VIII Persistente la soledad de las medias. Fredy Roncalla

martes, 26 de abril de 2011 (va con  Papa Chacalon y la composicion de Jose Luis Carvallo)

Persistente la soledad de las medias / Calle Grande Grand Street 8

Por Fredy Roncalla

Persistente la soledad de las medias. Tarde o temprano una emprende camino dejando a la otra sin par, con el boquete abierto, llamándola para siempre. No responden y se meten en rincones de donde salen cuando les da su puta gana mientras uno las compra por docenas para salir del apuro. Alguna vez habría pensado aquel viejo cartero francés resolver este misterio con un libro titulado “Poética de las medias perdidas”? Porque también a ciertos libros se les ocurre la misma finta. Se esconden y nos miran de medio lado matándose de risa, ayudando en la tarea de no leerlos. Y dónde estará la novela de la Wendy, que contaba los traqueteos de la secretaria de una poeta famosa en su afán de mejorar estilo y fama mediante banquetes y recursos prosaicos? Humor cáustico y refinado del Lower East Side, mismo Village Voice y vitrina on the edge del Saint Marks Boookstore. Raros marcianos, abriendo horizontes con una frialdad del carajo. Y con sex appeal. Pero la W. llegó tarde al proyecto de la Gran Antología de Escritores del Flea Market, porque cuando la calle 11 y la avenida B, ya del Grand Street sólo quedaban recuerdos. La idea vino de un boletín de poesía de una ayudante de Steve, cuyo padre le curó una pena de amor you can always find another woman. Ahí el S. habló su antigua vida de Wall Stretero, lugar de nueve a cinco al que uno podría volver en momentos de extrema confusión. Había también una historia de un joven ruski, en donde el color amarillo viaja en tren, tiene unas peleas con otros colores más fuertes en pos de una novia celeste, y se va esfumando. Al que le gustó más el asunto fue a Dino, un griego super cool candidato a monje budista, que mientras durara el largo estribo era borracho, warminero y fumón de tabacos habidos y por haber. Se apareció de New Hampshire en un honda civic tan bien empacado que sólo le faltaba encajar el viejo submarino de Porthsmouth. Aun tengo su buda de plástico en un altar, junto a unos apus de madera tallada de la paqarina de Polvos Azules. Habría escrito algo en su larga carrera de hippie, guardián de un chongo en New Mexico, policía militar, florero y activista antinuclear? No importa, la poesía es una calidad de vida, y hay poetas que nunca han escrito una línea. Lo saben los cantantes y los pájaros, y el Julius, de Saint Marks y los videos bootleg en vivo, que hablaba como poeta de la calle del centro. Los setenta en el Wony y el Palermo. En todo caso Dino podía usar una de los cientos de manos de maniquí que vendía tras comprarla de una hondureña de Brooklyn. Handman. Poemas en el aire. Versos budistas con manos de maniquí, fermentando como chicha de Yucay en el silencio. Historias de libros nunca escritos, obras geniales pululando mayupa pusuqullachu en la mente de jóvenes poetas y viejos intentando responder Venancio como pasa el tiempo. Pero también de libros encontrados no bajo rumas de periódicos amarillentos en cuartos al borde del empacho, pero junto a un cojonal de fierros viejos, en la Parada. La había despedido en un paradero a Huancayo luego de comer ambos un picante de trigo, cochayuyo, y piedritas del campo. Ya habría tiempo de esperar cuenta gotas el retorno de un amor harto chicoteante. Ahora era cuestión de bajar la comida y darse unas vueltas por calles aledañas a la Avenida Aviación. Fui en busca de Valle, mi compañero del Bentín, al cual le dictaba sus cartas amorosas a bellas colegialas para luego explorar, como los brillantes chancones del purito Rimac, todas las posibles sumas de fracciones que den diez y medio. Cinco más cinco y medio igual once para una libreta