#nosEstanMatando. Juan Guillermo Sanchez

Desde los Apalaches, Juan Guillermo Sanchez comparte este poema. Solidaridad con el pueblo Colombiano, que es tambien el pueblo peruano.

#NosEstanMatando

a todxs los que han sido asesinados, heridos o desaparecidos 

mientras protestan pacíficamente por sus derechos

el fuego abriga o quema

late adentro del cuerpo saludable

es la arenga guerrerista e incendiaria

es motor acelerado      ráfaga sorda

y otra vez el corazón latiendo

el fuego enferma o limpia

es la esperanza de la minga abrazada por la tulpa

es la humareda de trinos, pantallas y noticias

vidrios negros              camionetas blancas

la rabia ciega calentando la sien

nos están matando

zumbidos metálicos defecan glifosato

            quemadura invisible sobre el agua

la coca la llave la memoria

se raspa se arrastra se aplasta con las botas

y se vuelve el pretexto del incendio

nos están matando

la hidroeléctrica cierra las compuertas de la represa

más importante que la subienda respire

            y el agua pura y clara siga cantando

es la corriente eléctrica que corta el monte

que alumbra de inconsciencia los palacios

y los barrios donde ya no se miran las estrellas

el fuego abriga o quema

late en la sonrisa del vecino

es el clasismo que escupe y esclaviza

los ojos un segundo antes del disparo

y otra vez el corazón latiendo

el fuego enferma o limpia

es la veladora de mi madre

el sudor de la marcha sobre la carretera

la pesadilla del terrateniente 

que quisiera cercar todo el horizonte

pero no puede

nos están matando

el hambre la sed el fuego herido

los hombres de metal sobre caballos

los discursos vacíos en los podios

los ciudadanos que nunca se han quitado los zapatos

            para tocar con sus plantas a la madre

            y agradecer a los ancestros por el fuego

                                                             Juan G. Sánchez Martínez

                                                             Tokiyasdi. Mayo 10 de 2021
— 
Juan G. Sánchez Martinez
Siwar Mayu, un río de colibríeshttp://siwarmayu.com/es/

El “monstruo senderista” en Los rendidos, de José Carlos Agüero. Aaron Rodríguez Orsi

Aaron R. Orsi, comparte una reflexion sobre las autenticas preguntas que nos debemos plantear no solo sobre la memoria y la violencia y al hacerlo planteas las bases para superar el terruqueo, esa omninosa y deshumanizante cadena sobre el sentido comun.

Sumilla: Los rendidos. Sobre el don de perdonar (2015), de José Carlos Agüero, es un documento de naturaleza “algo indefinida” (13). Según el autor, se trataría de “textos de no-ficción, sencillos, para no enrarecer más el entreverado campo de la memoria” (13). Es, sin ninguna duda, un texto complejo y problemático sobre la herencia y memoria del Conflicto Armado Interno (1980-2000), tanto histórica como personal, pues en este caso específico, el autor es “hijo de padres que militaron en el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso y que murieron en ese trance, ejecutados extrajudicialmente.” (13). Se entiende que la posición y condición del autor es -desde un punto de vista testimonial- privilegiada para abordar estos intersticios de la problemática sobre la memoria del período de violencia. El propósito de este artículo es realizar una lectura de Los Rendidos desde el eje del “monstruo senderista” que retorna, considerado este como “una pesadilla o una enfermedad” (58) que la historia del Perú contemporáneo expulsa. A través de una lectura profunda del texto, se buscará articular una postura frente al terror desarticulador que suscita este “monstruo senderista” en su retorno paralizante, a la vez que responder a la pregunta sobre el sentido del terror que conlleva su aparición. Se propone que el terror del monstruo está constituido de “las auténticas preguntas” (66), las realmente humanas, las únicas que caben e importan pero que nunca se formulan.

