Los extraños. Esteban Leon

Esteban Leon, cuyas Memorias de lo Prohibido representa, segun Niel Palonimo, la primera novela erotica apurimena, comarte un relato en que la realidad y la ficcion se confunden. Abrazo…

 

La casa de campo, estaba rodeada de algunos árboles frutales, además de un huerto donde crecían verduras, y una extensión considerable de maizal. En aquel entonces, era junio, el frío desde las cumbres descendía hacia las quebradas, dejando tras de sí trozos de cristal de hielo en las alturas, o el suelo húmedo alfombrado de rocíos blancuzcos.

Una noche cualquiera de esas, ya cuando estaba a punto de oscurecer, llegó a casa una pareja de viajantes o forasteros, me escondí apenas al verlos, desde el interior de la casa, por unas ventanillas que se dejan cerca al techo para que filtre la luz los seguí mirando, seguían en el camino como indecisos si llamar al dueño de la casa o pasar de largo, el perro blanco ladró desde donde estaba atado, era suficiente para que los míos buscaran con más de un sentido para ver qué merodeaba por los alrededores, lo primero a donde se dirigían los ojos era al camino.

«Mami», oí decir a mi hermana menor; «alguien está en el camino».

Mi padre salió a ver, ya aquellos se veían como siluetas negras, al ver a mi padre lo saludaron en voz alta, el perro ladró con más ahínco. Escuché decir a aquellos:

«Nos dirigimos a Huanipaca, sabemos que este es el camino, estamos en lo correcto, pero nos ha hecho tarde, noche, quizá podría alojarnos por el amor de Dios».

«¡Qué horrible dejo!», dije para mí.

Mi padre, hospitalario, como lo vi hacer en algunas ocasiones anteriores, no pensó más de una vez para aceptar.

Aquellos llegaron al patio de la casa, saludaron a mi madre y mis dos hermanas con reverencia exagerada.

«Estas mierdas, un poco más se ponen de rodillas y besan las manos», me dije.

Los seguí mirando por las ventanillas que dan al oriente, a la luz artificial, los vi sentarse sobre pellejos de oveja puesto sobre ese viejo tronco de eucalipto, se miraron cuando creyeron estar a solas.

«Me late que son unos hippies vagabundos», pensé.

Unas mochilas grandes repletas de no sé qué estaban al lado de cada uno, el hombre tenía algunos tatuajes inidentificables en el cuello, una gorra protegía su cabellera; la mujer, llevaba una argolla en la nariz, era delgada y alta, rizos de pelos que parecían desaseados por varios días cubría su cabeza. En eso, mi madre me llamó en voz bajísima entrando en la casa, de inmediato bajé, también en voz muy baja le dije que ya no cenaría, y la recomendé si aquella pareja preguntaba si solo cuatro vivían en la casa (o sea mis padres y mis dos hermanas), dijera que sí, no deseaba que los extraños se enteraran de mi presencia.

Y así fue, un par de anfibios empezaron a croar en el monte de arbustos que hacían su patria al frente de la casa, en el pisonay que está al occidente cantó un gorrión, la noche se hizo más espesa, los cerros de enfrente se ennegrecieron, y en lo alto las estrellas empezaron a cobrar brillo; mientras los forasteros, después de un guiso preparado por mi madre y mis hermanas, degustaban quizá un rico café, hablaban en voz baja que no pude oír, y efectivamente, cuando mi hermana menor se acercó para recoger los platos y las tazas, el hombre preguntó:

«¿Sólo ustedes cuatro viven aquí?»

«Sí», respondió mi hermana sin mirarlo.

«Ya», dijo el hombre, al tiempo de dirigir la mirada a su pareja.

