ACTA DEL JURADO DEL CONCURSO DE ENSAYO Y NARRATICION DEL 2020, Dedicado a Juan Jose Flores autor de Huambar

Desde Miami, junto a Isaias, primo de Huambar, nos llega la grata noticia de las actas  del Concurso de Ensayo y Narracion del Instituto de Cultura Peruana que Ricardo Calderon dirige desde Florida y Ocobamba. Felicitaciones por esta gran labor. Esperamos leer los trabajos en una proxima publicacion. Companamos la entrega con “Chullalla Sarachamanta” interpretada por Porfirio Aybar. Esa cancion ya esta en el manuscrito de 1933 y Aybar es el apellido “real’  de la persona en la cual se basa “Huambar”. Continuidades nispalla nispa niwachakanki

Instituto de Cultura Peruana, Inc.

ACTA DEL JURADO
DEL CONCURSO DE ENSAYO Y NARRACION DEL 2020

Los suscritos, miembros del jurado, declaramos lo siguiente:

I.- El 5 de julio recibimos los trabajos en ensayo y narración de la comisión organizadora del concurso en homenaje al escritor Juan José Flores.

II – Después de una evaluación minuciosa de los trabajos recibidos acordamos otorgar los siguientes premios (declaramos desiertos los otros premios).

En ensayo
Primer Premio: (# 1 – Huámbar Poetastro Acacautinaja (1933) de J. J. Flores: una novela postindigenista y protochicha ).
Autor: Frank Otero Luque (Perú).

En narración
Primer Premio: (#2- El Retorno del Poeta).
Autor: Juan Carlos Priotti (Argentina).

Enterados del tenor de este documento firmamos a continuación en
Miami-Dade, el 25 de julio del 2020.

Addhemar Sierralta Ivonne M. Martin
Julio Noriega

Felicitaciones a los triunfadores en este XXIX Concurso del ICP de Miami.

Ricardo Calderón, Presidente del ICP
www.institutodeculturaperuana.com

Acerca de Literatura y cultura en el sur andino. Puno – Cusco de Ulises Juan Zevallos Aguilar [1]. Alex Hurtado Lazo

 

Acerca de Literatura y cultura en el sur andino. Puno – Cusco de Ulises Juan Zevallos Aguilar [1]

Alex Hurtado Lazo

La aparición de este libro implica una doble celebración en el ámbito de los estudios literarios. Por un lado, representa la extensión y vigencia de la producción cultural que surge y se desarrolla en la macrorregión del sur peruano, específicamente Puno y Cusco. Por otro lado, reúne las investigaciones que acerca de este espacio ha realizado Zevallos Aguilar en las dos últimas décadas, a manera de reconocimiento de su trayectoria como lector y productor de importantes libros que abordan a la literatura peruana. Además de esta faceta celebratoria, el libro que nos reúne se constituye como un artefacto que nos plantea nuevamente, aunque desde una perspectiva distinta, el conflicto entre el espacio andino y la cultura letrada. En este caso, entre el académico universitario migrante y los intelectuales de la periferia interna, como los denomina.

Literatura y cultura en el sur andino ofrece un conjunto de lecturas en las que Zevallos Aguilar se aproxima teórica e interpretativamente a las manifestaciones artísticas de los intelectuales regionales a partir de los estudios culturales. La ubicación geográfica, pero también cultural, de su objeto de análisis le sirve para expresar una máxima que guiará su trabajo: “Y es que todo conocimiento, aun partiendo desde un territorio específico, cuando profundiza cuestiones esenciales suele volverse universal y llega a ser aplicable en otros ámbitos” (p. 19). El interés que delinea su libro, por tanto, no tiene la intención de retraerse en un provincialismo ni teórico ni cultural. Esta sentencia anuncia, entonces, la versatilidad expansionista que alcanzan las producciones generadas en estas regiones específicas. Además, la decisión de optar por un marco teórico caracterizado por su amplio repertorio multidisciplinario se fundamenta en esta misma intencionalidad. Sobre todo porque aquellos sujetos que son parte de su investigación aparecen en una época signada por la ruptura y beligerancia estética y política, lo que les permite expresarse desde no solo una, sino de diversas tribunas que conforman la palestra intelectual de inicios del siglo XX. Me refiero a la generación de intelectuales de la vanguardia andina que surge entre los años de 1920 y 1930. Si bien estos sujetos no conforman la totalidad del panorama que aborda Zevallos Aguilar en esta publicación, pues el límite temporal alcanza hasta el presente siglo, me interesa centrarme en este periodo por la importancia de las observaciones que realiza y que resultan pertinentes para orientar las crecientes investigaciones de la vanguardia y por el interés que, como lector, me suscita esta etapa.