Palabras clave: conflicto armado interno, memoria, monstruo terrorista, indiferencia estatal

Lo propiamente terrorífico del monstruo senderista

En el capítulo 16 de Los rendidos. Sobre el don de perdonar (2015), José Carlos Agüero, propone una lectura del monstruo senderista en las siguientes palabras:

Cuando los colegas, con las mejores intenciones, hablan de las monstruosidades de Sendero estoy de acuerdo. Pero sé al mismo tiempo que están hablando de mi familia. Y de muchos amigos a los que vi vivir a plenitud y luego morir. Me cuesta recordarlos monstruosos. Pero sí, cometieron atrocidades y las justificaron (55).

El monstruo es, según se infiere de esta cita, aquella persona que justifica las atrocidades que ha cometido. Más adelante, en este mismo capítulo, el autor anuncia una posición de saber respecto de un significado perdido en las grandes narrativas y miedos respecto de esta figura del monstruo (55). Y para ilustrar este saber sobre la posibilidad de un significado perdido, nuevo y oculto sobre el monstruo senderista recurre a la siguiente imagen, muy elocuente: “Este monstruo en realidad esconde a un monstruo de mil cabezas o toda una fauna o bestiario. Tantos senderistas con sus senderismos, en tensión con El Sendero institucional” (56). El monstruo senderista es en realidad, entonces, un señuelo que encubre multiplicidades monstruosas, casi inaprehensibles. No obstante, la atrocidad del monstruo senderista es terrorífica y horripilante; terrorista. Y aterroriza ahí en donde se han olvidado “las auténticas preguntas” (66). Pero ¿cómo se rescata algo del olvido? ¿Bajo qué coordenadas se lo encuentra? En este asunto del monstruo, particularmente, en las del miedo como herencia, que es la principal emoción a la que nos induce.

El retorno del monstruo senderista y las auténticas preguntas

Sobre sí mismo y su condición particular, se refiere el autor con las siguientes palabras a sus lectores:

Soy hijo de miembros de Sendero Luminoso que murieron en la década de 1980 en Lima. Ellos fueron asesinados de manera extrajudicial. Nunca reclamé por ellos. Mi identidad y la de mi familia no se construyeron desde la carencia, el daño o la búsqueda de justicia o reparación. He vivido sí, largo tiempo buscando un lugar legítimo para escribir, para hablar y para actuar en el espacio público. Pero no ha sido ni es sencillo (119).

Los rendidos. Sobre el don de perdonar, vendría a ser el resultado y fruto de esa difícil búsqueda de su autor por el lugar legítimo en el espacio público. “Hijo de padres que militaron en el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso y que murieron en ese trance, ejecutados extrajudicialmente” (13), se entiende que su posición y condición es -desde un punto de vista testimonial- privilegiada para abordar estos intersticios de la problemática sobre la herencia y memoria del Conflicto Armado Interno (1980-2000).

Sus colegas -o compañeros-, somos todos aquellos -considerado en un amplio espectro-, académicos, investigadores, estudiantes, etc., interesados en estas reflexiones y pesquisas sobre “el entreverado campo de la memoria” (13). Un campo que, por cierto, compete a la totalidad de los peruanos, o que al menos debería. ¿Al final todos seríamos colegas del autor? Acaso en la medida en que haya reflexión sobre este asunto. Pero los colegas se cuestionan, surgen interrogantes y conjuraciones; hay pérdidas de sentido y significado en las grandes narrativas como resultado de “las mejores intenciones” (55). Hay temor por el retorno del monstruo senderista:

otros colegas señalan alarmados que hay que hacer algo para detenerlos y vigilarlos cuando salgan de la cárcel (…) conozco lo suficiente de algunos de los que salen de la cárcel como para comprender que se organizarán y buscarán tener algún nuevo rol político (55).