Yo estuve en la marca (se llama marca a una especie de segundo piso que tienen las casas de campo y sirven para guardar los productos entre otras cosas), debajo de mí había tres camas, en una dormían mis dos hermanas, en la otra mi madre, la tercera siempre estaba libre, mientras mi padre dormía en otra habitación, y yo dormía en la marca. Cuando llegó la hora de dormir (a eso de las 8:30), pensé que mi madre iba sacar la cama que sobraba a la habitación que estaba libre, pero no, dijo a los extraños que durmieran allí nomás, aquellos no dejaban de repetir en todo momento: «Gracias, gracias, gracias…».

Controlaba en lo posible el sonido de mi respiración, debía quedarme como una estatua, como una roca firme en un precipicio; oraba para que un estornudo no me sobrecogiera, la quietud era una de mis virtudes, al punto de quedarme como una efigie en alguna avenida concurrida para que los transeúntes pusieran monedas en un vasito que tenía estampada una sonrisita. Mientras transcurrían los minutos y las horas, sin apartar la vista de la cama donde dormían los extraños, fui invadido y acorralado por ideas macabras, quizá aquellos a quienes miraba con ojos de búho, eran asesinos; muchas veces ideé que, las drogas podrían deteriorar y alterar el sentido de existencia del hombre, quizá convertirlos en algo peor que cuadrúpedos, al extremo que matar a sus semejantes resultaría siendo placentero, tal fue mi hipótesis irrenunciable de que aquellos extraños eran dependientes de drogas; y pensé en muchas cosas más, como en la pistola que sostenía con mi mano izquierda mientras mi dedo índice jugueteaba con el gatillo, aquel arma de metal frío estaba diseñado para matar sólo a los hombres; en eso, empecé a sentir la expansión de mi vejiga, había llegado lo que tanto temía, lo había temido desde el principio, incluso cuando los foráneos ya estaban en el patio quise bajar a orinar a la fuerza, pero me desobedecí, y en aquellos momentos estaba empezando a ser mi tortura, transcurrido más de una hora la necesidad fisiológica se hizo urgente, controlar el esfínter dolía, era doloroso, no tuve otra opción que mearme en la ropa, solté el esfínter como se abre un caño por completo, la salida de la orina fue de tremendo alivio; qué importaba, aquella noche quería gozar de ser una estatua, como un muerto con los ojos abiertos, mirando sólo a ellos. Quizá era como dos de la madrugada, se movieron como dos bultos, se descubrieron las caras (olvidé contar que mi madre había decidido dormir con la luz encendida), ambos, al mismo tiempo, miraron la cama donde dormían mis hermanas, luego donde dormía mi madre, se sentaron como sobresaltados, sus mochilas no estaban al lado de ellos ni de la cama, se miraron y movieron la cabeza en aceptación mutua, de pronto, el hombre hizo surgir una cuchilla que por instantes (gracias al movimiento), irradió chispas de luz, lo mismo consiguió relucir la mujer; tras mirarse entre sí, cada quien dio pasos a la cama que pienso se sortearon, tuve que activar la pistola enseguida emitir: «¡Alto». Se quedaron quietos, al parecer sin siquiera respirar; entonces repetí: «¡No se muevan!». Apenas me moví y aquellos salieron corriendo de la habitación, disparé ya cuando estaban bajo el umbral (disparé más por entretenimiento que porque estaban huyendo), creo que logré darle a él en una de las piernas, con el sonido del disparo saltaron asustadas mi madre y mis hermanas, les alerté que aquellos dos eran asesinos, que lograron huir, ya había bajado por la escalera, y ya estuve afuera; mi padre salió de su habitación con silbato en mano, empezó a soplarlo desesperadamente (que un comunero sople silbato de noche era señal de que era víctima de algo, generalmente robo), los moradores que vivían cerca no tardaron a hacerse presentes con machetes en mano, preguntando al unísono qué pasaba, mi padre mientras se distribuían las distintas direcciones les contaba lo que pasó, aparte de los múltiples caminos el campo era abierto, el que desease podía girar en cada grado de los 360 para enrumbarse; así fue, hasta el amanecer caminaron en distintas direcciones pero no lograron dar con los extraños, ya el sol había bordeado la cumbre que se situaba al frente de la casa cuando se reunieron otra vez en el patio de la casa, los extraños no habían dejado ninguna señal de que habían estado ahí, aparte de sus imágenes en la memoria.