La producción del vanguardismo encuentra en el sur una “floración multiforme”, como la define el arequipeño Antero Peralta Vásquez[2], es decir, una multiplicidad de orientaciones estéticas y políticas que constituyen un corpus que poco a poco está descubriendo sus caminos, en un momento silenciados por la represión, para que los investigadores realicen su labor. El trabajo de Zevallos Aguilar al abordar este fenómeno artístico y colectivo se decanta por dos caminos: el teórico y el arqueológico. La primera de estas dos perspectivas se concentra en el artículo “Culturas de las periferias internas en la región andina”, el capítulo con el que abre el libro y en el cual hace uso de las herramientas que le ofrecen los estudios culturales. En este texto va a proponer una categoría que funciona como alternativa a la denominación “vanguardia andina” tan usada por el medio crítico. La noción planteada se nutre básicamente del concepto de colonialismo interno, tomado de la sociología, en la que se entiende un doble proceso colonial que remarca su posición también doblemente periférica: la región del sur ubicada en las periferias del país, el cual se ubica en las periferias de un sistema capitalista mundial. Es a partir de ella que se encarga de abordar las relaciones gestadas entre los intelectuales que surgen allí y los grupos hegemónicos e imperialistas que la vanguardia combatía. Esta estrategia de análisis se verá fortalecida por las herramientas de análisis que provee el feminismo y los estudios geográficos, de manera que estos vínculos de ataque y resistencia son estudiados como testimonio de la constitución heterogénea de este polémico campo. La propuesta surge a partir de la observación realizada en un colectivo paradigmático del sur peruano: el grupo Orkopata, una formación intelectual constituida no solo por miembros y artistas sumamente beligerantes, sino por proyectos particulares que encuentran un eco productivo en esta composición. El análisis desarrollado por Zevallos Aguilar permite observar las estrategias de autorrepresentación que ellos producen para superar así esta colonización interna y constituir una alternativa válida a los procesos de modernización que afectan a la mencionada periferia.

El segundo camino por el que transita la investigación del vanguardismo por parte de Zevallos Aguilar se relaciona con el de la arqueología literaria. Desde luego, el interés por este fenómeno epocal se da a través del “descubrimiento” de libros que habían sido silenciados o excluidos del corpus peruano por su carácter revolucionario. El investigador, sin embargo, tornará su mirada hacia otro de los componentes, cuantitativamente mayores, del movimiento mencionado: las revistas culturales. Estas producciones, generalmente compuestas por pocas hojas de papel, permiten observar con mayor detenimiento, a pesar de lo paradójico, la fugacidad de este fenómeno. Sin embargo, Zevallos Aguilar se concentra en este tipo de publicaciones para, en primer lugar, rescatar aquellas revistas en riesgo de desaparecer por el pasar del tiempo y la descuidada organización bibliotecaria de estas periferias internas, y, en segundo lugar, para recalibrar el impacto de los estudios literarios: “A diferencia de la geografía, arqueología y geología, –señala el investigador– que tratan inductivamente con la mayor cantidad de estudios de caso para darle mayor validez a sus teorías, los estudios literarios siguen operando de manera deductiva” (p. 44). Las investigaciones de nuestro campo, en ese sentido, se siguen llenando de interpretaciones acerca de los mismos autores canónicos, sin dar posibilidad a un viraje en el discurso que determinadas escuelas críticas continúan realizando. La mirada que presenta Zevallos Aguilar a través de esta perspectiva llama la atención hacia los miembros de esta comunidad y marca la pauta para un necesario cambio de perspectiva en la manera de abordar dichos procesos. Incentiva, así, el trabajo editorial a partir de ediciones facsimilares, las que han ido apareciendo, aunque muy lentamente. Sin embargo, los que existen permiten la aproximación casi completa a este periodo tan diverso en sus aspectos visuales, estéticos y letrados.

Estas dos perspectivas analizadas por Zevallos Aguilar a nivel generacional encuentran un aterrizaje en el estudio de las producciones de tres autores en mayor o menor medida estudiados por la crítica. Me refiero a Gamaliel Churata, Alejandro Peralta y Carlos Oquendo de Amat. Más allá de mencionar las interesantes lecturas que realiza acerca de sus obras y las relaciones entre ellas y la representación indígena o las tensiones con la modernidad, me interesa destacar cómo estas se conectan con el trabajo arqueológico que reclamaba en sus escritos. Esto porque la obra de Churata está constantemente actualizándose con el descubrimiento de obras inéditas y las reediciones facsimilares de la obra inicial de Peralta y Oquendo de Amat. Sin embargo, la invitación a continuar en la indagación acerca de este fenómeno no se cancela con los análisis desarrollados por Zevallos Aguilar, sino que permiten aproximarnos desde nuevas perspectivas y con matices distintos.

De esta manera, la lectura del libro Literatura y cultura en el sur andino reúne una variedad de reflexiones que, en el caso específico de las vanguardias, nos ofrece un giro interesante para las investigaciones que vendrán a partir de los llamados realizados en él. Los estudios insertados en este libro ayudan a fortalecer, en este sentido, el campo cada vez más expandido del periodo de los años veinte peruanos.

[1] Presentación del libro de Ulises Juan Zevallos Aguilar. Literatura y cultura en el sur andino Cusco Puno (Siglos XX y XXI). Cusco: Ministerio de Cultura del Perú, 2018, 281 pp., leída el 19 de junio del 2020. También fueron parte de la presentación Andrea Cabel y Christian Elguera. La pueden ver haciendo un click en el siguiente enlace https://www.facebook.com/watch/?v=279012466633858

 

 

[2] En Chirapu 1, enero 1928, p. 2.

