El oscuro silencio del fin es el inicio de mi ser. A. Edbel Vilca Cabrera (Quski)

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El segundo de los relatos del joven Quski, que hace un viaje Arguediano a estudiar a Abancay y relata los hechos desde la mirada de un nino  y un danzak. Si bien el relato kaypi presentado se llama  “El oscuro silencio del fin es el inicio de mi ser”  -titulo poetico, por cierto- el archivo en que nos llega esta signado como “Cuento Jose Maria Arguedas version cinco”. El cambio entre los dos titulos indica una pension post arguediana. Pero mejor leer el relato.

El oscuro silencio del fin es el inicio de mi ser

Quski

Los primeros rayos del sol se evidenciaron suavemente a través de las   nubes rebelando la primitiva belleza de la mañana, y en mi ser inmediatamente surge la interrogante sobre el perpetuo fluir del universo y nuestra creación a partir del cosmos.

Veníamos caminando por el pequeño sendero, sin apuro alguno, papá me distraía relatándome  las adversidades de su vida. Y yo atento  como siempre escuchaba curiosamente.

Cuando el sendero que nos conducía se daba a torcer como una culebra caprichosa era señal de que estábamos casi llegando a nuestra chacra. Ahí estaba Julia, quien pastaba a sus ovejas. Me gustaba contemplarla y ser parte de su alegría, en el transcurrir de los días. Era feliz.

Mi agudo olfato, se inquietaba y mi mamá lanzaba gritos de aviso de comer, todo lo que la madre tierra paría era suculento para mí. El momento era frío y tenso, me parecía muy extraño, mis padres me dieron una noticia que para mí no era una noticia bienvenida, la próxima semana dejaría el pueblito de Ivín para vivir con el clima cálido de la ciudad de Abancay.

Disfrutar las últimas vivencias de mi tierra natal. Era mí consuelo.

! Llegó el día de partir…

Me despedí de los animales, de los vecinos y de los que más amaba: Mis padres. Llegue; y mire el carro que me llevaría a la ciudad de Abancay, subí y lloré en una esquina de este monstro gigante con ruedas; a medida que se alejaba el carro miraba a mis padres y a mis vecinos, recordando los buenos tiempos que pasé con ellos, quería abandonar el acuerdo entre mis padres y yo, pero el compromiso pesaba más que la sensación de renunciar.

El viaje pesado, fue vencido por la profundidad de mi sueño. Al llegar a Abancay me recogieron mis tíos y _! Oh!_ mi primo Adrián, me esperaba con una enorme sonrisa y un abrazo. Me acogieron en su casa y gustosamente, me dieron un cuarto en el cual dormiría y estudiaría, las lecciones de             la secundaria.

A la mañana siguiente, Adrián me enseñó las calles; eran grandes, chuecas y desordenadas, y claro que también el camino de casa para el colegio donde estudiaríamos juntos. Al atardecer alisté mis cosas con sumo cuidado y detalle tal como me lo preciso mí mamá, ser alumno de un colegio en esta ciudad extraña; es todo un reto para mí; pero a la vez peleaba con mis demonios.

Nos levantamos temprano, partimos mi primo y yo, al colegio. Íbamos a estudiar juntos, y por ello tenía un poco más de confianza, llegando a la escuela ya se sentía el tumulto de niños del cual Adrián me había hablado, sentimos algunos empujones.

Me sentí solo, me dio un ataque de turbación lo cual me hiso reaccionar y darme cuenta de lo diverso que era este extraño colegio, en este inhóspito lugar se encontraban todo tipo de niños, desde pequeños a grandes hasta blancos y negros. Adrián me jalo llevándome a nuestro pequeño salón en donde nos acogió nuestro profesor. Se sentó sobre su silla y habló con gran entusiasmo _ Habrá una gran actuación_ y nos dio la libertad de elegir la temática en base a nuestra cultura Apurimeña. Yo, tomé la decisión de participar, sería una oportunidad para mí y para tres de mis compañeros que se ofrecieron participar voluntariamente. El hombre que me motivó actuar era nuestro profesor de la asignatura de Formación ciudadana y cívica. Mi primer día de clases fue exitoso, hacia las cosas que me gustaban.