 

 

Noveno Encuentro Virtual de Literatura Apurimena dedicado a Nilo Tomaylla

Si en Crónicas del  Silencio el narrador central, refiriéndose al camino que une las ciudades gemelas de Huancavelica  y Potosí, sostiene que los incas habían eliminado el principio y el fin,  se podría parafrasear que al poner la música y el relato oral como motores de su narrativa, Nilo Tomaylla ha resuelto el (falso/yanqapuni/bogus) problema de la centralidad y periferia, sin hacer ninguna referencia ni al utopismo ni a la gastada oposición entre modernidad  tradición,  respondiendo la vieja pregunta de Pichinkucha Silva “maytaq chay quyakuychayki”, y cantando “Chinka Chinka” y otros sonidos esenciales a la cosmopoetica  peruana. De Crónicas del Silencio, el mejor libro de narrativa peruana del 2005, y mucho mas hablaremos el domingo a la  1 de la tarde (hora del Perú) vía Zoom y Facebook. Los que quieren la llave favorcha willaykuwaychik

 

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LA NOSTALGIA COMO PIEDRA ANGULAR EN EL CANTAR DEL WAKACHUTA. Indalecio Santisteban Flores*

Saludamos la reedicion por de decimo aniversario de EL CANTAR DEL WAKACHUTA a publiarse proximamente en Lluvia Editores con este comentario de Indalecio Santisteban Flores. La imagen es de la presentacion  hecha qayna wata en el Cusco.

(Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco)

 

El hombre adquiere su naturaleza peculiar gracias a la dimensión afectiva – volitiva, dimensión que lo transporta a lo sublime, al deseo de querer y ser querido. Tiene la facultad de evocación, de mirar lo recorrido y el gran deseo de volver sobre sus pasos ya marcados e imborrables en el tiempo y el espacio. No le queda sino, que reconstruirlos arrancando colores al recuerdo y matices a la memoria.

 

Otro aspecto digno de mención es la facultad del hombre de ficcionar, herencia que se pierde en los albores de la humanidad y, haciendo eco a lo manifestado por Mario Vargas Llosa, el arte de narrar es patrimonio de los pueblos, por muy primitivos que se les considere, al hombre le fascina narrar y escuchar narraciones, refiriéndose al protagonista de su novela El hablador.

 

Otro punto, relacionado con la apreciación de El cantar del Wakachuta, es la nostalgia, definida como tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, producto de un espíritu que ha sabido vivir la vida, todo en su tiempo y en su momento. La nostalgia se constituye como el soplo divino en el arte de narrar para que pueda tener encanto, atracción y hurgando en el corazón del lector hasta ocasionarle una sensación tristemente dulce.

 

Así tenemos en Cien años de soledad, según Bryce Echenique, el pueblo de Macondo empedrado de nostalgia, en medio de árboles que despiden aromas de nostalgia, hombres y mujeres que a diario transpiran nostalgia, ese ambiente nostálgico emana de las páginas de la obra de García Márquez y embriagan y dopan hasta la médula al lector para convertirlo en protagonista de los sucesos y hechos increíbles.

 

Guardando distancias, al leer las páginas de la obra narrativa Cantar del Wakachuta, hay pinceladas por doquier de nostalgia, aroma a tierra bravía, notándose la presencia de la fuerza telúrica de la tierra grauina influyendo poderosamente en la idiosincrasia de sus pobladores desde los primeros años de vida.

 

La nostalgia está presente en los nombres toponímicos, que demuestran que están grabados en la memoria a fuerza de vivencias y coraje. Así están presentes los pajonales, cumbres, quebradas, lugares con nombre propio como Siusa, Pucuta, Paccayura, T’aqata, Phaqllaq’asa; seguramente lugares marcados por la fatiga y los recuerdos desparramados en cada trecho de esos lugares. Lugares que para el peruano común y corriente están en el costal del anonimato, salvo que en uno de esos lugares haya ocurrido un hecho trágico como volcaduras, sismos, o crímenes masivos que afectan la vida nacional o, en el mejor de los casos, el descubrimiento de una gran mina, tal es el caso del poblado de Chalhuahuacho.