Los interersados en un ejemplar de Indigenismo y nacion, lo pueden conseguir en este enlace  de Librera Hawansuyo

TRATANAKUY O K’AMINAKUY: ¿INSULTARSE? (Celebración del humor en los Andes peruanos). Bernardo Rafal Álvarez

 

Si le dan una miradita a mi diccionario pallasquino (EL HABLA DEL CONSHYANINO. Diccionario del castellano de Pallasca[1]), en la página 214 encontrarán esto: “TRATAR. Resondrar, reconvenir airadamente (o de ‘malas maneras’), regañar, a alguien. Obviamente proviene de la frasecita ‘tratar mal’, de la que por una suerte de ‘economía expresiva’ se ha preferido elidir el adjetivo ‘mal’, sin que por ello -para el pallasquino- el significado de la expresión varíe. De esto se generó el posverbal ‘trata’, que suele usarse de este modo: ‘Le dio su trata’ (es decir, lo resondró). Según el DLE, en Nicaragua este verbo es usado con el significado de ‘regañar’; es decir, como en Pallasca”. En otras palabras, decir en Pallasca “le dio su trata” es lo mismo que: “le dio una gritoneada de Padre y Señor mío”, con lo cual, obviamente, ni ganas tendrá -el sujeto “zarandeado”- de repetir la tontería que le generó esta embarazosa situación.[2]

 

Cuando Ugo Carrillo, hace unos meses, me mostró su libro, recién publicado, TRATANAKUY-K’AMINAKUY. La guerra o competencia ritual de los insultos en el mundo andino[3], y tras darle una ligera ojeada a sus páginas, me surgió una certeza, y le comenté sobre lo que acabo de decir: del significado de “tratar” en Pallasca y su asociación semántica con el “tratanakuy”. De lo que no pude hablarle es del “k’aminakuy”, porque (a pesar de que me dijo qué es lo que significaba) me quedé completamente intrigado especialmente porque yo creía ver el vocablo “camino” como prefijo de la expresión quechua.

 

Bueno, vayamos al grano. “Tratanakuy” o “K’aminakuy” es -como aparece en el título del libro de Carrillo- “la guerra o competencia de los insultos”, que es tradicional en algunos pueblos de la Sierra peruana, especialmente en el distrito de San Juan (provincia de Huamanga, Ayacucho), donde se usa el primero de los nombres mencionados; y también en dos centros poblados de la provincia de Urubamba (Cusco): Phiri, en el distrito de Ollantaytambo, y Ccollana-Cheqerec-Cruzpata, en el distrito Maras, en los que el nombre usado es el otro de los que aquí aparecen.

 

Como se ve, ambos vocablos quechuas terminan en “nakuy” que, obviamente, es un sufijo. En castellano, tal elemento equivale al “se”, que es la forma átona de “él”, forma reflexiva o recíproca de los pronombres en tercera persona. El otro elemento de los vocablos en cuestión es -creo que ya se entendió- un verbo. Ya dije que la tradición de que estoy hablando (que se da en algunos pueblos de Ayacucho y Cusco) es una competencia de insultos; bueno, pues, el verbo es insultar, y el sufijo referido lo convierte (pero en quechua, naturalmente) en esto: insultarse, insultarse recíprocamente (competencia, pues). “Tratanakuy”, “k’aminakuy”: insultarse mutuamente (pero, en estos casos, no precisamente con voluntad agraviante). Es una competencia, a la que, por decir algo, la calificaría de muy curiosa, “atípica”, nada común.

 

Las competencias, las “guerras”, los enfrentamientos, se han producido en todas las épocas y lugares. En el deporte: el fútbol, el boxeo, el sumo, el ajedrez, etc. En la política: los debates. En las relaciones familiares: la discusión respecto de distintos problemas por resolver. En la justicia: los careos para arribar a soluciones respecto de asuntos en litigio. Y aquello a lo que no sé en qué rubro ubicar: lo que ocurría en el coliseo romano, la sangrienta pelea de gladiadores.

 

Ahora, en cuanto a costumbres populares, también. En Chumbivilcas (Cusco), por ejemplo, en estadio repleto de público enfervorizado, el 25 de diciembre de cada año, se desarrolla la competencia conocida como “takanakuy”: parejas de hombres y de mujeres se enfrentan a trompada limpia, claro, con la presencia de “referees” que son los que deciden cuál de los contendientes es el ganador, y oportunamente los separan para que “la sangre no llegue al rio”; al final, los adversarios se abrazan. “Taka” es trompada o puñete; es decir, “takanakuy” es el enfrentamiento a golpes, a trompadas. Esta costumbre también se da en Bolivia (como parte de la Fiesta de la Cruz, en mayo), pero su nombre allí (norte de Potosí y sur de Oruro) es “tinku”, que en quechua significa “encuentro”.[4]

 

En la noche del martes de carnaval, en el pueblo de Cañar (en Ecuador), antiguamente “se desarrollaban las famosas peleas rituales que los indígenas conocían como el pucara“, cuenta Belisario Ochoa); se enfrentaban “el bando de los runas del hanan saya” con “el bando de los runas del urin” (los de arriba y los de abajo). Terminaba cuando resultaba claro que había un “vencedor, es decir, hasta cuando la sangre haya caído a la tierra, en señal de ofrenda”.[5]

 

En algunas zonas rurales de Cuba también había enfrentamientos, pero sin crueldad, según refiere José García de Arboleya. Ocurría especialmente en las fiestas de pascua y en los “días del Santo Patrono del pueblo”; los concurrentes a la festividad se agrupaban en dos en bandos cada uno de los cuales elegía a su reina (“la muchacha de más simpatía, por su gracia, su hermosura o su buena estrella”). Esto generaba “rivalidades muy divertidas entre las reinas del bando punzó y la reina del bando azul y sus improvisados vasallos”. Cuando ya estaba decidida la victoria de una de las partes, la reina triunfante hacía un obsequio a su rival, y finalmente ellas y sus “súbditos” hacían las paces bailando”.[6]Todos felices, sin nada que lamentar.

