BI CENTENARIAS. Luis Flores Prado

Con fina atencion a los detalles cotidianos, que siempre estan cargados de largas y cortas duraciones, ademas de situar el presente local en su dimension nacional y humana, Luis Flores Prado ha ido recorriendo las sierras de La Libertad donde dialoga con pueblos y pobladores con precisas cronicas visuales y escritas. Aqui una cronica de las Bicentenarias, del Siglo XIX al XXI.

BI CENTENARIAS
 
La primera fotografía de Max Ulhe sirca 1896 Huamachuco.
La Segunda Fotografía de Luis Flores P. 2021 Huamachuco.
1896
 
Sus llanques de cuero de vaca han llegado humedecidos de sudor y polvo. En el amanecer asomaban ya por La Calzada, vienen desde la guaranga de la parte baja de Huamachuco. Un día antes de venir a la fiesta, “el gente”, dice ella por su cónyuge, tuvo que ir a la casa hacienda para salir con la venia del patrón a la fiesta de la provincia. Ella lleva llurimpas oscuras y un paño bermejo se descuelga por su espalda. Comprará el kerosene y el añil en flor en el bazar Quezada&Gastañadui; “el gente” ira a comprar la coca a la tienda de don Alejandro Cisneros.
 
Al mediodía se sentarán al borde de la pileta al fiambre, ella ha “arreao” en una ollita de barro, envuelta en la shushuna, papas aderezadas con achote, hay cancha para el hambre y agua de la pileta para la sed, agua de vertiente de peña. Ahí recuerdan, mientras miran las mojigangas, al cholo Goyo, su hijo mayor, que se ha ido “enganchao” por la contrata de don Pancho Ledesma a las haciendas de Cartavio, a la zafra y quemazón de caña de azúcar. Va para el año y medio, y era solo por un año su contrata.
 
Volviendo a su choza, al arriendo, pasaran por la Calle Real donde don Armando Cerna para la manteca y la sal en piedra. Todos esos reales, son el “socorro” que fue a pedir el Hipólito al hacendado de Tayanga, en setiembre cosecharan y “el gente” estará casi un mes faena tras faena devolviendo “el socorro”. Pasan cerca al cementerio y ella recuerda en silencio a su taita, se fue a pelear de montonero en la batalla de Huamachuco, llevó solo su poncho guayo y su guaraca de cabuya; pocos años han pasado, pero el dolor es el silencio, como esas paredes carcomidas por el maquishi invernal.
Retornan con la alegría de ser aún.
 
2021
 
Retornan ya tardecito desde Huamachuco a su querencia, allá en Peña Blanca, Payamarca. Han vendido los purpuros y el costal de zanahorias. Su esposo don Isidro fue al Molino Peña a moler una arroba de trigo, su hijo lo lleva adelante con el costal sobre en la cabeza suda y suda. Ella carga en su pañolón su caisha sobre la espalda, lo cubre con un pañal marrón violeta ribeteado de rojo, en la mano izquierda su bolsa tejida por ella misma, con diseños “gentiles”, colores intensos, ajustado el hilo, tejidos duros con el crochet, y capaces de contener agua sin filtrarla.
Ella madrugó al pueblo para hacer cola en el Banco de la Nación, cinco horas después cobró los 200 soles que da el programa Juntos a poblaciones en extrema pobreza. Con ello y la venta de la zanahoria han comprado dos sextas de chancaca, un galón de aceite, sal “Marina”, azúcar y algo de fideos.
En la plaza de armas han curioseado el nacimiento adornado con venados de luces, caminaron la calle Balta mirando las tiendas con música y adornadas con globos amarillos. Han recargado con diez soles el celular de su esposo en una tienda donde venden celulares, ese mismo es el único que usan los tres hermanos estudiantes para recibir las clases virtuales. Ahí al frente en el quicio de la vereda han comido unos tamales calientitos, aceitosas las pancas de maíz y picante el rocoto; se han acordado adoloridos de la Simona, la hija mayor, hace unos dos años esta en la costa, por Virú, trabaja cosechando marigold, en esos extensos campos, arrancando las flores amarillas, los grandes empresarios, la venden por toneladas para hacer productos de belleza y para engorde de ganado. Pero la Simona tiene la piel cada vez más tostada y hueso y pellejo el cuerpo.
 
Ahora vuelven, suben al barrio Nueve de Octubre, por la carretera que va tras el Coso Taurino, han dado un descanso, para acomodar los costales en la tiendita donde venden llanques de jebe, y mascarillas para la epidemia.
 
Su marido cuando el narrador toma la fotografía mirando a su mujer orgulloso le dice:
Traje del neto. De Payamarca pue. Si quiereste canastitas yo hago oigaste. Ahí en Peña Blanca vivo.
Y nuevamente emprenden cuesta arriba, hacia donde termina La Calzada, ella ondea de rato en rato su faja flor de ruda al viento que anuncia tormenta.

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