de notas con aires de trigal, siempre con temor que el profesor de matemáticas te clavara cero con compás. Para entonces si no era rey de la papa, iba en camino en ser príncipe del olluco, duque del perejil o algo por el estilo. No estaba. A la vuelta, una serie de carretilleros había llegado al final de su periplo por los barrios pobres y vendía botellas y fierros inservibles. Un libro de tapa dura esperaba en medio del óxido. Citas y recortes por montones. Antipasto Gagá. Asaltos. Mámises cuidadosamente recortadas. Monto de la fortuna de los mas ricos del mundo. Tayta cura adorna iglesia con flores amapola mais pichicateros afanan semillas y lo arruinan. Ciento sesenta millones de litros de cerveza tomados por los peruanos el 63. Año del huaylas rompecatre. Biólogo peruano descubre método de curar cáncer. Y en el borde citas literarias de Blake, Scorza, Palma, Gandhi, Adán, Huidobro, Picasso, Pedro Beltrán, Carlyle, Alberto Hidalgo, Sofocleto. Un hombre culto. Ramón Rivero Falconí hablando de educación aquí y allá. Su tarjetita con unos datos no revelables en el reverso. Vecino de Ingeniería, barrio de jardines a donde iba a pasear desde Zarumilla pasando por la tienda de Yolanda, que nunca estaba. Partida de nacimiento informática en Google con un par de artículos sobre César Vallejo y Alberto Hidalgo. Tal vez un poeta. Y ensayista. Alega ante la Liga de Naciones defendiendo la posición peruana ante Chile. Estudiante de Columbia. “Sounds like the book was a flea market of words”, dice Dino, “right, “then again, any book is”. Specialmente en estos tiempos postmodernos. Vamos por unos platos vietnamitas en Baxter Street. Mientras mother flaca compra unos dulces de melaza en Mulberry nos alcanzan Mike y Ellen. El comité de slackers en pleno. Ya recuperado en un último viaje el bitácora, descansa tranquilo junto a las Nuevas Corónicas: las del siglo XXI y el fascimil francés, que leí de cabo a rabo y recordé de inmediato cuándo abrí las páginas vetustas esa tarde gris de La Parada. Entra Guamán Poma. Heavy staff. Cómo explicarles a estos space cadets la genialidad del Sondondino, su partida de Huamanga a las altas punas buscando orden, justicia, piedad para los indios, dibujando en tinta y a colores, pura poesía concreta, que Munch ni ochos cuartos, profundo humano del margen cuya humanidad desaparece en la fábrica de conceptos de la universidad, la historia, los estudios culturales y tanta vaina. Su figura en los andes he imaginado desde que un águila wamancha cruzó, chawpi tuta ya, frente a la rápida station wagon de 75 dólares, pagada en tres cómodas cuotas semanales, hasta mucho después, cuando en algún otoño lluvioso de Harlem se metió en una cueva con Juan Choqne, a pelearse sobre cosas que nunca entendí del todo. Uno la resistencia a través de la escritura, el otro la sanación del cuerpo a partir de la música y el baile. Pares complementarios de la imaginación profunda, cagándose y meándose a su regalado gusto en las primeras piedras coloniales. Poetas a los que la cancha de la vanguardia les queda chica. Paqarinenses. Pero desde el mesero sur vietnamita que niega servirte lo que pides si no le da la gana, hasta el último de los slackers, todos dejamos a un lado los silencios del ser, los creativos y los abismales, cuando lo absurdo manda y nos pasamos la hora hablando huevadas. Palabra en libertad. Laberintitis expansiva y mutilineal. Vasos comunicantes entre Camina el autor, Rivero falconí, algún discurso rayado de Miller en Trópico de Capricornio, y la Hellen que no para de contar del tal Jimmy que conoció en un oscuro topless de Newark. Hay amores que nunca pueden olvidarse, como dice Pedrito Otiniano, o tal vez el Lucho Barrios, o será el Segundo Rosero que yasta cantando huaylas sólo por andar atrás de una conocida y sabrosa tampa umacha.