 

En mi provincia, Pallasca, hasta hace muchas décadas (principios del siglo XX), en un determinado día (el último, probablemente) de las celebraciones patronales, en uno de los distritos, los pobladores de los barrios “de arriba” y los “de abajo” se agarraban a pedradas y a veces también en peleas cuerpo a cuerpo, dizque para resolver las rencillas y rencores, por cualquier motivo, que durante el año se hubieran generado. Tengo entendido (no lo he confirmado) que, si al menos una persona terminaba mal herida (o acaso muerta), el comentario general que circulaba después, respecto de la festividad aquella, era celebratorio: “¡Qué fiesta más buena, caramba!”; si no, todo era lamentaciones y rajes.

 

Ah, pero (volviendo a lo que solemos entender como estrictamente folclórico: la cultura popular, lo que es edificante, la riqueza espiritual de los pueblos), también ha habido y hay aún otro tipo de enfrentamientos, pero estos, sí, nada lesivos: no trompadas ni pedradas, o cosas por el estilo. En Ayacucho, por ejemplo, es muy conocido el contrapunto de danzantes de tijeras, para ver cuál de los contrincantes efectúa los pasos y acrobacias más impresionantes e increíbles; a todo lo cual, va unido lo delicioso e inefable de la melodía, una melodía polícroma cuyos acordes nunca se repiten, interpretada por dos músicos: un violinista y un arpista. ¿Saben cómo se llama en quechua esta hermosa, significativa y ejemplar “pelea”? “Atipanakuy”: competencia o contrapunto. Sin duda, el indicio más convincente, para poder encontrar el porqué de este vocablo, está en lo que nos dice Diego González Holguín, en el Vocabulario de la Lengua Quechua (aquí la transcripción textual): Atipani atiparccuni: “En riñas y pleitos o disputas y en dificultades, y en obras poder salir con todas”; atipacuni: “Porfiar, o disputar, o contradecir con razones”; atipacunacuni: “Porfiar, o contradezirse unos a otros, o disputar”. En lo citado están presentes estos conceptos: disputar, porfiar, contradecir y riña; pero también esto: el “poder salir con todas”. Esta es la significación que encuentro (o, si se quiere, la traducción): tras porfiar y contradecir en una disputa o riña, salir airoso. Eso es el “atipanakuy”, pues; una competencia en que los danzantes enfrentados, derrochan esfuerzo, habilidad y talento, para hacer lo mejor y, así, resultar triunfadores. Ah, pero no solo eso. Los danzantes (“danzaq”, en quechua) también hacen las más asombrosas y escalofriantes demostraciones de facultades que, según el rico imaginario popular, han sido logradas gracias al influjo del “demonio”, o porque llevan metido en el cuerpo el espíritu mágico del “wamani”, que es el dios de los cerros. Después de cumplidas dos pruebas iniciales (según cuenta José Carlos Vilcapoma[7]), “de cuerpo” (plasticidad y resistencia física), y “de pasta” (“poderes mágicos, chamánicos y brujeriles”), pasan a la más ruda, la “prueba de sangre”: faquirismo e ingestión de sapos y culebras. Pero también –antes de estas pruebas, y durante- se dan los enfrentamientos colectivos de imaginativos, hilarantes y desvergonzados agravios verbales: el “tratanakuy” (“Tienes la entrepierna como arco de tijeras”; “¡Tienes la vagina vacía como casa robada!”, etc.). De la mano, pues: “atipanacuy” y “tratanakuy”, que nunca terminan con consecuencias perjudiciales. Cultura popular, pues.

 

Otro enfrentamiento también sin la perversa violencia y, obvio, carente de finales o consecuencias nefastas, y sí con mucha alegría, es el que se da en el marco del carnaval cajamarquino. Ah, y por si acaso, es “patrimonio cultural de la Nación” (declaración el 27 de junio del 2017).[8] Me refiero a la “copla y contrapunto” que, según la resolución declarativa, es “resultado de la apropiación de géneros líricos asociados al romancero español resignificados durante las etapas colonial y republicana” y se ha convertido “en uno de los pilares fundamentales para la afirmación de la identidad cultural de la región”. Es una seguidilla de, efectivamente, coplas satíricas cantadas en contrapunto, generalmente entre un hombre y una mujer. Se dicen cosas como esta: La mujer: “Cómo quisiera tener el poder de una congresista, / defender a la mujer de tanto hombre machista”; el hombre contesta: “Si quieres ser congresista afíliate a mi partido, / una semana conmigo y verás lo que has aprendido”.