Fuimos a casa, mi entusiasmo era tan grande que ni el ruido de la chiririnka me desmotivó   menos me desconcentró y tuve una idea genial, gracias al haber recordado los relatos de mi padre: La danza de tijera. _! Sí ¡_ escenificaría en los actos del colegio. Las danzas de tijeras; solo lo practicaban los danzak que en mi pueblo eran reconocidos por los actos ceremoniales que rendían al wamanì.

Era el gran día. Fuimos al colegio, estaba muy entusiasmado, solo pensaba que iba ser una experiencia fenomenal y sobre todo, tenía el honor de

representar la grandiosa   cultura existente en Ivin. El tiempo pasó volando y anunciaba que ya venía mí turno, yo solo miraba las otras actuaciones; el director me llamó, lo cual me movió el escenario, de pronto sentí que el escenario era mío , el espíritu ganador recorrió todo mi cuerpo, empecé a danzar, sentía que mi cuerpo tenía otro espíritu y mi mayor inspiración surgió en mi mente, Julia; aquella flor que mantenía en mí la esencia viva de Ivin, a la vez mi mente se pobló de los recuerdos de mis padres; quienes   estaban lejos, pero cerca de mi corazón.

Era fenomenal el sentir de mis recuerdos; en un   sueño que parecía no tener fin. El público miraba entre atento e indiferente; observaba expresiones muy distintas unas de otras, pero yo era feliz, ese pequeño instante, mi corazón arrojaba carcajadas.

El último sonar de la tijera, cerró mi danza; los hombres de las expresiones distintas; juntaron; sus emociones y todos me aplaudían, me sonrojé un poco. Adrián me felicito y nos fuimos a casa.

Estaba   feliz y emocionado.

A la mañana siguiente fuimos al colegio Adrián y yo, y me dieron un estímulo económico por la actuación, mi entusiasmo brillaba así como la idea de pagar la mensualidad con el dinero que me dieron por la mejor actuación cultural.

Iba caminando hacia a la dirección del colegio, cuando mi compañero Sebastián me detuvo; él era grande y robusto, me hablo bien fuerte y claro; con una voz tosca _ Dame el dinero_, no le conteste; solo me atreví a mirarle con susto, al instante mí cuerpo rozó el piso.

En ese momento mi rebelión estalló como un ventarrón, y   le di un golpe en la cara, en ese instante de mi vida experimenté el verdadero sabor del miedo, Sebastián retrocedió, quise defenderme pero con toda su furia me empujo otra vez, hasta el piso tembló, el viento rozo mi cara, y con una mirada débil mis ojos se cerraron y me absorbió el oscuro silencio de fin.

SAQRA TUSUY DE LAMBRAMA. Testimonio de Leo Casas Ballón

SAQRA TÚSUY DE LAMBRAMA

                                      (Testimonio de Leo Casas Ballón)

Mi primer encuentro con esta danza

Mayo de 1955. Los últimos rayos del sol iluminan las cumbres de los cerros que circundan Lambrama, pueblo indio de Abancay en Apurímac. Las nubes blancas del cielo semejan ahora un incendio en el horizonte. Repique de campanas al viento. Estelas de humo en el firmamento marcan el rumbo de cohetes cuyo estallido alborota a las aves silvestres y los perros. Marcha tocada por banda de músicos con instrumentos de metal acompàña una comitiva de autoridades y vecinos “notables”, vestidos de terno y talante acartonado.

Le sigue un grupo de hombres montados en briosos caballos ricamente enjaezados con riendas, montura, tapa pellón y baticola enchapados de plata. Los jinetes llevan capas, estandartes y anjalmas de toro de lidia con distintivos del “capitán de plaza”.

Banda típica compuesta de waka waqras, pitos, flautas traversas, bombos y tambores encabeza una buliciosa caravana que baila al compás de bellos waka takis.