Se ha aprendido a temer al monstruo senderista pero no al monstruo Estado. Como se escribió líneas arriba, el monstruo senderista, terrorista, aterroriza ahí en donde se han olvidado “las auténticas preguntas” (66). Agüero, considera que este olvido de las auténticas preguntas es “un mecanismo ciego” (66), puesto que las sustituye “por verdades evidentes y de consenso cómodo” (66). ¿Cuáles serían estas preguntas? En primer lugar, la que se plantea Agüero a propósito de su reflexión sobre el asesinato de su padre por agentes del Estado “en la isla penal de El Frontón en 1986, junto con otro centenar de presos acusados de pertenecer a Sendero Luminoso” (65): “¿Hay solo maldad en cada acto senderista? ¿Hay una marca que lo aparta de la colectividad de seres imperfectos que pueblan nuestro pasado y presente?” (67). E inmediatamente se responde: “Quizá sí. Quizá su barbarie fue extrema. Y perdieron su condición de congéneres” (67). Llama la atención en esta cita, aparte del doble uso del “quizá” – ¿acaso un recurso de justificación? -, la lógica de la pérdida de la condición de congénere como consecuencia de la extrema barbarie incurrida. Como si a partir de un punto se cruzase una frontera y se terminase afuera del pacto social, expulsado por la historia “como una pesadilla o enfermedad” (58). Entonces cabe preguntarse con Agüero: “¿Puede morir dignamente un terrorista miembro de Sendero Luminoso? ¿Puede morir preocupándose por sus compañeros heridos, intentando salvarlos? ¿Puede morir en silencio, sin rogar a sus asesinos, de pie frente a quienes lo fusilaron?” (66). ¿O, por el contrario, como sostuvo un “técnico de los derechos humanos y de la justicia transicional” (66), no habría “que buscar heroísmos entre los delincuentes y terroristas, y que mejores ejemplos debían rescatarse entre las víctimas civiles” (66)? Ciertamente, estas son auténticas preguntas que, con solo ser formuladas, cuestionan no solamente aquello específico que se interrogan, sino que, con ello, también a la sociedad peruana en su conjunto. Pero no suelen ser formuladas y, en su lugar, se establece el olvido. Entonces, sucede que “decir “terruco” o “terruca” es como decir “bruja” o “demonio”. Este rótulo fija a una persona como un horror-error. Un ser de espanto ajeno a la comunidad, que debe ser eliminado” (103). Pero, a su vez, también sucede que el Estado es capaz de reaccionar de manera monstruosa. Sobre esta kafkiana realidad, Agüero comenta, a propósito de la represión brutal de un motín de presos de Sendero Luminoso, a fines de 1985:

Estos motines eran un modo de ejercer presión y provocar reacciones que el PCP-SL pudiera capitalizar políticamente después. Pero la reacción siempre fue desproporcionada. Siempre desconcertó a las personas con las que yo viví o conocí. Nunca esperaban tal grado de brutalidad. Yo no la esperaba en todo caso (83).

Agüero, en efecto, no esperaba tampoco convertirse en una víctima de la brutalidad estatal que lo dejó huérfano de ambos padres, ejecutados extrajudicialmente por agentes del Estado Peruano. Además, en el año 2004, el Ministerio Público le informó a su familia que había logrado identificar los supuestos restos de su padre y de otros 30 supuestos asesinados en El Frontón. Supuestos, con énfasis, porque unos peritos forenses a quienes consultaron sus familiares expresaron categóricamente que se trataba de una farsa y que técnicamente era imposible que se hubiera podido identificar a nadie en esas condiciones de trabajo. No obstante, algunos miembros de su familia, por necesidad, recibieron -y luego enterraron para poder visitarlos y llevarles flores- unas cajas con restos de algún desaparecido que no era el suyo (68). Cabe preguntarse, luego, por las razones y motivos de esta extrema crueldad y barbarie perpetrada por el Estado con total impunidad. ¿Qué implica negarle a una víctima la posibilidad de enterrar a sus desaparecidos, de despedirse de ellos? Para comprender mejor esta problemática resulta de muchísima utilidad el comentario del filósofo Slavoj Žižek a propósito del rito funerario en su lectura de Hamlet y de Antígona:

El rito funerario ejemplifica la simbolización en su forma más pura: a través de él, el muerto es inscrito en el texto de la tradición simbólica, se le asegura que, a pesar de la muerte, ‘seguirá vivo’ en la memoria de la comunidad (Mirando 48).