 

En sus páginas está presente la nostalgia del franciscanismo andino, donde los pobladores de los pueblos de Grau, al igual que los de las llamadas provincias altas, están identificados y familiarizados con los animales, sean estos potros, yeguas, ovejas y vacunos. Canciones, poemas, narraciones siempre reservarán un espacio considerable para incluir como personajes imprescindibles y casi humanos, tal es el caso del Yanagallucha, toretes como el Aguacero, que ya forman parte de la familia, identificados con sus dueños y que muchas veces arriesgan, sin mediar compromiso alguno, la vida en aras de sus amos. El alma andina está presente y ejemplo de ello es la frase: Entre la mujer y el caballo, más me quiero a mi caballo.

 

La nostalgia envuelve a muchos personajes con la chalina del recuerdo para ser protegidos contra el viento del olvido. Hay nombres que tal vez oculten a seres que tuvieron mucho que ver en pasajes trascendentes del autor y que están incrustados a fuerza de tristezas y gratos recuerdos y que afloran y se hacen presentes en las líneas del relato, así desfilarán con la mirada desafiante al tiempo y espacio: Octavia, Yaguno, Ceferino Delgado, Paula.

 

Hay nostalgia en la mención de los seres tutelares andinos. Dioses más poderosos, efectivos y cumplidores en los favores solicitados. Dioses presentes. Protectores celosos de poblaciones y comunidades de los Andes. Dioses identificados con cada uno de los pobladores, sean pobres y ricos. Dioses nacidos en esta tierra, comprometidos con su gente hasta el fin de los tiempos, que jamás anuncian el fin del mundo y tampoco amenazan con mandar al infierno a sus fieles. Dioses que se contentan con frutos de la tierra, chicha, coca, flores, plantas aromáticas y, sobretodo, lealtad y fe; dioses que jamás exigirán diezmos exorbitantes, estos apus tutelares son Waqutu, Mallmanya y Yuringa. Asimismo, se menciona a la coca como hoja sagrada y benefactora y no como un producto satánico que hay que eliminar de raíz recurriendo a medios prohibidos y devastadores.

 

Se respira aroma de nostalgia en las costumbres narradas como el turupukllay, en donde los mugidos de los toros matreros se conjuncionan con el wakawaqra, los cuales se pueden escuchar a través de las palabras sentidas del narrador. El rascar del suelo de los toros, el aleteo huracanado de los cóndores, el olor de sangre producto de la lucha entre los íconos representativos de lo hispánico y lo andino que enervarán el espíritu reprimido del poblador grauino, que para el Wakachuta es su gran oportunidad de demostrar su valentía y además le servirá para demostrar que no es un cualquiera y que es capaz de realizar actos heroicos que le cubrirán de gloria en los parajes que conforman su patria chica.

 

Nostalgia con aroma femenino están en el recuerdo de amores, cuyos nombres son cofres que guardan suspiros, angustias, latidos acelerados de corazones, sonrisas grabadas con el fuego de la pasión en almas tiernas y frescas, todo ello envueltos en notas musicales arrancados de charangos, mandolinas y guitarras; infaltables e infalibles para ablandar cualquier corazón duro y engreído de las mujeres lindas y sensuales como son las Paulas y las Merys.

 

Igualmente, transpira nostalgia las remembranzas de la vida infantil y sobretodo la vida escolar, la vida de la escuela, el recuerdo del maestro de primaria que enseñó las primeras letras y víctima de mataperradas, travesuras, acciones con dosis de perversidad. Los primeros brotes amorosos y los castigos punitivos de la escuela tradicional.