VII Aun queda un canto de alambre. Fredy Roncalla

Aun queda un canto de alambre / calle grande 7

Por Fredy Roncalla

Aun queda un canto de alambre plateado para conservar como grato recuerdo. Lo trajo Isa, un rayado de Irak antes de la mentirosa guerra, cantante, adicto a los caballos, de mano sorprendente en la joyería free form, todo wiswi, que un día, para el colmo ronco, se apareció en el Tower Records con varios de rollos de alambre 20 y 18. Voy con ellos varios lustros, y no porque al Isa se le ocurría llamar a la hora del wallpa waqay a preguntar si uno quería más, que su primo lo plateaba en Miami, que eran los últimos puchos, que le podía copiar los diseños, y había perdido en las carreras tanto como en una antigua discoteca suya. Éramos, como el viejo “you know what I mean”, el “too much free” y los post hippies peruanos, parte de una dispersa secta de dobladores de alambres, que incluso llegaba a manos mexicanas, hindúes y sweat shops chinos y coreanos. Pero salvo el Perú y México, raro que pueblos de alta tradición manual terminaban con aretillos y collares sin vida alguna. Cuestión para una etnografía estética postmoderna, o algo por el estilo. Tentación discursiva cartesiana a evitarse a todo costo. De tanta tirria a la bamba “pienso luego existo” llevé filosofía tres veces y, bajando de los baños de Aguas Calientes traté de convencer a la Solterita de Paqcha que ese Descartes de michi era mas bruto que una piedra. Pero, riéndose, contestó con un chaqlazo “a ver por qué”. Me quedé turulato. Y supe que había perdido los hilos tautológicos de tan duradera convicción. Mejor toda la noche kanchis kanchis ñoqanchik kanchik, pampachallapi. Cuando los cielos cargados anunciaban la lluvia amenazando las chozas, la gente quemaba llantas para que el humo negro la espante. Habían gritos, creo. Y los niños corríamos de un lado a otro hasta que, de puro contreras, llegaban las gotas, impregnando un olor chévere en el polvo. Las aguas apagaban la fogata y luego de enjuagar el hollín dejaban ver unos aros negros de alambre de acero que la gente llevaba a casa para seguir reciclando un caucho que ya había pasado por navajas cortadoras de llanquis. Eran difíciles de doblar y habían venido de un mundo tan extraño que incluso ponía montones de gente invisible cantando huaynos, corridos, valses y boleros, o contando chismes, dentro de una cajita estilo edificio de Ciudad Gótica de Superwamán, de donde salía un alambre al aire dice para pescar señales. Cuando uno aguaitaba por un hueco detrás de la cajita podía ver grandes edificios de vidrio, calles delgadas con pistas de alambre, casas numeradas en forma de mejoral a veces cuadrado, y gente siempre escondida, seguro haciendo gárgaras de nabo para levantarse con una voz tan linda todas las mañanas. Pero más bacán era el sonido alegre de lluvia salpicando el polvo o reluciendo micas doradas en las piedras. Al escampe, pichinkos de toda clase salían a picotear semillas y gusanillos paseanderos. Y más allá, en el pajonal, el rocío se pegaba en las cerradas diagonales de las alas de miles de mariposas amarillas. Ríos nacientes. Progresión hacia grandes copos de nubes de tonos ocres, rojos y ámbar en la cúspide de los cerros. Viscachas sobre las rocas con el trasfondo de un sol calmo. Momentos epifánicos, sagrados. En este mismo lugar los antiguos, recién saliditos de sus paqarinas, buscaron dentro de la tierra y en los mares e hicieron pacientes huecos al oro y el mullo con puchkatillos de obsdiana para colgarse collares al pecho con watos de cabuya y algodón. Pero he aquí que a alguna mamaku o un capaq apo pretenciosos se les ocurre ponerse oro y mullo en las orejas. Entonces los orfebres concentran, hasta a veces romperse el coco y parcharlo con mates de calabaza, toda su materia gris para inventar el inicial alambre de arete, sin sospechar que esos watitos de metal serían non plus en Kay Pachapi. Fue cuando orfebres de lugares ignotos sintieron pasos y de pura envidia pidieron a sus layqas que descubrieran el importante secreto de estas partes. Los layqas, que tenían poderes telepáticos y ya estaban acostumbrados al infinito wireless se