En el flea market de las Wakas. Fredy Roncalla

En el flea market de las Wakas

 

Fredy Roncalla

 

Chaysi, mayqin panpariraq los altomisayoqs hicieron su feria anual. Ofreciendo wakas de todo tipo y pregonando en voz alta:

 

-estas piedras congeladas son doncellas de amor eterno

-yana qocha ukunpi sumaq llaqta rawrachkan

-caserito caserita llévese su illa enqa y enqaycho

 

En medio del bullicio Chawpiñanca escogía a los mas jóvenes para banquetearse y sembrar vida en pikachos y quebradas

 

En eso llegaron unos viejos yana phuyu  chapu uyas:

 

-imata rantikuchkanki- les dijeron

– tenemos un dios único – nispas kutichisqaku

 

y los machulas, que eran mas interculturales que el diablo:

 

-dame uno unos cuantos, para probar

 

El cielo se esta nublando, quiere llover y no puede

cantaba el Pichinkucha

 

 

 

 

El sueño. Fredy Amilcar Roncalla

 

 

El sueño

 

Fredy Amilcar Roncalla

 

Solía soñar el pueblo.

 

Mucho antes era llegar volando y ver todo verde. A veces unos cuantos edificios muy nuevos y también un chalet a todo dar en la estancia.

 

Ya casi nunca los túneles. O los cerros escarpados a los que uno subía con facilidad, pero tenía que bajar arañando el abismo para llegar a la superficie menos rápido que el agua de las cascadas. Había un camino que bajaba a la ciudad por filudas pendientes y daba a una barriada de casas incrustadas una entre otra donde alguna vez amé una muchacha, pero al regresar a buscarla nuca supe que línea de micro tomar para recoger los pasos del corazón.

 

Y cuando caminaba río arriba, manadas de toros enjalmados precedían intensas fiestas de waqrapukus, arpas, violines, y mantas coloridas, hasta que al llegar a la ciudad casi de noche la veía llena de edificios, hoteles de cinco estrellas, bares a todo dar, y calles en donde uno que tenia que buscar harto para encontrar una simple cantina de te piteado y guapas jovencitas que esperaban el momento preciso para irse mas allá de los cerros.

 

Es el efecto de la minería se decían los sueños el uno al otro. Y se iban intercalando con detalles que ya no recuerdo.

 

Pero con la certeza de cuando ya la cosa estaba entre la espada y la pared uno podía despertarse.

 

Varias veces derroté a los asaltantes de la esperanza con ese simple truco.

 

Pero hace poco los sueños retornaron a un galpón de la calle Comercio. Unos cuantos músicos seguían a los vecinos con una tonada tristísima. Salían a la calle y volteaban  la esquina con los trajes raídos, anticuados. Con la barba crecida y las polleras oscuras. Andaban sin decir nada, con la cabellera revuelta. Y tal vez nunca llegarían hasta la falda de cerro.

 

Los ojos del sueño no estaban en peligro, pero sintieron que la tristeza era insoportable, sin rumbo.

 

Era el momento de despertar.

 

Lo hice brevemente. Pero cuando vi los días quebrados de estos días quise retornar rápidamente. Ta vez ellos ya habían llegado hacia una colina donde se podía ver un poco de horizonte.

 

Pero fue imposible

 

Ya en ninguna parte existían los sueños.

 

 

 

El Zorro. Fredy Roncalla

Buscando viejos papeles encontré este viejo relato, que no cuaja del todo como cuento, pero

Zorro andino

Zorro andino

tiene un sabor inquietante, uncanny, fuera de las preocupaciones de poeta fustrado de fines de los setenta, y cuando el atoq maypiraq kachkarqa. Como diría Armando Arteaga, se publica en honor a los viejos papeles.

El zorro, pequeño animal astuto, maestro de movimientos fugaces. Nunca lo hemos visto sino en sus huellas. En salto repentino desde el camino hasta un precipicio ajeno a nosotros. O en su cola que se va, se mueve diciéndonos adiós. Tiene algo de burla en sus andanzas, algo de gitano, de aventura. Lo hemos perseguido muchas veces, pero siempre con la escondida esperanza de jamás atraparlo, de dejarlo seguir sin hacer caso de los muros y las espinas. Y nos permita ir en su búsqueda caminata tras caminata sonándolo en las noches y recibiendo sus mensajes. Hay veces que logramos cercarlo en una cueva. No acercamos a el con mucha cautela, con entusiasmo y hasta respeto. Sentimos que hemos atrapado alguno de esos temibles piratas de los mares de nuestra infancia y nos ofuscamos un poco. Se defiende con todos los dientes. Y cuando al final su sangre ha sido devuelta a la tierra y regresamos al pueblo, parece que algo suyo todavía estuviera tras alguna piedra. Quizás uno de sus múltiples ojos riéndose de nosotros y diciéndonos que no ha muerto, que todo es una trampa. Es entonces que lo dejamos por ahí y regresamos a casa apenas con las manos manchadas y ya no tenemos temor que nuestros hijos lloren esa noche.

Fredy Roncalla

16 de agosto 1979

(Azotea del purito Rimac)