Negarles a las víctimas la posibilidad de enterrar a sus desaparecidos implicaría, entonces, infligirles el impacto de una doble muerte de su ser amado, a saber, la de su cuerpo físico y la de su recuerdo en la memoria de la comunidad. Y doble monstruosidad si además se justifica. No obstante, para leer mejor la cita anterior del filósofo es preciso no perder de vista que cuando él hace uso de la palabra “simbolización” es en referencia al concepto del orden de lo Simbólico en la teoría lacaniana. Sobre este orden, explica Žižek que:

La dimensión Simbólica es lo que Lacan llama el «Gran Otro», el orden invisible que estructura nuestra experiencia de la realidad, la compleja red de normas y significados que hace que veamos lo que vemos como lo vemos (y lo que no vemos como no lo vemos (Acontecimiento 107).

De este modo, se entiende mejor cómo funciona esta segunda muerte del desaparecido que deja de ser visible en nuestra experiencia de la realidad como consecuencia de su eliminación del entramado de normas y significados, reemplazado en su ausencia por “narrativas y miedos” (55), verdades evidentes y de consenso cómodo que son una fantasía ideal al servicio del Estado, cuya función es la de sostener el orden y proteger a los así considerados ciudadanos de la violencia real y simbólica de sus excesos. Sobre la fantasía, Žižek propone que:

es la forma primordial de la narración con la que se disimula algún atolladero original (…) la narración en cuanto tal aparece para erradicar algún antagonismo elemental reorganizando sus elementos en una sucesión temporal. En consecuencia, la propia forma de la narración pone de relieve la existencia de un antagonismo reprimido (El acoso 16).

Así, según lo que se ha argumentado, esta fantasía ideal al servicio del Estado mencionada disimularía un atolladero original, que sería a su vez un antagonismo elemental que se ha reprimido. En el presente caso, entonces, la fantasía del “monstruo senderista” sostendría el antagonismo reprimido de la terrorífica doble muerte del desaparecido por acción de agentes del Estado Peruano. De este modo, se comprende mejor al autor cuando escribe:

Creo que debo recuperar mi herencia sin mitificar a Sendero, tampoco humanizándolo, reconstruyendo su experiencia compleja, pero sin conceder una mentira a la presión de los poderes que han triunfado, que no siempre pueden resumirse como el triunfo de la Democracia. No es tan simple (120).

En efecto, no es tan simple porque no puede haber democracia triunfal (Democracia) en el país mientras el miedo sea la herencia de los peruanos; no obstante, el espacio de este miedo es, paradójicamente, el mejor punto de partida para poder superarlo. Se trataría de no quedarse paralizados de horror ante la fantasía del monstruo senderista sino de acoger su demanda de sentido, razón por la que retorna y atemoriza. De este modo, el texto de Agüero es un ejercicio democrático y una invitación a la comprensión. En relación con esto último, la investigadora Lorena de la Paz Amaro, a propósito de Los rendidos. Sobre el don de perdonar, escribe que:

su texto no se amolda a la caracterización que ha hecho Beatriz Sarlo sobre las narrativas no académicas, testimoniales, surgidas en el campo de la memoria en el Cono Sur en las últimas décadas, las cuales reducen el campo de las hipótesis para entregarse, como dice ella, al relato (…) Sarlo apunta a consolidar un modo de aproximación al pasado en que se busque ir más allá del recuerdo: es más necesario entender, dice Sarlo, que recordar. Aunque para entender haya que recordar. Y lo que logra el texto de Agüero, que emerge de los recuerdos personales (…) es abordar el problema de la comprensión. Comprender para sanar. Comprender para cambiar. (109-110).