robaron la idea desde lejos y entonces aparecieron alambres de joyería en Egipto, Mesopotania, y la China. Cosa más grande la vida, caracho. Tras oleadas de hippies que empezaban a ser recuerdos, aparecieron artesanos con sus franelas, alambre y alicates en mercados y plazas. La culta sociedad los miraba mal al comienzo, chachaw que sucios, pero mas tarde, cuando la inflación del charlatán se contaba en talegas de billetes inservibles, tutili mundi se metió a chancar alambres y engastar piedras. Junto a la música primeras estéticas globales indígenas. Y por su lado la muy pendeja estética del terror, también. Intenté el asunto de los flecos chancados y los doblados de filigrana, pero repetir patrones y medidas para la izquierda y derecha era un trabajo de relojeros y prefería el free form, que a veces era hacer una espiral con alambres del Santa, pisarlo con cojones, y venderlo por cientos a una incauta muy a pesar de su novio aka siki. El que le entró fuerte al asunto fue el Toro, hustler number one, que andaba con aretes y tapices de San Pedro de Casta en la sexta, el Village, Lincoln Center y donde le compraran al por mayor o menor. Después del conflicto del Cenepa va caminando con una camiseta “viva el Perú carajo” a sentarse en una plazuela entre la sexta y Tribeca para esperar su turno en esta historia, asllata suyaykuy. Pero ahora se impone otra muda de wato a alambre. Fue el Bell, un cholo escocés, que tras usar un par de latas de Leche Gloria con un wato de algodón al centro uniéndolas trató de escuchar lo que decía un paisano al otro lado. Alguito sonaba, pero no muy claro. Y como alguien le había dicho que ciertos metales cargaban señales mas rápido que un relámpago, se mudo de wato y yastá, empezó el teléfono por alambre. Ya que al mismo tiempo la electricidad viajaba por caminitos de cobre una puchka inmensa fue envolviendo al mundo en una telaraña de alambres que pasaban ríos de información de un lado a otro y a la inversa bisiversa. Con el único límite que al final arranca el wirelees haciendo del cielo densa materia de light black hole, que el aire que respiras y llega a tus pulmoncitos portando todas las señales del planeta es más aplastante que el peso del mar sobre los peces ciegos al fondo de las fosas marinas. Heroicos los pájaros que aun vuelan, y residual la metáfora de la libertad asociada a viento y horizontes abiertos. Y todo, además de sogas de alambres para puentes colgantes inspirados en el Pacha Chaka y otras vainas industriales, sólo por unos aretes para capaq runas. Cuando se terminaron los primeros rollos de Isa, este ya había desaparecido del mapa como muchos que salieron del Tower, escapando la ambición del gordo Edwin. El jijuna no se movía de su Toyota, pero exprimía más que carretillero de jugo de naranja para comprase unas casitas en Upstate y Florida, pobrechalla. Terminé en la sexta y la 26, al lado de Mother Flaca, marcado por Vietnam y con ciento cincuenta mil varos acabados de transitar por su nariz, el envidioso y jodón más buena gente. Ahí venía un mayor que trabajaba plata y alambre cera del Tower. Diseños conservadores. Poco atrevidos, ventas en reflujo. No le gustaron los anillos de alambre y cuentas que siguiendo donde iba el momento parecían pequeñas esculturas. El chicoeto placentero era donde daban los permits to steal que reclamaba Mother Flaca después que cada changuita se iba sonriente del changarro. Ahora el mayor salía muy poco y paseaba en el último barrio de flea markets de la ciudad, you know what I mean, it don’t pay to go out, you know what I mean, I played piano all my life, my sister is in Colorado, you know what I mean. Su soledad you know what I mean, la misma conversación. Un dia llegó con un rollo inmenso #20 on the house que he llevado a ferias y fleas en miles de aretes y collares. De los que con suerte aun tocan sus últimas tonadas de piano aquí o en Denver, no he vuelto a verlo, pero sigo pensando que tal vez en alguna combinacion binaria del mundo virtual haya un rastro suyo, porque a veces uno ve los alambritos rojo y verde del teléfono y sabe que por ahí andan los pasados presentes de tanta gente lejana muy cerca.