 

Y algo, extremadamente divertidísimo, es lo que ocurre en Parco Alto (centro poblado del distrito de Achonga, provincia de Angaraes, en Huancavelica), también en carnavales. Dos grupos, en contrapunto[9]   [9], uno de mujeres y otro de hombres, todos jóvenes, mientras bailan -y sin perder la sonrisa, la alegría- van cantando breves canciones o coplas, siempre con el mismo ritmo y melodía, a través de las cuales se lanzan mutuamente mensajes retadores y burlones, en doble sentido (generalmente de connotación sexual) lo que, naturalmente, causa desenfrenada hilaridad y regocijo en la gente que atestigua la simpática “riña”. Después de repetir “cutichicuy, cutichicuy”, se dicen -en quechua- cosas como estas (muy expresivas, sin duda): “No quiero a tu hija vulva pelada”, “No quiero a tu hijo huevo desinflado”; “Dame tu chu… dame tu chu… Para mi pi… para mi pi…” El nombre de esta competencia es precisamente la expresión que allí se repite como estribillo:  “cutichicuy”. El prefijo “cuti”, obviamente proviene de aquello que tiene que ver con “dar vuelta” o “devolver”. En González Holguín encuentro esto (lo transcribo tal como está): Cutini: “bolver allá el que vino”; cutipanacuni: “porfiar vnos con otros riñendo a bozes (…) contradezir sin reñir”; cutipaccuni: “contradezir y oponerse o cutipani”.[10]

 

Estuve a punto de incluir, como una muestra más de estos enfrentamientos, a la tan famosa “Tomatina”, que todos los años, en el mes de agosto, se realiza en Buñol (Valencia, España), y durante la cual se llegan a inutilizar decenas de toneladas de tomates (cultivados especialmente para la ocasión, y que, según se dice como justificación, no son tan buenos para el consumo usual) en una suerte de “guerra total”, de la que felizmente no resultan muertos ni heridos. Pero no, no corresponde a la característica esencial de lo aquí tratado. No es un enfrentamiento, no hay disputa alguna, no hay contrincantes. Es, digamos, una “guerra de todos contra todos”; en realidad, solo la inmersión colectiva en un trance catártico cuya única finalidad es divertirse del modo más intenso posible, nada más. (Ah, vale hacer una precisión: Precisamente -para evitar daños en las “víctimas”, pues se trata de eso, solo de una diversión- los tomates son lanzados después de haber sido triturados con las manos; así, todos, los miles de participantes que terminan todos cubiertos de rojo, sin rasguño alguno, celebran al final con carcajadas a mandíbula batiente, sin odios, rencores ni amenazas).

 

Bien. Lo dije antes: El “tratanakuy”, es una tradición que se desarrolla en Ayacucho, especialmente -entre otros pueblos- en el distrito de San Juan (provincia de Huamanga); y el “K’aminakuy”, principalmente en el distrito de Ollantaytambo (Urubamba, Cusco). No puedo precisar desde cuándo exactamente, pero -según la información que tengo- el “k’aminakuy” comenzó a practicarse recién, en el presente siglo, posiblemente (no me atrevo a afirmarlo con certeza) como una imitación, o por inspiración, de lo que se hace en Ayacucho; es una suerte de ritual que se realiza durante uno de los días de carnaval, en febrero, en Phiri y en Ccollana-Chequerec-Cruzpata. En cambio, el “tratanakuy” sí es de más larga data y se practica durante la noche de San Juan (23 de junio) y también en días posteriores, con motivo de la festividad de San Pedro, en Huataca (Paucar del Sara Sara); pero, aunque hay por ahí un trabajo de investigación (Torres Rodríguez y Apaico Alata[11]) que pretende explicarlo y señalar su origen, yo estoy convencido de que es imposible afirmar, a ciencia cierta, cuándo realmente comenzó. Una referencia lejana (1933), muy ilustrativa, que yo he encontrado es la novela Huámbar Poetastro Acacautinaja, de Juan José Flores (en mi opinión, la mayor y más desenfadada expresión del humor andino en la literatura peruana, y el libro -orgánicamente construido- más ambicioso y renovador, escrito y publicado en el Perú, después de Trilce), en que ya aparece prácticamente el “tratanakuy”; por ejemplo en el diálogo nada apacible (“lleno de insultos rituales y carnavalescos que en los andes tienen una tradición y que reciben el nombre de ‘tratanakuy’ o competencia de insultos”[12]) de Huámbar, el personaje principal, y su amante Adelaida (transcripción textual): “Retírame de aquí (asuhuay caymanta) “desuella tracero” (illuchi siqui) “qué cosa también me haré (imatapas ruracusacc) “¿para mi ají, para mi sal, tú gente has sido?” (uchupacccho, cachipacchoccam runa carccanqui), “lo que me he desperdiciado, me he desperdiciado contigo” (usuccaytam usurccani ccamhuancca); “Qué tal insolencia de esta mujer “dos tracero” (iskay siqui), “picante cabeza” (hayacc uma). Sal de allí y vámonos, o te rompo las costillas”.[13] (Si bien este intercambio verbal no es llamado precisamente “tratanakuy” en la novela, el nombre dado a la secuencia es muy expresivo: “Los insultos y la paliza”). Y lo más remoto es lo que aparece en La Nueva Crónica y Buen Gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala (La Fiesta de los Chinchaysuyos, fojas 323[14], y lo transcribo inalterablemente: “La Fiesta de los Chinchaysuyos se llama uauco  cantan las doncellas y mosas dizeaci tocando su tambor: mana faruscha ricchomaquillayquin huaucuycaonquimana luycho amicho –sincallayquip uaucuycaconqui; uayayay turilla – huayayay turilla responde el hombre soplando la cauesa del uenado y toca aci: uauco uauco uauco uauco – chico chico chico chico – Y los uacones dize aci: panoyay pano panoyay pano rresponde el hombre: yahahaha yahahaha cusipatapi acllay uarmiricoclla hayacay patapi llamapata ricoclla yahahahaha…”. Es un enfrentamiento verbal sin altisonancias entre hombre y mujer, cantando quizás a manera de una qashwa (“cachiua”, dice Guaman Poma); que, en buena cuenta, sería como el “tratanakuy” o “k’aminakuy” o, más exactamente, como el “cutichicuy” de Huancavelica (porque es cantado, alegremente). Se trata, pues, de intercambios verbales que bien pueden ser considerados como los más lejanos antecedentes de lo que hoy se hace en Ayacucho, Cusco, Apurímac y Huancavelica. No son, sin embargo (es lo que creo), las primeras manifestaciones, registradas históricamente, de los rituales que hoy en día conocemos; podemos hablar de alguna semejanza, pero nada más. Tal vez sea sea imprudencia, pero yo me atrevería a afirmar (con cargo a una futura corroboración o descarte) que el “tratanakuy” y el “k’aminakuy” (propiamente rituales del humor en los Andes peruanos, y no y no un simple desborde de frases ofensivas), son en realidad creaciones contemporáneas, y lo que se practicaba allá en otros siglos solo son, repito, sus antecedentes más remotos.