Tras ellos, una comparsa de hombres y mujeres ataviados con ponchos, lliklas y polleras multicolores. Entre ellos va un cóndor, majestuoso rey de las alturas, ser mítico que encarna el espíritu de los Apus. De cada extremo de sus enormes alas extendidas lo sujeta un comunero con expresión solemne. El plumaje blanco de su dorso recuerda su imponente y señorial vuelo vigilando la salud, armonía y alegría de la gente, la multiplicación de los rebaños y la abundante cosecha de la sementera.

Se escucha el bordón del arpa, que contrasta con el agudo sonido del violín y el tinteneo acompasado de las grandes “tijeras” de metal. La música es una alegre melodía. La multitud, eufórica, abre paso a dos parejas de danzantes ataviados con trajes que comienzan con una gran montera adornada con cintas de colores, entre las que reverbera un espejo. Sobre el hombro llevan un “ponchillo” de tela bordada que cubre un chaleco, el pantalón o wara tiene flecos en el muslo y sobre la rodilla, abriéndose sobre la pantorrilla como faldellines. Cada uno lleva su apelativo bordado en el chumpi o faja que sujeta su pantalón. Uno se llama Pachak Chaki. Otro danzaq, llamado Atuqcha, lleva una cola larga y frondosa. Añascha y Qinticha son otros dos apelativos.

Las dos parejas de danzantes, cada una con su repectivo arpista y violinista, avanzan entre el gentío, tejiendo filigranas con sus pies, matizadas de saltos y vueltas acrobáticas, que los circunstantes premian con aclamaciones y aplausos entusiastas.

La plaza de Lambrama está repleta de una muchedumbre que disfruta la celebración.

La banda típica toca waka takis que una multitud de indígenas entona y baila con euforia indescriptible.

La banda traida por los mistis toca pasodobles que unos cuantos señorones bailan con afectada solemnidad y distinción.

Los saqra túsuq,  en medio de un gran círculo humano, ahora compiten realizando alternadamente una serie de pasos vistosos y complicados, que terminan en piruetas cada vez de mayor dificultad, siendo estimulados por el entusiasta público aglomerado a su rededor. Don Serafín, compadre de mi mamá, que en su juventud había sido danzaq, me iba explicando los diferentes “pasos” o mudanzas: pasacalle, apachikuy, lazo simpay, etc.

Las campanas de la iglesia echan al viento sus repiques. Una salva de camaretazos precede a los  fuegos artifiales, que comienzan con un “runa toro” que escupe fuego por los cachos sobre el gentío. Vuelan al cielo las “palomitas”, que terminan con el estallido de luces de colores en lo alto del espacio. Un gran “barco” de papel cometa, con el rostro de Miguel Grau y un letrero que dice “HUÁSCAR” vomita fogonazos, logrando incendiar y hacer estallar un “avión chileno”. Luego, un “castillo” inunda de luces, zumbidos y estallidos la noche. Se apagan los chorros de fuego, callan los zumbidos y cohetes, dejan de girar las ruedas silbadoras y, en medio de una “catarata” de chispas, aparece la imagen del cáliz dorado con una hostia iluminada emergiendo de su interior como sol respladeciente…Es el Corpus Christie (“Cuerpo místico de Cristo”), patrono religioso de Lambrama, en cuya solemne celebración confluyen manifestaciones de los diferentes sectores sociales de su población, cada cual revestidas de sus concepciones, creencias y prácticas, simbolizadas en la música, el canto, las danzas, el vestuario y los rituales.

La banda de metales toca una “Diana” en son de saludo a la imagen religiosa que preside esta festividad. Las autoridades y vecinos abrazan y felicitan al vecino notable que había donado el “castillo” y la banda, que toca una marinera para que bailen el mayordomo, sus compadres y allegados. Luego, las waka waqras y otros instrumentos que forman la banda típica, entonan una melodía a la que se suman cientos de voces femeninas y masculinas que, exultantes, cantan hermosos waka takis en quechua. La multitud de indios, cholos y mestizos se unimisma en un mar humano que goza bailando.

