Killincho pateador de precipiciosmanta. Fredy Roncalla

Manaraq mosoq wata chayachkaptin, aswan kay qayna wata qellqasqay hamutayta qespichisaq. Icha nan wayki Alejandro Medina Bustinza (Apurunku) novelantan reqsichirqana. Imaynapas kaptinqa, dicen las malas lenguas que el Guardia Tamayo y su sobrino habian estado en la jarana de Adelaida y dona Felipa en Wanupata, y que ya llegan, tomados de la mano de Aurunku, Tulancha, Canciocha y el joven narrador de esta  novela, que ha caminado los mismos pasos que el nino Errnesto, pero como waqcha de la kikin comunidad. Kuska chiki iman aqa wasipi pasasqanta rikunqaku. Antes y ahora la vida es dura, pero acaso somo killinchos pateando  precipicios congresales.

 

Sobre Killinko pateador de precipicios de Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

 

Fredy Roncalla

 

 

 

Conversando acerca de su artículo sobre los cambios en la narrativa quechua reciente, donde primero comenta “Memorias de un soldado desconocido” de Lurgio Gavilán, Ulises Juan Zevallos sostiene que se trata de una narrativa quechua escrita en español, coincidiendo acaso con el planteamiento de Hugo Carrillo, en el sentido que al contar los quechua hablantes en el Perú, hay que tomar en cuenta los quechua pensantes. Que no hablan la lengua, pero tienen un español de evidente sustrato quechua en la fonética, morfología, y sintaxis. Estos tres niveles espero en un futuro no muy lejano sean cimiento del análisis no solo temático sino estilístico de la literatura quechua escrita en la actualidad. Porque si hay algo que define la narrativa de Apurunku, es un estilo donde actos y desarrollos narrativos son presentados con una serie de modificadores del núcleo verbal discursivo trazando matices no solo con la adjetivación, sino con una serie de frases subordinadas que conducen a la imaginación a infinidad de tonalidades que reflejan la sintáctica y la morfología aglutinante del quechua:

 

Inmediato, interrumpiendo los instantes lúgubres del silencio, otra vez los grillos empezaron entonar sus habituales jaranas bulliciosas, dejándose escuchar sus bandurrias chillosas por todos los rincones de los caminos extendidos. Se les oían por las calzadas rigurosas y zigzagueantes, que se iniciaban o culminaban en el centro de la plaza de armas del pueblo. Hacían sentir sus singulares chirridos desde agujereadas paredes de adobe de las casas añejas, incluso, desde entre piedras de los perímetros espinosos que bordeaban a las chacras alejadas de la población

 

Antes de recalcar en la dulzura y la musicalidad del lenguaje de Killinchus… es necesario incidir sobre un aspecto poco estudiado de la presencia quechua en la escritura en español: en la narrativa de Apurunku el español quechua es de permanencia. Me explico. Si algo caracteriza a la escritura literaria andina, de autores bilingües o monolingües de entorno quechua, es el esfuerzo intencional por acercarse a un español “limpio”, concordante con las norma narrativas del momento, con la posibilidad de retornar al quechua posteriormente. Un antiguo viaje de ida empezando por Garcilaso, El Lunarejo, José María Arguedas, y narradores y poetas andinos mas recientes. Incluso Juan José Flores, cuyo Huambar aborda el quechua y el español mejorado desde planos narrativos de un español estándar impecable. Siguiendo el hilo, el viaje de vuelta sería la incorporación por estos autores del universo lingüístico y temático quechua, como se puede ver en los tardíos textos quechuas del Lunarejo, o en la opción de segundo momento por la literatura quechua en autores más recientes. Pero hay un viaje de permanencia, que no necesita el refinamiento estilístico en el estándar para dejar su huella. El primer caso es el de Wamán Poma, pasando acaso por Gamaliel Churata y continuando en narradores como Apurunku.

 

Pero chay palta rimayqa qallarinallan kachkan. Porque la narrativa de Apurunku es una fiesta del lenguaje, hasta tal punto que el idioma es casi un personaje del relato. La descripción del chillido de los grillos, inicia el relato al momento que anochece sobre Tiaparo y sus habitantes, mientras un pesar silencioso cae sobre el narrador personaje. Un niño recién llegado que vive con su abuela Mamay Anqui, y que acaba de desafiar al hijo privilegiado con el guardia del pueblo, Gonzalucha Tamayo. Si bien de entrada la novela nos sitúa en ese lugar lleno de conflictos y divisiones sociales y lingüísticas como es el de una escuela rural, lo que afecta al niño no es tanto el temor a pelearse con el hijo del guardia un par de días mas tarde, sino la insistente pregunta de si el hecho mismo es un acto correcto, ético. Esta indagación ética lo mueve a explorar el mundo interno de su abuela, del guardia Tamayo, de sus amigos comuneros, del profesor cusqueño, y de los hijos del guardia. Pero como en el Ande el mundo ético no está solamente ligado a las personas, la mirada también explora lugares sagrados y peligrosos como una antigua cueva o una piedra encantada camino a Tiaparo. Y el canto, que es cimiento espiritual de la geografía ética del Ande, es presentado en varias transcripciones y traducciones excelentes, de un narrador en constante reflexión sobre el lenguaje.

 

No solo el de la discriminación, por parte de los “principales”, sino las zonas intermedias, de presencia precaria del español en un entorno quechua, que produce efectos risibles en los limacos, y dificultades expresivas en los comuneros. Que sin embargo al momento de hablar en quechua despliegan estrategias verbales ético poéticas que sustentarían el ideal del “buen vivir” de una comunidad quechua aymarina. Feliz paradoja de la primacía expresiva del quechua comunero relatada en español andino. Aquí destacan las reflexiones en torno a Tulancha Huamani, a un anciano moribundo que resuelve el conflicto con Gonzalucha al final de la novela, y Mamay Anqui, cuyo rezo viaja desde el territorio de los vivos hacia aquel de los difuntos y los Apus locales.

 

Uno de los momentos mas bellos es cuando se describe el inicio del conflicto con Gonzalucha:

 

La pelota rodaba, conduciendo su figura esférica hacia el área donde nos hallábamos brincando con nuestro juguete hecho de harapos, pero firme y resistente. Mi curiosidad mostraba expectativa por aquella pelota extraña de jebe, entrometida, desde su aparición inesperada en nuestra cancha; con su girar suave sobre el pasto, parecía dirigirse precisamente hacia la dirección mía. Siendo notoria las maniobras indiferentes de los majktillos de los dos barrios, frente a este hecho que ha de suscitarse, en ningún momento ningunos intentaron detener el recorrido del balón. Algo muy extraño sucedía. Mayor fue mi impresión al advertir las actitudes evasivas de mis amigos de calle arriba con respecto a la pelota intrusa. Ésta, venía rodando hacia donde yo me hallaba. Ya estando a mi alcance, no me quedó otra opción y detuve su marcha mediante un pisotón firme; con la seguridad de haber atajado su girar esférico. Así pues, prensándola con mi pie diestro, de inmediato frené su recorrido.