 

Lo que, por ahora -antes de continuar- puedo decir, ya convencido, es que estuve completamente equivocado cuando creí que “k’minakuy” era una palabra quechua con prefijo castellano, “camino”. No. Es estrictamente una palabra perteneciente a la lengua ancestral de los Andes (lexema y morfema quechuas, sin discusión). La que sí está construida con la asociación ya irreversible de dos partículas originadas en lenguas distintas (la del vencedor y la del vencido) es, como ya se vio antes, “tratanakuy”: su raíz es “trata” (de “tratar”: insultar, ofender verbalmente), que es voz castellana; y el sufijo es quechua, “nakuy”. (¿Podríamos afirmar que es, en realidad, una palabra castellana “quechuizada”? Sí. Realmente lo es.).

 

“Tratanakuy”, “k’aminacuy”: insultarse mutuamente. ¿“Insultarse”?

 

Vayamos al recurso elemental y más sencillo: el Diccionario. ¿Qué es insultar? “Ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones (DLE). Proviene del latín insultāre: “saltar contra”, es decir, “asaltar”, que es “acometer repentinamente y por sorpresa”; esto, naturalmente por una asociación basada en la analogía, se convierte en “ofender”, ya que una ofensa es generalmente inesperada, es como un “asalto” al amor propio, a la dignidad de una persona.

 

Insultos o, mejor dicho, un súbito y fugaz contrapunto de “ofensas” magistrales, fue este: el de Bernard Shaw y Winston Churchill. El primero fue, efectivamente, una ofensa que provocó e irritó al receptor; y el segundo, que fue la réplica, portó la misma dosis de carga provocadora e irritante. Pero, ninguno de los dos “agravios” cayó en la grosería ni la bajeza, por eso, con justicia, son recordados. El dramaturgo irlandés le envío una invitación escrita a Churchill, en los siguientes términos: “Tengo el honor de invitar al digno primer ministro al estreno de mi obra ‘Pigmalión’. Venga con un amigo, si es que lo tiene”. La respuesta no se hizo esperar y fue igual de mordaz e “hiriente”: “Agradezco al ilustre escritor la honrosa invitación. Lamentablemente no podré asistir a la primera función; pero sí iré a la segunda, si es que la hay”. ¡Geniales! Orfebrería fina: filigrana.

 

¿Quién, alguna vez, no ha insultado a alguien, motivado por una cólera irreprimible o “por quítame estas pajas”? Todos, creo que hasta los santos.[15] Ya cité a dos personajes famosos que no se sustrajeron a la tentación -haciendo uso espléndido de una ironía urticante- de infligir una contundente punzada, recíproca, en el orgullo más preciado de ambos. Así como ellos -escritores los dos- hubo otros literatos que también hicieron lo mismo, con objetivo o destinatario real, de carne y hueso, o -en el terreno de la ficción- creando entre sus personajes a los ofensores y a las víctimas. Gustave Flaubert llamó a George Sand “gran vaca llena de tinta”; Virginia Wolf dijo de James Joyce que era “egoísta, insistente, teatral y nauseabundo”; H. G. Wells calificó a Bernard Shaw como “un niño idiota gritando en un hospital”. El más famoso personaje de Cervantes, le suelta esta inclemente andanada de escupitajos verbales al noble Sancho Panza, al que culpó de haber ofendido a Dorotea: “¡Oh bellaco villano, malmirado, descompuesto, e ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! (…) ¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas!”; el Rey Lear -en la tragedia del mismo nombre, escrita por Shakespeare-, a su hija Goneril le espeta -inmisericorde- este terrible e imperdonable vituperio: “Eres un tumor, una llaga que supura, una úlcera inflamada en mi sangre corrompida”. Y, así, pues, comprobado queda que no todo es lecho de rosas en este mundo (el que nos rodea y el que inventamos), que no solo son lisonjas lo que nos obsequiamos los humanos. También hay ortiga y agravios en nuestro planeta.

