En la finca de la tía Mila. Blas Puente Baldoceda

En la finca de la tía Mila




Ia

A Rafacho, el hermano mayor, lo dejaban por un mes en el fundo de la tía Mila en compañía de Jisho, el hermano menor, un par de mataperros. Pero también a los últimos, Shato y Machahuay, un par de palomillas, por separado, cuando frisaban entre los once y los siete.  Y si uno de los cuatro amanecía lechero, bajaba con los tíos en el jeep a La Merced los días sábados para la venta en el mercado de los quintales de café, cajones de frutas, canastas llenas de huevos y limones, y costales repletos de maíz.  Al caer la tarde, pese al ensordecedor canto de las cigarras, el croar de los sapos y el monocorde de los búhos, se solía percibir en la lejanía la quejumbre del jeep de retorno en las cuestas y el eco de los gritos de furor de la tía Mila que requintaba: eres una carabina de Ambrosio, viejo del diablo, en caso de que el Jeep se atollaba en algún charco o en caso de que se salía de las cunetas de la carretera zigzagueando en declive. No,  no te amargues en vano, mi negra –mansito como una paloma el tío Anchico con su machona–. Por amor de Dios, ten paciencia.

188497_120310778043530_100001938243802_152446_3113101_n

A lo lejos rugía el rio Toro. Las moles de roca salpicaban crestas de espuma en las orillas de arena. Las montañas se remecían desde los cimientos y ululaba el eco por leguas y leguas a la redonda.  Entonces, Rafacho, el loquillo, empezaba otra vez con los augurios sobre el fin del mundo. En menos de lo que canta un gallo –declamaba– la techumbre de los pabellones y los tabiques de madera, se desmoronaban y el torrente los arrasaría por desfiladero hasta la ribera del rio. Ni los aleros que cobijaban los mosquiteros de gasa blanca, el escondite para espiar al viejo Anchico que cuchicheaba sus penas con las ánimas en la penumbra de la hojarasca, quedaría a salvo. Y el techo del depósito donde se almacena la leña, las latas de manteca, las mazorcas atadas de la panca, y el tronco con el hacha en diagonal donde se degüella ¡zacatás, caifás! a las gallinas para el caldo del domingo. Y, asimismo, el techo de fogón de adobe en el cual la Estela adivina las tormentas de lluvia en los leños que chisporrotean sobre las cenizas.

Entonces, Jisho, desde la guarida del mosquitero, con la ñata entre los resquicios de los maderos, desgañita: el torrencial que nos manda Satanás por nuestros pecados, gracias al señor de los cielos, no nos arrasará hacia las turbulencias del rio Toro.  Y el Rafacho, derechito al infierno por blasfemar con su danza del apache, a la vez que se destornillaba de la risa, sudoroso y escurriendo lluvia. El Ratón, contagiado por la retahíla de herejías, brincaba sobre sus patitas de garza, sin importarle el perímetro de canaletas que desbordaban con el diluvio de Noe en el fundo de la tía Mila.

Ib

Antes de que amaneciera me atormentaba ya el gusanillo de las aventuras. Diseñaba bajo el mosquitero el episodio de aquel Jueves para llevarlo a cabo después de que los tíos Anchico y Mila agarraban viaje a la Merced para la venta de sus productos. Entonces, podía sacar la escopeta y en plan de Jim de la Selva subir a la pampa para hacerle puntería a los cuptes, los zamaños o los sajinos, animales de presa agazapados en los contornos de la espesura. A condición de no dispararles a los pájaros que pululaban en el jardín  y en el huerto de las hierbas, tubérculos y verduras, contaba con el libre albedrío de cazar a mi antojo.

Popsi, al principio, se hizo de rogar porque amaneció de mal humor, pero después apareció corriendo detrás mío, y logramos, casi a rastras, ascender la cuesta de ánimas en pena. Ya en la cima ojeamos y hurgamos por los alrededores por si de pronto se aparecía alguna presa, pero nones. De improviso Popsi se esfumó, aunque no tardaría en aparecer con alguna novedad. Al poco rato escuche que ladraba o aullaba, rabioso. Logré acercarme al borde de abismo en cuyo fondo había un hervidero de culebras, y allí estaba, pues, el Popsi en plena bronca con un oso hormiguero trepado en un árbol. El uno lanzaba zarpazos aquí y allá, mientras el otro se la ingeniaba para zafárselos con presteza.  Mi plan de volarle los sesos al oso hormiguero de solo un cartucho se frustró porque de mala suerte me arrodillé justo en una cuevita de hormigas rojas, de modo que dí el salto de mi vida.  De lo contrario, pues, le hubiera hecho trizas la mitra del oso hormiguero que bregaba por asestarle el abrazo de la muerte, pero Popsi, nada cojudo, se las ingenió para incrustarle antes los colmillos en la nuca, y ambos, trenzados, rodaron por el precipicio que culmina en el nido de las culebras, dejando una estela de polvo, ramas y hojas por doquier. Cuando llegué finalmente al borde, vi que se hacían añicos casi en la mitad de la ladera del barranco entre una de bulla de bramidos, bufidos y gruñidos, en tanto yo me rompía el coco por averiguar quién saldría vivo de la contienda ya que ambos se desbarrancaron justo en territorio de sierpes.  Entonces, no había más que resignarse a la tunda de latigazos con chicote de tres puntas: Popsí era el adalid de la cáfila de canes y, por supuesto, el más engreído de los doce perros de la furibunda tía Mila. Al poco rato logré escuchar a través del follaje los quebrantos cada vez más lánguidos de Popsi, pero ya no más los rugidos del oso hormiguero, sino unos ronquidos como si ambos estuvieran atragantando aire. Pasudiablo, ¿quién mancó, entonces?. Con la desesperanza a cuestas, de retorno al fundo, barruntaba ya el prodigio de las frotaciones con hierba de yanten de la abuela Estela que mitigarían infaliblemente los cardenales del vaticano que le aguardaban a mi pobre trasero.  Y justo cuando empezaba a bajar la loma de las ánimas en pena, se aparece, pues, el Popsi todo maltrecho, se postró el descuajeringado a mis pies y por más que le lloré para que me perdonara, sus patas se doblegaban, y, entonces, de sopetón borré la imagen de un Popsi en agonía, y al tiro corrí al rancho de los operarios en busca del capataz de los peones, Marcilinachu, sabihondo en hierbas medicinales. Con piel de culebra lo fajo como a guagüita, de cabo a rabo, pues, chiuchi, después lo frotaré con su encurtido de llantén. Lo rociamos su agüita de coca al alqu, y yatacristo, pues.  Escondimos a Popsi detrás del rancho de la peonada, debajo del toldo que cubre la despulpadora del café. Al advertir su ausencia, la tía gritaría a los cuatro vientos que el Popsi, el padrillo, estaría preñando a las perras con calentura por los confines de las montañas del rio Toro, pero cumplida su misión regresaría tarde o temprano. Y así fue como fue. Al cabo de unos días, el Popsi en el patio coleando con aire de culpa solo para aquerenciarse con la tía Mila, merecía toda mi pleitesía

 

Aproximación psicoanalítica a la creación narrativa de Rodolfo Hinostroza . Blas Puente Baldoceda

Nos acaban de dejar tres grades artistas peruanos. El poeta Rodolfo Hinostroza, el pintor Juan Javier Salazar y el acordeonista Celso Torres Neyra. A todos su familiares, amigos, y companeros de ruta nuestras mas sinceras condolencia. Acompano la entradada con una entrevista al poeta sobre “los huesos de mi padre” hecha por Ernesto Hermoza en Presencia Cultural
14900374_1232207586835392_5622520581189044166_n
Aproximación psicoanalítica a la creación narrativa de Rodolfo Hinostroza

A horcajadas entre el psicoanálisis freudiano y el psicoanálisis lacaniano, el discurso narrativo Aprendizaje de limpieza aborda la temática de la creación literaria en el seno de un hogar que habita el diáfano paisaje de Huaraz. El personaje narrador dice:

Toda una historia de literatos toda esta reyerta es nada más que una historia de literatos dios me he pasado la vida peleándome con mi padre y con mi madre a causa de la maldita literatura

Desde temprana edad el personaje narrador se apasiona por la letra de la lengua escrita y una vez asumida la escritura se horroriza ante la página en blanco, reacciones a las que subyace un resentimiento contra sus progenitores ya que ambos escriben con envidiable caligrafía y se desvelan por la gloria literaria. Dentro del marco del complejo de Edipo y el tránsito de la fase imaginaria hacia la fase simbólica, se concibe el ejercicio de la palabra en reciprocidad con el deseo sexual. Para este precoz voyeur de la privacidad de sus padres, la palabra es un flujo menstrual del inconsciente –o de acuerdo a Lacan, el inconsciente se estructura como el lenguaje–, y el acto de escribir similar a la defecación: chapalear gozosamente en esta nauseabunda materialidad para entregar al lector la subjetividad plasmada en una obra. Así pues mientras se masturba excitándose con las imágenes de un concurso de belleza en una revista, elabora mentalmente un concurso de belleza de páginas basada en la textura: el grosor, la porosidad, la dimensión y el corte del material donde se inscriben las palabras que configuran al sujeto. Este contenido psíquico de sesgo negativo –se alude a la violencia y la culpabilidad, por ejemplo– es exorcizado mediante un registro literario que pretende mimetizar la libre asociación de ideas de un paciente psiquiátrico. Rupturas sintagmáticas con la consiguiente trangresión y/o anulación de los signos de puntuación no impiden uno que otro rapto poético en las descripciones del escenario de la trama. Por lo general, prima una sintaxis narrativa de frases cortas en coordinación o en yuxtaposición que conforman párrafos tan breves como una frase, todo lo cual confiere un carácter fragmentario a la narración. Un simulacro estilístico que pretende reflejar la caprichosa asociación del decurso del inconsciente durante una sesión psicoanalítica. Ahora bien, una vez creada la palabra, no queda sino el vacío y la limpieza psíquica. El quehacer con palabra, artificio profano que se superpone al silencio sagrado, implica un sacrificio enorme e incomprensible. Escribir es, pues, una actividad enfermiza, extraña, transgresora, que sin pudor transgrede el silencio: o, en boca del personaje narrador, es manchar la página en blanco. Pues bien, al concebir la escritura como una usurpación y previlegiar el silencio con una soberanía legítima, el personaje narrador tal vez insinúa la impotencia expresiva de la creación literaria. Todo el estruendo de los escritores prolíficos no oculta sino una realidad esencial: la nada del silencio. Sin embargo, más adelante admite que la materia verbal es una forma de solución para la personalidad esquizoide y que la poesía sostiene al mundo. Pues bien, las páginas escritas sobre sus sesiones psicoanálisis constityen el meollo de su problemática: al destruirlas, atenúa su angustia. Probablemente porque allí quedan registradas la confesión de turbios sentimientos: violencia y agresividad instintivas, odio, hacia sus progenitores porque no sólo poseen el don de la palabra escrita sino que la ejercitan con buena caligrafía de la cual está privado el personaje narrador por haber aprendido sus primeras letras en una máquina de escribir. La burla de los mayores por el insoportable hedor de sus heces y su pésima letra predisponen al personaje narrador para escribir y dibujar con sus excrementos en un papel periódico. Esta afición por la materia fecal se vincula en cierto modo a una escena primaria de carácter anal: su padre era un sodomita consumado, inclinación que lo asocia no sólo al demonio y al azufre pero al ambiente del poeta maldito. Sea como fuere, el padre es autor de una obra teatral titulada La presa de los perros que versa sobre la palabra que todos se disputan: el personaje narrador considera sus dos libros publicados como dos niños muertos y para parir el tercero es necesario luchar y matar ante la indiferencia del padre. Este parricidio generacional en la creación literaria se enmarca dentro del concepto lacaniano “en el nombre del padre”, como el otro que posee el poder simbólico. Esto explicaría también la turbación profunda que produce en el personaje narrador la presencia de Córtazar en las calles de París en una circunstancia casual: este escritor consagrado es un desafío tan grave como la muerte. Por otro lado, la madre también es dueña del poder simbólico de la escritura y en su rol de matriarca puede escribir sobre las escorias de la familia, pero si el personaje narrador le arrebata dicho previlegio, teme conducirla al suicidio. En realidad, es imposible la relación entre una buena madre y un buen hijo, ya que ambas son imágenes míticas falsas: el contrato se trunca por la negación del uno por el otro y viceversa. Así pues, teme perder su imagen en el espejo materno: quizás el trauma sobre su identidad se remonta a la prohibición de lactar que le impusieron cuando era un infante. Pero este abandono existencial no conducirá al personaje narrador al suicidio. En cuanto a la relación de ambos con la literatura, dice:

Mi madre tiene terror a que escriban sobre ella.


No solamente eso también teme que hablen mal de ella es sin duda un poco parano siempre dudará de las buenas intenciones de quien lo haga además no veo por qué uno deba escribir sólo con buenas intenciones.


En el fondo tiene razón aunque no la tiene es una prueba de su fe en la literatura supongo que teme quedar retratada para siempre en alguna obra inmortal y en desventaja suya esto sería un acto irrevocable y malvado del que no podría reponerme.

Aunque ignora los secretos de su madre, el personaje narrador sospecha algo ignominioso e inhumano en ella, cuya revelación a través de la escritura lo aniquilaría, sin embargo, el escribir es fundamental y, a la vez, catastrófico. El personaje narrador insiste: es esencial escribir ya sea algo bueno, malo, sucio, con amor u odio.Y no importa el perdón de la madre, lo cual no va a restituir el secreto que la literatura revela, al convertir lo privado en público. Una literatura, pues, que cuenta la propia vida o la de los demás, aunque la vida de uno es nada, es indefinida en el dominio de lo imaginario, ya que sólo la inmersión en el dominio de lo simbólico configura la identidad ontológica.

Así pues, la pasión por la literatura en esta familia llega al extremo de la megolomaniaco. Al respecto de su padre el personaje narrador nos dice:

Por que toda esa megalomanía él necesitaba triunfar a toda costa debía probarnos a nosotros a mi madre que él era un genio o un gran artista incomprendido que un día sería reconocido por el mundo entero entonces podría pagar sus deudas con todo el mundo con mi madre ahora que lo digo tal vez con su propia madre y ser libre al fin magnánimo y desdeñoso con quien no lo había querido escuchar.

Asimismo, el personaje narrador adopta dos puntos de vista en la narración que mimetiza el discurso asociativo de una sesión psicoanalítica: por un lado, desde la perspectiva de su niñez, no entiende la escritura del padre; por otro lado, desde la perspectiva del adulto, afirma que era un lenguaje literario de fines del siglo pasado –rígido, convencional y enfático; aunque a los catorce años leyó unos versos tensos y musicales que lo emocionaron sobremanera pero duda si en la actualidad le causarían la misma impresión. Como quiera que sea, reconoce al fin y al cabo que era un poeta menor y un pésimo dramaturgo casi sin audiencia. Luego, finge entusiasmo e interés crítico en los escritos de su progenitor que enveje, cada vez más loco y miserable, cuyo estilo literario se había esclerosado en sus cartas rígidas, secas y autoritarias. Sólo por cumplir un deber y no por convicción se propone ayudarlo a difundir su producción literaria. Menciona, asimismo, que su madre no escarmienta porque prosigue con la ilusión de la consagración literaria: publica un libro de poesía y se vuelve a casar con poeta. Al personaje narrador le atormenta el argumento que hila su relato. Confiesa:

He tenido siempre ese fantasma de estar preñado de llevar algo en las entrañas el miedo de parir un monstruo que ha estado demasiado tiempo en mi vientre porque no había nadie para esperarlo a la salida (…).



Un libro puede ser un monstruo el libro que estoy escribiendo es justamente un monstruo.






En el litigio atroz entre hijo y progenitores con respecto a la escritura se pone en tela de juicio la autoridad y la idealización del padre como paradigma artístico a tal extremo que a un nivel onírico el personaje narrador deviene en agente activo de fantasías homosexuales que de acuerdo a las creencias populares obedece al hecho de querer ridiculizarlo, humillarlo, o derrotarlo. La disociación o identificación vital o literaria con el padre repercute negativamente en su libertad y en su capacidad creativa del personaje narrador: mutila su autonomía y lo condena al silencio. Reconoce, pues, que como hijo es diferente a su padre pero de algún modo está condicionado para seguir sus pasos sombriós, opacos, como un acto de obediencia al linaje. Asimismo, reconoce los sacrificios de su madre al haberlo criado sóla, aunque es una catástrofe haberla perdido. Siente en carne propia la crítica demoledora de un mediocre crítico a la producción literaria de su madre, y se propone vengarla. Sin embargo, reconoce la ligazón de sus padres como una unidad indestructible más allá de la muerte y si se separa de uno, el loco, automáticamente se separa de la otra, la feminista, y no queda sino un enigma: su yo, que, aunque bien equipado, le causa irrisión. Otra vez recurre a lo onírico –el niño con la madre en plan de comer un pollo asado que se transfigura en un buho o en un halcón que a su vez deviene un falo herido, símbolo del padre y el hijo—para revelarnos el conflicto entre la matriarca, el patriarca y el vástago, un triángulo erótico-sexual de personajes apasionados febrilmente por la gloria literaria.

En la novela Fata Morgana el personaje narrador transcribe las palabras de su psicoanalista Richter:

Y esa tarde, una vez más Richter había puesto el dedo en la llaga: mi padre era escritor, mi madre era escritora, yo era escritor, y esto bastaba para configurar un melancólico triángulo edípico en el seno mismo de lo que yo llamaba mi vocación literaria, de la que, según acababa de constarlo, no tenía escapatoria.