1 comentario:

pedro granados dijo…
por aquí van los tiros… por esta malla alambrada que nos envuelve o reúne a todos desde tower perú para el mundo… una pascanita en plena playa…abierta a la seducción de judías de negros paños y colorada sabiduría… una seducción imantada a otra seducción in melting con el patito de la laguna y el desayuno polaco y quarter para arrancar y salir de allí pitando hacia el andino y celeste cielo de new york… diáfano clarito inteligible y a la mano

VI Te recuerdo Amanda. Fredy Roncalla

Calle Grande Grand Street 6 / Fredy Roncalla

Foto y texto por Fredy Roncalla

Te recuerdo Amanda. La primera vino del sur. Cinco minutos. Eterna metáfora acústica. Pasos de amante revolucionaria alumbrando praderas de poesía y vida. Posteriores desgates. Dictaduras. Muerte. Otras historias. Círculo trazado por la muchacha de entonces sentada en casa quemada. Eternidad ya fue hasta nuevo aviso. La segunda, una morocha cochala, lunareja creo, de una tristeza tan sexy como su larga y abundante cabellera, que terminó en Ithaca, al revés, varada por un gringo que le dijo no tan pronto la trajo, sin poder regresar a su tierra firme, y hablando de amores partidos. Fue cuando llegaron los primeros exilados chilenos. Y los recibieron gente buena que extendió redes solidarias con nicaragüenses, guatemaltecos, salvadoreños y chiapanecos del sub. Pero con los andes nada. Sólo el plusvalor académico de pobres e indígenas. Acaso, flaca, tercera y principal Amanda, ello se retrataba en tus ojos de tiempo empozado mientras pasabas largas horas mirando a las musarañas al lado nuestro. Habiba había descubierto que el Ivy League era buen punto de venta, y no importa que el John Murra pasara adelante con cara de cachaco le acepté un canto para mis aretes de escama de mero. Pero no, eso andaba muy abajo en los sedimentos del silencio, vasos comunicantes con la violencia en los andes de los cuales los pocos llaqtas no hablábamos para no entorpecer el impecable exilio, esa bandera que abría afectos pero no calmaba el fuego. Lo tuyo venía de Chinatown y anidaba en el ocaso de la contracultura en Cornell. Nunca los vi juntos, pero andabas con el David, un chino reteloco que era migas con los hermanos Duffy. El uno un adicto al dolor y un vago de primera y el otro, para estar a tono con la elite de literatos y fumones de College Town, chancándole duro a los insufribles arwi arwis conceptuales y sintácticos del Antiedipo. ”Uno es la vida y el otro es la muerte” dijo David un día que le metimos cerveza como descosidos. Pero quién sabe si los inicios de la postmodernidad fueran también otra forma de esconder el horror contra, y que la verdadera vida estuviera en la tristeza del vago. De esos cholos irlandeses siempre sentí más cercano al Tim, un exilado como nosotros, marcado por la propensión de seguir mirando allende nubes que se perdían al otro lado del West Hill sin que llegara señal salvadora. Tal vez en el fondo David pensaba lo mismo, porque dentro suyo la estridencia de la risa apuntaba al repetido momento en que su novia lo dejó para casarse con su propio hermano. Paw, desapareció como otros malandrines que venían por el verano. Y sentada frente al Williard Straight Hall, preguntabas por él, por él, con la misma displicencia con que ibas a clases cuando moría un obispo. Yendo a dormir en pos de ciertas claves he preguntado a los sueños si este es el momento de hablar del vacío, del otro lado de lenguaje, de los significantes que flotan sin amarres, donde todo es caos y uno vuelve a las palabras, efímeras, como hojas de sauce bajando por un torrente, y sobrevive por que están los andes, inmensos y ciertos, en cada momento. Que importa. Nos fuimos. Compré caballo blanco chaymanta ripunaypaq, un viejo micro wolksvagen de camping, que se podía arreglar a martillazos en el solenoide para no prenderlo empujándolo cuesta abajo. Un día, viniendo del Bronx a Harlem, se rompe el cable del acelerador. Lo parchamos con un largo wato y Faus tenía que jalar la pita mientras yo manejaba. Mi housemate renegó cuando le hacía tirar el wato caminando delante del carro para aparcar. Falto de civilización, había vivido en Puno y en la selva, pero no podía comprender, como sí los crolos del Harlem, que cuadrar así era lo mas normal del mundo. Otro día andaba por los empedrados cuzqueños del West Village y pan dan gán se cae el motor. Viene el