Cesa el gran bullicio de bandas y voces. Se hace un gran silencio, de cuya hondura  brota en el arpa y el violín la “Agonía” -música funeral de aire melancólico- como el anuncio de algo muy especial, misterioso, emotivo y de gran suspenso…

Todos dirigen la mirada hacia una gruesa soga tendida desde la torre de la iglesia hasta el gran palo de eucalipto plantado en medio de la plaza… ¡Uno de los danzantes venía bailando sobre la soga, tocando sus tijeras, haciendo figuras acrobáticas! En un momento, el silencio sepulcral es roto por el unísono alarido emitido por la multitud…¡Un pie del danzante resbala…pisa el vacío…y cae! En una reacción felina… ¡Atuqcha tira las tijeras y, con ambas manos se coge de la soga y queda colgado…! Luego, balanceándoce como un mono, impulsa su cuerpo hacia arriba varias veces… hasta dar vueltas sobre la soga logrando, a la tercera vuelta, sostenerse con manos y pies. Finalmente, consigue pararse, para seguir dando pasos de baile sobre la soga.  Al final, baja ágilmente por el mástil en medio de la plaza. La multitud lo premia con aplausos y aclamaciones. Un grupo de jóvenes de su ayllu Atankama lo lleva triunfalmente cargado en hombros, seguido por los allegados del mayordomo cuya devoción había donado aquella pareja de danzantes al santo patrón.

El Saqra túsuy, según el compadre Serafín y doña Balbina

El compadre Serafín, tranquilo y con cariño, me habló así:

–     Calladito estás, como asustado. Los dánzaq hacen muchas cosas admirables sobre la soga: caminan, bailan; algunos se van quitando la ropa desde la montera hasta el pantalón; otros llevan el arpa … ¡y la tocan en medio de su caminar allá arriba!

–      Los danzantes saben hacer magia también: comen huevos enteros y sacan largas cintas de colores de su boca…Para mí, lo más lindo es cuando hacen volar un picaflor al abrir su boca, -dijo doña Balbina.

–     Esos son trucos fáciles -dijo don Serafín. Lo que es difícil es comer sapos y culebras, levantar pesadas barretas con los dientes y tirarlas para atrás por sobre su cabeza y lograr clavarlas en el piso…

–     Yo no tengo valor para mirar cuando el dánzaq se echa sobre vidrios rotos, tachuelas o pencas con filudas espinas, ni cuando se mete en la garganta cuchillos grandes…menos cuando se pasa una pita por la lengua para colgar un violín… ¡peor cuando se sujeta un arpa con un alambre atravesado en su garganta para hacerla “volar” dando vueltas por los aires!, dijo doña Balbina.

–     ¿Por eso le dicen Saqra túsuy, o Supay wasi túsuy a esta danza? -me atreví.

–     Esta danza es una ofrenda a la Pacha Mama por darnos vida, salud y alegría  -dijo con claridad y firmeza don Serafín, y siguió hablando: El danzaq es el mensajero de la gente hacia los Apus y de ellos hacia nosotros, sus hijos del ayllu. Por eso, los Apus y Wamanis nos dan esa gran fuerza para vencer el miedo, superar el dolor y hacer cosas que la gente común no puede. Ni la  sangre sale de nuestras heridas, porque quienes bailan son los Apus, no nosotros -dijo don Serafín, el awki de los dánzaq de Lambrama..

–     El señor cura es quien dice que los danzaq son brujos, que hacen contrato con el diablo para hacer lo que otros no pueden, para no sentir dolor. En pago, dice que el danzaq entregará su alma al demonio, para que se lo lleve al infierno  -dijo la comadre Balbina.

–     Los arpistas y violinistas van a las paqchas para que la sirena les enseñe nuevas tonadas de danza -dijo don Serafín.

–     El señor cura dice que eso también es pecado, porque los dánzaq y sus músicos van a la paqcha a renovar su contrato con el demonio, aprovechando que nuestro Señor Jesucristo está muerto, y no les ve para castigarlos -dijo la comadre Balbina.

–     ¿Y por qué van en Viernes Santo?

–     Porque en ese día todo está en silencio…y se escucha mejor el canto de la sirena y de los pajaritos, lo que silba el viento en las rocas y entre la hojas de los árboles… ¡Hasta nuestro corazón se oye como bordón de arpa!, dijo don Serafín

–     ¿El señor cura sabe o no sabe cuándo vendrá el diablo a llevarse el alma de los dánzaq al infierno? -pregunté.