En una entrevista, Hinostroza declaró que Aprendizaje de limpieza y Fata Morgana constituyen, en realidad, un solo libro. La lectura de ambos libros corrobora dicha conclusión del autor biográfico ya que la columna vertebral se asienta en tres asuntos temáticos que se correlacionan: la vocación literaria, el proceso de la creación, y el logro de una obra maestra. Después de seis meses de parálisis creativa el personaje narrador retorna a la novela y menciona los problemas de carácter estructural que afronta durante la escritura: metaforizándola como una bola de nieve que en su decurso deviene más compleja con una acumulación de situaciones y efectos hasta estallar con fuegos de artificio simbólico, aunque, se admite, que todavía carece de remate. Abrumado por la intensa actividad cultural, el goce erótico, los deleites culinarios y los vinos, de la vida parisina, así como también de las asfixiantes sesiones psicoanalísticas y clases en una universidad provincial, se refugió en la encantadora isla Deyá considerada como un desprendimiento del Paraíso Terrenal y donde se propone escribir su novela, la obra maestra que conferirá una unidad compacta y transparente a su brumosa existencia caótica.

¡Esta y no otra era la ocasión soñada para escribir mi maldita novela y dar término a aquella obsesión que me amargaba la existencia! Al fin se desbloquearía esa situación que me hacía olvidar el rigor de mi vocación literaria en aquella oscura universidad de provincia, que me arruinaba la salud en aquellos coctelitos de mierda, que me hacia perder el tiempo en amoríos futiles en lugar de dedicarlo a mi obra, esa quintaesencia que sólo yo podía crear, y en la cual se jugaba el sentido de mi zarandeada vida.

A los 34 años el personaje narrador teme convertirse en una vieja gloria literaria que no ha producido en seis años nuevas obras mejores y sólidas de acuerdo con un dinámico ritmo editorial. El tiempo mítico del horror a la página en blanco era el resultado de una ambición ilimitado que resumía las frustraciones literarias de sus padres. La solución era pasar del limbo de los proyectos a la acción, es decir, escribir, y saber si la novela es factible y no una treta de sus fantasmas psicoanalíticos. De no poder cristalizar la novela, escribiría poesía, teatro y hasta cuentos, pero jamás la novela, lo cual era como comenzar con la literatura. Por otro lado, teme haber perdido de la urgencia por escribir:

esa angustia creativa, desgarradora, abominable y perentoria, que era la misma que me había llevado a escribir unos pocos poemas fulgurantes de cuyos réditos vivia hasta la fecha; temía que irse las urgencias se hubiera ido todo mi talento, tal como el niño del refrán que se va con el agua del baño, por las negras cloacas del inconsciente, con un chapoleante ruido de succión.


Una vez encarrilado en el proyecto de escribir la novela, el personaje narrador debe adoptar una posición contemplativa, pasiva, receptiva, una suerte de concavidad psicológica, propicia a la creación literaria. En este estado de receptividad que condiciona en cierto modo percepciones de carácter suprasensible, a tal punto que el narrador personaje se emociona hasta las lágrimas ante el espectáculo de un petirrojo posado en una rama

Pero el caso es que buscaba sumergirme en aquel estado tan especial de absoluta disponisbilidad espiritual, sensible al menor soplo de viento o cambio de humor de las constelaciones, entregado al azar de los encuentros mágicos. Estaba seguro de encontrar en mis incesantes errores las puertas de ingreso a la lógica secreta del poema, la que me guiaría a tientas por los densos manglares de la memoria y de la percepción, y era capaz de desencadenar páginas memorables Ese era más o menos el mecanismo que me hacía escribir, y había que comenzar paso a paso para ponerme en estado receptivo, o como me gustaba a mí decirlo, cóncavo.

 

En Mallorca, durante seis meses, el personaje narrador se propone descubrir qué es su novela y, si es posible, la va a escribir. Por esta razón, esta obligado a llegar al Punto de No Retorno, o sea, –como en los grabados medievales, cuando se creía que la tierra era plana–, el confín donde los oceanos solían derramarse en el espacio infinito.

El Punto donde surgiría, de algún recodo fébril y musculoso de mi inconsciente, una necesidad imperiosa de expresarme, y con una energía tal que aniquilaría la paralizante autocrítica, neutralizaría la aterradora presencia de aquel engendro que dominaba mi vida desde que lo inventé, para echarme guardabajo hacia el precipicio infernal del caos creativo. El punto en fin en donde todo se cuaja, esa misteriosa esfera en donde se cristalizan el conocimiento y la experiencia a causa del fuego de la inspiración divina, por decirlo en un dialecto de otra época, pero que para mí poseía una verdad incontestable.

Para el personaje narrador la actividad creativa involucra de algún modo una necesidad orgánica y, por esta razón, cada vez que se inmola en el fuego de la creación, le abruma al mismo tiempo la urgencia de fornicar, defecar, reir o llorar. Asimismo, cuando esboza su manuscrito alcanza momentos de trance shamánico durante el cual traza frenéticamente diagramas y deja fluir un vertiginoso caleidoscopio interior en frases elípticas, en párrafos en los cuales describe personajes y situaciones que sólo él los descifra. Sólo se detiene cuando, agotado, su creación baja de calidad con ideas adefesieras que provienen de su adolescencia limeña, de modo que trastabilla en la huachafería. Por otro lado, guarda sus distancias con el prójimo porque al escribir le abruma la sensación de ser un apestado y no quiere difuminar su horrible hedor, así como también la sensación de ser vulnerable a guisa de un personaje borgiano que luego de anunciar su verdad cualquiera podría arrogarse el derecho de matarlo. Asimismo, en un trance de profundo ensimismamiento, elucubra sobre un bestiario de personajes concebidos de acuerdo a los parámetros sexuales del teoría psicoanalítica que cubre con una complejidad creciente un itinerario que va desde el nacimiento hasta la autonomía genital del adulto:

Seguía bailando en mi fosforescente cabeza personajes levemente monstruosos, y más que una mitología personal aquello parecía un bestiario de seres en formación que se estaban introduciendo en mi novela por aquella brecha abierta por el Arcángel Miguel. Pero era justamente los que necesitaba, un primer piso arcaico y bestial, con sabor a barbarie y relentes oníricos, que sería el basamento de toda mi novela tal como lo tenía programado en algún sitio.



Fata Morgana es, pues, una novela autoreflexiva que explora el proceso de la creación literaria concebida no sólo como modo de catársis sino también como vehículo de conocimiento. Asumiendo el postulado de Mallarmé de que el universo se resuelve en un Libro, el personaje narrador, un sibarita que goza de las mujeres, la comida y el vino de la ciudad parisina, expone minuciosas instrucciónes para su elaboración, todo lo cual le permitirá explicar el significado del mundo. Con una estructura narrativa a lo Joyce y una narración a lo Proust, el personaje narrador, imbuído de lecturas freudianas y lacanianas, pontifica sobre la significante en la cual va a plasmarse el significado que lo desgarra:

Luego se trataría de darles forma literaria, de encontrarles argumento, escenografía, pero por el momento esas secas definiciones me satisfacían como un fuerte andamiaje sobre el que ya iría a colgar figuras y sucesos, transformando en ficción a todos aquellos fantasmas brotados de mis entretelas, para ocupar la primera sección de El Libro, que a estas alturas ya se identificaban con la Materia Prima de los alquimistas, con la roca que sostiene La Catedral de Nötre-Dame, con el magma onírico que sustenta el planeta.

 

La autoreflexividad narrativa en los cuentos de Julio Cortázar. Blas Puente Baldoceda

En las narraciones de Cortázar es frecuente advertir especulaciones del narrador en torno a los mecanismos discursivos de su arte de contar. No sólo se cuestiona la efectividad de las técnicas narrativas sino también las posibilidades expresivas del lenguaje literario. Son narradores que, según Moreno Turner, se mueven entre la impotencia y la necesidad y en sus narraciones la alusión al enunciado es, al mismo tiempo, denuncia a la enunciación (Lo ludico 234). Esta refracción del proceso de la escritura dentro de la estructura narrativa se manifiesta como una mera acotación en cuentos como en “Axolotl” donde al final el narrador ya desdoblado alude a la posibilidad de que el protagonista va a escribir un cuento sobre la vida de estos seres extraños; en “Reunión” donde el narrador alude a su labor de contar en el presente el recuerdo de un tiempo pasado; en “Manuscrito hallado en un bolsillo” donde el narrador alude a la escritura como la difícil labor de una mano en una libreta para inventarse un tiempo distinto al que vive; por otro lado, en otros textos los narradores tratan de justificar su escritura con razones de orden vital, tal es el caso de “Tango de vuelta” en el que el narrador goza escribiendo para si mismo en un cuaderno que ha llenado no sólo de versos sino de una novela. Este narrador se cuenta cosas lentamente imaginándolas a partir de un detalle y sus historias obedecen a la necesidad barroca de la inteligencia de llenar el vacio existencial mediante la elaboración de estructuras mentales que sincronizan con las estructuras de la vida; asimismo, en el caso de “Deshoras” al narrador le gusta escribir por temporadas y, aunque sus versos y relatos son aprobados por sus amigo, especula si sus recuerdos de infancia merecen ser escritos, si acaso ellos no obedecen a la necesidad de fijarlos en palabras para hacerse más vívidos y verosímiles, y se interroga finalmente si la memoria le permite acceder a una tercera dimensión o una deseada contiguedad.
Ahora bien, el debate en torno a la autorreflexividad literaria en la narrativa de Cortázar ha recibido una atención crítica en los ensayos de Lagmanovich (1975), Moreno Turner (1986) y Trinidad Barrera (1986). Sin embargo, considero que dichos trabajos, aunque manejan con solvencia las ideas de Cortázar para echar luces sobre su creación, no apoyan sus asunciones en un riguroso análisis textual. En la presente ponencia me propongo analizar en detalle “Las babas del diablo” de las Armas secretas (1959), “Ahí, pero cómo y dónde” de Un tal lucas (1979), “Historias que me cuento” de Queremos tanto a Glenda (198O) y “Diario de un cuento” de Deshoras (1983) y, sobre todo, trato de fundamentar mi análisis con los aportes del mismo Cortázar quien elaboró una racionalización del proceso de la escritura en en algunos textos de La vuelta al día en ochenta mundos(1967), del Ultimo round (1969), y en un artículo “Algunos aspectos del cuento” publicado en Casa de las Americas (1963). La selección de dichos cuentos se basa en que la autorreflexibidad de sus narradores se entreteje con mayor amplitud en la estructura de los relatos.
“Las babas del diablo” es el primer texto en que el narrador protagonista (llamado también narrador escribidor o narrador autor) cuestionan sus propios mecanismos discursivos. Este se pregunta en que persona gramatical va a vertir los hechos narrados (primera, segunda o tercera) e, incluso, entreve la posibilidad de combinaciones inéditas que significan una ruptura de las restricciones que impone el sistema lingüístico de la lengua. Por un lado, desconfía de la capacidad expresiva y del carácter sucesivo de las palabras para expresar la simultáneidad del espacio y tiempo que se configuran en la imagen visual que captura el fotógrafo franco-chileno Roberto Michel. Por esta razón, en cuanto al eje temporal de la narración el narrador juega con la posibilidad de las prolepsis o anticipaciones. El desasosiego del narrador alcanza un momento climático cuando intenta vanamente evadir la escritura y ceder la responsabilidad de hacerla a la máquina de escribir, pero concluye luego que no tiene otra alternativa que asumir el acto de la escritura, y aunque reconoce que es una necesidad y un placer contar un buen cuento sobre una ocurrencia rara, al mismo tiempo le resulta difícil llevarlo a cabo. Asimismo, se entreve otras alternativas técnicas cuando el narrador protagonista especula sobre las efectividad estilística de iniciar la narración desde el principio o el final y asume que lo fundamental es iniciarla en cualquier punto con tal de establecer un orden en los hechos narrados. Por un momento, el narrador se interroga si es que narra una verdad sólo para él o si es la materia narrada que se narra por si misma. Esto último se entiende como la narración que toma cuerpo no tanto como producto del sujeto enunciador sino del proceso mismo de la enunciación. Asimismo, el hecho de narrar se justifica en la medida que constituye no una descripción sino un entendimiento y una respuesta del narrador con respecto a la realidad, cuyo producto será leído por el lector.
Estas especulaciones del narrador protagonista y su quehacer narrativo corresponden a la relación que existe entre el sujeto parlante y su discurso, los cuales, añadidos a la fabula o lo que se cuenta, conforman, según Cortázar, la triada que ocurre en el interior mismo de la palabra, y todo esto no es más que el mecanismo de la ficción. En el texto “No hay peor sordo que el que”, el escritor esclarece este mecanismo del siguiente modo:
lo que se cuenta debe indicar por sí mismo quién habla, a qué distancia, desde qué perspectiva y según que modo de discurso. La obra no se define tanto por los elementos de la fábula o su ordenación como por los modos de la ficción, enunciados tangencialmente por el enunciado de la fábula. La fábula de un relato se sitúa en el interior de las posibilidades míticas de la cultura: su escritura se sitúa en el interior de las posibilidades del lenguaje; su ficción , en el interior de las posibilidades del acto de la palabra (La vuelta 94-5)
La problematica del narrador protagonista de “Las babas del diablo” se encuadra dentro de los coordenadas escritura y ficción que se sitúan respectivamente en las posibilidades que ofrece el lenguaje y del acto narrativo. Por otro lado, al concebirse el acto de contar como el establecimiento de un orden por el narrador protagonista se cumple uno de los postulados de Cortázar para quien el cuento no arranca de un pensamiento previo sino de un enorme cuágulo, un bloque total e informe, una masa negra sin sentido, que mediante el proceso de la escritura adquiere coherencia y validez per se, es decir, a medida que avanza dicho proceso se moldea fácilmente el lenguaje y la estructura del cuento como si ya estuviera escrito de antemano. Asimismo, se cumple otro postulado cortazariano que consiste en concebir la escritura como un acto lúdico cuyo punto de partida es una descolocación, un estar en los intersticios (no estar o estar a medias) y cuyo punto de llegada es la colocación o un emplazamiento desde donde se avizora la maravillosa verdad. El análisis textual también nos revela que el narrador protagonista de “Las babas del diablo” concibe la narración como producto no tanto del narrador sino del proceso mismo de escribir. Y esto se ajusta a la idea de Cortázar de que el signo de un buen cuento es su autarquía: el narrador es un demiurgo que urde criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisibles. Existe mediación pero no presencia manifiesta del demiurgo, ya que se busca instintivamente que el cuento sea ajeno al autor en cuanto demiurgo, que tenga vida independiente y que el lector lea algo que ha nacido por si mismo y de si mismo (Ultimo 64). Por otro lado, las reacciones del lector son las mismas para el autor quien es el primer sorprendido de su creación, es decir, lector azorado de si mismo.
El segundo texto “Ahí, pero dónde, cómo” también presenta un narrador autor que se interroga sobre el proceso de la escritura. El narrador sospecha que la escritura es generada por una presencia de naturaleza onírica que es atemporal, estática e inasible. Esta ahí, pero es un lugar impreciso y la manera como se manifiesta es nebulosa. Asimismo, admite la dificultad de escribir sobre una entidad onírica, pero al mismo tiempo considera a la escritura como un modo diurno de concluir las operaciones difusas del sueño. Por otro lado, la urgencia de escribir es intensa debido a la presión de dicha presencia onírica, pero hay un momentos de impotencia en que contempla la inutilidad de la máquina de escribir. El problema consiste en establecer un puente entre el sueño y las palabras, llenar el agujero onírico con los contornos nítidos de las cosas de ámbito diurno mediante el proceso de escritura. Esta complementaridad entre lo nocturno/sueño y lo diurno/escritura se correlaciona, asismismo, con la dicotomía fábulo y ficción, ya que en un momento el narrador testigo utiliza la metáfora del agujero para referirse a las insapresables vacíos de la trama contra las cuales lucha la escritura cuyas armas son la repetición, la reiteración de fórmulas de encantamiento. El lector, por su parte, a medida que leyendo va fijando una salmodia con las palabras escritas. En un momento, el narrador autor declara que escribe porque sabe, pero es incapaz de explicar qué es lo que realmente sabe, y admite nuevamentela imposibilidad de expresarse; en otro momento, declara que sabe que haber soñado vivo a Paco que ha muerto hace treinta años, no es sino haber sido
parte de algo diferente, una especie de superposición, una zona otra, aunque la expresion sea incorrecta pero también hay que superponer o violar las palabras si quiero acercarme, si espero alguna vez estar (Octaedro 98)
Ahora bien, la superposición sueño/vigilia se relaciona con la superposición temporal presente/pasado puesto que una realidad pretérita, el amigo muerto, se reactualiza obsesiva y vívidamente en el mundo onírico del narrador protagonista mediante la agobiante búsqueda de una forma expresiva, lo cual implica violentar las regulaciones del sistema lingüístico. Esta búsqueda adquiere un tono dramático cuando el narrador lucha por continuar con palabras incapaces de expresar el vertiginoso contenido del sueño; no obstante, persiste y ensaya otras alternativas expresivas con la esperanza de encontrar en el laboratorio de la escritura la “alquimia impensable” o “la transmutación” feliz. La angustia por la forma no impide que el narrador exprese alegría y esperanza cuando la escritura le permite acceso a la zona onírica en que la presencia viva del amigo es más real que la misma realidad. Hay un momento crucial en que el narrador autor se interroga no sólo sobre el sentido de tal empeño sino también sobre el rol de lector:
releer esto es bajar la cabeza, putear de cara contra un nuevo cigarrillo, preguntarse por el sentido de estar tecleando en esta máquina, para quién, decime un poco, para quién que no se encoja de hombros, y encasille rápido, ponga la etiqueta y pase a otra cosa, a otro cuento. (Octaedro 100)
Asimismo, le reprocha al lector su creencia de que todo no es más que una pura invención; en realidad, para lograr mayo verosimilitud, dice no importarle que los lectores atribuyan a su imaginación creadora hechos que realmento los vivió, o viceversa. En suma, el narrador sostiene haber escrito el cuento para que el lector buscara en su vida una experiencia similar; es decir, que la escritura sirva como vehículo para conferir un contorno real a los sueños.
Sea como fuere en “Ahí, pero dónde y cómo” se materializan también algunos principios cortazarianos: frente a lo excepcional, a lo insólito, el escritor procede a indagar la entrevisión que le ha proporcionado “un sueño, un acto fallido, una asociación verbal o causal fuera de lo común, una coincidencia turbadora, cualquiera de las instántaneas fracturas del continúo” (La vuelta 22). En realidad, se trata de un problema de técnica narrativa que consiste en el vínculo especial en el que se ubican el narrador y lo narrado. Cortázar concibe dicho vínculo como una polarización entre un voluntad de expresión y el cuento como cosa escrita que se unen mediante el puente del lenguaje. Dentro de dicha polarización el proceso de escribir consiste en exorcizar criaturas invasoras que de manera paradójica adquieren existencia universal. El escritor argentino piensa los cuentos, especialmente los fantásticos,
son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarizacion, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcisándola en la única forma que le era dado hacerlo: escribiéndola. (Ultimo 66)
En “Un tal lucas” (1979), una miscelanea de breves ensayos, poemas, cuentos, viñetas, hay dos textos de gran relieve para el tema de la presente ponencia. Se trata de texto “Lucas, sus discusiones partidarias” y “Maneras de estar preso”. En el primero, que tiene la forma de poema y diálogo, narrador autor plantea que para el escritor (llámese ficcionante, imaginante, delirante, mitopoyético, oráculo o equis) el lenguaje como vehículo de expresión ocupa un lugar prioritario, y dada su condición creador adelantado a su tiempo, su mensaje rabasa las esferas semánticas, sintácticas y cognoscitivas del hombre circundante. No existen límites a la imaginación como no sean los del verbo: de la amorosa lucha entre lenguaje e invención nace la literatura. El poema del narrador autor dice:
el dialéctico encuentro de musa con escriba,/lo indecible buscando su palabra,/la palabra negándose a decirlo/hasta que le torcemos el pescuezo/y el escriba y la musa se concilian/en ese raro instante que más tarde/llamaremos Vallejo o Maiakovski.(Un tal 167-8)

