y un restaurante en medio de la nada. Ni en la parada mas debajo de Negromayo el tiempo estaba tan detenido. Los griegos había puesto un Diner de estética aerodinámica y era la esquina del movimiento. Pero griegos griegos, tal vez los dueños. Meseras y lavaplatos provenían de las aldeas de Sullivan County pobladas de desolación e in breeds. Me parece que ese Sullivan desató guerras genocidas contra los nativo americanos. Más tarde el grifo fue copado por una familia de hindúes. Solía pasa por ahí de ida y vuelta a Ithaca. La ida a escuchar y cantar waynos con los waykis, la vuelta ligero como una pluma. Llevando en los sueños un encuentro imposible entre Waman Poma y Juan Choqne en una cueva, cuando al darse cuanta que la había regado con Albornoz y cherito leré Murúa, y que Ávila era un sanguinario perseguidor de religiones originarias, el cronista esta más solo que piedra tirada en el camino y se duerme cerca a una cueva. Tanto Waman como Juan Choqne están en contra de la colonia, y son qollanas de la vanguardia actual, pero uno usa la escritura y el otro el canto. Uno tiene una posición mediadora y el otro una postura radical. Vasos comunicantes con una cueva al fondo Cóndor Wachana, una ciudad sumergida de helechos y musgos por los caminos de Remolino Wayqo, de un hueco para llegar a la China, o del camino al apartamento una antigua novia donde escuché a Cohen y Steve Wonder sin saber que el Castañeda que ella leía con entusiasmo era un cajamarquino mas farsante que el diablo.

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Pero aquella muchacha Siria –cuyo padre había huido a Albany cuando el conflicto Sirio de entonces era una juego de niños comparado a la barbarie desatada tras la traición de la primavera árabe– fue novia de un profesor de Cornell que más tarde paso a ser yunta de Derrida, sucesor del inenten- dible estructuralismo, cuya lectura a partir de la poesía influenciaron a Enrique y Juan. Años después, el tal profesor deconstruyó su matrimonio de una bella profesora de otra rama del lit crit. Las kanchas rizomáticas y arbóreas del college town unían la gente más disímil, y ella me invitó a salir. Pero andaba con eso de que Ithaca estaba erigida sobre un asentamiento nativo americano cuyas voces aun se escuchaban si uno prestaba atención. Se convenció que estaba más loco que su esposo y al final se fue con un inventor de manos artificiales. La imaginación tiene sus límites. Y la teoría mucho más.

¿He perdido el tiempo? ¿Debo pasar por los lugares comunes de la discriminación y el racismo, de globo tiranía que se erige día a día? ¿No es que la realidad ya había imaginado todo, como dijo Mariátegui?

No tengo idea de lo que es un testimonio.

En las recientes elecciones, cuando desde los extramuros de la escala social pescaditos y humalistas ganan parlamentarios, vuelven las lecturas utopistas y milenaristas que ya pasaban por la yerba del olvido. Al cabo del tiempo esa conversación en la cueva entre Choqne y Waman poma no puede ser símbolo de nada actual. Ellos son apenas cajas de resonancia de una actualidad en que lo altero, lo antisistémico, lo que le jode el alma a la prensa y la intelectualidad es una nueva forma de alteridad y sujeto con derechos y propuesta, que mueve fantasmas como cancha. Le jode estar confrontada con su propio racismo y verse en el espejo de varios mafias políticas e intelectuales que han llevado al país a una espantosa miseria moral, cultural, social y política.

El husky que ha estado esperando pacientemente se inquieta y es momento de hacerlo caminar. Mi esposa ha dejado de jugar y nos vamos a casa. Allí nos esperan los gatos.

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Y Chaka la gata con la cual empecé leer el Principio del No Ser de Enrique, antes de que el partiera a los extramuros.

Los animales son guías que nos conducen a hanan y acaso los mejores maestros de poesía.

Ruta 17.

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