–     El dánzaq no es zonzo -dijo doña Balbina, riéndose con malicia. Ha engañado al demonio diciendo que le entregará su alma cuando el diablo termine de contar el costal lleno de kiwicha. Como esa semilla tiene granos chiquititos…¡el diablo se equivoca a cada rato y tiene que contar de nuevo!

–     Otra apuesta es que el demonio venga cuando termine de contar los pelos del zorro, -aumentó don Serafín. Pero, como el zorro se mueve a cada rato para rascarse cuando le pican las pulgas… ¡el diablo se equivoca una y otra vez … y nunca terminará de contar! (Los tres nos reímos con ganas: ja-ja-jay).

–     Algún día morirá el dánzaq. Entonces, vendrá el demonio para llevarse su alma al infierno… -dije yo.

–     El danzaq, igual que todos los indios, vuelve a entrar en el vientre de la Pacha Mama. De ahí va a regresar un día en forma de gente, puquio, paqcha, árbol, picaflor, cóndor, puma, añas… -dijo sin dudar doña Balbina.

–      ¿Y su alma? -insistí.

–     Su alma estará dentro de los Apus. De ahí vendrá siempre a visitarnos…

–     Me acuerdo bien claro lo que decía el canto de “La agonía”: “Cuando yo  muera/ el violín que toco será mi cruz/ el trago que tomo será mi agua bendita/ la caja de mi arpa será mi ataud/ el cigarro que fumo será mi incienso//” –¿Por qué cantan así, triste, si su alma no irá al infierno?

–     Seguro que nuestros abuelos han hecho ese canto para darle gusto al señor cura, que siempre nos está asustando con el infierno…-dijo el compadre.

–     Para nosotros, el Inti es el señor Jesucristo, la Pacha Mama es la Virgen María, los Apus son los santos. Estamos bien con ellos. Para nosotros infierno y cielo están aquí nomás: cielo es cuando estamos contentos, cantando, bailando; infierno es cuando estamos enfermos, tristes, sufriendo -habló doña Balbina.

Una mirada al entorno sociocultural

Abancay, capital de la región Apurímac y de la provincia homónima, siempre se ha considerado una ciudad criolla, “la pequeña Lima” para sus pobladores. Los abanquinos se ufanaban de su estirpe española.

El baile más socorrido de Abancay era el pasodoble, las serenatas eran al estilo de la “tuna” de Madrid y, en el “colegio de señoritas” (secundaria estatal de mujeres), se enseñaba la “jota” aragonesa. En las fiestas familiares, luego del pasodoble se bailaba tango y bolero. Los valses marcaban lo “nacional”. Los jóvenes escandalizaban a las señoronas con los “meneítos” de la guaracha y el mambo. El así llamado “waynito” notificaba a los invitados el fin de fiesta.

La picardía chispeante de las canciones, el ritmo vibrante de la música de guitarras,  mandolinas, quenas y tinyas, el colorido de polleras multicolores y los blancos fustanes al vuelo mostrando apetitosos muslos en el frenesí del baile, era privativo del carnaval mestizo, de cholos y cholas “indecentes”, donde algunos hijitos de familias de rancia alcurnia se infiltraban cubiertos con ponchos, bufandas y sombreros, para conservar la anonimidad y evitar la crítica feroz y la maledicencia.  Una “niñita de su casa” no podía soñar siquiera entroparse con aquella chusma.

Lambrama en los años cincuenta

Lambrama es capital de distrito y comunidad madre de ocho ayllus indígenas en la provincia Abancay, región Apurímac. Su nombre le viene del lambras, árbol nativo que abunda en sus muchas quebradas bañadas por ríos y riachuelos de aguas cristalinas que bajan de los nevados. Su blanca y suave madera sirve para fabricar múltiples utensilios, instrumentos de cuerda y muebles domésticos de todo tipo.