Sin embargo, en otro apartado el narrador autor reconoce que la creación literaria es un misterio cuyo mecanismo interno jamás será develado por la razón, aunque obviamente es un producto hecho de materia lingüística conformada por el conjunción de ritmo y semántica, de estructuras, de morfología y de sintáxis:

Porque nadie podrá/, salvo poeta y a veces,/entrar en la palestra de la página en blanco/donde todo se juega en el misterio de leyes ignoradas, si son leyes, de cópulas extrañas entre ritmo y sentido, de últimas Thules en mitad de la estrofa o del relato./Nunca podremos defendernos/porque nada sabemos de ese vago saber,/de esta fatalidad que nos conduce a nadar por debajo de las cosas, a trepar a un adverbio/que nos abre un compás, cien nuevas islas,/ bucaneros de Rémington o pluma/al asalto de verbos o de oraciones simples/o recibiendo en plena cara el viento/de un sustantivo que contiene un águila. (Un tal 169-70)
Juaquín Marco señala que en “Maneras de estar preso” Cortázar explora las posibilidades temporales del relato que se bifurca en dos vertientes: el tiempo del narrador y el tiempo del lector entre los que surjen intrincadas paradojas. Asimismo, en el texto se incide sobre la independencia y la rebelión la narración per se, hecho que coincide con los planteamientos pirandellianos y unamuniados (Isla final 134) Por mi parte, considero que la complejidad del texto se esclarece si aceptamos tentativamente la figura de un narrador que lee lo que ha escrito, aunque no existe ninguna indicación explícita al respecto. Como quiera que sea, este narrador invita al lector implícito a compartir su asombro por el curso imprevisible que toma los eventos de la fábula dentro de la ficción. Me explico: por un lado, el narrador separa hechos que pertenecen exclusivamente a la fábula (por ejemplo, el narrador, que esta fuera del mundo ficticio, es amante de Gago ); mientras otros hechos están ya narrados en el texto y el narrador expresa su desacuerdo con respecto a ellos (por ejemplo, la cita estética-libidinosa de Gago y Gil en el cine, el retorno a la casa de Lil y la presentación de su madre a Gago, el retorno de Gago a la casa del narrador quien inicia el acostumbrado juego erótico que continúa en dormitorio, pero se interrumpe cuando Gago decide telefonear a Lil y el narrador regresa sólo al diván del living). La prueba de que el narrador está leyendo eventos que no ha podido impedir que sucedan son las repeticiones textuales tales como:
y después de bañarse y ponerse la bata naranja que le regalé por sus cumpleaños viene a recostarse en el diván donde estoy leyendo con alivio y amor que Gago viene a recostarse en el diván donde estoy leyendo con alivio y amor . . ., y yo que me pongo de nuevo la bata y vuelvo al living y al Chivas Regal, por lo menos me queda eso, el texto dice que por lo menos me queda eso, que me pongo de nuevo la bata y vuelvo al living y al Chivas Regal. (Un tal 128-9)
El narrador rechaza el texto y al mismo tiempo es consciente de que alguien está escribiendo que él rechaza el texto: se siente vejado, atrapado, traicionado, porque ni siquiera no es él quien lo dice sino alguien que lo manipula, lo regula y lo cuagula, y por añadidura le toma el pelo no sólo a él sino a Lil porque ésta no sabe que Gago es amante del narrador y , más aún, éste no conoce nada de mujeres. Ahora bien, habiendo admitido tentativamente que el narrador es él que escribe el texto, en la paradoja de que alguien, y no él , lo escribe, se corrobora una vez más la intuición de Cortázar sobre la autonomía del texto cuyo devenir es un proceso imprevisible. Aunque la mediación del narrador le concede el rol de demiurgo, su presencia, en realidad, no es manifiesta, puesto que en el proceso de la escritura el texto deviene ajeno e independiente que ha surgido por si mismo y de si mismo. (Ultimo 64). En suma, en la estructura del relato el enamoramiento de Gago y Lil se ubican en la ficción, y la relación erótica del narrador y Gago, en la fábula. Sin embargo, para lectores del texto, ambos planos son ficticios: la primera historia pertenece a la metaficción, mientras que la segunda, a la ficción, y la interrelación entre ambos niveles de la ficción le facilita al narrador autor el juego de la autorreflexividad literaria.
La estructura narrativa de “Historias que me cuento” del libro Queremos tanto a Glenda (1980) presenta un nivel de la ficción en el que se cuenta la historia del narrador que se cuenta historias antes de dormir, su relación con su amante Niágara, su amistad con la pareja Alfonso y Dilia; la confesión de Dilia al narrador de su relación sexual con el camionero que la recogió en el camino cuando a ésta se le malogró el coche; y un nivel de metaficción en el que el narrador cuenta una de sus historias en la cual se desempeña como un camionero con una vida llena aventuras y en uno de sus viajes encuentra una mujer en la carretera que resulta ser nada menos que Dilia y, después del acostumbrado preambulo, terminan acostándose. Esa asombrosa coincidencia en los desenlaces de ambas historias es uno de los tantos artificio narrativos a los que nos tiene acostumbrado Cortázar. Lo que nos importa poner en relieve en esta ponencia es que en “Las historias que me cuento” la autorreflexividad literaria se manifiesta en una especie de preceptiva o reglas de juego que el narrador pone en efecto cada vez que empieza a contar una historia. Por ejemplo, se indica que las historias siempre tienen como punto de partida una situación anómala, estúpida o de intenso dramatismo de manera que el lector se divierta con el melodrama, la cursileria o el humor. La situación anómala adopta la forma de una escena, un personaje, una palabra o un sonido. Además, la historia no armoniza necesariamente con las circunstancias que la generan, ya que un episodio burocrático puede provocar, por ejemplo, una historia erótica, y en última instancia el narrador sostiene que las escenas o personas en que se instala la historia carecen de relevancia. Por otro lado, el narrador declara que tan pronto como cierra los párpados, toda la historia se le presenta de golpe y con un comienzo siempre incitante. Sin embargo, el repertorio rico y variable de su imaginación no lo asombra, pero la sola idea de escribir sus historias le parece inconcebible por razones de castigo o transgresión. Es más: tiene la superstición de que si la escribe, la historia en cuestión sería la última que se cuenta. Por otro lado, sostiene que una historia puede ser nada original con tal que siempre sea grata por sus variantes e incognitas. Ahora bien, en cuanto a los personajes considera que, a pesar de derivarse de personas reales, se insertan en un nuevo tipo de relaciones sujetas a la repentina aparición de lo excepcional, aunque esto no impiede que ciertos ritos y palabras de la presumible realidad se repiten en las historias. Sea como fuere, la descripción minuciosa de la realidad y los actos humanos, y el hábil embrallamiento de la trama, le causan gran placer al narrador. En un momento dado, el narrador admite la autarquía de las historias cuando dice:
Después es todo eso que las historias me cuentan pero que yo no puedo contar como ellas, solamente fragmentos inciertos, hilaciones acaso falsas . . . (Queremos 119)
Finalmente, cuando una historia está por languidecer en la insignificancia es imperativo inventar alternativas o incidentes inesperados para reavivarla. En suma, todo lo queda de una historia no son sino puras palabras, aunque las historias excesivamente librescas le desagradan al narrador.
“Diario de un cuento” de “Deshoras” constituye la culminación de la autorreflexividad literaria. Aquí también es posible distinguir dos niveles de ficción: la primera ficción es acerca de un narrador-autor que en su presente de París pretende escribir un cuento sobre sus aventuras con Anabel en Buenos Aires durante los años cuarenta y registra las viscitudes de la escritura en un diario; la metaficción es acerca de una narrador protagonista que se desempeña como traductor y escritor de cartas para unas prostitutas entre las que se encuentra Anabel. No es mi intención cubrir todos los aspectos de este texto tan complejo que ha sido ya objeto de un estudio minucioso hecho por Trinidad Barrera de la Universidad de Sevilla. Mi objetivo se limita los segmentos narrativos que inciden sobre la autorreflexividad del narrador autor de la ficción. Para comenzar, la tentación de escribir un cuento es un emplazamiento que lo hace sentirse impotente e irritado y con deseos de evadir la escritura. Por este motivo, le gustaría escribir como otro escritor, Bioy Casares, quien logra mantener un hábil desasimiento entre el narrador y el personaje: mostrarlo desde cerca y con profundidad, pero al mismo tiempo conservar la distancia.con respecto a él. Asimismo, el narrador autor supone que Bioy Casares, parodiando un verso de Edgar Allan Poe, sería capaz de proveer sin dilaciones el tiempo, el lugar y el nombre del personaje si decidiera escribir el cuento. El problema que tiene el narrador autor de un “Diario para un cuento” es que no puede distanciarse de no sólo los personajes derivados de personas reales sino incluso de los personajes puramente imaginarios. El narrador-autor duda lograr la distancia narrativa que le permite una imagen más definida del personaje, puesto que cuando conoció a Anabel se sintió desde el primer momento invadido totalmente por ella, y por este hecho le resulta difícil continuar escribiendo sin dejar de imitar la manera que ella tenía de contar su historia; en consencuencia, termina sometiéndose a las leyes de ella. Esta carencia de destreza para guardar una distancia sin riesgos explica en parte sus notas evasivas sobre Bioy Casares y Edgar Allan Poe y la demora en contar la historia de Anabel. Asimismo, la alusión a la disquisición filosófica de Derrida sobre el sujeto y su relación con el objeto bello. Así como al filósofo francés no le queda nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la suya, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de ninguna naturaleza por nada; al narrador-autor no le queda la existencia de Anabel ni su existencia de aquel entonces con relación a la de ella, ni el puro objeto Anabel ni el puro sujeto de entonces, ningún interés de ninguna naturaleza por nada: todo fue consumado en pais fantasma y en un tiempo de cenizas. Este enfrentamiento desesperado con la nada es la ausencia del cuento, es decir, la negatividad del discurso. Por otro lado, la relación analógica entre Derrida y el narrador-autor es que en ambos se evidencia un rechazo a todo acceso a lo bello: en el caso del narrador-autor lo bello es Anabel y jamás tuvo y tendrá acceso a ella y por eso es le es imposible escribir un cuento sobre ella.
Otro autor aludido es Juan Carlos Oneti: el narrador encuentra la fotografía de Anabel como señalador en uno de las novelas del escritor uruguayo. Sospechamos que este guiño intertextual no es gratuido, ya que la asociación de dichos objetos pareciera apuntar a la semejanza de Anabel con el personaje femenino de Oneti.
La autorreflexibidad del narrador autor no se limita su relación con el personaje sino que abarca también otros aspectos de la estructura narrativa como, por ejemplo, la temporalidad. Le aburre la secuencia cronológico, pero al mismo tiempo le disgusta los flashbacks. Estos se justifican en la medida de que son oportunos y no como resultado de previo plan de trabajo. Por otro lado, contar desde un tiempo distante y borroso le confiere a las cosas recordadas un perfil nítido, aunque le resulta absurdo contar sobre cosas que no conoció bien cuando sucedían, y aquí alude a Marcel Proust: como éste el narrador-autor entra en el recuerdo como no entró en la vida para vivirla. Este tema del recuerdo se reitera cuando el narrador autor declara recordar vívidamente la muerte del protagonista de la novela Contrapunto de Huxley en un momento en que ya ha perdido actualidad y concluye que hay episodios que devienen memorables cuando afectan la sensibilidad en otro tiempo. El narrador-autor admite que le escapa la vida a la cual considera un territorio vedado que solamente la imginación o Roberto Arlt–otro guiño intertextual– podrían darle vicariamente. Asimismo, la metáfora de la nebulosa madeja le sirve para plantear que el cuento puede comenzar azarosamente con cualquiera de las hebras, de suerte que la trama tomará un curso imprevisto. En cuanto a los diálogos, se resiste a construirlos porque cree que tendrían más de invención que de otra cosa. Sin embargo, en otra parte del texto, al acordarse de un diálogo, asume que lo escribe eschándolo, o lo inventa copiándolo, o lo copia invetándolo; en fin, en la creación no hay pura invención o pura copia; quizás la fusión de ambas es lo que constituye la literatura.
Por otro lado, al interrogarse sobre lo que motiva la selección de los nombre de los personajes, sospecha la existencia de un sistema de paralelas y simetrías dentro del cual se dan los momentos, frases y sucesos propicios que se fijan para siempre en la memoria y que desencadenan la creación. Además, el narrador autor comenta sobre la actitud irónica de algunos escritores admirados sobre el lenguaje popular y sobre la posibilidad de usarlo fácilmente en su escritura. Es más: reconoce la relación del lenguaje y los personajes a un nivel ideológico.
Y una vez más se alude a la escritura como una manera de exorcizar las criaturas invasoras: en este caso, la dificultad de seguir escribiendo es porque paradójicamente se aferra a los recuerdos y a la vez quiere huir de ellos. Y ya que no asume de lleno sus recuerdos, el rechazo de esas criaturas invasoras mediante la escritura le resulta dificultoso. Desde un principio el narrador sabe que Anabel no lo dejará escribir el cuento porque en primer lugar no es un cuento lo que escribe y en segundo lugar porque ella lo deja solo frente a su creación: ella es la catalizadora que lo sumerge en el fondo de cada página del cuento que no escribe y donde se ve a sí mismo puesto que los trozos de vida que ha ido juntando en su búsqueda de Anabel en el tiempo no pertenecen a ella sino al narrador autor que escribe en ultima instancia sobre si mismo.

Wamán Poma y las limitaciones de la escritura alfabética. Blas Puente Baldoceda / Fredy Roncalla

 

 Dentro del maravilloso mundo de la gestación de ideas, arte y conocimiento, tal vez no le estamos dando suficiente importancia a la conversación, pese a que ella, cuando se ancla en el presente profundo,  generador de haces de significado, posibilidades de sentido e imagen, ordenamientos rizomáticos, e incluso reacomodos paradigmáticos, es acaso la paqarina  mas fértil. Dado que estos encuentro suelen ser orales y espontáneos, suelen perderse en el olvido. Frente a ello, aquí algunos apuntes que pueden ser útiles.

 

Hace uno días  conversaba con Blas Puente Baldoceda acerca de lo acertado del análisis de la poesía y la intertextalidad de Wamán Poma recientemente hecho por Gonzalo Espino. Blas ha seguido a Gonzalo, desde la publicación de su tesis Ethnopoética andina, y esta vez  recalcaba acerca de lo acertado de la metáfora del rio de sangre, y de que la  metaforización andina en tiempos de Wamán Poma era mucho mas compleja y no necesariamente podía encajar en lo que los españoles del momento  entendían por poesía. De ahí llega a la conclusión, que de lo que en el fondo se trata es de que  el sistema escritural alfabético  NO ERA SIFICIENTE para lo que necesitaba comunicar el cronista de Sondondo. De ahí su necesidad de recurrir a los dibujos y otras estrategias comunicativas en el texto.