 

No creo que el insulto haya llegado a institucionalizarse, o que -como se dice ya usualmente ahora- esté normalizado, o algo así. Pero, no me lo van a creer: si bien, aún, a nadie se le ha ocurrido la idea (eso creo) de fundar una escuela o academia de insultos, lo que sí existe ya es al menos un libro, casi un manual, hecho expresamente “para insultar con propiedad”; una publicación (del 2016) que reúne más de dos mil insultos, recopilados de “diccionarios, legajos, textos literarios, pasquines y del uso coloquial del habla”. No se trata precisamente de un repertorio de frases, sino de vocablos que en distintos países de habla hispana suelen ser empleados para lastimar moralmente al prójimo. Lo interesante es que gran parte de las palabras que aparecen en este diccionario (publicado en México[16]) no son comunes ni menos vulgares, sino, más bien, digamos de un nivel medio culterano (muchas, incluso, son de varios siglos atrás); a qué nos lleva esto: a considerar que si, por ejemplo, fuesen dichas, con intención agraviante, en el Perú, a una persona, es probable que esta, en lugar de sentirse ofendida experimente, más bien, un estado de desconcierto, ¿por qué?, porque es posible que no llegue a entender ni jota. Algunas de las palabras incluidas allí son estas: abusionero, abandonista, suripanta, temperete, absentista, deyecto, ocotudo, torgado, acerbo, acerado, verriondo. ¿Para que generen el efecto buscado, haría falta algo? Creo que sí: que sean dichas con entonación y gestos adecuados al propósito, tal vez con violencia, con ira, con ademanes amenazantes, porque de otro modo resultarían completamente inocuas: insulto frustrado, un fiasco.

¿El “tratanakuy”, el “k’aminakuy”, llevan consigo violencia, ira, amenazas? En el libro de Ugo Carrillo encuentro que todas las frases recopiladas (en pueblos de Ayacucho, Cusco, Huancavelica y Apurímac) tienen algo en común: comienzan de la misma manera, con las mismas palabras, las cuales, en buena cuenta, se comportan como una advertencia respecto del mensaje. Veamos: “Qamtachu qamtachu nisunchi…”, que en castellano significa “De ti, de ti dicen…” (dicen “que los piojos retozan en tu frente”; dicen “que brincas suplicando auxilio cuando tu mujer tiene ganas de mear”; dicen “que arrugas la boca, como gato estreñido”). Sí, pues, una advertencia, con la cual el emisor hace notar al receptor que quienes hablan pestes de él y afirman que es así o asá, son otras personas, y que lo único que está haciendo es darle la información, contarle el chisme; y, debido a que el uso de la “advertencia” es una fórmula puesta en práctica por los dos, ninguno -en rigor- se comporta como sujeto agraviante u ofensor. (¿Hay lugares u ocasiones en que tal fórmula no es empleada? Desconozco. Pero, sea como fuere, el carácter festivo jamás es puesto en entredicho).

 

Respecto del significado de “tratanakuy” y “k’aminakuy” (“insultarse mutuamente”), me hice esta pregunta: ¿“Insultarse”? Aquí la respuesta: no. Y no solo porque las palabras de advertencia a que me referí (“Qamtachu qamtachu nisunchi…”) anulan o reducen ostensiblemente la carga ponzoñosa en las frases que expresan los contrincantes, sino porque –sí, definitivamente- esta suerte de rituales, que ya se han convertido en tradición en diferentes pueblos del Ande peruano, no son expresiones de odio ni de revancha, sino una explícita muestra de que el hombre andino no es un ser esencialmente triste, deprimido, como equivocada y malsanamente algunos quisieran hacer creer. Como muchas otras prácticas costumbristas, el “tratanakuy” y el “k’aminakuy”, tienen básicamente una finalidad: el divertimento, la alegría esperanzada y fecunda de los pueblos. No hay, tampoco (estoy convencido), en estos rituales, el propósito (adusto, solemne, mojigato) de ser una suerte de “aquelarre moralizador”; no es como se afirma en un estudio (al que aludí en uno de los anteriores acápites[17], un mecanismo de “control social”, dizque para corregir errores o “conductas no deseadas”. El intercambio hilarante de insultos lo que pretende es generar –como corresponde- carcajadas, regocijo; no está presente, allí, una autoridad disciplinaria en actitud amenazante, dispuesta a “desfacer agravios y enderezar entuertos”. Eso se hace en cualquier otro momento y lugar, no en la fiesta. (Es un enfrentamiento, sí, pero no como lo es un encuentro deportivo, un debate de políticos, una discusión familiar o el careo de testigos en una audiencia judicial; tampoco se trata de algo parecido al encuentro de un pecador con su confesor, de quien -después de sincerarse-  ha de recibir la absolución y un “vete, y no vuelvas a pecar”; igualmente es un error afirmar -como lo hizo nuestro recordado Reynaldo Martínez Parra- que el “tratanakuy” es una “modalidad paremiológica”, pues no es intercambio de refranes lo que se hace.[18]

 

El “tratanakuy” o “k’aminakuy” es, sobre todo, una fiesta; muy particular -es cierto-, pero eso es lo que es: una fiesta. Celebración del humor en los Andes peruanos. Los pueblos andinos, nuestros pueblos -como todos- son alegres, festivos, cuando de celebrar se trata, naturalmente; y, obvio, cuando las circunstancias son nefastas, es comprensible que el dolor y la tristeza estrujen su alma, pero jamás llegan a caer en el hundimiento moral y emocional: tienen la suficiente fortaleza para sobreponerse ante los temporales y seguir adelante con optimismo; saben, están convencidos, que cada nuevo día es una hechura de la fe y del trabajo de todos. Nuestros pueblos no son diferentes, y no tienen (no tenemos) por qué ser vistos como tales, ni menos como una raza inferior, y tampoco ser sobreprotegidos. Nadie es superior y nadie es inferior a otro. Afirmar lo contrario es absurdo y está lejos, absolutamente, de la verdad, y decirlo es además infamante. Así, sin ninguna duda. (¿Convendría, tal vez, a quien tenga una visión oprobiosa de los pueblos, convocarlo y hacerle participar, como protagonista, en un “tratanakuy” o “k’aminakuy”, a ver si es capaz de soportar el rudo contrapunto de insultos? No lo sé; yo solo pregunto).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 

 

 

 

 

[1] Bernardo Rafael Álvarez: EL HABLA DEL CONSHYAMINO. Diccionario del castellano de Pallasca. Edición del autor, Lima, 2019.