La mayoría de la población era indígena, seguida por los cholos y mestizos en pequeña proporción. Para designar a los mistis sobraban los dedos de la mano. Los cholos constituían el primer escalón sobre los indios, de quienes se diferenciaban muy poco por factores sociales y económicos, no así en lo cultural y lingüístico, que era claramente andino-indígena-quechua. Los mestizos eran los cholos blanqueados por su apego a los mistis, desempeñando el rol de puente entre indios y mistis en los aspectos social, económico y político.

Los muy pocos mistis eran las contadas familias propietarias de fundos de unas 300 Hás., de las cuales unas 100 Hás. eran tierras planas en valle cálido, dotadas de regadío, sembradas de alfalfa para sustento de un regular hato de ganado vacuno mejorado que producía leche y derivados lácteos. Los señores podían educar a sus hijos en el colegio secundario de Abancay y a sus hijas en el internado del colegio de señoritas o alojadas donde algún familiar. La educación superior era privilegio de muy pocos que pudieran enviarlos al Cusco y, excepcionalmente, a Lima.

No había latifundios ni gamonales abusivos. Entre las pequeñas haciendas y ayllus colindantes nunca hubo conflicto. Los comuneros sembraban maíz en parcelas de usufructo familiar, ubicadas en zonas templadas y cultivaban tubérculos en tierras comunales de altura llamadas laymi.

En el ámbito de todo el distrito, solo existía una escuela primaria de varones y otra de mujeres, ambas en Lambrama. Solo niños y adolescentes de dos de los ocho ayllus podían estudiar primaria completa allí. De los ayllus un poco más distantes, apenas acudían a la escuela algunos hijos de comuneros con un familiar o compadre en Lambrama. La educación secundaria estaba reservada a muy pocos hijos de mestizos que podían sufragar costos de habitación y alimentación en Abancay, donde no existían fuentes de empleo ni secundaria nocturna para poder trabajar y estudiar.

Federico Latorre patriarca de las letras apurimeñas. Hernán Hurtado Trujillo

 

Federico Latorre patriarca de las letras apurimeñas.

                                                     Hernán Hurtado Trujillo

El 7 de octubre del presente año, el escritor abanquino Federico Latorre Ormachea a los 72 años con su muerte inesperada, enlutó al pueblo apurimeño, sobre todo a sus amigos, y a cuanta persona supo ganarse admiración y cariño. Su deceso deja un gran vacío en la narrativa apurimeña, porque podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que no existe escritor apurimeño alguno después de Arguedas, Robles Alarcón que haya consagrado casi toda su vida al rescate y defensa de  la cultura andina; parafraseando a  Jorge Luis Roncal: Federico Latorre, por sus amor intenso inapelable a la creación literaria de tierra adentro y su obstinada vocación por revelar el auténtico rostro de la literatura peruana podemos decir con el escritor Humberto Collado y el Artista césar Aguilar que merece ser reconocido como el Patriarca de las letras apurimeñas.

Federico Latorre Ormachea, en 1981 publica su primer libro titulado Narraciones Apurimeñas en una factura artesanal impreso en esténcil y en papel bulki, con tapa ilustrado por Alejandro Guillermo Vargas y Manuel Román Trujillo a color en serigrafía demostrando su heroico empeño de difundir cuentos, leyendas y apólogos apurimeños. El poeta Feliciano Mejía escribe en el prólogo de su libro de segunda edición Narraciones apurimeñas (2005): “Basándose en la realidad sur peruano y el alma nacional, Federico Latorre, narrador nato y maestro de por vida, ha creado un mapa cultural nuestro” a lo largo de 21 libros publicados y 18 inéditos, para ello transgredió los esquemas literarios oficiales hegemónicos y centralistas, con un criterio propio y empeño de visibilizar y reivindicar la cultura y tradición de los pueblos más lejanos de Apurímac, estructuró y clasificó por provincias el contenido de gran parte de sus libros, con  relatos, mitos y leyendas ambientados y representativos de cada una de las 7 provincias apurimeñas.