 

Lejos de ser una observación cualquiera, esta intuición –que  es posible luego de varias décadas de estudios wamanpomianos- es sumamente importante en tanto permite ver  con  prisma mas kikin la escritura de Wamán poma. Permite, además, como ya lo esta adelantando Gonzalo Espino, su escritura como una serie de intertextualidades mas allá de lo que entendemos como poesía.  O verla como poesía concreta como  observan  Robert Ascher y Julia Wong.

 

Pero acaso lo más importante es que  si bien una larga  tradición de grafo y logocentrismo pueden hacer pensar que  el lugar de la “realidad” es la escritura, ésta  como sistema semiótico era muy limitada a la inmensidad de practicas significantes, rituales,  escriturales y comunicativas y nemónicas de  entonces. Cosa que Wamán Poma  trata de suplir usando y exigiendo al máximo la pobre herramienta escritural puesta a su disposición por los tayta curas.

 

En ese sentido, la  presencia de los dibujos y las viñetas son claves. Uno no solo porque había que poner las ilustraciones a no ser que e’ “rey” no entendiera, sino porque la reducción lineal de la escritura no lo podía explicar todo, como se puede ver el dibujo de Pachakuti Yamki.  Y como se puede ver en el paralelismo que esto tiene con la perversa política de “reducciones” poblacionales del vil Toledo, con sus recortes a las dinámicas de archipiélago y complementariedad poblacional y  su consiguientes poéticas originales del espacio. Y también porque rompe con la linealidad de la escritura – mas viruta que información- a las cuales eran adictos los informes y textos oficiales  de la colonia.

 

Que según Blas Puente, Wamán Poma  haya estado buscando nuevas formas escriturales ante la insuficiencia del alfabeto, nos remite directamente a las Armas Molidas de Juan Ramírez Ruiz, quien sostiene, desde Vida Perpetua, que el alfabeto y la escritura son formas coloniales y lo que hay que hacer es buscar una escritura propia, hanan, alfagramatica. Es así, que  a partir de Pachakuti Yamki, plantea escritura alfagramatica en el índice tres de las Armas Molidas, cuyo estudio e inclusión en todo o que refiera a la oralidad y la escritura en el Perú es imprescindible. Como es imprescindible estudiar a Wamán Poma desde el lugar del lector, cuyo horizonte descolonial, quizá sea el hallazgo de  “esta” escritura.

 

Mundo al revues. Dcho esto y frente a la larga tradición de pensar que la forma escritural de Wamán Poma es deficiente o mal hecha, hay que pensar: A) que cuanto de esas cosas pertenecen a los registros del momento, y B) cuanto reflejan la  búsqueda del autor por cubrir las insuficiencias del limitado sistema alfabético, que además  venia con yapa de la inmensa alienación colonial de tayta curas y administradores coloniales. Este error de concepción cuanto antes se corrija mejor. Ya pasado mucho tiempo desde  los primeros  momentos en que – sin poco racismo- se pensaba que Wamán Poma nos sabía escribir. Al contrario, es el gran genio literario  peruano y padre de la vanguardia global. Hay que pensar también en lo cercano de su escritura a la oralidad y la performatividad, por lo que tal vez  sea mejor leerlo en voz alta y escucharlo.

 

En ese sentido, y frente a las nuevas publicaciones que se hacen de su obra. Creo que lo mas apropiado es leer la Nueva Coronica en el original. Si es posible en la edición facsimilar de Paul Rivet o en todo caso la edición de John Murra y Rolena Adrno.  Si la nueva Coronica es poesía concreta, parte del concretismo es en la mano del  escritor, cuyo pulso cuidadoso le permite escribir y dibujar  acerca de lo terrible de la colonia sin manchar la pagina y cuidar  su presentación, como tal vez lo hacían los calígrafos chinos. Hay además cambios de tipografía, tamaño de letra y tratamiento de márgenes que no solo significan, sino que establecen con el lector una relación especial de producción del sentido. Si hay una apelación constante al lector en la Nueva Coronocia, hay que tomar en cuanta el deseo del autor. Ello se pierde cuando se pasa a la edición tipográfica, con letra de imprenta. De las cuales la mejor hasta ahora es la  De John Mura y Rolena Adorno. Con la salvedad que  la inmediata traducción del quechua interrumpe  la lectura, su haz de sentido,  y la remite solo al español. Hay mucho que reaprender acerca del lenguaje al leer a Wamán Poma, entre ello  saber algo de quechua, llaqtamasi kaspallapas.  Sabemos que la reciente publicación  por Carlos Aranibar de la obra de  Wamán Poma en cuatro tomos divididos en la versión paleográfica, los dibujos, las versión normalizada, y los índices, es un aporte valioso. Pero, sin animo de  desmerecer el tremendo esfuerzo que significa  abordar a Wamán Poma, creo que  las versiones  en castellano normalizado son  poco útiles y hay que evitarlas al máximo. Es como poner en un porongo escritural  el inmenso mar y la variada música  de su escritura. Es como corregirle la poesía a Vallejo,  el español a José María Arguedas, el quechuañol a Juan José Flores (Huambar), la firza experimental a Churata,  o incluso decir que ni James Joyce ni Thomas Pynchon no sabían ingles y mejor  hacer una versión mas main strert de su obras.

 

Por otro lado, pese a la tentación, es mejor no colorear los dibujos de Wamán Poma mientras no se publiquen las ilustraciones que hizo para el cura  Murua.  Y que, por un acto de increíble mezquindad no se han hecho disponibles al publico en general. Ahí se puede apreciar que  el sentido de color de Wamán Poma  es mas  intenso y  dramático que los intentos posteriores. Los únicos que se le pueden comparar son los ilustradores japoneses del siglo XIX. Mucho por recorrer.

 

Al otro lado del muro. Blas Puente Baldoceda

 

Die Grenzen sind auf

Ich sag “Ihr spinnt ja total”

War mein Vater ganz emotionel um hat geweint. Un er weint

heute noch, wenn er das im Fenstehen sieht, ja,  glaub ich.

Easy German 61. The fall of the Berlin Wall

Al reparar detrás de mostrador el cruce de piernas al desgaire sobre la butaca, Braulio se pulió para fisgonear, pero la mujer se puso de pie en un santiamén y le replicó que sí podía partir de Hamburg para llegar a West Berlin.  Por supuesto, debe contar con un  pasaporte y cambiar dólares a marcos con antelación. Para mitigar el desliz,  Braulio simuló contemplar  el  cieloraso de la estación. Era una sombría concavidad sin el millar de estrellas que en noches de helada esplendían en el firmamento de Tarma. Mierda, ¿la bucólica? No, la telúrica.  Al diablo con las atribulaciones.  Braulio recobró  los documentos  y se desplazó a trancos hacia la zona de abordo. Se desparrató en la cabina y las artimañas de la somnolencia lo sedujeron.  Por la ventanilla advirtió una leve penumbra  que se adueñaba de  la plataforma de la estación. Y antes de sumirse en el sueño, rescató siluetas en uniforme al acecho de posibles víctimas que volaban a la velocidad de la luz en el seno de un paisaje lunar donde se cernían fragosas las franjas de ceniza.

¡Putamadrina! Enceguecido por una linterna rozándole la punta de la nariz, se quedó inmóvil por unos segundos frente a un ogro de inspector ataviado con uniforme cuasi nazi. El vozarrón le conminó de inmediato la documentación. Aterrorizado –por la mente fugaz el ático de Ana Frank  de unos días antes en Amsterdam –, Braulio recogió los bártulos que esparció al desabrochar el cinturón de estilo hippie.“Se le deportará en la próxima estación,” sonaron en buen inglés las guturales del conductor. Braulio tartamudeó que no era culpa suya, señor, la  despachadora en el mostrador le aseguró que podía viajar sin obstáculo desde Hamburg hacia West Berlín.  “Usted está violando el territorio de East Germany,” replicó el susodicho revisando la documentación.  “Y el pasaporte carece del sello de autorización de Hamburg”. El gigante dio media vuelta y se esfumó por el larguísimo corredor de los vagones deslizándose  por rieles cómplices de atrocidades sin nombre.  Alucinándo con un uniforme de fatídicas rayas blancas y grises, las posaderas en las asperezas de una piedra, palmas en las mejillas, Braulio batalló para no dar rienda al llanto de un infante en territorio germano.  ¿Desde allí con destino a Lima, la horrible? ¿Y una sola muda de ropa? Y los libros, la cuenta de ahorros, ¿los dejaría al cuidado de Daniel, el compañero de apartamento en Buffalo?.

Rabia, amargura, resentimiento. Un tajo más en la la cara de la desgracia. No, los hados no podían abandonarlo en las ciénagas de la mala racha. Y, entonces, el acierto del cubilete con los dados del azar: en el umbral de la cabina, alta y rubia y blanca,  ciñendo de la mando a un niño mulato, la mujer deslizó la puerta corrediza desgañitando sin preambulo  que ese agente KGB lo timaba con la engañifa de la deportación,  póngase de pie, hombre, había que recobrar sus cosas. La estridencia de los vagones sacudiendo sobre las rieles, las pitadas rasgando la noche, atolondraban a Braulio, quien, brazos en aspa para guardar el equilibrio,  indagaba detrás de la mujer y el niño. ¿Ah el acento, amigo? Era oriounda de West Berlín pero radicaba hacia muchos años en California. ¿El niño?   Del divorció  con un ex-miembro de los Black Panter. De vuelta al terruño por unos días para cuidar a la madre enferma.  Eran retazos de la historia de la mujer que trotaba con arrebato por el pasadizo que se dilataba más y más a medida que se avanzaba  sin hallar todavía los rastros del inspector cuasi nazi.

Finalmente, un relumbre cercenó la penumbra en el corredor. Era la cabina del maquinista y allí, de espaldas, el conductor vociferando para sortear el estruendo infernal, mientras el maquinista, sin dejar de operar los botones de un panel, pausaba  para sorber de un termo, y no hacía el mínimo esfuerzo por oir.  La mujer se aproximó al ladronzuelo bolchevique y lo encaró con menosprecio y virulencia. Sin dejar de estudiarla de pies a cabeza, la voz del maquinista  se impuso al traqueteo ensordecedor de los vagones en las rieles.  El conductor asentía ahora  con la cabeza gacha, y de manera sesgada le devolvió a Braulio el pasaporte, el pase europeo y la chequera de dólares.

De retorno a sus respectivas cabinas,  Braulio, el resto del viaje, mantuvo los ojos fijos en las ventanilla donde irrumpían esporádicas centellas en las tinieblas de la noche oscura. Ah, las palabras, un vano sesgo para la desdicha sin tregua alguna. En la oficina de cambio de la nueva estación, Braulio sonrió al fin; y, en seguida, le devolvió a la mujer el monto prestado para pagar la multa por carencia en el pasaporte del sello de Hamburg. Se despidieron adoloridos con abrazos y palmaditas. Y qué bálsamo cuando ella le susurró en el oído que tal vez se reecontrarían en algún rincón del mundo.

La estación era una extenso zótano con una escalera que conducía  a las llantas y guardafangos de una procesión de vehículos. Conciliado con el mundo, pero enmohenido para emprender el ascenso, Braulio merodeó por un buen rato hasta que un espectáculo lo cautivó: una bella mujer con abrigo negro, bufanda blanca y  boina roja, descalza, cantaba circundada por un perimetro de beodos sentados en el suelo. ¿Y si cruzaba las piernas al desgaire? Sería otro cantar. Al término de la canción, la bella mujer eruptó y tronó un pedo; los vagabundos lo celebraron levantando al únisono sus botellas. Qué conchuda, la hija de puta. Braulio emprendió asqueado las escaleras a trancadas y, de pronto, en la venida se vio rodeado de mendigos, borrachos y mujeres provocativas en la indumentaria.  Un escolosfriante déjà vu: West Berlín le pareció nada menos que una versión precaria de Manhatan, y hecho un bólido se internó en las sombras  de un bar a la vuelta de una esquina. Ordenó  una cerveza, mientras se acomodaba con dificultad en la butaca. ¿Un oasis capitalista en un desierto  comunista?  ¿Metáforas de pajero a estas alturas?. No jodas, pues.  Afuera del antro el cielo nebuloso pronosticaba malos augurios. De pronto, una mezcla hedionda de tabaco, alcohol y sexo, lo avasalló y una pesada mano se posó sobre su hombro y estuvo a punto de ser derribado. Cuando ya se aprestaba a escabullirse, otra  mano lo detuvo afablemente: era un parroquiano que, al momento de solicitar una cerveza con el índice, le cuchicheó con acentó británico:. “Al otro lado de  Checkpoint Charlie, la cerveza te cuesta la mitad de un dollar.” A cinco cuadras del bar, debía encontrar la calle Kurfütendamen, y de allí, de acuerdo a las instrucciones para llegar a Checkpont Charlie, era pan comido. Un uniformado entre gris y verde, robot uno, detrás de un vidrio a prueba de bala, revisó el pasaporte, mientras en la parte posterior de la garita de control, robot dos, controlaba varias pantallas al mismo tiempo que dictaba al tercer y cuarto robot, ambos de pie y con sus cuadernillos de registro.

Y como si habiera sido trasladado por una alfombra mágica, Braulio se vio de golpe caminando por una amplia avenida que  parecía infinita. Antes de proseguir, miró con el rabillo del ojo las torrecillas donde los vigías se disponían a disparar con sus metralletas en cualquier momento. Las veredas franqueaban monumentales edificios que se reiteraban infatigables con puertas y ventanas clausuradas.  No habían ningún tipo de vehículos ni tampoco transeuntes. Exhausto, en una quietud pronta  a quebrarse por  el bombardeo anunciado por las sirenas en frenesí , Braulio se arrepintió de haber cruzado el Chekpoint Charlie. ¿Había que refugiarse como todo el mundo en las guaridas de concreto? Con las piernas doblegándosele, acalambrándosele, un  escalofrío que le agorrotaba sin misericordia, se sentó en la cuneta de una esquina  con la mirada fija en las rieles de tranvía.  Las histeria de las sirenas, entonces el bombardeo arrasaría Berlín hasta que el asfalto  se derritiera y se fundieran el soporte de las edificaciones. Sí, lenguas de fuego que se propagaban implacables  en  las tinieblas de la noche oscura de Berlín.  De golpe, Braulio, se puso de pie y se secó el copioso sudor con el dorso de la mano. Chispearon los cables por dónde discurría un tranvía lentamente, y abordó casi a ciegas, a pesar de la  estridencia de la frenada, que le  puso los nervios en punta. Los pocos pasajeros lo escrutaban sigilosamente y cuando Braulio ensayó un gestó amical, ellos deviaron las cabezas hacia ventanillas. Una anciana en un asiento posterior murmuraba furibunda a la vez  que señalaba con él índice acusador la ruinas de una templo ceniciento cuya mitad era un montículo  de escombros. Luego el tranvía recorrió calles donde las casas todavía exhibían vestigios de la guerra – descascaradas y con fisuras y agujeros por doquier–, el escenario de la demoniaca conflagración y la represalia  rusa violando brutalmente millares de mujeres y los niños reclutados que resistían heroicos, pero fanatizados con la victoria y la solución final. Horrorizado por las remembranzas de innumerables salas de cine donde solía llorar en silencio, horrorizado, sí, por el miedo de morir en los campos de concentración, Braulio se levantó del asiento al auscultar la misma esquina de donde partió el tranvía un rato antes. Saltó a la ancha vereda como si se tratara de la única tabla de salvación en el naufragio de la alucinación.

De vuelta, pues,  trotaba por la avenida sin límite con la mochila colgada de un hombro, mientras del otro pendía la cámara Pentax. Al cabo de un tiempo, un oasis de tímido sol se dibujó a lo lejos. Con el vigor recobrado en el tranvía, se desplazó jadeante  hasta que un par de jóvenes se aproximaron para preguntarle  en un inglés aceptable si vendía el bluejeans que llevaba puesto.  Ante el desconcierto de Braulio, los jóvenes, oteando entorno, se dispersaron  en la procesión de peatones que se engrosaba cada vez más en la plaza en cuyo centro se elevaba una torre circular con una simetría de ventanales.  Circundaba ornamentando una fuente con pilares cuyas crestas de espuma acariciaban el aire cálido del mediodía.

Braulio permaneció estupefacto por unos segudos cuando de repente advirtió que una joven corría hacia él portando en la mano una pequeña cámara. Henchido de felicidad entendió sin dificultad el lenguaje de señas: que le tomara una foto, por favor, ella no hablaba inglés pero si sabía escribirlo y leerlo. Le indicó que la siguiera y cruzaron uno detrás del otro una calle que conducía a un parque de cesped acicalado.  Braulio trémulo por el nerviosismo cuando ella cruzó gracilmente los pies frente a la camara. Mediana, espigada, sonreía dulcemente, Braulio se  engolosinaba enfocando con la Pentax la volupuosidad de sus caderas, la sutileza de su cintura. En seguida, Braulio le hizo señas que él también quería una foto para el recuerdo y le dio instrucciones  de cómo manejar una cámara del orbe capitalista. Ella asintió echándose con picardía la melena rubia sobre el hombro. Y cuando ella le propuso por escrito enrumbar a un club ruso donde podían comer, beber y bailar, Braulio se quedó lelo, mudo por una fracción de tiempo, con un nudo en la garganta. Mientras caminaban, Braulio atinó a lisonjear  la cambinación de los colores amarillo de la blusa, marrón oscuro de los pantalones en corduroy, y el beige de la chaqueta de cuero de la muchacha. Ella, a su vez, anotó en el cuadernillo que le impresionaba muchísimo el blujien amaricano. Más aún:  pasó la yema de los dedos por la tela de la chaqueta y comprobó que había sido confeccionado con el mismo material que el del pantalón.