 

Efectivamente, aquella pelota agraciada, traída desde la ciudad, con su desplazamiento globular había llegado hasta mis pies. Yo, lo que hice fue, cualquier otro lo habría hecho igual, es decir, contuve su recorrido con un pisotón contra el suelo. Qué mansito sentí el círculo de la pelota bajo mi pie. Los chiuchis de Uman Calle siempre habíamos soñado en poseer algún día, una pelota similar para nuestros juegos comunes. Ahora, yo la tenía bajo mi pie. Consideré apreciada la delicadeza de su cuerpo de goma, su matiz verde retama, tamaño regular. Qué duda cabía, con una pelota similar los chiuchis jugaríamos igual que los campeones de las provincias; segurito pues nuestros juegos serían maravillosos. Nos enfrentaríamos a cualquier equipo.

 

Pero tocar la pelota de hijo del guardia Tamayo es una trasgresión. Eso lo deja claro Gonzalucha Tamayo que se acerca con su hermano y sus empleados. Su tono es agresivo e insultante. En parte porque el narrador es un niño recién llegado y no esta al tanto de todos los modales de la subordinación, enfrenta a Gonzalucha y patea la pelota de hule hacia más abajo, cual killlincho enfrentando al gavilán en los abismos de la discriminación. Sigue una confrontación y el acuerdo de resolver la pelea un par de días después.

 

Como ya se ha dicho antes, este incidente mueve al narrador a buscar resolver sus dudas con una observación minuciosa de la vida de los comuneros quechua hablantes de Tiaparo desde el punto de vista de un niño de padres separados. Ir a recoger pasto para los cuyes, por ejemplo, le permite explorar la interrelación y sicología de sus compañeros, entre los cuales destaca el Tulancha Humani, que es un joven estudiante ejemplar (cría a sus hermanos huérfanos) y Canciocha, que tiene una gran habilidad verbal, heredada de su tío Sinforiano Huillca Huamani:

 

Viejo libidinoso, chanzador y pícaro. Poseía voluminosas mañas para construir frases insinuadoras y lujuriosas cuando se dirigía a las pasñas más bonitas del lugar. Ninguna mujer, casada o soltera escapaba de sus piropos carnales. Fue una vez, cuando vimos y escuchamos su actuación frente a una moza tiaparina, al entrecruzarse en medio del camino, le oímos decir al viejo Sinforiano:

 

― ¡Añañau sumac warmicha, (que sabrosa eres hermosa mujercita)… si pajarillo yo fuera, a tu huertita buscaría para dormirme allí, bien calientito abrigadito nomás…!

― ¡Duerma pues en tu huerto, para eso tienes lo tuyo…! ― Respondía la mujer piropeada.

― Ay negra…ay zamba,… en mi huerto ya ni ajenjo, ni hierbita buena crecen, tampoco la rosascha ni las chirimoyas dulcecitas como las que tienes. Por eso nomás estoy queriendo ser el pajarillo de tu pastito verde y olorocito ―Decía el viejo Sinforiano.

― ¡Mi pastizal tiene su dueño…viejo mañoso…!

― ¡Cámbiame pué niñachay paser tu dueño, ya verás negrita del alma, cómo tendremos montones de duraznillos y manzanales coloraditos. Te cantaré bonitas mañaneras; arrodilladito bajo tus agraciadas rabadillas yo estaría siempre, regando con aguita de lluvia fina a tu huertita de hierba luisa y paico ― Respondía machu Sinforiano; y todos los muchachuelos después de escucharlos, terminábamos carcajeándonos. Claro está, todo eso lo decían en quechua.

 

Y lo trasmite el narrador en una traducción impecable. Si estas exploraciones muestran el ideal de vida y las peripecias de los pobladores de Tiaparo, y si acaba de pactar una pelea con Gonzalucha Tamayo, la novela no cae en una visión maniquea, por la cual el guardia Tamayo podría ser visto negativamente. Es más, el narrador vuelve al guardia Tamayo como una figura ejemplar, que representa el estado, y tiene un rol benefactor y equitativo en la administración de justicia, sobre todo “hablando” temprano en las mañanas con unos sendos tragos. Si el guardia Tamayo es buen policía es también un gran bohemio. Varios episodios junto con su sobrino, que es quenista consumado, permiten al narrador presentar sendos huaynos con su respectiva y excelente traducción. Se podría decir que toda la novela es una traducción por que ha sido pensada en quechua y escrita en español. Pero, por el mismo hecho del español andino, miski, no estamos frente a una traducción cultural. Creo, sin temor a equivocarme que el lector ideal de Apurunku son sus llaqtamasis.

 

Pero para el niño el problema de saber si ha hecho bien en desafiar a Gonzalucha sigue. Piensa en quien apoyarse para un consejo. De las opciones descarta al director del colegio, que es un personaje que usa su posición para apropiarse de tierras comunales gracias a sus mañas de tinterillo.

 

Llegado el momento del enfrentamiento, el niño ha esperado a Gonzalucha en el lugar pactado. Este ni se acuerda de la pelea, y no puede creer que en verdad el niño esta dispuesto a pelear. Al final hay una breve pelea que es interrumpida por los gritos de una niña, que da la mala noticia de que en la plaza unos guardias armados han reunido a los hombres del pueblo para llevárselos a la fuerza. Entre ellos está el guardia Tamayo, no muy a gusto, siendo observado por todos los niños, incluyendo sus hijos. Los niños de los dos bandos enfrentan una contradicción mayor, en la que todo el pueblo puede ser desposeído.

 

Este segmento final tiene ecos en varios momentos históricos similares, por un lado, y una coyuntura muy actual, por el otro. Llevarse hombres a la fuerza tiene una historia muy larga en los Andes. El primer episodio son las mitas de Aymaraes a Huancavelica,[1] el segundo es el reclutamiento forzado para el trabajo vial en la primera mitad del siglo veinte, el tercero es de reunir hombres, mujeres y niños en la reciente guerra civil en los Andes. Pero en la novela es claro que se tata de una artimaña del director de la escuela para desposeer a los comuneros a favor de las minas. Si en la vida real es cierta la presencia destructora de las minas formales e informales en Apurimac y los Andes, en la novela tenemos un momento muy bien logrado, de larga y actual duración. Cuyo desenlace es la agonía de un anciano del pueblo a la que acuden todos los niños y donde el venerable hombre se despide con un menaje de paz y armonía. Tras los cual Tulancha decide escapar para ser Killincho pateador de precipicios al igual que la doña Felipa de Los ríos profundos, mientras que Gonzalucha Tamayo invita al narrador ir a Chalhuanca en un futuro no muy lejano para comprar juntos una pelota de hule. Una reconciliación a nivel individual frente a contradicciones mayores a nivel colectivo.

 

Pensando en el final y en la cercanía de Tulancha con dona Felipa, o de la condición de niños forasteros hawan/ukun de los narradores, uno podría seguir indagando en su radical diferencia con el viaje de retorno de Huambar, o  los viajes del Piki Escobar de Federico Latorre Ormachea. Pero esto requeriría muchas mas lecturas, que no ser han hecho al escribir esta nota, por que lo apasionante de Killinchos pateadores de precipicios, nos ha permitido decir todo esto con solo una leída, como debe ser cuando los relatos nos tocan hondo. Gracias tayta Apurunku. Gracias Wayki Alejandro Medina Bustinza.

 

Kearny, 21 de agosto de 2015

[1] Ver: Las primeras mitas de Aymaraes al servicio de las minas de Castrovirreyna 1591-1599. Angel Maldonado Pimentel y Venancio Alcidez Estacio Tamayo. Lima, 2012.

 

Audios de la lectura homenaje a Juan Ramirez Ruiz en el Gremio de Escritores

Anoche, en el marco de los miércoles literarios y  a iniciativa de Wilfredo Herencia, se hizo un  cálido homenaje a Juan Ramírez Ruiz,  a  la vez que se volvieron a presentar  los últimos ejemplares de las Armas Molidas (Arteidea),  la revista Maestra Vida con un dossier dedicado a Juan, y Revelación en la senda del Manzanar (Pakarina/Hawansuyo). Agradecemos la hospitalidad del Gremio de Escritores, a todos los asistentes, y a los miembros de la mesa, cuyos audios pasamos a compartir.

Lucia Lulli

Armando Arteaga

Roger Rumrrill

Fransiles Gallardo

Fredy Roncalla

Luis Flores Prado

Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

Itinerario por Tiaparo 7 y 8. Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

En  fechas  que  se rinde justo homenaje al kapaq apo Jose Maria Arguedas,  Alejandro Medina  Bustinza (Apurunku),  continua contandonos su retorno a Tiaparo. Sus paisanos apurimenos, andinos y universales, con voz propia y colectiva, aumentan con sus palabras el legado del maestro. Rios arguedianos de muchas voces  Uman Kalle y Ukun Mayu. Uman Kalle es un lugar privilegiado de la proxima novela de Apurunku. Yachachkanchik iman Ukun Mayu /  Rios Profundos kasqanta.

Con la disculpa a los amigos y a las amigas, que vienen siguiendo la lectura de: “Itinerario por Tiaparo” reinicio los siguientes números, que espero sean de sus complacencias. Mis agradecimientos a Fredy Roncalla en Nueva York, y a otros amigos de la cultura nacional, por permitirme llegar hasta ustedes.

 

Itinerario por Tiaparo No 7

(Antes, previa lectura de Itinerarios No. 1, 2, 3, 4, 5, 6)

Poeta: Alejandro Medina Bustinza   (Apurunku)

¿Quién dice que las tumbas son lugares, donde sólo posan los silencios, y el oculto de los temores habla desde sus habitantes taciturnos, aun cuando están cubiertos con la tierra sobre sus pechos? ¿Quién dice que ya no es posible comunicarnos, con los amos de los sarcófagos, sembrados en cada rincón de esta inmensa ciudad de los peregrinos del más distante?

Los poetas más cumbres han sido manantiales de los poemas más extraordinarios, antes y después de sus partidas. Con la muerte, acaso se camina juntos, brindando buen vino en cada estación de los huertos otoñales. Amando intensamente a las magnolias del arco iris en cada orilla y bajo sombras de sauces primaverales. Vallejo decía: “Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo / me moriré en París y no me corro / tal vez un jueves, como es hoy, de otoño…” Mariano Melgar antes de su fusilamiento en Humachiri, dirigido a la ingrata Silvia, escribió (…) “Muerto yo tú llorarás / el error de haber perdido un alma fina / pero aún muerto sabrá vengarse / este mísero viviente que hoy tiranizas /….Vuelve…vuelve palomita/ vuelve, vuelve, a tu dulce nido (…). Decía también José Martí, después de la muerte del gran poeta Whitman: (…) “Ya sobre las tumbas no gimen los sauces; la muerte es la cosecha, la que abre la puerta, la gran reveladora (…) Un hueso es una flor. Se oye de cerca el ruido de los soles que buscan con majestuoso movimiento su puesto definitivo en el espacio; la vida es un himno; la muerte es una forma oculta de la vida…”

Sí pues, entonces nos dirigimos hacia el descanso de Valentín, y ahí estaba él, en su lecho, ya sin adversidades felizmente. Sin insultos, maltratos ni golpes en su pecho. Sin quebrantos en sus alas de pajarillo trinador. No más puntapiés, deshonras ni ordenanzas antojadizas sólo porque tenía el color de su piel diferente. Nos acercamos todos, mama Meche sollozaba desde su río sangrante de su pecho. Sus palabras repercutían por todos los cobijos del panteón. Le decía a Valentín que cada mañana continuaba esperándole, justo en el patio de Huillcas Pata, siempre dispuesta para abrazarla, sentir su humano regreso de su wawua. Él, siempre acostumbraba llegar cargado de alegrías y su risa de niño juguetón.

Yo sentía partirse mi pecho en cientos pedazos de árboles derribados al oír a mama Meche, hablándole a su hijo. Cómo volver a empezar para ir corriendo, junto a Valentín, atrapando a los diminutos cheqollos, entre herbajes comprimidos que cercan a los huertos hortalinos de la comarca. O traveseando por las praderas ariscas de Sawirqay pampa, Allpatakana, Antalaqa, hasta llegar a Calvario pata. Seguro me hubiese dicho maula, por no haber aprendido a caminar las subidas.

Luego me conversaría acerca de la inmensa tierra que nos rodeaba, que aún somos los dueños legítimos de ellas, aunque poco a poco venimos perdiendo. Algún desgraciado mofletudo y panza chabacal, dicen los comuneros, desde el sillón de gran elegido importante, habría hecho negros negociados con grandes platudos de adentro y de afuera, dejando vendido cada pedazo de nuestras tierras y montañas. Hasta los ríos y riachuelos ya serían de otros. Valentín sabía muchas cosas. Wiapani estaba empezando a ser fracturado desde sus entrañas. La minería había llegado, como una forma de maldición infernal. Pronto los desgraciados destruirían nuestros verdes y puquiales. Ellos no respetan a las florestas, a los puquiales, pastos, al aire ni al agua. A las lagunas. Sólo nos provocará más odios y pugnas entre campesinos hermanos. Se aprovecharán de nuestras necesidades y pobrezas para parcializarnos a favor de ellos.

Nos alejamos, hacia la puerta del panteón, después de ofrecer nuestras correspondientes pleitesías en la tumba de Valentín. Ahí estaba él, con sus restos depositados en el sepulcro, envuelto de tierra por adentro, y pastos crecidos por afuera. Pero era sólo su tumba. Yo ya sabía que él, con toda su secreta energía vital de su esencia, ya no estaba allí. Valentín ya vivía allá arriba, junto a los cóndores, las huallatas. Allá en lo alto de los ischus, jugueteando con los relámpagos bravíos de las montañas. Sí pues, ya allá arriba vivía, en Apu Sondoro, al lado de los otros buenos tiaparinos. A veces baja, sólo para cerciorarse de sus caminos; a beber la agüita clara y dulce del manantial de uman pata. A visitar a sus amigos piskalas, akaqllos, y chiwakus.

Dejamos atrás al camposanto, y todos nos dirigimos a la casa de mama Meche. Su esposo, el tío Donato Machaca, silencioso, con su miramiento vacío hacia las profundidades de una inmensa tristeza, cansado, afligido y lento, caminaba adelante mientras de sus ojos pequeños caían temblorosas gotas gruesas de aguaceros. Mi corazón era traspasado por espinozos waranqos. ¡Cómo me dolía…! Puse mi brazo sobre su hombro tratando de apaciguar su hondo sufrimiento. Pero igual, a ambos nos invadía la tristeza.

Caminamos juntos, él me regaló una sonrisa extrayendo la lluvia de su rostro empapado, con sus manos llenos de cicatrices ya contraídas por el tiempo, clara señal de estampas que quedaban como testigos de sus mejores faenas en su época de mozo. Cuando enamoraba a mama Meche, demostrando ser un gran laceador y domador de caballos chúcaros; faenero, leñador y buen sembrador de sus chacras. Y aún barbecha la tierra y pirca los cercos. Mañana iré a Allpatakana, Antalaqa y Atun Rumiyoc. Hablaré con ellos, le pediré a mi abuelo Mariano Huillca, porque él siempre está en todas partes de estas montañas, seguro me escuchará, para que interceda y ruegue a los dioses grandes de esta parte de la tierra, calmar el dolor de mama Meche y taita Donato Machaca. Seguro me escucharán. Sí… mañana iré a Allpatakana… (Continuará)

Callao, 5 de diciembre del 2014

Itinerario por Tiaparo No 8 
(Antes, previa lectura de Itinerarios No. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 )

Poeta: Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

 

Aquella noche no pude dormir. Mis oídos estaban atentos a cientos de sonoros chillidos y parpadeos de los grillos, quienes transmitían sus conciertos desde cercanos y distantes de las afueras. Yo gozaba de pura dicha por el enorme momento de tan placentera circunstancia que volvía a vivir, como cuando niño adoraba sus sinfonías de estos ocultos insectos nocturnos. Mis acompañantes, mi hermana Trini y mi compañera Lola, simplemente quedaron rendidas por el sueño. Estaban agotadas.

Trini, había retornado casi al anochecer desde Uyuni, que fuera con la caravana del tío Misti Simeón Huamaní, donde hubo el Huaka Tinkay. Nos relató una serie de anécdotas curiosas y familiares. Yo esperaba que nos trajera alguna sobrita del acontecimiento, sólo apareció cargada de unos cuantos leños sobre su espalda escuálida. Bien amarrado con su improvisada chompa. Lola pasó la tarde, porque en Human calle desde la parte alta sentados, nos pasamos viendo bailar y cantar a los tiaparinos, en el patio grande del aposento, seguramente de una de las autoridades. Al lateral de la casa del taita machu Genaro Moraya.

Sí, me dije en mi interior doliente, recordando a taita Genaro Moraya lleno de nostalgias por aquel personaje, tierno y amable, que tanto me hacía creer que yo sería el nieto de mi abuela más querido por todos sus ayllus, y muy conocido si yo no dejaba el lápiz y el cuaderno. Algo parecido así, diciéndome, venía a mi recuerdo taita Genaro Moraya. Tenía muchas vacas y ovejas, era unos de los kapak runa. Su crianza quedaba muy arriba del pueblo, tras el Apu Sondoro, Junto a Suparaura. De vez en cuando le veía alcanzar a mi abuela unos quesitos frescos y sabrosos. Me decían que eran ayllus. Era hermoso cuando venía a nuestra chosita a pedir a mi abuela, algunas recomendaciones para no cometer errores en su faena, como padre de su hogar y también como autoridad del pueblo. Mi abuela le brindaba siempre sus consejos. No sólo a él, sino a todos. Mi abuela se parecía a la Madre Patria de Human calle, impartiendo recomendaciones a sus parientes y demás habitantes del lugar.

Si taita Genaro estuviera presente, estoy seguro, me hubiese reconocido para luego envolverme entre sus brazos de hombre bondadoso y desprendido. Tal vez yo le hubiese desilusionado, acaso por no haber llegado con suficientemente bien agarrado del lápiz y cuaderno, como alguna vez él me había recomendado. Pero estoy seguro, en algo le habría agradado mi presencia. Si nuestra generación, en parte siquiera, acaso habríamos heredado aquellos valores de estos sencillos y tiernos campesinos, distintas serían nuestras convivencias.

Tiene varios hijos, algunos de ellos ojalá hayan adquirido algún rasgo de amabilidad innata como poseía taita Genaro Moraya. Lo que sí he escuchado, que los muy condenados de sus hijos hayan podido aprender y cuentan, son muy buenos intérpretes de la buena música nuestra. Eso me alegra mis sentimientos. Algo habrán aprendido de los buenos músicos que venían de otros pueblos: del genial Huamán Razo de Tapairihua, de los músicos de Pampallacta, Chapimarca, Huaquirka etc. Yo, sí los asimilé de ellos, cuando venían en épocas de las fiestas, gran parte de sus enormes sabidurías nos transmitían de manera libre, espontanea y directa. En especial de Quintín Machacca, don Guillermo Palomino, Esteban Tapia, Antonio Huamaní, Gregorio Camargo y de tantos otros músicos tiaparinos.

Desde mi ubicación de la lomadita arriba, traté de saludarlos agitando mis manos, pero parece que no me reconocían. A la mayoría yo tampoco no pude identificarlos, sólo a dos o tres personas, ellos no levantaban la vista para advertir mi presencia. Yo trataba de comunicarme con una serie de señas simbólicas. No fue posible; sin embargo, fue maravilloso y sumamente agradable oír y ver la música de la banda de guerra, y otra banda con tarolas y trompetas en competencia plena.

Luego supimos que entre los músicos estaban uno de los nietos de taita Julián Huillca tocando la tarola, por un lado, y por otro, estaba su hijo mayor de mama Meche, Gregorio Machaca, golpeando el bombo. Si yo hubiera estado muy seguro de ellos, inmediato hubiese bajado para enrolarme con mi rondín. Entonces los Huillcas les hubiéramos hecho bailotear toda la tarde y toda la noche.

Aunque debo confesar, no bajé por un pequeño temor de las circunstancias. No por estar o no estar entre ellos, sino, al llegar al pueblo hallé a muchos de mis parientes, niños y mayores, apaleados todos, por una malaria terrible del tiempo friaje, por la que estábamos atravesando. Alta fiebre, toz seca, escalofríos etc. Señalaban, tres días era su duración. Mama Meche estaba muy enfermita, me recomendó mantenerme en sumo cuidado. En los cinco días que estuve allí, bajé a la única posta médica que estaba ubicada en Retira Pata, sólo había un aviso: viajaron a dar informes a la Región de Salud – Abancay.

Felizmente yo había llevado, a manera de precaución, por mi tratamiento, porque padezco de amigdalitis crónica y presión alta. Por eso llevé algunas cápsulas y pastillas: Cetiricina, ibuprofeno, jarabe para la toz etc. Éstas, me ayudaron enormemente, claro que se acabaron en las bocas desesperadas por sanarse. Ya no quedaba nada para mí, por eso yo debía cuidarme. Era muy seria la enfermedad por esta temporada en pueblos alejados de la urbe. Aunque hubo momentos que me olvidé de las recomendaciones de mama Meche, no podía dejar de brindar la rica chicha tiaparina en jarras grandes, alguna bebida para el frío, pero siempre con cautela.

Aquella segunda noche, antes de cerrar las cortinas de mis ojos, quedé pensando en mi abuela. La pequeña habitación donde estábamos alojados, donde viví con mi abuela y era de ella, ahora un pariente había construido. No exactamente, pero nos hizo saber que sólo podíamos ocupar durante nuestra permanencia. Me hizo sentir muy mal, no le prestamos mayor atención, no habíamos venido para eso. Por eso aquella noche, saqué mi rondín y entoné aquella canción que tantas veces oía vocalizar a mi abuela mamay Anqui, una canción desesperada, afligida, como diría el poeta Pablo Neruda. Mientras en el batán grande, situada por nuestra cabecera, armoniosamente ella siempre amanecía cantando y moliendo el maíz, trigo, o el chuño seco para elaborar rica lawita, con su quesillo fresco, o surtido con huevos de gallinas gordas. Mi corazón se partía en mil pedazos al recordar aquella triste canción. Pero yo seguí tratando de extraer en mi rondín, las melodías más sentidas de aquella, y a la vez hermosa, balada andina:

Wasicha ruwakusqaita / vientucha aparpariska / ay vidallai vida mía/ waisin wasinchu purillasak / ay suertellay suerte mía / llakta llaktanchus purillasak.
Callecha ruwakusqaitas / lluklla aparparisqa / ay vidallay vida mía / callen callenchus purillasak

/ ay suertellay suerte mía / wasin wasinchus purillasak.

Con mis ojos pintarrajeados de gruesas lloviznas, quedé dormido. Afuera, las sinfonías de los grillos continuaban sus bandurrias. El vacío intenso, profundo, del espacio enorme del contexto geográfico de Tiaparo, permanecía con su cielo repleto de estrellas titilando a lo lejos. Recordé a Shakespeare, sobre estas cosas de las adversidades cuando nos sucede, él decía: “Suceda lo que suceda, aún en los días más borrascosas, las horas y el tiempo pasan… y lo bueno es bueno, aunque carezca de nombre; lo vil es siempre vil…” Al día siguiente nos esperaba Allpatakana. (CONTINUARÁ) Callao 15- 1-15

Itinerario 5 y 6. Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

934860_956973094319533_3128236348950425545_n

Apu kaspalla Apurunku waykinchis kaypipas maypipas  puripakuq. Qayninpa Tiararuman Chalhuankaman ima  kutimurqa, kunantaq llapaq gremio de escritores qellqapaqkunawan Chulukanasman richkan waykinchichik Armanduwan paninchik, Patriciawan, llapanku qellqapaqkunawan ima.  Allinmi wayki paniykuna!

ITINERARIO No 5

Alejandro Medina Bustinza Apu Runku

Aparecieron mama Mercedes, mi madre y demás familias con quienes habíamos llegado. Mi madre y mi tía Meche se abrazaron entre suspiros e inusitadas emociones encontradas. Otros jóvenes tiaparinos se acercaron. Yo no los conocía. Se ofrecieron amablemente trasladar del vehículo nuestros bultos. Creo que ellos tenían necesidad de viajar hacia Abancay, y como mi hermano retornaba de inmediato, preciso les era favorable para ser trasladados hasta Santa Rosa. Nos abrazamos con mama Meche, ella estaba muy desconcertada. Nuestra llegada era increíble para ella, jamás había creído que íbamos estar allí, aun cuando antes habíamos avisado de nuestro viaje.

La tarde empezaba hostigarnos, para cubrirnos con el manto oscuro de la pronta llegada del anochecer. Mi madre trababa conversaciones con mama Meche, seguramente encargándonos del hospedaje. Uno de los hijos de mama Meche, muy atento y cordial: Julio Machaca, arregló la habitación. Instaló la luz justo en la cocinita de mi abuela que ya no estaba, porque sobre su cimiento habían construido una pequeña casa con dos estrechas divisiones. Expresaban que en una de ellas íbamos a alojarnos. Yo estaba contento, por volver a pasar los días en esta pequeña habitación, donde parte de mi niñez fue esculpido con el fuego crecido y determinante de la ternura de mi abuela mamay Anqui. También con los crisoles del amor infinito que me entregaron mis tíos abuelos Huillcas – Huamanís y demás campesinos de Uman calle, quienes forjaron en los núcleos de mis huesos y raíces de este mi universo lleno de glóbulos purpúreos, que ahora cargo día y noche, por todas las elevaciones y llanuras de mi existencia.

Sí pues… ellos sembraron los huertos de alverjas y rayanes aquí adentro, aquí en los cientos de orillas de mis células vivas. Asentaron los chuños de arriba como perlas negras del espacio dinámico, y otros, de lunas plateadas burbujeando perdurables aquí entre mis sueños. Ellos sembraron en mí… perejiles, wakatayes, maizales y papas de todos los sonrojos y matices que pudieran existir en el cosmos. También las travesías de los rayos ariscos y los colores disímiles del arco iris.

Mi hermano, apurado subió indicando la hora de su retorno, y de inmediato nos despedimos. Sólo quedamos yo, mi compañera Lola y mi hermana Trinidad. Abajo, continuaban retumbando la música toril. Había muchedumbres bailando en Chaupin calle; algunos me conocerían, pero sólo nos miraban con cierta extrañeza. Había parientes que se me acercaban preguntándome cuál era el motivo de mi llegada. Al señalarles que se debía sólo a una visita y el deseo de reencontrarme con los míos, creo que no les satisfice con este mi argumento. Tuve la impresión, ellos creían que mi presencia se debía tal vez por asuntos de proselitismos electorales, o que yo estaba de candidato para algún curul territorial (estábamos en período pre-electorales regionales y alcaldías).

Otros parientes deliberaban que mi interés estaría también en recoger y reclamar pertenecías de mi abuela o de mi madre. Por ninguno se me había ocurrido la idea para viajar a Tiaparo. No importa. Aquella noche, antes de irnos a dormir en la pequeña habitación que nos preparara Julito Machaca: 20 cueros de oveja, otras veinte frazadas tejidas con lana de ovejas, colocada la luz, puesto mi buzo y una casaca gruesa sobre mi cuerpo etc. esperaba al frío intenso de la helada que vendría al oscurecer. Yo sólo deseaba descansar bien abrigado. Como dice Vallejo “Que frío hace Jesús…”

Antes de pernoctar, tracé la agenda de mis actividades en Tiaparo para los días siguientes. Al día siguiente iría al panteón. ¿Cómo podría yo transitar los limítrofes de esta villa apasionada y bellísima, sino no visito a saludarlos, antes, al lugar del descanso sacrosanto de cientos tiaparinos, donde reposan sus alabadas y amadas naturalezas de sus huesos…?. Yo, ya sabía que muchos de ellos, en especial a los que los conocí, tuvieron el privilegio de escalar y ahora permanecen eternamente en allá arriba. Me refiero en Apu Sondoro. Con algunos que emprendieron el viaje sin retorno y que ya no están físicamente para el goce de nuestros ojos, cuando ingresé al pueblo, bajaron y nos saludamos. Nos dieron la bienvenida con supremo contento. Eso, jamás lo olvidaré.

En el segundo día subiré hacia Allpatakana, Antalaka y Atun Rumiyoc. Ellos poseían tantas cosas por decirme. Sé que me están esperando. Además, todo estos largos años de nuestro distanciamiento inevitable y cruel, por no decir lo menos, almacené en mis átomos enormes pretensiones de encontrarme y conversar con ellos. Días antes ya me habían enviado sus mensajes para encontrarnos y volvernos a ver. Reencontrarnos para abrazarnos y cantar sentimientos de totoras y urpis, Tokaruaychas, y arpaschallay violenchallay. Especialmente con Atun Rumiyocc y con los habitantes de Gentil Machay. Dicen que están enlutados y a la vez furiosos, por las heridas sangrantes que venían causando los desgraciadores de las montañas a causa de la minería. Dicen también están coléricos por la traición miserable de algunos comuneros Felipillos. Hasta han aparecido nuevos nombres sólo por recibir migajas y favores. ¡Sí pues…las repugnantes ratas siempre están en todas partes…!

El tercer día iré a Gentil Machay; sí, a aquel lugar donde perduran sus restos de los antiguos dueños y señoríos de estas extensiones terrenales y praderas que hoy en ella habitamos. Los pobladores de Gentil Machay ya saben de mi presencia, y seguro desde ahora ya me estarán esperando.

Dejamos de vernos desde cuando fui niño, porque en aquella época cada año al realizarse la fiesta grande de Tiaparo: Mamacha Asunta, ellos, los habitantes de gentil Machay y Atun Rumiyoc bajaban como invitados especiales, vestidos con capas y ponchos de hilos de vicuñas. Sus atavíos sobre sus sombreros eran con plumajes de Siwar kentys y flores de kantus. Descendían avivando a los Apus guardianes principales del pueblo y entraban bailando en toro velay hasta el amanecer. Yo gozaba con sus presencias alborozadas. Ellos, al verme me llamaban y me trataban como si yo fuera uno más de sus componentes. Entonces yo saboreaba las melodías del toril ejecutados extraordinariamente por las bandas de guerra. Lo mismo con los violines de Benito Torres, Gregorio Camargo, Collayo de Saraica, Sacarías Quispitupa, Nicolás Huamaní y de otros. Entonábamos canciones de la tierra fecunda destinando nuestras composiciones musicales y espontáneas, hacia los toritos de las alturas de Tiaparo. En arpa, eran deleites a mis oídos de infante el del kusadito Nicolás Quispe, Juan Camargo, Argamonte, José Peña, Machu Almanza etc. Cómo bailábamos y cantábamos con todos los visitantes de las montañas. Con todos ellos seguro me veré en Gentil machay.
Antes de ir a dormir, fuimos a la cocina, acurrucándonos cerca al fogón de la tullpa, mantuvimos una larga conversación con la tía Meche, su hijo Julio Machaca Huillca, su esposa de Julio y los nietos. Al lado de la tullpa calientita le preguntamos cuantos hijos había tenido. Ella, nos respondió con la misma naturalidad de una madre ya venida a sus años otoñales, con cierto ánimo de contento mezclado con el abatimiento de sus ojos grandes y lacrimosos, designando los nombres de sus 5 hijos: Jorge, Juan (estaba en Lima) Ángela, Julio y Valentín Machaca. Terminó revelándonos con el rostro adolorido y su fisionomía afligida, que el último de su hijo citado, ya varios años atrás, habría sido arrancado de sus brazos por las garras desgraciadas de la muerte.

De pronto recordé el nombre de Valentín Machaca. Mi pensamiento quiso detenerse en un profundo suspiro y desconcierto, porque aquel joven amable con quién mantuve el primer encuentro, horas antes en Huillcas Pata, también dijo llamarse Valentín Machaca. Él, tuvo la amabilidad de informarme algunos pormenores del momento cómo atravesaba la comunidad de Tiaparo, y no tuve la ocasión para agradecerle por su gentil información. No le hice saber a la Tía Meche de este sucedido, sin antes preguntarle cómo era su hijo Valentín, si acaso había otro joven en el pueblo con ese mismo nombre y de qué murió.

Nuevamente sus ojos se humedecieron y su voz quebranto de madre adolorida, hizo temblar mi pecho porque empezó a revelar detallándonos a aquel hijo suyo que había dejado honda herida en su corazón:
“No, no hay nadie con ese nombre de mi qari wawuallay. Él era muy cariñoso, apenas tenía sus 22 años, conversador, amigable. Fue a servir a la patria en el ejército, allá en Antabamba. Muchas cosas sucedían en el campo aquellos años cuando él estaba de soldado,…un día mi wawua llegó sudoroso, pálido, quejándose de dolores en su espalda, pecho, estómago. Qué le habría pasado, no quiso contarnos, pero algo le habían hecho a mi wawuachallay. Sufrió varias semanas, un poquito antes de morir nos quiso contar…ya no lo entendimos bien…creemos haya sido en un enfrentamiento con enemigos, él habría logrado escaparse y estaba amenazado, o en el mismo ejército le habrían maltratado…él no quería volver a su base, y así murió de golpes que tenía en sus pulmones, pecho, estómago. Por ir a servir a la patria mi wawua murió…no sabemos pues a dónde quejarnos, tampoco el estado ha venido averiguar, si ellos sabían que aquí vivía. Ahora mi wawua ya no está conmigo. Su padre llora todas las noches por mi wawua… la vejes nos ha llegado rápido de tanto llorar por mi Valentin…”

(Continuará, Callao 24-10-14)

64754_957009080982601_219228433228029180_n

 

 

TINERARIO No. 6

Alejandro Medina Bustinza Apu Runku

Al escuchar las versiones de mama Meche, mi corazón se estremeció en hondo dolor y zozobra. Qué duda cabía, fue con Valentín Machaca con quien me había encontrado y entablado conversaciones aquí en el patio de Huillcas Pata. Sí, hasta nos abrazamos con tanta ternura, y tenía mucha razón mama Meche, él era un joven amable, conversador y sumamente sensible a las vicisitudes que acontecían en Tiaparo. No les dije nada acerca del encuentro con Valentín, con mayor motivo mañana iremos al panteón. Pensando en Valentín y el sufrimiento de sus padres, me fui a dormir. Cuánta desgracia e injusticia persistía en la vida de los campesinos de las comunidades andinas. Tan igual o peor que los trabajadores despedidos de otras zonas del país, después de ser asaltados sus fuerzas productivas por los dueños del poder y de los sectores patronales.

Al día siguiente, antes de las cinco de la madrugada alguien tocó nuestra puerta. Abrimos, el frío quemante cumplía su cometido emprendiendo a mordernos con sus dientes helados a nuestra piel. Apareció mama Meche trayéndonos agua tibia para lavarnos las manos, porque ya estaba listo el desayuno, nos decía. Invocó no levantarnos, argumentando que el frío estaba muy ofensivo. Quedamos sorprendidos por la atención esmerada y temprana de mama Meche; pues sentí vergüenza preguntándome qué yo había hecho para merecer tan considerada atención. Pero ella, con el acento cariñoso nos pedía que continuemos en la cama. Cuánto se parecía a mi abuela mamay Anqui.

Otro toque de la puerta escuchamos, al abrir era mamalla Sabina Torres, entró trayéndonos papa sancochada con su ají de queso, charqui tostado y agua caliente con hierba buena. Después vino otra, y otra, y otra. Nuestro dormitorio se llenó de chuños sancochados, mote calientito con pedazos de chicharrones; lawita de maíz con su morón de olluquito y queso etc. Retribuimos nuestros agradecimientos a todas, quedándonos conversando hasta la salida del sol, entonces abrimos también nuestros paquetes donde habíamos llevado nuestros cariños. Unos cuantos panecillos, caramelos, bizcochos etc. pero lo más interesante, desatamos lo que habíamos llevado con cierto temor para la familia de Huillcas Pata, si acaso de repente no iban a recibirnos.

Meses antes de viajar, junté unas cuantas cositas y ropitas para la familia de Huillcas Pata. Canicas para los chiuchis. Quedo agradecido a los amigos y familias por sus voluntades y sin mayores argumentos, quienes me alcanzaron cuando les pedí y el fin que se iba a cumplir: al profesor Carlos Gonzalo De la Torre, a la señora Gricell Vásquez, a mi hija Juliana Medina, a mi compañera Lola Matos etc. A ellos mil gracias. Mis parientes, con tanta alegría nos han recibido y eso fue maravilloso. Cuanto quisiera haber llevado para todos los niños del pueblo. En especial para esta temporada de friaje.

Ya en altas de la salida del sol, con el estómago lleno salimos del dormitorio. Por ahí subía jalando unos caballos, machu Simeón Huamaní y su familia quienes se dirigían a su cabaña de Uyuni. (El tío misti estaba aquí…oí comentarios que un día antes hubo celebraciones de varios matrimonios…me hubiera gustado presenciar; los casamientos en Tiaparo son muy especiales y de una connotación sumamente exclusiva y telúrica). Trini salió contenta, se enroló para ir junto con ellos.
Más arribita de Huillcas Pata, por la casa de don Vidal Román había banquete. Me llamó Trini antes de emprender hacia Uyuni. Subimos con mi compañera, pocos nos conocían. Parece allí ocurrió el matrimonio. Les reconocí a sus hijos de don Juan Soria. Nos invitaron a saborear caldo de mote pelado con sus carnes enormes, la chicha en jarra típica muy especial para estos eventos. Imagínense nuestros estómagos. Fueron muy amables con nosotros.

Después, ya cercano a medio día nos dirigimos hacia el panteón. Las despedidas de la fiesta toril por la conmemoración del 28 de julio continuaban celebrándose en las casas de las autoridades del pueblo. Con banda de guerra y orquesta. Sentía grandes ganas de entrar a bailar y cantar, pero tenía que cumplir la agenda. Llevamos nuestras velas, la coca, los licores, cigarros, inciensos, cinco colores de flores etc.

El panteón se hallaba bien conservado, cercado con paredes firmes, su puerta grande con rejas de metal. Qué bueno por estar así. El tío Donato Machaca que ya estaba con nosotros nos condujo donde Taitas Sinforiano y Julián Huillca Huamaní. Fue enorme la tristeza y el contento, mezclados así cuando vi y me acerqué a las tumbas de mis tíos abuelos, reencontrándome después de tantos años de ausencia en la distancia. Mama Meche les habló en doliente transmisión y con su voz animada. Les decía:

“Taitay Sinfo, taytay Julián Huillca Huamaní, kaijqa munaskaiqui wawayqikuna jawaqniiqi chayaramusqaku. Papai, kantan mañakuiqi atun taytachakunata niikunaiqipaq, sainaná kay wawanchiskuna amunanpaq sapa punchau, sapa killa, sapa wata…” (“…Padres míos: Siforiano y Julián Huillca Huamaní, aquí están tus hijos nietos que tanto los querías, han llegado a verte. Padre mío, te invoco a ti para que a los dioses grandes les pidas que estos tus hijos no dejen de venir siempre cada día, cada mes, cada año…”)

Luego modulamos aquel yaraví ayataki que de niño les oía cantar a don Luis Román y a don Justo Avendaño. Ellos, lo interpretaban con la correspondiente musicalidad de desconsuelo y lamento que encerraban en su interior este ayataki. El canto estaba orientado hacia los espíritus de los que ya no estaban en este mundo terrenal de los vivos (kai pachapi), sino en el otro mundo de abajo (uku pachapi). El ayataki lo dedicamos a todos los santos que descansaban en el panteón de Tiaparo, y brotaba de nuestros labios, agudo, lento, silencioso pero a la vez dulce, como gemidos huérfanos salidos desde nuestros pechos reanimados:

“Kay mundopi kausak runa / agua benditata / ichaikamullaway.
Achakallau aqakakallau / imai vidatat /kaillay vidari.
Wauqeikuna panaikuna / kuskapunilla / kausaikullanqis.

Gente que aún viven
en este mundo
échenme agua bendita.

Ay cómo quema
cómo duele
qué vida será
esta desconocida vida.

Hermanos hermanas
hagan vida
y vivan juntos
siempre juntos.
Con nuestros ojos llorosos, después de la ceremonia entre himnos y oraciones, ahora teníamos que dirigimos a la tumba de Valentín Machaca. Sí, fuimos hacia él, y ahí estaba… (Continuará, Callao 26-10-2014)

Itinerario por Tiaparo No 3. Alejandro Medina Bustinza

Itinerario por Tiaparo No 3

 

Habíamos arribado al pueblo; en la entrada yo empezaba a distinguir las primeras casas con sus tejados rojizos, otras pocas con calaminas. La apariencia de sus construcciones nuevas me hacía deliberar los cambios que se habrían suscitado. Ya no eran de aquellos tiempos. Otras casas en cambio, aparecían con sus techos abatidos; las ventanas caídas, sus paredes semi destruidas y abandonadas, como si en sus interiores sólo subsistían las sombras de sus silenciosos habitantes que un día se alejaron para siempre. O simplemente las memorias de sus dueños retirados, quienes renunciaron a no volver de las ciudades grandes y se olvidaron de ellas. Presentí, que desde entonces aquellas viviendas, solitarias y abandonadas, envejecieron. Sólo les quedarían perdurables soledades en sus sombrías habitaciones; el llanto quemando sus dulces recuerdos de un tiempo que albergó amorosamente a sus ocupantes, ahora ausentes y lejanos. Yo sentí espinazos en mi pecho.

Se estacionó el coche en la puerta de una vivienda, aquellas sombras abandonadas ya casi encenizadas de las casitas desatendidas, salían de sus ocultos para vernos si acaso algún familiar de ellas, se acordaron por fin en volver a Tiaparo, siquiera por un momento. No importaría aunque fuese sólo por un día, unas horas, un segundo. Sería suficiente para regresarlos a la vida. Pero luego sus esperanzas se desvanecieron, al notar que no éramos sus parentelas. Apesadumbradas, envueltas en sus enormes tristezas, nuevamente retornaron a sus silenciosas y viejas paredes de casas olvidadas. Otras moradas ya no estaban en sus lugares; vencidas por el tiempo y abandono, se habían hecho pampa. Seguro, empolvados de sus tantos sufrimientos habrían decidido volver a la tierra; ya ni siquiera sus paredes aparecían. Sobre ellas, únicamente algunas hierbas comunes chaschaqueban sus ramillas verdes blanquecinas: la muña muña, allku quikska y el pasto seco; sólo ellos estaban encargados como sus guardianes permanentes. ¡Cómo me penaba el corazón…!

Bajé del vehículo, puse mis manos sobre la tierra, lo recogí y me abracé fuertemente de ella diciéndole aquí estoy, sí, yo soy el colibrí del manantial que se dispuso a retornar después de tantas décadas. Le decía también, que yo jamás me he dejado seccionar mi cordón umbilical de sus elevados peñascos. Estoy aquí, completo y siempre ligado a los espirales elementales del murmullo de las aguas claras que bajan desde Tirani Kocha y Gentil Machay. Tampoco había permitido a las rapacerías, desgarrarme con sus  toxinas prejuiciosas (sólo porque tenía el color de mi piel diferente). Sí, le dije que nunca he dejado de llevar este matiz de mi epidermis, iguales a las de estas alturas colmadas de espejos piedras fulgurantes; sílabas indescriptibles impregnadas en los núcleos de los bosques y pájaros trinadores de la tierra nuestra. ¡Mi espíritu no estaba insalubre ni pintado mis cabellos de colores ajenos…! La tierra estaba sumamente alborozada, tan iguales que yo y los habitantes de allá arriba, de Apu Sondoro, cuando me brindaron la bienvenida unas horas antes.

En la puerta de la casa nueva donde se estacionó el coche, decía mi hermano que ahí vivía la hija de un familiar, justo al ingreso al pueblo. Yo esperaba ansioso en encontrarme con mama Mercedes Huillca, su esposo machula don Donato Machacca, sus hijos; mama Sabina Torres de Huillca, etc. Al oír decir que allí vivía un familiar, me consideré aliviado, por lo visto ya tendríamos algún pariente a quien sabríamos acercarnos. Pero no había nadie en aquella vivienda, tal parece este día que llegamos todos los habitantes de la comunidad se hallaban ausentes de sus residencias; porque inmediato, a lo lejos oímos a los musiqueros de la banda de guerra coreando las tonadas inconfundibles de waka pukllay…¡Sati…sati..sati sati….!

Efectivamente, era la música toril del toro pukllay que estaba realizándose en el pueblo. Con mayor claridad escuchamos las ovaciones que venían desde la Plaza de armas de Tiaparo. Deducimos que las autoridades del pueblo, por ser el 28 de julio, hayan podido organizar el toro pukllay,  para el regocijo de la población y el homenaje característico a la historia, por ser un día especial de las fiestas patrias. Aquel acontecimiento era la razón del porqué la ausencia de las personas en sus casas. Gran parte de sus habitantes estaban viendo lidiar a los toros en la Plaza de armas.

Cuánto hubiese querido ir al rodeo inmediatamente, para ver a los toritos bravos y ariscos de estas tierras pajonales, traídos desde las alturas de Apu Sondoro, Wipani, Uyuni, Waranqa, (felizmente aquí, no se permitía el salvajismo ni se maltrataban a los toritos) para ser capeados con sus llikllas y ponchos por valientes maqtazos de la comunidad. Pero ya era tarde; yo tenía grandes ganas de llegar primero, a Huillcas Pata, y para eso tendría que dirigirme, en seguida, hacia Uman calle.

Mis ansias disponibles de profundos ríos hervían desde mis interiores unitarios, deseando en llegar rápido al barrio de Human Calle, allí donde amasé mis reguladores juegos de amancaes y geranios; a puro warakazos y tinyas, al son de las finísimas resonancias del chirisuya de taytalla Quintín Machacca,  junto al clarín armonioso de Machu Estaban Tapia, quienes atizaron en mí, cúmulos de componentes sunchos y acelgas, y se encargaron en afinar los azules cardinales de mis vientos interiores, (de una parte de mi infancia) cuando viví por aquí junto a mamay Anqui. Quería saber cómo estaban los rayanes; los chiwakos y cheqollos saltarines y bulliciosos. Las piedras grandes en Huillcas Pata; los huertos de ajenjos y coles de taita Timoteo Huamaní y mamalla Ramosa. Sin perder más tiempo me dirigí hacia ellos; cogí mi mochila donde traía unos libros para leer y subí por unos caminitos angostos hacia arriba, en búsqueda de mis huellas dejadas y esperando hallar alguna parentela para abrazarlos arduamente… CONTINUARÁ

                                                                                                                   Callao 3 de septiembre del 2014