Federico Latorre  Ormachea, narra en tercera persona en sus libros iniciales y en sus últimas producciones escribe en primera persona, involucrándose en las historias narradas, que en algunos casos son autobiográficas. Como parte de la tradición del indigenismo utiliza un lenguaje bilingüe castellano-quechua. El narrador se expresa con un lenguaje coloquial, conciso, castizo y ceremonial; en cambio, sus personajes populares indígenas o mestizos hablan un castellano quechuizado; su narrativa asume una estrategia transcultural al apropiarse del castellano y las técnicas narrativas de origen occidental para contar la vida, los sufrimientos, esperanzas y luchas de hombres mujeres y niños marginales, que viven en  comunidades o pequeñas ciudades semicampesinas y las grandes urbes del país.

Para que los lectores forasteros que no conocen el mundo andino y transiten por lugares con nombres toponímicos quechuas, ignorados y nunca  mencionados; o tropiecen en sus páginas con palabras quechuas; podrá consultar un glosario de estas palabras con sus respectivos significados al pie de cada relato, de modo que no se sentirá extraño y pueda incorporarse al mundo relatado. Feliciano Mejía escribe en el prólogo del libro  antes mencionado:

“La interpolación  y yuxtaposición de términos frases y diálogos en runasimi Chanka, la naturalidad de contar hechos fantásticos y hasta truculentos, con la impavidez de un Kafka y el cinismo feliz de García Márquez, pero con el escalpelo y modestia andinos y la ingenuidad irónica de un hombre de campo surandino; el diorama de animales humanizados y hombres zoomorfizados; la magia-brujería-chamanismo  del campo serrano; las estampas de burla y engaño gratuitos; las estampas de amores desesperados y gratuitos, historias de ultratumba con conexión natural y directa, con caminos de arrieros y puentes simples entre el mundo de allá, de los muertos equivalentes a los opresores y el mundo de acá de la actualidad de los oprimidos”.

Federico Latorre fue un escritor prolífico que desarrolló el cuento, la novela, la poesía, el teatro, el ensayo;  realmente  toda su producción literaria  requiere una investigación exhaustiva y especializada para aquilatar sus aportes y logros  sobre todo de sus obras inéditas que deben llegar a los lectores como él soñaba y no quede en el olvido; como aún son inéditas las obras de Manuel Robles Alarcón tal es, la novela  Jacinto Huilca[1].

Podemos acercarnos al legado de  Federico Latorre en tres aspectos importantes: La investigación, la creación y difusión de la cultura; como investigador fue un escritor peregrino, que  viajaba las comunidades más alejadas haciendo un trabajo de campo y realizando un registro de  la cultura y literatura oral de dichos pueblos. Sistematizó la poesía apurimeña en su libro  Dios el gran poeta (2006) desde la poetisa Josefa Francisca de Azaña Yllano (1969) hasta los poetas apurimeños contemporáneos, poniendo las primeras piedras para escribir la historia de la poesía apurimeña que falta realizar.

Como creador fue un escritor transcultural, que tuvo como cantera inagotable la cultura andina y la cultura occidental que asimiló con un vasto conocimiento, para afirmarse como escritor andino comprometido con su cultura, con su pueblo  y sus luchas; finalmente, como promotor de la educación y la cultura fue presidente de la Asociación de Artistas de Apurímac, del Centro Andino de Educación y Artes Populares, Presidente sede Apurímac de la APLIJ, con entrega desinteresada, organizó ingentes actividades culturales y académicas, promocionando y alentado a cantantes, danzantes de tijera y artistas populares, enseñando a niños y jóvenes la declamación, la oratoria y el teatro, tal es el caso que montando una obra teatral para homenajear el aniversario a su querido colegio Miguel Grau, en plena jornada de trabajo fallece; esto demuestra que para Federico Latorre la literatura no fue un desahogo o pasatiempos; sino, un acto ético y una responsabilidad política y lucha por sus ideales de justicia y fraternidad de los hombres; por eso, la mejor forma de honrarlo es leyendo sus libros y siguiendo su ejemplo  de consecuente e infatigable  labrador del futuro de nuestra región y  país.

 

 

 

 

 

 


[1] Con esta novela  Manuel Robles en 1974 ganó el premio Ricardo Palma; en ese mismo año obtuvo una Mención Honrosa  en el Segundo Concurso Latinoamericano de novela promovida por la prestigiosa  editora de Nueva York  Farrar Rienhadt.