 

Aparte de ello, el Cantar del Wakachuta pretende ser, desde el nombre, una épica; mostrando al wakachuta como un héroe singular, que a más de luchar en esas tierras agrestes y de ser aplastado por la geografía imponente y dura, toma como una acción de lo más rutinario el robo, la doma de potros, el capeo del toro y la seducción de mujeres como muestras de hombría. El desafío a la muerte en el turupukllay está en el cuento La última corrida de Cefero. Este relato es una muestra de cómo el wakachuta grauino juega con la muerte en las astas del bravo y vuelve triunfante de ella.

 

La disculpa de estas acciones contrarias a los valores citadinos, es la ya tradicional mención al Bandido providencia, o sea aquel que roba a los ricos para dárselos a los pobres, o sea un Robin Hood andino. Esta forma de actuar del Wakachuta nos trae a la memoria al famoso y legendario Luis Pardo, al mexicano Pancho Villa; bandidos enviados por Dios para ayudar a los pobres y que estos los esperaban como la venida del espíritu santo y los protegían.

 

Leyendo ciertos pasajes del Cantar del Wakachuta se puede avizorar cierto estilo rulfesco al tratar de dialogar e ingresar al mundo de los muertos. Igualmente, trae cierto recuerdo a Fabio Cáceres, personaje narrador de Don Segundo Sombra, obra de la literatura gauchesca, quien recibirá la educación de resero, de domar caballos, arrear manadas de ganados, carnear y conquistar chinas, con la gran diferencia de que el robo no forma parte del gaucho argentino.

 

Hay también fuerte influencia de la narrativa arguediana en cuanto al enfrentamiento de lenguas y costumbres ancestrales frente al centralismo y oficialismo de una lengua hegemónica en el arte de narrar, cuya producción literaria está destinada solo para lectores de habla castellana estandarizada.

 

Esta obra se constituye como un desafío para los que pretenden ignorar o soslayar a las denominadas literaturas de reclusión, literaturas populares y etnoliteraturas producidas por grupos sociales más o menos marginales; para muchos atentatorias contra la cultura oficial por lo cual se las ubica dentro de las literatura marginales, o sea de los peruanos de adentro o eufemísticamente llamados provincianos.

 

Asimismo, en sus líneas se expone el conflicto lingüístico, símbolo de la fractura cultural que separa y enfrenta a nuestros estamentos y etnias sociales, inevitable en el Perú por su naturaleza plurilingüe y pluricultural. Esto se nota en los diálogos de muchos de los personajes.

 

Ya no es dable tratar sobre la constante de la muerte, porque Hernán Hurtado Trujillo lo trata en su comentario, incluido como colofón en la obra tratada, como un tema recurrente del autor.

 

Pero sí, el suscrito se atreve a cuestionar el tema recurrente del trato al niño, a los hijos menores donde se les forma y educa con fuertes castigos corporales y psicológicos, incluso dándoles responsabilidades riesgosas muy a pesar de tener corta edad, considerando al juego como una actividad nociva para el niño. Inculcando acciones negativas como es el robo, el machismo a ultranza, el de matar a sangre fría; que a mi parecer ya debería estar cambiando esos viejos paradigmas, porque no me parece digno de un cantar un bandolero, ladrón, fugitivo de la ley y que hace sus propias leyes; encubierto con el cuento de robar para los pobres.

 

Una advertencia para Niel, que no difunda mucho lo que uno de sus personajes que se fue “al más allá” manifiesta que “la misa a las almas no salva. Las almas se salvan pagando sus pecados.” Esto podría traerle una persecución y excomunión ejemplar y quien sabe una quema gratuita de sus libros por parte del credo hegemónico, y todo por atentar contra una de las fuentes de ingreso seguro para sus insaciables arcas.

 

Por lo demás, parabienes para Niel Palomino por su heroísmo de sacar a luz una obra literaria que puede ser señera para otras, porque sus armas son su juventud y gran voluntad obsesiva de ser protagonista en el difícil e incomprendido mundo de la literatura.

 

 

*Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco