Itinerario por Tiaparo. Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

Lamentando el reinicio de la agresion impune al pueblo palestino y abogando por una solucion pacifica en igualdad de condiciones presentamos esta  bella nota sobre el retorno a Tiaparo de nuestro wayki Apurunku. Verdadera poesia del espacio. Lugar de rencuentro con el origen, al que tienen derecho todos los humanos del mundo.

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Itinerario por Tiaparo No 1

Animarme viajar a Tiaparo, después de casi cuatro décadas, no me ha sido nada fácil, tampoco fue difícil. En primer lugar, yo deseaba continuar creyendo (digo creyendo, porque siempre me pareció que Tiaparo era un lugar extraordinariamente maravilloso, límpido, perfecto, es decir un paraíso) Deseaba conservarlo así como producto de mi recuerdo cuando una temporada de mi niñez viví junto a los tiernos y exquisitos cuidados de mi abuela materna Ángela Huillca Huamaní y, de mis tíos abuelos Huillcas – Huamanís.
Para mí era el olimpo, el lugar dulce de los festejos y de las alegrías de la naturaleza, como lo es tantos otros pequeños pueblos andinos olvidados por la oficialidad, existentes en los más recónditos de nuestra geografía Aymarina – Apurimac (Capaya, Tanta, Canua, Condebamba, Laimi, San Antonio, Tamica, Toraya, Soraya, Huamcapampa, Huayquipa, Saraica, Yanaca, Piscoya, Qarawatani, etc.) a comparación de las viejas sociedades citadinas que han amilanado sino con sus avances de hábitos de consumidores osados y patogénicos occidentaloides.
Yo quería seguir creyendo en un lugar inmensamente precioso, rico: sin maldades, odios ni remordimientos; con sus colectividades por delante. Incluso pensé que era una especie del pueblo de Macondo de Cien años de Soledad de García Márquez. Tierno, infinitamente original, único. Aunque debo decir, en parte, nuestros poblados andinos felizmente aún continúan conservando aquello, sólo en parte. Sobre todo en sus capacidades de mantener viva a través de sus memorias: sus historias, cantos, anécdotas, cuentos, historias de sus padres. De sus sufrimientos y alegrías.
Y para eso se sirven de sus maravillosas memorias, individuales o colectivas, tan creativas y eficaces como cualquier otros instrumentos de recordación. Allá, los inmemoriados están expuestos a pocas posibilidades de convivencias participativas familiares y comunales; es decir, los que olvidan de lo que deben saber, pues ellos no tienen mayor notoriedad en sus núcleos familiares y comunales. El manejo de sus memorias, tan frescas y lúcidas afortunadamente aún continúan funcionando para mi gran alegría. Tal vez por eso nos dicen, a los que emigramos, que al salir de nuestros lugares a las ciudades grandes, fácilmente olvidamos y nos volvemos sólo en inmemoriados criticones y prejuiciosos. Señalan sencillamente que nos auto desterramos olvidando de dónde somos, qué significa poseer un origen, dónde están nuestras raíces. Nos indican que denegamos con facilidad a la tierra que un día nos dio abrigo, olvidamos a nuestros padres, abuelos, a nuestra lengua materna etc.
En segundo lugar, partí el 26 de julio, les decía de nada difícil, pues esos días del año las situaciones de alza del costo abusivo de los transportistas desaniman viajar, (en el Perú se vive según oficialidad en bonanza, sin embargo en la realidad del bolsillo de los sectores populares no es sino puro cuento de perros muertos). La dificultad de la distancia desde Lima; el nivel de Tiaparo que se halla en algo más de 3,500 m.s.n.m. La temporada de friaje en las zonas andinas del sur etc. En mi caso, las tibias posibilidades de hallar algún familiar cercano que me pudiera acoger (mama Meche Huillca Salazar y su amado esposo don Donato Machaca) sobrina de mi abuela, felizmente significaron la solución de esta dificultad… Y así llegué a Tiaparo el 28 de julio, gracias a la ayuda y buena voluntad de mi hermano Armingol, quién nos ofreció transportarnos en su vehículo desde Chalhuanca hasta Tiaparo. De lo contrario los aprietos hubieran sido mayores, debido a nuestros equipajes, que después les comentaré en qué consistían

 

TINERARIO POR TIAPARO No 2

Por: Alejandro Medina Bustinza

Sí, allí estaba Tiaparo, frente a mis ojos nublados y repletos de trinadas alegrías. Por fin podía estar a la mira de mis sentidos, deleitarme de su telúrica e indescifrable horizonte panorámica. Convencerme de su existencia real, desde aquella cúspide de Cruz qhasa, al lado de Wipani, (después de una ardua subida desde Choqemarka) hasta voltear la cima. Inmediato divisamos a Tiaparo, era Increíble, bellísimo, como el color de los aleteos azules, amarillos, verde oscuros y purpurinos de los picaflores y pillpintos revoloteando sobre corolas de achanqairas, azucenas, orquídeas y amancaes. Y yo que pensé que Tiaparo sólo había sido un sueño, una ilusión, un espejismo que dibujé en algún tácito umbral de mi niñez ya ausente y lejana a mi actual materia pensante.

Sin embargo ahí estaba, pulcrísimo, tan cercano a mis manos, juntito a las alturas del cielo azul; contiguo al sol radiante y a centímetros de mis hombros. Desde aquella cúspide me mostraron parte de las montañas que rodeaban al pueblo; hacia la parte izquierda arriba aparecía un segmento del colosal y misterioso Apu Sondoro, guardián tutelar de Tiaparo. Conforme bajábamos por Ichu Marka hasta llegar a Atun Wayqo, siguiendo la ruta horizontal hacia el pueblo, desde allí ya podíamos divisar mucho mejor y completo al Apu Sondoro. Ahí arriba aparecía el tayta Apu, en lo alto de otras elevadas cordilleras, con su entendimiento de roca nativo y pan de maíz y chuño recubierto de luna semi oscura. Cavilé inmediato en su inmenso corazón de fuego desplazándome por sus venas físicas de millones de eslabones cristales del universo, hasta el centro infinito de su sabiduría cósmica. Al llegar a su médula celulosa de piedra granítica, por fin sentí en mi pecho, ahora mucho más cercano que siempre, el palpitar de su energía, su voz silenciosa discerniéndose en mi espíritu agitado y dispuesto a recibir sus mensajes.

Mi hermano Armingol continuaba manejando, mis familiares en el interior del vehículo, (mi esposa Lola, mi hermana Trinidad, mi madre, su esposa de mi hermano y sus dos hijos venían conversando) Entonces, por un momento cerré mis ojos y de pronto el Apu Sondoro nos ofrecía la bienvenida. Sí, desde su montaña arriba empezaron bajar por las laderas…un sinnúmero de personas (hombres y mujeres) vestidas de terciopelos y mantas hechas con lanas vicuñales y ovejunos. Parecían desplazarse por el aire. Mis familiares parece que no podían advertir aquellos sucesos. Decenas de personas desde arriba aparecieron con sus sonrisas festivas, agitando sus brazos, como diciéndome: “Chinito…ya era hora que llegaras…hace tiempo nos tenías esperándote, ahora nuestros corazones están contentos… ”

Yo no sabía cómo responderlos para agradecerles, quedaban bastante lejos de mi alcance, pero sí podía oír y verlos. Sólo me limité abrazarlos con mis ojos llorosos. Entonces pude reconocerlos a todos ellos, porque ahí estaban: Quintin Machaca, Esteban Tapia, mis tíos abuelos Mariano, Sinforiano y Julían Huillca; Marcelo, Timoteo y Toribio Huamani; don Justo y Felipe Argamonte; don Mariano Huamaní, machu Epifanio Román. En primera fila aparecía mi abuela mamay Anqui junto a su hermana Valentina Huillca. Luego Antonio Huamaní y su esposa Felicitas Zúñiga, mama Siriana y mama Ramosa; don Genaro Moraya, Luis Román, machu Nicolás Sánchez, Sacarías Quispitupa, machu Hipo, mama Silveria Challqui, Bienaventura, doña Lucía Huamán, bellísima y siempre frondosa ella. Don Ramón Quispe Soto que un día vino por Pachaconas y llegó a Tiaparo y quedarse para siempre. Y muchos otros más estaban frente a mis ojos, agitando sus brazos.

Pude reconocerlos parte de ellos, porque fueron mis grandes orientadores en el conocimiento de los colores de la inmensidad del cielo azul. De los campos libres, los nevados de las cordilleras. Sí, ellos fueron los forjadores de mis sentimientos perdurables. Del abrazo tierno y sincero de los corazones, como en las hierbas comunes de las praderas verdes. Quería abrazarlos o acercarme a ellos, pero no pude. De pronto escuché la voz de mi hermano Armingol anunciándome que ya estábamos entrando a Tiaparo. Abrí mis ojos… ya no estaban aquellos personajes. Miré hacia atrás y distinguí el panteón del pueblo y, al fondo y más arriba aparecía el Apu Sondoro. Mirando a la montaña sagrada sólo me dije: “Allá están todos…ahí viven…ya habrá tiempo, tal vez mañana mismo iré a visitarlos y me encontraré con todos ellos…” (Continuará…)
(Callao, 17 de agosto del 2014)

HOMENAJE A FEDERICO LATORRE ORMACHEA / Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

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Escritor del pueblo, hermano mayor, fundador y miembro del Gremio de Escritores del Perú (Lima, 20/3/2014)
Por el poeta: Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

En una de sus conferencias de personaje adjudicado a su vocación artística, de una posesión evidentemente adscrita a una filiación hacia las causas populares y, sin medias tintas, Charles Chaplin decía: “…yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino, es ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás y no hacernos desgraciados…”

Estas líneas me hacen recordar, las tantas veces de agites que asumía un hombre genuinamente humano, que fue siempre copartícipe con los suyos y con los que no concertaban sus ideales; sensible de su tierra y de sus elementos que él amaba en demasía. Poseía una vivencia sincera, sin escrúpulos, afrontando al cinismo y desmedro de los demás. Depositaba toda tu alma, nuestras voces, el conjunto de nuestros espíritus al servicio de nuestro pueblo, como dijera en su mensaje Feliciano Mejía el día del sepelio de aquel humano que nos dejó en orfandad:
“…muchas veces él luchaba contra la indiferencia maldita de nuestros coterráneos para organizar eventos y llamarme y llamarnos, y buscarnos y traernos a Abancay, para dar nuestro arte y amor a nuestros hermanos…”

Como advertirán estimado público, me estoy refiriendo a nuestro hermano mayor, a aquel raro personaje que supo amar y amarnos sin limitación alguna. Maestro de profesión, escritor de vocación. Me refiero al distinguido y prolífico escritor apurimeño, FEDERICO LATORRE ORMACHEA. Prolífico, porque se desempeñó en todos los campos de la magia escritural: cuentos, fábulas, poesía, teatro, novela, ensayo, biografías, historia, estampas costumbristas, leyendas, etc.

Él, en esa entrega de su confinada labor, de tan sólo pretender y hacer partícipe a nuestros pueblos, la cultura a partir de nuestras raíces, muchas veces le cerraron las puertas por nuestras propias autoridades de turno; entonces, Federico se sentía muy mal, y me decía:

“…Apurunku, ya ni siquiera tengo vergüenza ajena, sino es nuestra propia vergüenza, como apurimeños que somos. Me dijeron que no se puede, porque viajaron los ejecutivos. En otra, me respondieron que habrá recibimiento a representantes ministeriales y gerentes de las minerías, para establecer los convenios, y ha sido anticipado con tortas y quema de castillos. Y luego en otra, señalan que destinaron el presupuesto para auspiciar a las fiestas costumbristas de peleas de galllos, apoyo al arte en el trasladado desde Lima, a los banderilleros, para las sangrientas matanzas de toros de muertes, etc. etc. Fíjate mi querido Apu, a esas bazofias pos romanas le llaman arte…”

En estas peripecias de ir y volver, entre súplicas y ruegos, (como si fuera limosnero) trajinaba Federico; y sabemos que en los gobiernos locales y regionales existen porcentajes presupuestales destinados exclusivamente para invertir en los proyectos de educación y cultura. Federico, tantas veces fue negado; aunque hubo algunas pocas excepciones, eso es cierto, pero ya de tanta exigencia se conseguía un pedazo de pan quemado que aparecía en la puerta del horno. Esto les digo a manera de la expresión del más grande poeta peruano: César Vallejo Mendoza.

Federico, pudo haberse dedicado y tenía para elegir otras ocupaciones: cargos relevantes de directorios públicos, departamentales y administrativos, y acaso hasta congresales. Hubiera vivido cargando enormes chequeras bajo su comprimida y pequeñísima geografía de su bolsillo, donde sólo cabía el mísero y escuálido salario de un maestro jubilado, con el cual, como gran parte de los maestros escritores, publicaba sus libros, y él mismo dedicaba a ofrecerlos a que le compraran; si acaso así recuperaba alguito de su salario autoexpatriado o encarcelado en las publicaciones de sus obras literarias. (Anécdotas) era un excelente vendedor de sus textos…

Pero no, él no había nacido para otras ocupaciones, como dijera Chaplin. Alguna vez tuvo una encargatura de la dirección del Instituto Nacional de Cultura de Apurímac, menos mal que fue fugaz. Si hubiese seguido el camino hacia agradables sillones burocráticos, tal vez le hubiese gustado, sobre todo, las comodidades y fácil acceso a las obediencias lucrativas, y establecido (como tantos otros, felizmente no todos) una banda de tragaderos en el estómago. Y lo peor, hubiéramos perdido a un gran escritor y difusor incansable de nuestra cultura apurimeña. Pero, como le conocíamos cómo era él, siendo autoridad, seguro que priorizaba la difusión y práctica de la cultura, y él jamás habría aceptado los juegos sucios. Entonces, mil veces le hubiesen despedido, por ineptitud a las nebulosas prácticas de facturarse el pan, fácilmente.

Federico, lo único que solicitaba, era el de llevar la presencia de la cultura intelectual, la ciencia, el arte, hacia otros partes de nuestra geografía apurimeña; no sólo a Abancay ni a Andahuaylas, sino a nuestros pueblos de: Grau, Antabamba, Aymaraes, Chincheros y Cotabambas; con la presencia directa de los trabajadores de la cultura, encargados de descifrarnos el espíritu vivencial de nuestros pueblos, para que nuestros infantes y adolescentes pudieran ver y escuchar directamente las palabras de los escritores, los colores de los pintores, los sonidos con los que trabajan nuestros músicos etc. sobre todo, para hacerlos conocer con los entendidos, a nuestros grandes personajes de nuestra historia y a sus escritores. Personajes importantes y artistas Apurimeños, los que ya no están físicamente, y a los que aún nos acompañan:

Micaela Bastidas, Juan Espinoza Medrano, Agustín Tamayo Rodríguez, Hugo Neira Samanez, José María Arguedas, Manuel Robles Alarcón, Josefa Francisca de Azaña, Jorge Flores Ramos, Feliciano Padilla, Feliciano Mejía, Alida Castañeda Guerra, Guillermo Viladegut Ferrufino, Hernán Hurtado, Humberto Collado, Fredy Roncalla, Nilo Tomaylla, Niel Agripino Palomino, Lucinda Martinez Zuzunaga, César Aguilar Peña (el Chillico), Alarcón Silvera Blequer, Hermógenes Rojas, Lily Flores palomino, Luz Zamanez, Luis Rivas, James Oscco Anamaría, Genaro Orihuela Cahuana, Eduardo Castillo Ortiz (el rocinante), Ángel Maldonado, Venancio Alcides Estacio, Los Amautas de Chalhuanca, Aníbal Guerrero, Mariano Huillca Huamaní, y tantos otros que me hacen imposible nombrarlos, porque me pasaría toda la noche enumerarlos.

Federico Latorre Ormachea, estaba consagrado a la investigación y recolección de los indicios culturales a través de la oralidad que nuestros pueblos nunca han dejado de crear y practicar en sus vivencias comunales. Aun cuando los acechos de la aculturación, en un medio geográfico socialmente discriminado y agredido en todo momento, donde las riquezas culturales de nuestras comunidades originarias son fracturadas y desdeñadas hacia el individualismo occidental, Federico los rescataba de manera pacienzuda, con la ternura de un trabajador intelectual sumamente minucioso, para llevar a la escritural, porque entendía perfectamente que en aquellos manifiestos orales estaba vigente, toda una fusión del espíritu cultural de nuestro país. En especial, de la región de Apurímac.

Si pues, él hacia todo eso. No faltaron quienes desde sus artificiosos laboratorios de traslúcidos escribidores de cisnes y amantes prolegómenos de anorexias, tildaron sus trabajos de Federico: de escuetos descripciones regionalista, costumbristas pueblerinas, localista, folklorismo anecdotario etc. eso siempre lo han dicho, incluso a Vallejo, Mario Florián, José María Arguedas y a muchos provincianos intelectuales, quienes fueron agredidos con calumnias y discriminaciones llenas de mezquindades baratas.

Frente a éstas, por lo demás menudencias, quisiera citar las palabras oportunas de un gran artista plástico, cajamarquino, el pintor Ever Arrascue Arévalo, quien nos dice: “…Si alguien nos llaman pintores aldeanos o costumbristas, es mejor y estamos orgullosos de serlos, porque es mucho más significativo pintar un campesino, un pescador, un obrero, o una madre con sus hijos; porque esa es la esencia moral y social de la humanidad; además, creo que el arte es grande cuando nace de una necesidad humana…”
Sabemos queridos hermanos, la oralidad fue y sigue siendo el instrumento de mayor uso de los habitantes de nuestros pueblos andino amazónico y costero. Fenómeno sociocultural que influye y rige en gran parte, las concepciones de la vida común y colectiva de nuestras sociedades originarias. Pues con la oralidad, continúa manteniéndose latente las prácticas, el pensamiento patrimonial, la preserva de los valores procedentes. Nuestra historia, nuestro origen, nuestro futuro a partir del presente con las experiencias y conocimiento de nuestro pasado. De eso, Federico Latorre estaba muy seguro, y como todo hombre comprometido, trabajaba para un mundo nuevo. Sus palabras constituyen instrumentos de cambios, porque fue nato narrador, con evidente manejo de flexibilidad de términos propios en español peruano y runa simi (en quechuañol, como diría Arguedas).

Si leemos algunas líneas de una de sus cuantiosas obras de Federico, percibiremos lineamientos artísticos con acertada sensibilidad afirmativa, consciente de la pobreza, abandono y hambre de nuestra niñez mayoritaria del Perú profundo, intensamente sentidas y vividas por el escritor. Y es ahí, donde sus expresiones artísticas fluían con mayor altura, por cuanto están elaboradas de manera dulce, llena de imaginaciones fantásticas. Sus vocablos armonizaban con salpicones de aguaceros y relámpagos llenos de picardías andinas, ironías populares e historias de amores embrujados. Amores perdidos y reencontrados en algún rincón entre molles y retamales ocultos. Sus personajes son propios y mágicos, extraídos de las tradiciones populares de nuestros pueblos andinos; lo cual, evidenciaba su ideología en la revalorización y transmisión perenne del runa simi, hacia las generaciones futuras a través de sus relatos.

El señor Sisinio Fernández Quispe, que le hiciera el prólogo a una de sus obras de Federico: “EL Sonámbulo”, afirma de manera acertada en dicho preámbulo: “…Federico aspira combatir y menguar la alienación en que se sumerge a nuestra niñez y la juventud, encausándolas hacia la defensa de nuestros valores culturales, esclareciéndolas ideológicamente y orientándolas al servicio de nuestro pueblo; no en balde hay una gran coherencia entre su vida y su obra: ambas gravitan con intensidad positiva en la urgente tarea de forjar nuestra identidad cultural e independencia nacional…”

Y tenía que ser un maestro, ya jubilado, Federico seguía ejerciendo su profesión incansable de trabajador de la cultura, artesano de la palabra. Él, nunca dejó de ser maestro. Y pensar que en algún momento, la miopía y perversión de los míster miedo, tan igual a los escupidores desde el auto, como señala César Hildebrandt, algunos se encargaron de calumniar al magisterio peruano, de manera personal, social y profesionalmente y con todos los agravios humillantes que pudieran existir, aduciendo: que los maestros no leemos ni escribimos y, que somos simples comichaus.

No sé, cuánto tiempo pasará para que vuelva otro Federico Latorre Ormachea, los patronos de los nichos de la crítica oficialista, jamás aceptarán que en el interior de nuestro país: ayer, hoy y siempre, se vino y se sigue escribiendo una literatura elevada, cumpliéndose así la herencia genuina de la tradición narrativa y poética de nuestros pueblos andinos, amazónicos y costeros. Federico, es heredero y parte de esta tradición, más aún, siendo él, coterráneo del más inmenso intelectual de nuestro tiempo: el taita José María Arguedas.

Federico vivía y sentía a su pueblo natal, a sus buenos amigos, a la juventud, a la llegada del nuevo sol que aparecía por encima de Ampay y Salkantay, dibujando alegrías de los rocíos meciéndose en las intimpas y achanqairas; pero también a partir de su tristeza vital y sensibilidad que le causaban las realidades de abandono de nuestros pueblos rurales, escribía con la emoción de un hombre con sueños de saber, que algún día nuestros pueblos serán finalmente, constructores y dueños de sus propios destinos.

Fue distinguido en varias oportunidades, merecidamente, por distintas instituciones. El mayor reconocimiento fue, el de haber recibido con entera justicia, la Condecoración con las Palmas Magisteriales en el Grado de Maestro el 6/7/ 1999 por el M.E., en mérito a su ejemplar trayectoria de conductor de niños y jóvenes apurimeños y peruanos.(…)

Publicó más de 21 libros, y deja 18 obras inéditas. Pocos seres humanos han existido como él, escasos maestros que dejan honda huella de quién se podía aprender y mirar los ojos sin ataduras ni avaricia alguna. Sin erizos desde la espalda. Fue siempre abierto y sincero. De Federico, podíamos citar lo que dijo José Martí cuando falleció su amigo, el escritor venezolano Cecilio Acosta: “Cuando partió tenía limpias las alas…” Pues, así partió Federico Latorre Ormachea dejándonos en orfandad, y fue: un gran amigo, un gran hermano mayor, un gran Amauta. Por ahora eso es todo… y muchas gracias.

Lima, 20 de marzo del 2014