Todo lo anterior, entonces, acaso sea otra manera de decir, junto con Agüero, que “el monstruo senderista pudo haber tenido su motivación y esta pudo ser muy diversa y pudo cambiar en el tiempo, pudo haber tenido su padecer y este no haber sido banal” (55-56). Pero pensar en motivaciones senderistas no banales pareciera ser un sinsentido para cierto sentido común; por otra parte, esta es, precisamente, la función de la fantasía del monstruo senderista, esto es, evadir “las auténticas preguntas” (66), cancelarlas. Pero ¿cuáles podrían haber sido estas motivaciones no banales de los senderistas? Y ¿cuál es la disposición adecuada para escucharlas sin que simplemente parezca que se está en presencia de justificaciones monstruosas? ¿Es posible siquiera aspirar a tal anhelada comprensión?

El caso que relata el autor de una mujer ex senderista torturada, violada durante semanas hasta que perdió la noción del tiempo, que nunca confesó ni traicionó a sus compañeros, que pensó que moriría allí, vendada, que luego estuvo presa y que se enfermó a consecuencia de la tortura (camina con dificultad) (102) resulta de particular interés para intentar responder a estas preguntas:

Esta mujer, que fue de Sendero Luminoso, participó activamente de acciones en Lima. Asesinó, perjudicó de un modo imborrable a decenas de familias. Pero no es una mujer loca, ni un monstruo sádico. Tampoco es un típico desvalido como se suele pensar a la víctima de violaciones de los derechos humanos. Es una citadina que nació en un barrio marginal, achorado. Pero que por razones muy diversas, generacionales, familiares, por una propia inclinación, por influencias, por mil cosas, se enroló en Sendero Luminoso. Y nos encontramos frente a una mujer que cometió crímenes pero cuyas motivaciones no fueron, cómo decirlo, bajas (102).

De la cita anterior resulta revelador que el autor afirme que la mujer ex senderista en cuestión no es una mujer loca. Con esto, pareciera querer establecer que, en consecuencia, se trata de una mujer capaz de usar la razón. Además, al señalar que tampoco es un monstruo sádico, Agüero pareciera querer indicar que si esta mujer cometió crímenes no los cometió por crueldad ni sadismo, sino por haberlo decidido en pleno ejercicio de su razón, del mismo modo en que se enroló en Sendero Luminoso. Ahora bien, con respecto a sus motivaciones -que son lo que se busca comprender-, Agüero afirma que no fueron bajas. ¿Cómo comprender esto? ¿Es el asesinato, por poner un ejemplo, cometido por un sicario a sueldo, semejante o diferente del asesinato cometido por un senderista? ¿Son sus motivaciones distintas? ¿La motivación del sicario para su proceder es, entonces, baja? Quizá sea de utilidad en este punto, en aras de mayor claridad, considerar la reflexión del historiador Antonio Zapata respecto de las motivaciones de quien fue por entonces la número tres de la cúpula de Sendero Luminoso, después de Abimael Guzmán y de Augusta La Torre, a saber, la ex senderista Elena Yparraguirre, también conocida como la “camarada Miriam”. Según el historiador, Yparraguirre pudo haber dedicado:

una vida consagrada a la asistencia humanitaria, pero se decidió por la violencia. En esta elección concurrieron varias motivaciones, una de las cuales fue su apreciación de la inhumanidad del sistema capitalista, que dispone de medios materiales para ofrecer una vida digna para todos, pero que distribuye la riqueza de tal forma que unos pocos disponen en exceso, mientras que las masas padecen de hambre (236).