Subieron a trancos al segundo piso de uno de los edificios que bordeaba la plaza. Un grupo de personas se apiñaban a la entrada del club ruso y eran impedidos de entrar por un par de robustos porteros. Abochornada, ella se dirigió hacia la escalera adosada al edificio, bajó veloz, y antes de detenerse frente al edificio contiguo, se cercioró si Braulio la había seguido. Frente a la portezuela de cristal una orquesta interpretaba melodías marciales, mientras un círculo de niños en el centro del salón jugaba a la ronda.. Los espectadores apostados en las barandas del segundo piso la  contamplaban con aire adusto. Juta –en algún momento había escrito su nombre–, exasperada, balbuceó en su lengua antes de reiniciar el aventurado itinerario. A espaldas de ella,  Braulio elucubraba febrilmente las más aberrantes maquinaciones: los agentes de la Gestapo –ella era una doble agente– tramaban capturarlo infraganti en territorio de East Berlín, y por un brevísimo momento abrigó la idea de ocultarse  y abandonar a Jutta y sus simulacros, pero  ella, de manera imprevista, giró en redondo, y otra vez hablando en alemán señalo un bar restaurante en medio de otras tiendas alrededor de la fuente en la plaza de la torre que ascendía entre el reverbero del mediodía.

Meseros con pantalones negros y camisas blancas llevaban en fuentes inmensos vasos de cerveza asiendo entre los dedos diminutos recibos. Comenzaron a beber al mediodía y a la hora crepuscular –los transeuntes translucían vagos colores y las cervezas eran azules–, Juta seguía escribiendo profusamente en las servilletas.  El mesero era un abusivo que  estaba cobrando demasiado, que ella laboraba en la oficina del quinto piso de un edificio –y dibujó una flecha en una tarjeta de turistas–, pero vivía en un pueblo cercano, sí, los días de la semana viajaba en tren durante media hora. Cuando las tinieblas de la noche oscura apretaron los alrededores de la ciudad, Jutta guardó el cuadernillo y la cámara en una bolsa de cuero, sus ojos verdiazules brillaron de tristeza, y se levantó con singular impulso de la mesa. A despecho de la ebriedad, Braulio logró mantenerse enhiesto. ¿Cuántos litros de cerveza  de East Berlín habían libado insaciablemente? Jamás sabría este cronista de las germanías, ni qué signos o señales, si en inglés o alemán o español o quechua, o si se lo escribió, el hecho incontrovertible fue de que acordaron viajar juntos a la villa cercana porque Jutta quería, en verdad de realidad, presentarle a sus padres. También podria cuestionarse la verosimilitud de cómo fueron capaces de llegar al lado opuesto de la torre donde se ubicaba la entrada hacia el el tren subterraneo. ¿Descendieron las gradas tomados de la mano hacia la plataforma de abordaje? Lo único cierto es que a Braulio se le ocurrió de repente guardar la cámara Pentax en la mochila, para lo cual se puso de cuclillas, sin percatarse que Jutta siguió caminando. Al percibir la ausencia de ella, él recobró de golpe la sobriedad, corrió tan rapido como pudo, pero las puertas se cerraron implacables  a escasos centimetros de la faz desfigurada por el terror. Alguien lo atrajo hacia atrás con tal ímpetu que Braulio trastabilló y estuvo a punto de caerse de culo. Cómo olvidar el dulce y bello semblante, lastimado por el espanto y el grito de pánico que se filtro sin misericordia a través de vidriosa portezuela.

Vapuleado por la adversidad, Braulio, ofuscado, merodeó por los alrededores de la gran plaza hasta que por fin llegó a una avenida paralela a la del arribo. Era menos ancha y el alumbrado dejaba trechos en tinieblas donde había que andar casi a tientas. De pronto un chorro de luz materializó un autobus que paró en seco.  Al abrirse la portezuela, el chofer lo invitó cortesmente a subir en un inglés correcto dizque para conducirlo al paradero ubicado a sólo tres cuadras de Checkpoint Charlie. Le recomendó que se cuidara en las escalerillas porque en las tinieblas de la noches oscura en Berlín eran frecuentes los traspiés. Se sentó a un costado del chofer y a Braulio le conmovió sobremanera el  auténtico interés del chofer por el bienestar del único pasajero del turno de la noche, Entonces, sin dilaciones ni tanto aspaviento, Braulio empezó a desmenuzar  prolijamente  el tiempo que gozó al lado de Jutta. Sí, hubo instantes de manos apretadas con ternura, mientras brindaban prodigiosos con la cerveza de East Berlín, sí, como si pronto fuera ya el fin del mundo. Sólo Dios sabe si Jutta era la mujer de su vida (Die liebe maines Lebens), a quien venía persiguiendo por todos los confines del planeta. Oh, Jutta, si supieras cómo la ausencia tuya lacera sin tregua mi encandilado corazón. Braulio se limpio los ojos con el dorso de la mano y luego lanzó una retahila de suspiros a guisa de su venerado Quijote, El frenazo de sopetón lo expulso de sus cavilaciones y, obviamente, del autobus,
Braulio  zizagueaba en menor escala por la vereda también menos tenebrosa por las linternas de control que se erizaban en la cima del infinito muro de Berlín. Tuvo ganas ubérrimas de orinar y se arriesgo por un cesped franqueado por una hilera de arbustos enanos, y de pronto, justo cuando inhalaba y exhalaba el alivio, Braulio encegueció por segunda vez por un relámpago de luz y por el trueno de un vozarrón que lo exhortaba a proseguir la marcha. Déjenme mear, jijunagranputas, gritó a todo pulmón.  Estaba en el jardín frontal de una casa, y al darse la vuelta vio a dos agentes de la KGB o la Gestapo con sendas linternas y el fulgor azabache de los gruñidos de un par de Doberman que se obsedían en atacarlo. Desembocó en otra amplia avenida con el patrullero a sus espaldas: lo controlaban con una luz oscilante instalado encima del parabrisas. Braulio cruzó la avenida sin una ñizca de miedo y se detuvo frente a un club con música tropical para espiar a los africanos y cubanos que danzaban con las germanas. El vehículo de los agentes tuvo que dar una vuelta en la avenida y los cuasi nazis lo amenazaron con detenerlo si no reiniciaba la marcha. Y en ese preciso momento Braulio decidió aligerar los pasos, sudoroso y jadeante, porque se acordó por un golpe de suerte que debía presentarse en Checkpoint Charlie antes de las 12.00 de la noche en punto.

–En tres minutos más, quedaba deportado –le dijo el soldado desconocido de Checkpoint Charlie– Prosiga, prosiga rápidoús.

 

Posted by Blas Puente Baldoceda at 22:18 2 comments

Enviar esto por correo electrónicoBlogThis!Compartir en TwitterCompartir en FacebookCompartir en Pinterest

Links to this post

Reactions:

martes, 9 de setiembre de 2014

Ángel de la Guarda

A Devo, mi doberman,

In Loving Memory

Mi Ángel no es de la Guarda.

Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,

Que me lleva sin término.

Tropezando, siempre tropezando,

En esta sombra deslumbrante

Que es la Vida, y su engaño y su encanto.

Martín Adán

A Samudio le encalabrinó los tímpanos el estremecimiento del ascensor, pero al conjuro de los hados deslumbró fugazmente en el vestíbulo un Ángel de la Guarda. “Ya no huele tan mal, chico –le dijo alisando el atavío de lino crema–. Sudaste la gota gorda, pero eres, sin lugar a dudas, un titán” Petrificado, mudo por una eternidad, Samudio contempló cómo se evanescía el aroma de las alas en la larga penumbra del corredor ¿Titán como un Gengis Khan? ¿Y la protuberancia a trasluz del braguetón? ¿Acaso se manejaba una envergadura de burro en primavera? Igualito a los burros de Huaricolca que rebuznaban de arrechura en las colinas donde pastaba el par de ancianas con quienes solía agarrar chamuyo en Quechua. Fumigó apresurado en torno al umbral del ascensor. That’s it is all for today, sonabitch. ¿Remordido por la genuflexión de pongo sapo? ¿Por las lágrimas que por poquito no derramó, alicaído por las punzadas del miedo y la ansiedad? No, no era para menos: hacía casi tres semanas que Samudio devino el apestoso del recinto universitario. Lo eludían subreptíciamente, sí, evitaban sentarse cerca del indigno. No, no alucinaba porque incluso los coterráneos, en las veredas de las cinco cuadras del centro del pueblo, se rajaban de modo sesgado hacia el sardinel de la calle cuando Samudio trotaba viciando el aire con una pestilencia de guiso de pollo achicharrado. Un ultraje a despecho de haberse agenciado los más diversos jabones, detergentes y desodorantes. After all, le importaba un ojete este pueblo de mierda donde toditito le llegaba a la punta de la pichula. ¿Pichula Cuellar?. No uno sino muchos suspiros de alivio, jijunagrampú. Sólo le resta por rociar la alfombra del piso y el tapiz de las paredes, ambos de un rojo burdel. Sí, aquí mismito, carretas, el primer piso de un edificio de cinco y tan solo a cinco cuadras del campus, albergue de por lo menos un centenar de gringachos que roncan en los brazos de Orfeo.

Camina ahora con roche las tres cuadras atestadas de estudiantes hasta la esquina donde contempla por milésima vez el portal de la universidad, dos columnas de piedra coronadas por un arco con una larga inscripción en latín. Tiempo, tiempo, asómense pronto el sonido y la furia de la noche en Champaign-Urbana, chasumá. ¿Y si por ende mi duende te quedas dormido en la clase de fonología? Espera, gilipollas, por el muñequito blanco. No vaya a ser que un red neck te meta el guardafando por el culo, así al saque nomás, en plan de joda.

Con los ojos bien abiertos, pero fijos en los profesores a quienes no les entendía ni maca, ni olluco ni oca, Samudio urdía el ardid de pegarse una siestecita de segundos en plena clase. Y esto porque aquí, en un remoto lugar del mundo, aprisionado por un infinito maizal, Champaign-Urbana, las aldeas gemelas, dónde miche encontraría la machiquita que le haría funcionar su cerebro de chuto como un reloj de Suiza. ¿Se ponía, acaso al nivel de sus pupilos?. Estos cojinovas se tapaban ahora las narices en tu propia nariz, Samudio, un desafio de los jumentos que sufrían con la lengua de Cervantes. Y si estuvieran en el terruño ni a chicotazos ni a cocachos, ni tampoco a huaracazos, la aprenderían. Viejos tiempos de la letra entra con sangre. Ladillitas. Si asistieran a clase con regularidad y pusieran toda su concentración, sería otra la historia para contar al califa, Sherezade. Y al caer la noche de hielo –luego de estudiar, corregir exámenes, y hacer los cagadísimos análisis de fonología, asignados por los errantes de Judea (justamente fueros estos galifardos quienes fraguaron su estadía por cinco años en pos de un probable doctorado; si, pues, esta olla de cucarachas cojudamente asumió que el estudiante Samudio era hablante nativo de un dialecto Quechua. Qué cacanuzas, los académicos, siempre cagando fuera del bacín),– iría al barcito de los country folks, a sólo dos cuadras del edifició de los cien gringachos donde pernoctaba en un camastro de soldado, con estufa, escritorio y estante: una pieza y baño compartido,  ad hoc para un chato voyerista bajado de las alturas de Cochas. Y en el Irish Pub, los labradores,  que hedían  a estiercol, se quitarían los sombreros guardando distancia, pero sin herir la susceptibilidad del stinking peruvian. ¿Y ellos, ah? Apestaban a boñiga en el bullicio de humo que se desleía en el barra, pero patas al fin y al cabo. Borrachísimos, los viernes en las noches, condimentaban sus historias con dientes manchados de tabaco y aliento de mil demonios Sin embargo, lo aseverado no era tan relevante como la vikinga del vitral en cinemascope: desde la una y media hasta las dos de la mañana, Samudio debía clavarse en el escritorio de miniatura: la muchacha en flor empezaría a quitarse lentamente la ropa en el ventanón de enfrente, engolosinada con las ondulaciones de cuerpo, se enfundaría en el piyama a media luz, y se escondiría debajo de las cobijas, no sin antes de jalar –coqueta, veloz– la lámpara de Aladino. Es, pues, el caso que la escena se desarrollaba en un quinto piso, cosa de brujería, el cinco. Y, entonces, Samudio, dándose ínfulas de versificador declamaba para sí mismo, mientras se deleitaba con el striptease gratis: oh ninfa de Onán, –presurosa brisa que en tardes de verano mitigaba la canícula con el feroz bamboleo de las nalgas— ¿torturas, acaso, falsa perjura, con saña, alevosía y premeditación? Solamente Dios sabe si percibía que los edificios contiguos se acunaban con la arremetida de las ventiscas de nieve galopando desde de los lagos en Chicago. ¿Y con la pajita?

–Pongan libros y cuadernos bajo los asientos, por favor –dice ahora Samudio cerciorándose de que el cierre del blujeans le quede bien afianzado. Más vale pájaro en mano que cien volando. Luego, distribuye el examen entre los cabezas de las filas de carpetas. Les ordena de inmediato escribir las repuestas. Y les recuerda una vez más que en esta clase guerra avisada no mata gente, borricos. Suspira de alivio y se dirige al alto ventanal para dar rienda suelta a las remembranzas, mientras se deleita con el cromatismo del otoño en las hojas enloquecidas por los huracanes que despeinan los maizales de alrededor.

Del destierro que le deparó el destino, Samudio jamás se olvidará el día que, por fin, se cumplió el plazo que le fijo la bestia de la administración: un cerdo de crencha pelirroja. Recostado el hombro en el quicio del ventanal, Samudio evocaba en ese momento la furia del sol en los vitrales de la entrada al edificio. Aquella tarde aciaga el cerdo recorrió los cinco pisos y se detuvo acezando frente al umbral del ascensor donde Samudio lo aguardaba con un agobio de siglos. “Bueno, labor cumplida –gruño babeando babas del diablo–, así que tranquilícese, ahora sí la migra no lo deportará” “¿Y esta vez te olvidaste de traer tus patrulleros –retrucó Samudio, iracundo–, comemierda?”. Y no le importó los colmillo del jabalí de la bestia que, voraces, lo embestirían, ya que en el acto, agregó: ” ¡Gringo, hijo de puta! !Abusivo, concha de tu madre!. “What the hell are you yelling to me you mother fucker. Go back to your country but before I smash your monky face”. Samudio se cubrió los ojos, pero por las ranuras de los dedos vislumbró al Ángel de la Guarda con las alas enhiestas y erguido el vergajo de burro en primavera. “Samebody can go to jail for domestic violence”, gritó con un vozarrón de ogro. El gringo sonabitch sobre el pucho quedó inmóvil. “But he yelled at me first in his fucking language” alegó cobardemente y se escabulló con el rabo entre las piernas, mascullando algo que a Samudio y al ser angelical les valio un pito averiguar. Cuando éste desplegó el plumaje para felicitarlo por haber perfumado con diligencia la alfombra de los corredores y los tapices de las paredes del cuarto piso, Samudio desfalleció a diestra del Señor de los Milagros. Sí, pues, no pudo más y se echó a llorar con honda ternura. “Mira, chico, ven pa’ca –dijo el ente celestial , posando las alas en los hombros abrumados de su vecino.– No es para tanto. Dejá de llorar, coño. Estamos en el medio oeste, en una villa de rústicos, en el epicentro de un maizal, y para esta gentuza somos unos extraterrestres. Racistas de cuna hasta la sepultura. Poor people. They can not help themselves.” Y ese día Samudio se enteró de que el Ángel de la Guarda se llamaba Ricardo –Ricky, por estos lares– era venezolano y estudiaba arquitectura. Y no era un huérfano parajarillo en tierras extrañas. Todo lo contrario: era un atarantador bien macho y camacho por los cuatro costados.

De vuelta a la buhardilla. Resignado a sufrir otra noche de desolación en Champaign-Urbana. Tan pronto deslizó el seguro de la puerta, se despabiló frotándose las manos fuertemente. Había que calentarse el resto de guiso de pollo. Siempre cagándose de hambre, caracho. No bien puso la ollá en el fogón, escuchó que alguién tocaba la puerta ¡Mierda! Una muchacha liviana, de cabellos rubios y revueltos, se desprendió de la chaqueta mientras, casi empujándolo, traspuso el umbral. Luego de unos segundos de ofuscación, sin atinar por deshacerse de la intrusa, de golpe la recordó: era la que sentaba en la tercera fila del salón de clase. “No le devolví la segunda hoja del examen. No quiero que me acuse de plagio y me ponga una mala nota” A Samudio el piso se le derretía: trémulo, recibió la segunda hoja del examen, imaginando que los policias de la universidad le rompian ahorita la puerta a culatazos. Sin quitar la vista de la turgencia de los senos, empezó a tartamudear que saliera de la habitación, pronto, por favor. ¿Cómo se le ocurre, señorita, que la desapruebe por semejante estupidez?. Trastabilló hacia la puerta demudado por el terror y le ordenó que se pusiera la chaqueta de inmediato. !Nunca jamás se le ocurra venir así! !Me cago en mi puta vida, carajo! Y mirando el techo puso como testigo a Jehova que no la tocó a la idiota ni con el pétalo de una rosa. La muchacha espantada por la vociferación del transtornado Samudio, sin entender absolutamente nada, corrió despavorida por la penumbra del pasadizo. Aún más: tan luego de asegurar la puerta, Samudio escuchó en el acto unos golpecillos díáfanos pero esta vez le pareció que sonaban cargados de veneno. !El colmo de la mala racha, putamadre! !Ahora si que me fregué de por vida! No faltaba más: ¿la cagada en colores, Diosito lindo? Se secó el sudor de las manos en el pantalón. Antes de abrir, respiró profundo para defender a capa y espada, la inocencia y el honor; empero, cayó de espaldas y, por poco, no destroza el camastro. No, no era la policia de seguridad del campus universitario, era Ricky luciendo anteojos ahumados en plena noche y asiendo gracilmente una cajita envuelta en papel celofán. Después de prestar oídos a las penurias de Samudio, esbozó graciosamente una sonrisa en la comisura de sus labios carnosos, agitó las vigorosas alas y lo alzó en vilo. “Siento orgullo de ser tu amigo. No me defraudaste. Cualquier otro sinvergüenza se aprovechaba de la pobre chica. Y olvida el susto, más bien adivina, adivinador, tu regalito—le dijo soltándolo en el vacío a la vez que le daba la cajita envuelta en papel celofán–sí, mi amor, olvida esos senos probablemente sin sostén con empanaditas de Puerto Rico via Chicago. Y para cualquier cosa, cuenta conmigo. Y una nueva voz tenue, meliflua, nuevos ademanes y gesticulaciones, le exigieron a Samudio que sonriera, chico. Aquí no pasó absolutamente nada. Y dándole un peñiscón en la mejilla, lo abrazó y le susurró que se caía de sueño y que ahoritica se iba a dormir. Petrificado, enmudeció otra vez por una eternidad, Samudio, y al toque se puso discurrir el por qué de mi amor, chico por aquí y por allá, y la retahila de icas e itos. ¿Cabritilla, el macho camacho? ¿Perturbado? ¿No te la olías, ah? No, no la barajes, pues, deschávate ¿Y ese nerviosismo al sentir el culebrón adormilado en tu entrepierna era, por si acaso, puro vacileo? O en plan de Narcizo, Samudio, ¿tú mismo te vienes meciendo? ¿Mariposa en el jardín del olvido?

Y fue de ese modo que comenzó a beneficiarse Samudio con las tiernas bondades de Ricky. No siempre eran empenaditas portorriqueñas sino una gama de pasteles de todo sabor y de diversos países hasta que un día digno de recordación se presentó engalanado con un coqueto mandil de colores, aferrando un plumero y una mini escoba. Samudio acababa de salir del baño enrollado en una toalla desde la cintura para abajo. “No, m’hijo, así a mitad desnudo no te toco, así me manden al paredón de fusilamiento. Bueno, al menos que me deleites con un exquisito eau de toilette de París. No, no te me desmayes, s’il vous plaît. Tan sólo te estoy bromeando, bobito” Para sopresa suya, el ama de casa que ostentaba nalgas de mujer pero pichula de burro ni siquiera había tocado la puerta y ya estaba en plan de desenpolvar un polvo inexistente para Samudio “Y ahora dime, m’ hijo, la verdadera historia del incendio que chamuscó a un centenar de gringos aquella fatídica madrugada. Y apúrate que termino en un dos por tres de limpiar y poner en orden esta pocilga. Dios santo, como puedes vivir así”, le sonrió con leve sarcasmo. “Quieres leer esta vaina”—le replicó Samudio con cierto desgaire, al mismo tiempo  que le alcanzó un folder del escritorio.

Agobiado por el análisis fonológico y la inacabable correción de quizes, salió por alivio y solaz en el bar de los hediondos. Había que desfogar las miserias de ser un intruso en territorio ajeno. Esa noche de viejos discos de música del campo, todo el mundo desgañitaba el humo de sus memorias. El extranjero permaneció callado; de rato en rato, emitía un monosílabo, una palabra, una frase de impecable inglés. Los coboyeros lo palmearon en la espalda porque se quedó dormido despues de sorber el segundo vaso de espumosa cerveza negra. La senda entre montículos de nieve sucia y charcos con natas de hielo donde refulgía sombriamente la luna, era tortuosa. No recuerda si tomó el ascensor o subió la escalera del extremo opuesto con acceso a todos los pisos. Ya en el cuarto procedió a desnudarse, luego puso a calentar el estofado de pollo en el fogón más grande, mientras se sentó a esperar. Y de pronto era mama de cuando niña, viajando de la mano del abuelo en un tren de carga. La criatura temía morir exfixiada con el vapor que vomitaba por ambos lados la cabina del maquinista. El pito erizaba la helada bajo un sol enceguecedor y acicateaba el vuelo de los patos en los lagos entre las cumbres nevadas de Morococha. Y cuando empezó a granizar en las calaminas de las bodegas del abuelo Sebastián, los dedos de mamá se deslizaron de mano callosa, y la criatura cayó a un lado de las rieles, ya sin respiración, pero logró postrarse, y a fuerza de ruegos a todos los santos habidos y por haber, pudo movilizarse hasta el borde del camastro. El golpe de su cuerpo en las lozetas, lo despertó a medias, y entonces, casi a ciegas, empezó a gatear hacia el picaporte de la puerta…

“Y entonces se abrieron al unísono un miriada de puertas encuadrando piyamas y batas. Gritos de sorpresa, odio y terror. Un latino desnudo, con la pija bien erguida, envuelto por la humareda que brotaba a raudales…algo así. –dijo Ricky embargado por el entusiasmo– Por supuesto, yo, uno de ellos, en la mitad del pasadizo, coño. Pero ven pa acá, chico y esto –agregó blandiendo la hoja—coño madre, no sabía que escribías. Y cuando lo terminas” “¿Terminarlo, yo? –le replicó Samudio– ¿Con que tiempo, mi estimado?. De vez en cuando garabateo una que otra vaina que se lleva la hojarasca de Macondo.”

Fue a raíz de esta conversación que Ricky surgía del ser y la nada, una y otra vez, con sus pastelitos de mil sabores y cada vez lo conminaba a escribir la historia del guiso de pollo o del pestífero, títulos que entre otros le sugería como un hincha bien fanático. Al sospechar que el escribidor no avanzaba ni siquiera una línea, el Ángel de la Guarda asumió la responsabilidad de la corrección de quizes y exámenes, de modo que el escribidor en ciernes contaría con más tiempo a su disposición. El mecenas sólo requería las instrucciones para calcular el puntaje y los promedios, y, por supuesto, todo se llevaría a cabo con prontitud y absoluta discreción. Más aún: el Ángel de la Guarda era ducho en menejar dos o tres cosas a la vez, pero, eso sí, bajo una rígida condición: jamás de lo jamases se le ocurra perturbarlo las noches de los viernes y los sábados. Era el tiempo exclusivo para sus amigos árabes con quienes armaba un jolgorio del divino carajo: coño, cocinamos, bebemos, cantamos y bailamos en la estrechés de la cueva. Por supuesto, m’hijo, durante la sobremesa cambiamos ideas sobre asuntos de política y cultura a nivel internacional. El lema de círculo es ejercitar la mente en cuerpo sano. Al toque Samudio –herido y quebrantado—receló una insidiosa patraña: el ser angelical se transfiguró al instante en un bicho horripilante debido, quizás, a tus celos de chacal, Samudio, o a tu envidia de hiena. Con el transcurso de los días, Samudio devino una tarántula obsedida por desmadejar el ovillo del misterio. Tan pronto como la noche se cernía en el pasadizo, montaba guardia al extremos opuesto al elevador, cobijado por el mortecino Exit rojimio que antecedía al tenebroso lobby de las escaleras. Desde allí, semioculto, espiaba el sigiloso advenimiento de los cuatro árabes altos y espigados. Cuando empezaba el bullicio de la orgía, Samudio, de puntillas como el pantera rosa, o como una danzarina de ballet, atravesaba a un paso de distancia de la puerta prohibida. Y, entonces, mientras repasaba una y otra vez la puerta del Ángel de la Guarda, evocaba los comentarios del círculo de amigos o daba rienda al frenesí de la imaginación. Acicateado, no por la melancolía de la añoranza, sino por el odio y el resentimiento acérrimos de serpiente en paraíso perdido, recuerda que te recuerda, a guisa de un demente: es la aberración de la contranatura, dictaminó la catalana que le invitaba los domingos tortillas españolas en su cuartucho atiborrado de folios del siglo de oro. El veredicto de Jimmy fue atroz: mira, huevón: es una caterva de degenerados del coito anal, gozan el encanto de la mostaza. Una cáfila de cacaneros, huevón, chivatos de pura cepa. Al acecho en las tinieblas, Samudio, afiebrado, afanado en el delirio de la conjetura: se delineaban las alas –ya no de ambar sino de azufre– del libidinoso en la pose del perrito, al filo del catre, ora bramando, el fauno, ora gimiendo de extásis u ora ululando el climax, la ninfa, que le hacían alcanzar los eunucos de Arabia, resoplando blasfemias y maldiciones. Ahí, la Ricky, regocijándose, la insaciable chuchumeca. Y fue un dardo en el meollo mismo cuando el borinque Abraham, meciéndose la barba azabache, emitió el juicio final: es puto, en definitiva, un pervertido, un sofisticado artífice de la seducción. Ven pa’qui, muchacho, cuando menos lo pienses, ¡pum!, ese pato de doble filo te viola, te desvirga, te clava ese vergajo de aventajado. Y te hace feliz –chinga que te chinga, intervino el chicano Jairo,– porque seguramente adoleces, chingón, de la misma tara congénita de tu compatriota, el joto Jimmy, que hizo tragar el cuento de las mil palabras de que todos los calzones negros que colgaban por doquier en su apartamento eran de las gueras que se cogía cada noche. No, chavo, a ese buey lo vi en el mero Chicago, chambeando en una barra de trasvestistas de mala muerte. ¿Y tú? ¿Qué diablos hacías en ese antro?, indagaste al tiro, Samudio, pero en su boca cerrada no entraron moscas.  Fue el gusanito cubano, Bobby, el que te aseguró que el charro Jayro estaba allí por la heroína que se inyecta para poder sobrevivir las desventuras de su existencia, en tanto que el otro desdichado, el indiecito Jimmy, se armaba unos pitillos de marihuana, juntitos y ocultos detrás de las bambalinas, antes de la mediocre actuación, ya que ambos, coño, son trasvestistas. Dile que te invite a su apartamento y verás calzones, no negros, sino rojos. Entonces, sonriendo con amargura, Samudio interrumpió bruscamente el entretenimiento de la memoria, la recreación de libre albedrío, y colocó el ojo en la cerradura para corroborar la supuesta orgía. De pronto, un silencio de sepulcro. Al toque Samudio se las picó disparado por el pasadizo, se metió en la cama con la ropa puesta sin importarle el striptease de la vikinga detrás del ventanal de enfrente. Entonces, sin apagar las luces, se refugió debajo de las cobijas. En las tinieblas del pecado, se masturbo rabiosamente, entre sollozos de desconsuelo.

Después de esquivar al Ángel de la Guarda por una semana y media –se asilaba en el quinto piso de la biblioteca hasta las doce de la noche y acompañaba en ocasiones a la encargada de esta sección de lingüística, una enorme gorda con cara de muñeca que solía invitarle sus caramelos de sabores exóticos dizque para paliar los padecimientos con la fonología abstracta–, Samudio, estupefacto por los caprichos del azar, se dio de bruces con el Lucifer de la contranatura cuya fosforescencia de azufre lo encegueció por un instante antes de fingirle una sonrisa de circunstancias. Sin preambulos, y con cierta premura, el ser angelical se excusó de no haberlo buscado antes, es que andaba bien ocupadísimo, chico, con una serie de proyectos. Pronto se graduaría, de modo que para este fin de semana mi peruvian buddy será el invitado de honor a mi castillo para una cena en francés y a la francesa. Ah, casi, casi me olvido, ponte una ropita presentable. Mira, pues, no es una imposición, pero hazlo, mi amor, siempre en cuando te sea posible. Era, pues, la tercera vez que Samudio se quedó tieso, mudo. Experimentó una suerte de vértigo, un revuelo en la mente, una aceleración de los latidos, otra vez los estragos del miedo. Míechica, me cago en la tapa del loro. ¿Una declaración de la locaza? Púchica, ¿Y ahora, hombre, qué te diré? Le asaltó un agudo palpitar en las sienes, mientras Ricky se esfumó  por encanto en la leve penumbra del pasadizo.

Viernes al anochecer Samudio atravesó con los nervios en punta el corredor bajo las bombillas de precaria iluminación. Tocó con suma discreción la puerta y quedó deslumbrado con la policromía de una lámpara de pie y un par de rosas en el centro de la mesa en alianza con dos sillas cubiertas de un gamuza rosa. Seducido por el ambar del aroma no supo que responder cuando el Ángel de la Guarda, alcanzándole una copita, le preguntó si se le antojaba cogñac francés como aperitivo, al mismo tiempo que destapó la fuente con la punta de los dedos de damisela –era un juego de loza con flores buriladas, obra de un artífice –, esparció otro aroma peregrino al paladar de Samudio–. “Bueno, para que te relajes –agregó el Ángel de la Guarda—con la cena beberemos un antíquisimo vino frances para acompañar el Beef Bourguignon–. Por favor, siéntate. Empecemos ya, m’ hijo” Durante la cena Samudio se enteró de que era uno de las viandas que ordenaba el mayordomo de la mansión en Caracas, quien le exigió que trajera el juego de cubiertos de plata para agasajar a los amigos en Champaig-Urbana. Pulcritud, elegancia y orden, era el lema del cabrón de su padre –congresista, ministro y ahora embajador—, impuesto a la servidumbre y cada cena era una liturgia del silencio. Prohibidísimo si uno hablaba con la boca llena. Sí, coño, un cabrón de alta alcurnia, mi progenitor. Después de brindar por la amistad eterna, el Ángel de la Guarda dio una palmada y se amainaron las coloridas luces del primoroso lenocinio, bostezó largamente, y con pasos de ballet enrumbó hacia la colcha púrpura con borlas doradas. “Déjame tomar la siesta de solo un par de minutitos, y si te apetece abre otra botella de vino. Volvió a bostezar pero, esta vez, soñoliento, mientras musitó palabras de amor: si se te antoja una siestecita, bienvenido al nido. Por supuesto, Samudio debería haberse puesto del pie al instante y se debería haber largado de inmediato. No le cabía le menor duda: un degenerado de la contranatura con diabólicas artimañas para seducir a sus víctimas. No obstante, Samudio se quedó clavado en la silla. Engatuzado quizás por la miel de la siestecita, se arrellanó al lado de la bella durmiente que se deslizó sensualmente hacia el borde que colindaba con la pared. El corazón le latía furiosamente,  desfallecería en cualquier momento, y era imposible controlar convulsión en las piernas, pero al final se las ingenió para cenirse tímidamente a las espaldas del Ángel de la Guarda y apoyar con discreción la palma de la mano sobre el hombro. Al reparar cierta aquiescencia, resucitó Pichula Cuellar y naufragó sibilino en la raja del ser angelical. Al instante, impelido por un soplo de Satanás,  levitó, el Ángel, divinamente, de la Guarda,  por unos segundos, antes de descender y reposar en la orilla del camastro con sendas manos cubriendo el rostro anegado en un sollozo casi infantil. Abrumado, derrotado por la desilución, le bastó un par de carraspeada para agravar la voz de macho camacho y recuperar la férrea serenidad. Mira, imbécil, tú no eres mi tipo para acostarme. Eras el amigo que siempre añoré encontrar algún día. Como si le hubieran marcado con un fierro al rojo vivo en la espalda, Samudio se defendió con retorcida astucia: pucha diablos, era sólo una muestra de cariño por todas las cosas que haces por mí. Yo ignoraba francamente que eras. . . eras del otro equipo. ¿De qué equipo hablas, idiota? ¿De fúlbol? ¿Ah, qué no lo sabías? Esto es el colmo de los colmos. No la embarres más. Secándose un resto de lágrima con el dorso, lo expectoró con el índice firme hacia la puerta. Vete, por favor, vete, coño. En la densa penumbra del pasadizo Samudio retornó a su cuarto dando trancos de homicida. Le importó un carajo su vikinga agachada exhibiendo la vulva con pelos rubios entre sus poderosas nalgas porque ahora fue él y no ella quien se refugió una vez en la tiniebla de las cobijas y se masturbó no de rabia sino entre sollozos de arrepentimiento, vergüenza y humillación.