 

[2] Luis R. Melgar Hinostroza –en su estudio sobre El tratanakuy en Huámbar Poetastro Acacau Tinaja, la asombrosa novela del apurimeño Juan José Flores- expresa lo siguiente (afirmación, que curiosamente coincide con lo que yo señalo, en cuanto a la raíz de “tratanakuy”): “El tratanakuy, conocido también como kaminaku (en el cusco) es un término híbrido que se deriva de “tratay” que se traduce por insulto, y “tratanakuy”, insultarse mutuamente. Las partículas “na-kuy” después de la raíz “trata”, daría el significado de “dime que te diré”.

 

[3] Ugo Carrillo: TRANAKUY-K’AMINAKUY. La guerra o competencia ritual e los insultos en el mundo andino. Ediciones Waychaw Taki, Lima 2019.

 

[4] A propósito, en una crónica periodística, de Bolivia, acerca del “tinku”, aparece esta curiosa referencia al “takanakuy” (que se desarrolla en el Cusco) del cual se afirma que “según la historia se inició en la Conquista cuando los hacendados españoles disfrutaban viendo enfrentarse cuerpo a cuerpo a sus esclavos africanos vestidos como gallos de pelea”. (Reuters, edición boliviana, mayo, 7, 2010. Autor de la nota: Diego Oré).

 

[5] Belisario Ochoa: Fiesta Indígena del carnaval de Cañar, 1995. En: La Fiesta Religiosa Indígena en el Ecuador. Pueblos Indígenas y Educación. Disponible en: google.books.com.pe

 

[6] José García de Arboleya: Manual de la isla de Cuba: Compendio de su historia, geografía, estadística y administración, 1859. Disponible en: http://www.redciencia.cu

 

[7] José Carlos Vilcapoma: La danza de las tijeras en Parinacochas (Historia, religión y ritual de los pueblos ayacuchanos). En Hawansuyo: https://hawansuyo.com/2015/07/28/la-danza-de-las-tijeras-en-parinacochas-jose-carlos-vilcapoma/

 

[8] Resolución Viceministerial Nª 117-2017-VMPCIC-MC de 27/6/2017.

 

[9] Chalenita Vásquez definió el contrapunto, en las culturas musicales del Perú “como una interrelación de competencia entre cantantes, instrumentistas o zapateadores (en quechua, interrelación dinámica entre dos que compiten sin eliminarse, se entiende con el sufijo “nacuy” –como: atipanacuy, tratanacuy, duelo verbal)” (Historia de la Música en el Perú, escritos ara el fascículo del Ministerio de Educación, noviembre, 2018. Disponible en: http://www.chalenavasquez.com

 

[10] Diego González Holguín: Vocabulario de la Lengua General de todo el Perú llamada Lengua Quichua o del Inca. 1608. Nueva edición con un prólogo de Raúl Porras Barrenechea. Edición del Instituto de Historia, Lima, 1952.

 

[11] Oswaldo Torres Rodríguez y René Marcial Apaico Alata: Simbolismo y Control Social en el Tratanakuy. Fondo Editorial UDAFF (Universidad de Ayacucho Federico Froebel), Ayacucho, 2017.

 

[12] Alfredo Federico Villar Lurquin: Huámbar: el carnaval frente al canon (tesis para obtener el título de Licenciado en Lingüística y Literatura, en la PUCP). Lima, 2011. Disponible en: tesis.pucp.edu.pe

 

[13] J. J. Flores: Huambar Poetastro Acacautinaja (1933). Reedición de Pakarina Ediciones (con prólogo de Fredy Roncalla), Lima, 2019.

 

[14] Phelipe Guaman Poma de Ayala: Primer Nueva Coronica  y Buen Gobierno. Publicada y anotada por Prof. Ing. Arthur Posnansky. Editorial del Instituto “Tihuanacu” de Antropología, Etnografía y Prehistoria, La Paz 1944.

[15] Aquí dos cosas. Uno: Jesús, al encontrar en el templo cambistas y mercaderes, volcó sus mesas y puestos y le gritó, indignado: “¡Han convertido mi casa en cueva de ladrones!” (mateo: 21:12-13).  Dos: Según la Web, hay un libro con este explícito título: “The Pope Francis Little Book of Insults (El pequeño libro de insultos del papa Francisco). Su autor: Laurence England. Una de las expresiones allí registradas, es esta: “cristianos con cara de pepinillos en vinagre”.

 

[16] Para insultar con propiedad. Diccionario de insultos. Cuidado de edición: María del Pilar Montes de Oca Sicilia. Algarabía Editorial, Grijalbo, 2016.

 

[17] Torres Rodríguez y Apaico Alata. op. cit.

 

[18] Martínez Parra: Paremiología Quechua / Área de Parinacochas y Chaviña. Edición bilingüe, Talleres Gráficos Arteaga, 1985.