Más concretamente, en el caso de la ex senderista, la camarada Miriam, Zapata, pareciera haber entendido su motivación como una frustración e impotencia frente a la injusticia social, una indignación ante los desposeídos y una sensibilidad herida por “la continuidad de la miseria en medio de la abundancia” (236). Quizá, de haber existido algún medio o recurso en el país para haber podido canalizar constructivamente esa impotencia y frustración su destino no hubiese sido el que fue sino el de aquella vida consagrada a la asistencia humanitaria que se imagina el historiador. Pero no hay manera de saberlo. Esta posibilidad imaginada se relaciona con otra de “las auténticas preguntas” que plantea Agüero, a saber, la de la injusticia como caldo de cultivo de la violencia. ¿Es posible vivir tranquilo mientras se sabe que la injusticia está allí, al lado, en toda su indignidad? ¿O es más sencillo mirar hacia otra parte? A propósito de esto, Agüero recuerda la rabia de un compañero de su facultad de historia contra un profesor erudito, pero políticamente extremista de izquierda, que azuzaba a sus alumnos hacia una radicalización violenta (62). En consecuencia, muchos de estos estudiantes:

entraron a Sendero y murieron o fueron desaparecidos o se pudrieron en la cárcel. Y ellos se quedaron en sus vidas de provocadores, radicales de la palabra. Cuántos otros dirigentes de izquierda caben en esta descripción. El lenguaje de la revolución, el deber del cambio, la conciencia de la injusticia y de su indignidad (no poder vivir tranquilo mientras la injusticia esté allí, manchando los días y los desayunos). La opción por tomar valor y atreverse a luchar por medio de la fuerza. Espíritus sensibles y rebeldes alimentados de ese modo (62-63).

De esta manera, según lo que se ha reflexionado, se haría evidente la existencia de un sustrato de injusticia, sufrimiento, marginalidad, miseria y carencia insoportables e intolerables en el Perú que habrían estado en la base misma de las motivaciones para la radicalización hacia la violencia de muchas personas que, por otro lado, de haber existido otras posibilidades, no habrían sido muy diferentes de mucha de la así llamada “gente civilizada”. Al respecto de esta última idea, el autor se plantea una auténtica pregunta más en otro pasaje de su libro que resulta pertinente: “¿Y realmente, no se nos parecen?” (67). La pregunta queda abierta.

Más allá del miedo como herencia

El horror ha sido el hilo conductor de la presente reflexión sobre el monstruo senderista. Se había escrito sobre este que aterroriza ahí en donde se han olvidado las auténticas preguntas. Así, en una opción por la memoria, esta investigación ha pretendido dar respuesta a algunas de las auténticas preguntas que Agüero ha dejado planteadas a lo largo de su libro. Sobre el horror mismo, el autor sostiene que “es eso, horror. Hay que recuperarlo y describirlo y revivirlo y luego, sacar sus consecuencias, mirarnos sin trucos con la mugre compartida o propia. Y a ver si podemos reconocernos” (101). Finalmente, acaso se pueda argumentar junto con el autor sobre aquellos considerados como enemigos que “aunque ajenos, quizá no son necesariamente tan lejanos, quizá un reflejo nuestro y una generación entera mora en esos que son los enemigos” (17). Esta perspectiva es, precisamente, la que se ha intentando alcanzar con la presente investigación. Se espera haya sido un ejercicio útil.

Bibliografía

Agüero, José Carlos. Los rendidos. Sobre el don de perdonar. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2018.

La Paz, Lorena de. “El discurso autobiográfico y la responsabilidad de los “hijos” en un contrapunto escritural: en torno a Los rendidos, de José Carlos Agüero, y La distancia que nos separa, de Renato Cisneros”. Cuadernos del CILHA 18/27 (2017): 95-119.

Vivanco, Lucero de. “Tres veces muertos: narrativas para la justicia y la reparación de la violencia simbólica en el Perú”. Revista Chilena de Literatura 97 (abril del 2018): 127-152.

Zapata, Antonio. La guerra senderista: hablan los enemigos. Lima: Taurus, 2017.

Žižek, Slavoj. Mirando al sesgo. Una introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular. Buenos Aires: Paidós, 2000.

—————. El acoso de las fantasías. Madrid: Akal, 2011.

—————. Acontecimiento. Madrid: Sextopiso, 2014.