Hace exactamente un mes que se esfumó sin dejar rastros el Ángel de la Guarda, pero a Samudio le parecen años y años cuando merodea sin rumbo fijo hasta que le cae la noche sobre los hombros agobiados en las escasas calles de Champaign-Urbana. Sí, pues, vagabundea como si fuera un perro sin dueño. Mugriento, desgreñado, e impúdico, se devana los sesos con incoherencias que engendran los resquicios del subconsciente, un efluvio cuyo hedor husmea con repugnancia desde aquella noche nefanda del desatino que canceló un glorioso tiempo de benevolencia y ternura. De transparencia sin límites. Las últimas tardes del verano languidecían tristemente. Las esporádicas ventiscas levantaban remolinos de polvo en las veredas, pero sin trozos de periodícos arrugados y amarillentos, que ora el hobo de trenes perdidos en el infinito laberinto de rieles del Oeste, u ora el hypie de rutas trasnochadas entre los rescoldos de la ciudad, extraña con el desaliento del fracaso.  Sí, aquí, mismo, maniatado por las cinco cuadras del centro de Champaign-Urbana. Hojas de periódicos que se agitaban en las polvorientas veredas del Porvenir de La Victoria en cuyo hormigueo de lineas en deterioro Samudio creía leer el lenguaje de los dioses que le recordaban por boca de su hermano de aquel viejo general en retiro que andaba exhibiendo una verga de burro en el sauna de la Colonial, y papá diciéndole los suicidas nacen, no se hacen, pero en cuanto a la mariconería, no sabría opinar con justicia, ya que dicho general era un maricón por los cuatro costados, pero bien requetemacho. O los maricas del barrio, muchos de ellos, malogrados en la isla El Frontón, que se bronqueaban con los asaltantes que bajaban de cerro El Pino o los achorados de las cantinas del puterio de la calle Floral, y no se dejaban pisar el poncho, sino que volaban repartiendo puñetazos y chalacas como el chino del karate, Bruce Lee. Sí, pues, a lo puro macho. ¿Un homeless en la encrucijada de la recordación, Samudio? No me interrumpas, narrador, mi hermano afirma que los maricones son mejores que las mujeres porque son amenos en sus conversaciones y sienten mayor aprecio y saben valorar lo que significa ser hombre. Y ahora sí, te cedo el podio, huevo frito. Ya ni siquiera iba al bar de los coboyeros del maizal ni buscaba consuelo para el dolor de espíritu en la vieja catalana, ni en el chicano, ni en el cubano, ni en el borinque, porque todos empezaron a tratarlo como si hubiera enloquecido. ¿Un orate anacoreta? Sí, pues, un hermitaño ya sin los tornillos bien puestos que se enclaustraba en su cuarto a contemplar la lejana calle desde la ventana de cristales corredizos, horas tras horas con la mente en blanco. Horas y horas imaginando cómo salir del tenebroso tunel de su existencia en este preciso instante a casi cien grados de resplandor. La maldita canícula de Champaig—Urbana. Hasta que por fin el mediodía sobrevino maravilloso porque un flamante convertible se estacionó frente a la entrada del edificio y érase otra vez más un Ángel de la Guarda, escoltado por un séquito de árabes. Llevaba la indumentaria de los graduados con un diploma bajo el brazo y, desde el quinto piso en su ventana, Samudio inhaló el aroma de ambar aflorando en la reverberación en torno a Ricardo. Al toque, sin pensarlo dos veces, bajó en el ascensor que por arte de magia lo había aguardado con los brazos abiertos. Le importaba un carajo que lo viera así, hecho una mierda. Pero pasaría silbando con concha y de largo con roche por la vereda tropical. Ignorándolo todo a su alrededor, invisible bajo el zenit de un sol implacablemente perpendicular. No bien dio unos pasos cuando de golpe se enterneció hasta que se le anudó la garganta porque por detrás lo aferraron por las axilas y lo alzaron en vilo y por una ráfaga de segundos era un Icaro de Huaricolca que ascendía velozmente hacia el cielo de Champaign-Urbana.

–Coño, chico, no tienes por qué huir. ¿Todavía eres mi amigo, no? –le dijo Ricardo soltándolo y pasándole el brazo por el hombro—Mira, llegué solamente para graduarme y con la misma me regreso a Caracas.— Luego de señalar con el llavero la maletera del convertible, uno de los árabes procedió a abrirla, y presionánlo suavemente para alejarse del vehículo, le susurró al oído: “Me casé con mi novio, el amor de mi vida, y soy feliz. Mi padre me quitó el apellido porque le nací marica, pero no logró deshederarme gracias a la lucha sin tregua de mi madre que me apoyó como una leona todos estos años. Mi amorcito y yo fundamos una compañía constructora con oficinas en el centro de la ciudad. Tú eres el único en este pueblito de mierda en quien puedo confiar lo que fue toda una via crucis. Mis amantes, tus odiados árabes de Las Mil y una noches, –continuó despues de recibir un paquete de uno de sus Aladinos– no saben absolutamente nada de mi cuento. Y este regalo es solo para ti, mi chiquitín. Es un traje de casimir inglés con chaleco y todo. Y ahoritica déjame subir para entregrar las llaves al cerdo sonabitch del edificio que casi incendias y achicharras cien gringachos, incluído yo –dijo abrazándolo. Y agregó, besándolo tiernamente en la frente, antes de voltear y dar el primer tranco: Y todo por culpa de un guiso de pollo, coño.

Blas Puente Baldoceda

Cincinnati, OH 2014

 

 

 

 

Posted by Blas Puente Baldoceda at 18:50 0 comments

Enviar esto por correo electrónicoBlogThis!Compartir en TwitterCompartir en FacebookCompartir en Pinterest

Links to this post

Reactions:

lunes, 15 de julio de 2013

EL FABULOSO PITO DEL SIGLO

 

Mi cuerpo mismo es un cementerio

de muralla de piedra

lapidas de puta magdalena

los muertos se cobijan en mi

hay muchas tumbas subyacentes

que se escapan por mis dedos

en mi mirada

en una noche contigo

en que termínanos oliendo

a fétido mortuorio.

Zoila Capristan

 

HACIA la pichi al pie de un árbol alumbrado nebulosamente por el foco del poste cuando de repente el bardo entorpeció su recitación en oh nalgas de paloma, de nácar y alabastro, y se tocó los labios acorazonados con la yema del índice: “Corre, Filito, corre que ahorita esos hampones nos masacran.” En el acto me subí el calzón y me acordé en ese instante del sermón de la beata Angelina: “Lo único que busca ese mañoso es desflorarte. Ojalá no te deje chantada con tu bombo”. Esa noche, pues, me descalcé los tacos para huir a través de los sendas donde acechaban las guadañas del Jardín Botánico.

–¿Y el trovador?

Con ojos desquiciados escrutaba el siniestro contrapunto de búhos, murciélagos, lechuzas y palomas cuculíes. Desde la elevada hojarasca espiaban los pajarracos nuestra desventura. Qué horror, hija, y el vate dale que dale con su fatalismo: “Si logran alcanzarnos, esos chaveteros nos desfiguran el rostro sin misericordia. Aligera los pies de gacela, mi musa”, pero hermético a mis súplicas para que revelara la causa de la desaforada huída. Las sendas se enmarañaban por doquier bajo el denso follaje, pero todos convergían hacia del Paraninfo de San Fernando. A juzgar por los ecos del trote en la vereda, al otro lado de la pared, podrían ser varios los perseguidores. Y pronto, prontito, empujarían las herrumbrosas rejas del portón de la esquina. Por un segundo, los rugidos de la jauría se esfumaron en la lejanía de la noche, pero no, Dios santo, el ultimátum de hacernos añicos, si nos atrapaban, se tornó más apremiante entre ellos. Ya te figuras, hija, un terror de los mil demonios.

–¡Qué pavor, corazón mío!. Pero dime a lo franco, ¿un cuchicuchí allí?.

Allí mismito. Y te quedarás turulata cuando sepas la razón de la sinrazón. Ay, mujer, hacia meses que el poeta maquinaba mil mañoserías para romper su fabuloso pito del siglo, pero nones. Nada de nada: todavía pertenecía yo a la inmaculada concepción, aunque en aquellos tiempos del cólera nadie se dignaba a creérmelo. Si la memoria no me traiciona, esa noche habríamos salido a eso de las diez de un chifa de la calle Capón; entonces, engolosinado con sus caramelitos chinos de tamarindo, agarrado de golpe por la inspiración, me susurró: al cabo de la travesía por un tempestuoso piélago se avizora la isla de nuestra felicidad. Para que te cuento, hija, un lírico de la melcocha. Y justo cuando me descalzaba los tacos para correr flanqueada por árboles sombríos, en una fracción de segundo, recordé, no sé si con resignación o nostalgia, la antelación a la fuga del siglo. Agarraditos de la cintura, veníamos acariciándonos como gatos cimarrones, sí, alucinados de pasión por esas callejuelas que olían a un antiguo incienso de beatas. Un sátiro, le enrostraría la cucufata Angelina, sí, un fauno sibarita, pregonaría a los cuatro vientos, acicateada por la envidia, pero ignoraba, la melindrosa, que mi declamador era diestro en armonizar ternura y pasión en el amor.

–Ajá, un idilio en jaque mate. Y dime por qué tu amante a carta cabal y hombre de letras quería saciarse en ese sitio.

Te caes de poto, preciosa, y perdona si te soy vulgar. No era sino una hilera de cabinas con los retretes sin tapas; las puertas corroídas por la intemperie, sin techo. Una fetidez emanaba del agua estancada, ocre, coronada por una nube de moscardones. No sé cómo me contuve las ganas de vomitar en aquel tugurio.

–¿Yo? Por amor de Dios, no pongas esa cara de fiscal.

–Sí, tú, virgencita del socorro.

–Yo ni la tos, corazón de melón, una vez que mi juglar agarraba embale, no había quien lo pare.

Sí, pues, bien ardía por la pasión o bien andaba chiflada por la ternura, una de dos, pero, recostada en la pared con telarañas, me subía yo misma la falda con desparpajo; entonces, el flores del romance se marchitaban en un tris ; en su lugar, un lobo feroz me bajaba la prenda íntima de un solo tirón. No te miento, mi amor, un energúmeno. Bueno, qué diablos, confieso que yo no me quedaba atrás: con la yema de los dedos apuraba su fosforito a mi mecha.

–¡No te lo puedo creer, Filito, La caperucita roja ! ¡Qué descaro de mujer!

–Sí, pues, cariño, una puerca regodeándose en su chiquero, me lo reprocharía Sor Angelina. Esa puritana de mil aspavientos solía imaginarse mil porquerías sobre mis caprichos de aquellos tiempos. Pero me importaba un comino para que lo sepas. No me avergonzaba de nada ni a nadie le permitía el derecho de juzgarme.

–Uy, uy, uy, Filito, ¿no aguantas bromas de tu patita del alma?. Sigue, mi amor. Odio que me dejen colgada en medio de la historia.

Pues bien, esa noche, no funcionó tampoco el piquiriquí del rapsoda. Y yo, Dios mío, al borde del colapso, a punto de asfixiarme con la apretadera y las embestidas, pero nada de nada. Quizás todo por la culpa mía. Lo recuerdo así: estaba yo de bruces en un espantoso paraje, sin poder cerrar los ojos: por una llanura una horda de hunos, mis cinco hermanos; un fiero Atila con crenchas erizadas, mi padre; me arrollaban triturándome con herrajes al rojo vivo. Un escarmiento de ser cierto el chisme de que andaba puteando con el jijuneta del Taunus. Era la única hija en un hogar de machos, prometida de un cadete del ejército, amigo de infancia, medio huamanripa pero todo un caballerito que le aseguraba a su tesoro, o sea yo, un buen porvenir. Y en el nombre del padre y su rollo, amén.

–¿Y qué? ¿Este fulanito ese no te prendía la mecha? O ni siquiera se sacó el fósforo.

–Tú sí que te le aguaytas todas juntas. Bueno, cada vez que la familia me hacía corralito para ir con el orondo y lirondo cadete al Parque de los Enamorados, era como si estuviera abrazada a un poste con uniforme, y no a un adonis de buen porte y bien maceta. No te miento, tan sólo un recatado paleteo y uno que otro besito con la punta de los labios. Todo él tan acicalado con los dorados botones de la guerrera.

–Y ahora sin más rodeos, sigue, por favor.

–Aguánta, me doy un respiro y al toque voy al grano.

Esa noche, pues, el bardo de los pies ligeros –bufando de pánico, quizás meándose en los pantalones, un mequetrefe en cada encrucijada–, se corría el albur de emprender el correteo por la senda equivocada. Y cuando empezó a tartamudear, jadeante, sus mandados y conjeturas, yo también empecé a sentirme frágil, vulnerable, sí, asida a su mano, una hoja estremecida al roce de la brisa. A despecho de todo esto, juntos, enfílabamos como flechas por esos umbrosas galerías de la hojarasca. Y mientras el arisco cascajo me laceraba sin consideración los pies de gacela, le suplicaba, que pasó, mi poetita, por qué y hacia dónde escapamos. Colocando otra vez el índice entre los labios, a punto de tropezar y pisotear sus anteojos, parecía escabullirse hacia las brumas de la incertidumbre; a las finales se desvió torpemente por una senda que nos alejó de los gritos airados de los malandrines y sus maldiciones de rabia y sus amenazas de ira: una algarada que arrojaba la espesura del boscaje y el espantoso concierto malagüero de grillos, cigarras, sapos y renacuajos.

–¿Y todo ese pandemónium en la primera vez, ah?

–Qué va, hija, era la segunda o tercera vez. Pero la primera vez no fue un chasco completo, pero mejor no te lo cuento. Es para mayores.

–No te arrugues, bandida, me picaste ya la curiosidad.

Después de caminar cogiditos de la mano una tarde de crepúsculo por el Estadio de San Marcos –en abandono, desierto, con sus agrietadas graderías –, así nomás, de improviso, hizo girar el timón del Taunus por una esquina de la avenida Colonial y agarró rumbo hacia el puerto. Esta vez el anzuelo era un ceviche de conchas negras que lo pondría dizque como la torre de Eiffel para consumar sus bajos instintos en un motelito de mala muerte. Ciega de amor, o bajo los efectos de la cerveza negra, me fui detrás de él hecha una sonámbula. En la penumbra de un cuarto se destacaba una gruesa colcha con borlas. La ducha era una adición cuyos tabiques alcanzaban el cielorraso.

— El escenario de la desfloración luce mucho mejor.

–No friegues, caracho. Me rompes la hilación.

Y ahí tampoco, nada de nada, porque de tanto embestir sin ton ni son terminó limpiándose la entrepierna con la almohada mientras maldecía su suerte con una retahíla de groserías, Luego deslizó los labios sobre mi vientre, le acaricié el pelo ensortijado como en las películas, mientras el bardo devino un picaflor en el monte de Venus. Solamente nos faltaba la luz de la luna filtrándose por los intersticios del cortinaje. Antes de que mi cerebro estallara, mi cuerpo se movía con un ritmo acompasado, ajeno a la voluntad mía. Cuando volví en sí, mi romancero era el idiota de la familia con los ojos fijos en el pito todavía intacto. Mientras regresábamos velozmente a mi barrio, se vanagloriaba de su gran faenón: me había hecho vaciar mediante una sopa magistral. Imagínate, qué diablos era eso. Y en vez de aclararme el embrollo, se rio a carcajadas, el fauno sibarita de la monjita Angelina, quien, esgrimiendo el catecismo, me repetiría: esas son porquerías de un pervertido, un degenerado. Te lo advertí a tiempo, ilusa.

–Sabías que estuvimos en el Cinco y medio. Aunque te mueras de envidia.

–¿Envidia, yo? Deliras o alucinas, una de dos.

Esa tarde el poeta casi muere decapitado con la pierna triturada, una piltrafa. Yo, por mi parte, podría haber quedado desfigurada por el resto de mi vida. Y todo por el maldito Cinco y medio. Se abrió la cochera a control remoto, en el umbral de una puerta nos aguardaba un crolo bien elegante. Nos condujo por una escalerilla en espiral hacia un alcoba tapizada de rojo y espejos en las paredes y en el techo. A pesar de la tentación del ambiente, mi mente, permanecía obsedida por la aciaga secuencia de eventos: el vate que cuadraba el Taunos en la medianera de la doble pista: quería cobrar energía para el pitongo con una negra bien helada. Mientras abría la portezuela, ví un Volkswage en la transversal que, al girar en la esquina, desbordó la pista, y aceleró de golpe hacia la el lado izquierdo del Taunus. Dí un salto no sé si felino sobre el asiento y pude jalar de la ropa al juglar dentro del Taunus. Una brizna de vidrio trizado le rasguño el brazo que me cubría el rostro. Le llovimos improperios a la conductora que yacía con los brazos en aspa sobre el timón del Volkswagen hecho un acordeón. Cruzamos la avenidad velozmente y dentro del bar, ordenó una cerveza y brindamos ambos temblorosos por estar todavía con vida. Acto seguido, me reveló que carecía de brevete. Iría en busca de su padre, no demoraría mucho puesto que vivía por los alrededores. Se me hizo una eternidad, sola, frente a la botella. Cuando se apareció con el índice en los labios acorazonados, corrimos hacia la esquina por un taxi, mientras su padre cruzaba la pista blandiendo su brevete al policía que lo aguardaba en medio de un tumulto de curiosos alrededor de la colisión.

–O sea que todavía eres Virginia del Sur.

–Si, lo soy. Y que conste: a mucha honra. La manchita en el albor de la sábana era del periodo de Leguía, pero no era de vanguardia revolucionaria. Y agárrate fuerte que ahorita te hago sangrar los tímpanos.

–Si es la peor de las asquerosidades que me vienes confiando, me tapo los oídos.