Vito con su caja de herramientas desde Brooklyn, levantamos el motor con una cadena y lo llevamos de vuelta a Harlem. Pero ya el caballo blanco, como reflejando el mal de amores del jinete, no daba más. Se lo regalé a un homeless de Amsterdam y la 108, que vivió ahí por unos meses hasta que una grúa de la ciudad, de esas que permiten a ciertos empleados el placer perverso de negarle a la gente desvalida la última rama para no caer al abismo, se lo llevó a un canchón de chatarra, como harían tiempo después con el van rojo de una pareja de viejos portorros, que vivían en la 110, al lado de Saint John de Divine, que dicen no se terminará de construir mientras hayan pobres en el mundo. Era otra de la larga colección de carcochas que siguieron al caballo con la cual llegué al East Village Rumbo al Bocachica. Había escuchado a Guillermo Portabales en el mercado de Caquetá, junto al cine Ramón Castilla, donde una gorda de mini bailaba hasta el cansancio “El Carretero”, mucho antes que el Sid nosecuantos le pusiera, en Buena Vista Social Club, unas líneas de sliding guitar a Compay Segundo solamente por joder. Ahora iba en busca de Afroandes, que los viernes en la noche, a la una de la mañana, armaba un rumbón de poca madre. Julián era un chatito mochica chimú, todo tiza, que junto a Vitaminas, un cajacho chalaco en el bajo, su medio hermano en el timbal, y Zarandonga en el cajón, el saoco, y “carne blanca hasta de hombre”, marcaron época tocando guajiras de los Compadres y charangas cubanas, y un merengue apambuchado “a mi no me gusta la gorda/ a mi sí me gusta la flaca” que a los dominicanos, que ya bailaban sus huaynos, les sonaba a naca la pirinaca. No estaban. Ahora en el Nuyurican Poet’s Café sería el momento del Poetry Slam, en que poetas de toda calidad estarían concursando por aplausos al mas puro estilo cachascán, que no lo hubiésemos imaginado ni en las horas más delirantes del Wony. Enrumbé a un nuevo local en la Avenue A donde habían dicho había un buen DJ. Ahí estabas, bailando salsa, pura carcajada, la larga cabellera, ay dió, lunareja también. Cerca a Grand Street vivías en el último piso de un walk up de West Broadway. Por entonces andabas con algún Manuel ignoto y yo más flechado de amores que un puerco espín tiqrampa. Pero, sin los abismos fatales de una Mata Qari tipo Nadja, especialidad de la casa, tenías aun cierta botella de leche que te emparentaba con la María del mejor poema de Eielson. Hay momentos de afecto, frágiles y preciosos, cuando con lenguajes compartidos ambos espíritus se desnudan y llegan a rollos mayores sin que los polvos, si no son sagrados, interrumpan y nos vuelvan a lo banal. Tal vez intentamos aquello, pero tu displicencia seguía un misterio. Quien sabe cómo habías terminado leyes y trabajabas cuando no había de otra. Y venías a quedarte, espalda que jala compradores, sentada en el changarro por largas horas, fumándonos unos cigarros, llevando a tu vieja abuela que le metió a la costura como tus padres, y con el timing perfecto como para no estar al mismo tiempo que algún fling del momento. Cuando en Morningside Park recogieron las hipodérmicas de los junkies y limpiaron la maleza, decidieron construir una paqcha frente a la ventana. Caía a una pequeña laguna y volvía a subir por una bomba. Agua reciclada, latas de cerveza y gaseosas, papeles. Algunos trabajadores del parque limpiando de vez en cuando. Pero un sonido que llevaba a las claras vertientes de la puna. Mirar la cascada, algún Apu. Viajar gratis. Mas tarde vino una vieja empujando una carretilla y sus cañas. Pescaba unos cangrejillos del tiempo en que los dinosaurios eran bebes de leche. Cómo se aparecieron, en el mero Harlem, en aguas iban de ida y vuelta sobre el mismo punto? Sería que la doña los puso ahí para recordar algún bayou que llevaba dentro? Los que no fueron plantados ahí fueron dos cisnes que hicieron nido en medio de unos juncos que ya crecían al pie de la paqcha. Una pareja que remontando siglos posó su blancura romántica en una laguna artificial. No los viste. Pero hablé de ellos como loco en tu walk up de West Broadway, donde finalmente supe de tus secretos poemas. Nunca los publicaste. Ni los leí. Eran palabras sin casa, que te llevaron hasta el fondo del mundo, al borde de alguna roca seca de Australia, desde donde escribiste una última postal que da cuenta, Amanda, de tu eterno caminar en la ausencia.