–No me vengas con mojigaterías, Sor Pendeja de la Cruz

Bueno, pues, basta de cochondeo. Después de todo, tú eres el único baulito de mis cuitas y mis quebrantos. Resulta que el poetita se las ingenió para conseguir las llaves de la oficina de un burócrata de alto vuelo. Era un domingo de ramos sin moros en la costa. Me hizo echar boca abajo en un inmenso escritorio después de agotar sin resultado alguno el repertorio de alambicadas poses. A través de los gruesos vidrios de los ventales se dibujaban en el horizonte siluetas bañadas por la luz del crepúsculo en una sinuosa colina cubierta de césped. Parecían romperse los ojos con una lejana pantalla en el cuarto piso de un edificio recién construído. La superficie lisa y fresca bajo mi piel me trasladó al país del ensueño cuando de pronto sentí un latigazo de dolor que me caló la médula del espinazo. Mujer, que te diré, no sé cómo retorné del más allá.

–Colorín colorado, cuentito terminado, y ahora sí de vuelta a la noche de los cuchillos.

–Tú, chismosita de buena leche, sigue imaginando el resto. Déjame descansar en paz.

**************************

Por un buen rato los gritos airados se extraviaron en el rumor de la nocturnidad. Cuando ambos de la mano rodearon la fuente sin agua con ángeles desportillados y manchados con las deposiciones de los pájaros, se quedaron paralizados porque de la aldaba del portón pendía un manojo de cadenas arruinadas por la intemperie. De inmediato, dieron media vuelta y corrieron más de prisa porque les pareció que la grava, los guijarros, trepidaban con el resuello de los perseguidores . Se detuvieron de golpe frente al antiguo caserón de altos ventanales y portones cancelados. Unos días antes, después de salir del comedor de los estudiantes, se detuvieron de golpe, subieron de puntillas los peldaños de largo corredor orillada de columnas dóricas, deslizaron los cuerpos sin tocar el ala entreabierta del portón y allí yacían cadáveres translúcidos y preservados en tinas con formol. Se cubrieron con los pañuelos porque el hedor era mortal. Los futuros galenos inclinados sobre mesas metálicas de disección manejaban con precisión los escalpelos, las tijeras, las pinzas, los bisturíes, mientras otros, avezados carniceros, destazaban los cuerpos con machetes, sierras, martillos, sobre unos rústicos troncos aserrados por la mitad. Y cuando crujió el ala entreabierta por un ventarrón extraviado en el cielo sin cielo de la ciudad, el poeta dio un brinco de alegría: “Nuestra salvación, Filito, Dios no podía fallarnos”. “Ah, no, sálvate tú, yo no entro a esa carnicería humana ni a empujones” De rodillas, lloriqueando, te suplicó que no fueras terca como una burra de chacra, acaso no sentías cada vez más cerca el trotar de los persiguidores, seguro que agarraron el atajo hacia el Paraninfo, y ahorita nos dan alcance. Estando en eso, tú, tajante: dime de quienes y por qué escapamos. Entonces, cabizbajo, removiendo el cascajo con la punta del pie, confeso que al salir del baño, mientras tú orinabas en solaz con oh nalgas de paloma, de nácar y alabastro, se percató de que el condón se le había roto, se horrorizó ante la posibilidad de una preñez debido al desliz del semen por las orillas del pubis. Atacado por el pánico, se sacó el condón chorreante y lo lanzó, furibundo, por encima de la pared, y ahora se volvía loco por saber si aterrizó en la caras de uno o varios maleantes cuyas voces airadas, amenazantes, tronaban cada vez más cerca. Fue el momento más amargo de tu vida: reías y llorabas al mismo tiempo. Nunca antes habías sentido odio y desprecio sin límites. De modo que cuando crujió el ala entreabierta del portón, ocurrió un feroz rechazo a la mano suspendida en la tenebrosa lluvia de hojas en la floresta. Cerraste los ojos: lo imaginaste, vil y nauseabundo, poniéndose a salvo después de asegurar la aldaba del portón tras de sí. Respiraste hondo, levantando el rostro hacia firmamento sin estrellas, y esparaste con firme serenidad a los perseguidores.

–¿Otra vez con las musarañas? –me resondra Angelina sin dejar de arreglar las flores frente al nicho–. Basta ya de adornitos a la golosina de la muerta. Con la maguera del pabellón del costado, llena la jarra hasta el borde. A ver si a la salida del cementerio nos damos un paseíto en bote en el lago de alrededor.

–Sabes, Angelina. No, no era tanto el gusto por el chocolate sino la fascinación de la pobre con la palabra sublime.

–Mira, Belisa, déjate ya de locuras. Y apúrate con el agua.

Blas Puente Baldoceda,

Cincinnati, 2013.

 

Posted by Blas Puente Baldoceda at 19:37 1 comments

Enviar esto por correo electrónicoBlogThis!Compartir en TwitterCompartir en FacebookCompartir en Pinterest

Links to this post

Reactions:

sábado, 28 de abril de 2012

NIDO DE SERPIENTES

 

Los seres humanos no pueden vivir sin ficciones-mentiras que parecen verdades y verdades que parecen mentiras-  gracias a esa necesidad existen creaciones tan hermosas como las bellas artes y la literatura, que hacen más llevadera y enriquecen la vida de las gentes. MVLL, Las ficciones malignas

Shanti y Leo estuvieron libando hasta que las campanas de la iglesia de Tarma tocaron a rebato en el oscuro silencio de la medianoche. Abandonaron de improviso el bar La llegada y trastabillaron hacia los quioscos de caldo de gallina. Cabeceaban sentados en las banquetas, sin dejar de lanzar piropos a las muchachas en flor que servían a los choferes las suculentas presas. Se les hacía agua la boca, pese a los estragos que sufrían por la resaca. “Oiga, caserita, para mí la pechuga. Y para Cahide, el culito de la gallina –dijo Shanti apretujando el cuello de Leo, y con una venia a las carcajadas de la clientela. Después de las últimas cucharadas, se durmieron al unísono con los brazos cruzados sobre el mostrador. Leo se despertó cuando una de las muchachas, empinándose, sostenía de los hombros a Shanti para evitar que se rompiera la crisma. “Ti lu vas cair fuirti, juvin”, repetía  cada vez que el borrachín se tambaleaba. A las finales, éste se despertó por el denso vapor de la paila donde flotaban las presas. “Ya, carajo, aborigen, deja de joder la pita”, dijo acariciándole el fondillo. Acto seguido, se puso de pie y llegó bamboleándose la puerta abierta de uno de los ómnibus cuadrados en las afueras del Estadio Municipal, y trepó las escalerillas apoyándose en el vano del umbral. Leo fue tras detrás de él, zigzagueando: un  rescoldo de lucidez le reveló que se trataba de una nueva fechoría de Shanti, apodado Tramboyo de la Granpú por los yuntas del barrio. Vaciló un instante, pero sorteó un corto trecho: ”No sé en qué mierda va a parar todo esto”, pensó colocando un pie en el estribo.

Desorbitaron los ojos al despertar frente al ayudante que les obligó a ponerse de pie, mientras, volteando la cabeza hacia adelante del ómnibus, grito: “!Hay dos forajas sin boleto, jefecito!” Sí se detenían, el ayudante, con el puño en alto, los obligaba a abrirse paso por el pasaje atiborrado de bultos. El chofer –una cabeza de pelo crespo con los ojos fijos en el parabrisas– desgañitaba en el volante: “A estos pendejitos me los bajas a patadas en la  garita de control. Allí los cachacos les sacarán el último centavo”.   Gestos y voces de los pasajeros le manifestaron solidaridad. Al trasponer el estribo, el fuego en el aire fulminó al par de facinerosos. El pobre Leo embrutecía de sed.

En el claro amanecer de ceja de selva, la polvareda  de la carretera los cegó, pero luego se conciliaron con la  canícula. Sudaban, trémulos, la cerveza de la víspera. Shanti sonrió con malicia. ¿Estaría el hermanito a punto de quebrarse abrumado por el miedo, la angustia y el pánico? “En la vida hay que tener los cojones bien puestos” –le exhortó agarrándose los testículos”. Estando en esto, soltó una carcajada cuando vio al guardia de la garita de control que le hacía un guiño cómplice. En un santiamén, palmeándole el hombro, el guardia le aseguró al chofer que informaría a su superior sobre el incidente. Leo se enteró que el susodicho y Shanti habían estudiado en la Gran Unidad Escolar Pedro A. Labarthe y, por eso,  compartían memorias sobre la promoción de la Seccion F. Después de darle un billete a Shanti, el guardia detuvo pitando un volquete cargado con bolsas de cemento: “Un aventón para mis primos. A San Ramón nomás, campeón” le ordenó al chofer.

San Ramón lucía desierto. Algunos feligreses cruzaban la plaza, unas beatas cubiertas con velos blancos y unos viejos vistiendo ternos oscuros. “Al recinto de Dios, sacristán, a curarnos con la sangre de Cristo”, ordenó Shanti al doblar la esquina. “Alabado sea el Señor”, replicó Leo. Se sentaron junto a una hilera de fieles. El recogimiento en el claustro los durmió. Casi al término de la ceremonia, Leo se despertó de repente y por una segunda vez.  Alguien en la penumbra le piñizcó el brazo. No, no podía ser la anticuaria de al lado, coronada con un halo de santidad. ¿O era, acaso, por el  reflejo de los cristales burilados de los ventanales? Sí, fue una de las viejas de hinojos en el reclinatorio que a espalda suya le cuchicheó con un aliento de moho: “ Haz callar a ese demonio, por la Santísima Trinidad”, y otra más vieja, irguiéndose, le musitó, colérica, mientras blandía el índice:  “Tú, Barrabás, y tú, Caifás, jamás harán caer en tentación al Padre Josefino”. Las notas celestiales del órgano no silenciaban los ronquidos de Shanti. De rato en rato, entre sueños, gritaba: “Oye, Rumi Ñawi, dile al cura de mierda que ponga otra música, carajo”.  Entonces, se formó  alrededor el círculo de la Santa Inquisición, y vano fue el canturreo destemplado de Leo para camuflar la blasfemia del sacrílego que adolecía, en estado etílico, de un agudo complejo de conquistador español. Cuando el sacerdote elevó el cáliz hacia el cielo, auscultó por un segundo el aquelarre. En ese momento, Leo jaló a Shanti, y ambos se balancearon hacia el pórtico. Afuera el sol quemaba a los mil demonios. En fila india de a dos se dirigieron al paradero de los colectivos a La Merced

Merodearon sin rumbo por la plaza, pero fustigados por el sol se cobijaron bajo las sombras de las palmeras. En el sopor del mediodía, alicaídos, se morían de sed; sin embargo, esperaron sentados otro milagro. De pronto, apareció en una esquina el colectivo del tío Chalupín. “Va ser bien tranca sacarle unos chivilines al cascarrabia” dijo Leo blandiendo la mano. “Al final atracaría –le aseguró Shanti–. Jamás se le negó un plato de lentejas en la casa de Tarma”. Dicho y hecho, el tio cuadró su auto negro en el paradero, y cuando salió el último pasajero, requintó a sus sobrinos.” Otra vez estos mataperros de la Toya fregando al prójimo. ¿Acaso no se han visto la facha en el espejo? ¡Qué vergüenza para la familia! Y no se hagan ilusiones, no se merecen ni un pito” Sin embargo, desarrugó el entrecejo y les refiló un par de billetes con los que compraron un par de raspadillas de doble porción. “Al menos algo le sangramos a Chalupín” dijo Shanti lamiendo el cono de hielo coloreado con jarabes de tres sabores. Estuvieron sentados por un buen rato en una banca al pie de la palmera, mientras crecía el número de viandantes en las veredas de la plaza. “Chinea esa selvática de poto ardiente” “¿La que lleva la falda pegada a la piel?” Cuando la muchacha pasó cerca cimbreando las caderas, ambos se pusieron a corear; “ Patí, pamí, patí, pami”. De golpe, Shanti sugirió subir a la chacra de la tía Ludmila.”¿Estás loco? –dijo  Leo—Ni a cañones me muevo yo de aquí. ¿Subir por la carretera con los muñecos, llegaremos allí en un siglo” “Y cómo diablos regresamos a  Tarma. ¿Sin la guita, ah?. Último recurso, tu madrina. Y deja de ser un huevo frito –agregó, con perfidia: — Hay una subidita al camino de herradura, desemboca justo en La Cruz.  De allí al río Toro, el trecho, una bicoca.”

Llegaron a un desfiladero por donde discurría un riachuelo en tiempo de lluvia. Shanti tomó la delantera por su buen instinto para superar cualquier escollo en las aventuras; por consiguiente, Leo le debía prestar ciega obediencia. “Pon la pata en esta piedra, Chuto, no en ésa, no”. De lo contrario, se despeñaría al abismo y se desportillaría la calavera. Por fin, llegaron a una leve colina y luego de unos minutos trotaban ya en las huella del camino de herradura dividido en el centro por un  rastrojal poblado de mantis. Pasaron por el tambo con techo de humiro a dos aguas donde se almacenaba maíz, yuca, coca,  plátanos verdes  y granos de café. Afuera, los jornaleros de la sierra del sur aguardaban al capataz de la hacienda Don Carlos. Por fin, al trasponer un recodo, apareció el robusto tronco a guisa de puente: por fortuna no había sido arrasado por la avenida de las lluvias torrenciales. En las enormes piedras del lecho se soleaban las lagartijas impasibles a los chillidos de los guardacaballos. De una ruma de maderos, Leo escogió uno de ellos –largo,  grueso y fuerte– y trepó el montículo para equilibrarse en el tronco cual trapecista de circo, pero no pudo dar el primer paso: en la orilla, Shanti, destornillándose de la risa, le grito  que no fuera tan pelotudo de cruzar como acróbata de circo. Leo se ofuscó, y a punto de caer en el lecho de aguas magras, apoyó un extremo del madero en el lecho.
Habían caminado casi una hora. De golpe, Shanti se detuvo al pie de una colina cuya cima se perdía en las nubes. Se negó a seguir por la carretera que circundaba el monte. “Mira, Chiricuto, estamos justo debajo de la chacra de la tía Ludmila—dijo levantando la voz. Era ensordecedor el concierto de las cigarras  los búhos, las ranas y los grillos el monte. Levantando bien alto el índice, agregó: — Cortamos camino por esta cuesta y en dos por tres llegamos al cafetal”. “O sea, quieres abrir una trocha sin contar al menos con un machete—dijo Leo haciendo un ligero amago de retornar– Ni cagando, no estoy loco para suicidarme. No me muevo de aquí ni con la muerte de un obispo” dijo Leo, lívido por la cólera. Shanti dio media vuelta y se orientó hacia cuesta pestañeando por el reverbero que se astillaba en la espesura de la floresta. Paralizado, con la tortura de la duda. Leo calibró lo bien escarpada que era la cuesta. ¿Emprender solo la travesía de retorno?. Ni cagando. ¿Y si se le atravesaba una culebra? No, no quería ser carroña de una manada de zajinos con fieros colmillos y una parvada voraz de buitres. Entonces, no le quedaba otra alternativa que seguir al perverso con sonrisa de hiena y  que jamás mira de frente. “ ¡Oye Tramboyo de la Grampú –gritó a todo pulmón, y   los ojos que le ardían por las lágrimas– donde chucha estás ahora, carajo, que me cago en mi puta vida”. “Date prisa, Chulillo, si no quieres que te coman vivo los pishtacos”—le respondió Shanti con los ecos de una voz resonando en una caverna profunda.

Al principio de la cuesta, Leo cubrió un trecho cubierto de una fina arenilla dorada. Los matorrales se esparcían alrededor de un boscaje que todavía dejaba filtrar el sol. Al cabo de un rato, el desnivel se acentuó de manera gradual sobre un terreno ahora cubierto de cascajo y pedruscos, a la vez que la maraña de la maleza se tupió imprimiendo cierta viscosidad en el aire. Después de un arduo ascenso, la pendiente se empinó abruptamente justo en el momento en que Leo dio alcance a Shanti. Ahora ambos se desplazaban, casi a rastras, sobre una superficie fangosa de un socavón techado por una hojarasca sin resquicios: una turba de diminutas pupilas fosforecía en las tinieblas cada vez que embestía  una miríada de lancetas. De pronto, Shanti, en virtud de sus cojones bien puestos, adelantó cierta distancia y pudo avizorar en el extremo alto del socavón el deslumbre del sol. Entonces, espero a Leo haciéndose la señal de la cruz. “Llegamos, hermano, te lo dije mil veces, mis cálculos nunca me fallan” “Ya, carajo, no hagas tanta alharaca –dijo Leo limpiándose el sudor y la sangre por los arañazos de las ramas—Estoy vivo y culeando. Te fallaron tus cálculos, Caín. Jamás heredarás la casa de Tarma” “Pucha, no jodas con tus mariconadas. Mira dónde pones el pie, si no quieres resbalar al fondo del abismo. Y ahora subamos a lo macho.”. Esta vez treparon uno al lado de otro dándose la mano por si acaso deslizaban unos centímetros. Shanti se puso a la vanguardia a fuerza de fornidas brazadas y cuando fue capaz de sacar medio cuerpo del agujero le gesticuló a Leo para que se apresurara en silencio. Cuando éste último resucitó como Lázaro en la superficie, vociferó:

–¡Padrino!

El viejo Anchi, que en ese momento curaba las plantas de café — sombrero de fieltro verde con el cendal debajo para protegerse de las picaduras, botas con polainas y la infalible casaca de becerro en pleno calor–, se cayó de culo y patas arriba, pero antes cerrar los ojos alcanzó a increpar:

–¡Salgan rápido del nido de serpientes, locos de mierda!

Blas Puente Baldoceda

Cincinnati, 2012

 

tomado de Un Hipocrita Lector