IV Una sutil fiebre amarilla me invade. Fredy Roncalla

miércoles, 6 de octubre de 2010

Calle grande grand street 4/ Fredy Roncalla

Una sutil fiebre amarilla me invade. Son antiguos los tiempos de las de medio oriente, y va en jaque la floreciente belleza postmoderna de las cholitas de la llaqta y las que veo pasar por aquí, aunque una cálida belleza abanquina me saque de peligro por un rato. Pero ya la hechada suerte va tendiendo sus antojitos. De las japonesas la tendera de calle cuatro que para mala suerte tenía una hermana igualmente bella. Desde las antabambinas imposible hacer un kinsa menage con incesto. Otra que hacía sus aretes hot chili pepper. La changuita punk y las suavecitas kawai, truchitas de agua clara nadando en torno al resplandor de aretes y anillos. De las tibetanas esa suavidad casi andina con su toque budista: amor con yapa espiritual. Nirvana mana nunana. Y las chinas. Herejes, afectándole a este casi cantor chupa caña. Pero ahora, suave nomás, hablar con la Chunchulí es pura amistad. Paranoica y trabajadora. Vendía bolas de masajearse las manos allá en Houston Street. Luego vestidos. Y joyería. Un día se fue a México con cinco mil varos y como no conocía a nadie durmió en una banca del Zócalo. Vino de vuelta con un chorro de anillos que amarraba de uno en uno a sus bandejas para que los choros no le roben over there. Su mesa más parecía telaraña que otra cosa. Desde el comienzo era un poco chiflada, pero fue empeorando cuando su niña de unos once o doce años cayó en manos de un landlord sátiro y ella no pudo hacer nada. Encima su propia madre le cobraba para ayudarle a vender sus cacharros, que ahora eran magnetos peruanos comprados a Félix, el resucitado de Huaraz. Entrada la tarde se le aparece Flores. Pintor emérito de Cuenca. Ganador de una importante bienal hace un chingo de años. Fugado de la justicia ecuatoriana. Borracho consetudinario. De terno, tufo y sonrisa. De un tiempo acá vendedor profesional de bolas en China Town, en donde dice el Al Pacino había querido sorprenderlo en varios idiomas, hasta que él lo jodió conversándole en francés. Ahora ayuda a la Chunchulí y hablan en chino. Debió aprenderlo años antes, cuando con un peruano mascafierro regentaban varios edificios en China Town haciéndole al dueño el trabajo sucio de cobrar la renta y llevar a la corte a los morosos, no importa que ni Flores y ni el mascafierro fueran legales. Only in Nuyolk. Como premio a eso tenían un edificio más abajo de Canal Street, un lugar sin límites, una página no escrita de Donoso, una chingana, en donde uno entraba y salía en el submundo de Huanuco, hace mucho, tirándose una tranca con don Julio, que me jaló de la pampa de Junín en su colectivo interprovincial, pasado rápido por territorios de Escorza, bajado a todo cuete de Pazco a Huanuco, donde lo esperaban varios paracaidistas profesionales, para tomar con él todo lo ganado en el viaje. Tras dos días, en un huarique donde recalaban los últimos náufragos de la noche, con una niña de mesera y un enano gay de ayudante, se me queda en la memoria, para siempre, el desgarramiento de una anciana alcohólica a la que don Julio debe comprarle un cañazo. Aun veo la culpa en sus lágrimas, aunque mejor debía haber prestado atención a un hanllako que andaba quejándose de la reforma agraria. Presagiaba, años después, luego de una guerra cabrona, ciénagas derechistas. A los días, mientras comía una lata de atún en la plaza de armas, se aparece un kichkato al que le falló un pase y propuso llegar hasta Pucallpa. En la cálida Tingo Maria, luego de espantarnos con un millón de murciélagos en la Cueva de las Lechuzas, esperamos un jale a la salida del pueblo. Llega un camión Volvo del que baja una mujer maleta en mano. Se dirige a nosotros, “ustedes cargan mi maleta y yo tiro dedo”. “Ta’ bien”. El kichkato y yo nos miramos frotándonos las manos. “Ese me ha querido forzar, pero le he sacado cuchillo y casi lo corto”. No era para asustarse. Era una mujer jovial y empezamos a caminar como si Pucallpa estuviera a la vuelta de la esquina. Bajando por Broadway, Flores y el mascafierro tenían un alojamiento donde gitanas, obreros chinos y vagabundos convivían con mercachifles mayoristas de Ecuador, Perú y Guatemala. Franco precedió la invasión otavaleña en los mercados. Vendía camisas de algodón y chompas. Tomaba poco y eran migas con el resucitado, huamanguino Carmen Alto. El que sí le entraba, y duro, era Sebas, gordito poronguito guatemalteco. Hacía sus cuentas en pedazos de papel bond. Un día perdió un recibo de quinientos varos, “no importa, decimos que nos hemos tomado unas cervezas”. Se quejaba que sus paisanos le odiaban porque viajaba mucho, pero como comerciante internacional se vengaría construyendo un hotel. Y ya, los tres alegres tigres tenían controlado el mercado de bolsas, huipiles, chompas, arpilleras, y magnetos que chinos y coreanos perseguían como nicotina ausente. En este túnel, cuasi hotel de mala muerte de la vieja Lima, lo único que faltaba era un ekeko. Ese día el kichkato y yo seguimos a la pucallpina selva adentro. Jales cortos y mucha caminata. Ella adelante entre risas e historias. Nosotros tratando de acercarnos sin poder pasar cierto límite férreo. Y sin embargo su existencia era un acto de generosidad. Con ella eran bellos los baches arcillosos, los mil verdes de cerros y quebradas, el agua de los riachuelos, la culebra que casi pisa el kichkato, la sopa de pituca de un chacarero, los pañuelos que le vende a una doña para tener algo en el camino, y la forma que convence al chofer de una station wagon llevarla hasta Pucallpa sin olvidar darnos su dirección. Estoy seguro que el kichkato no había leído a Sartre y yo no lo había entendido un carajo, pero nos agarró un frondoso y selvático vacío. Pasamos de la plenitud a la nada sobre el pucho, y de esta no nos salvábamos así Godot se apareciera. Con las justas conseguimos sitio en un Arellano y ya entrada la noche no importaban ni el Boquerón del Padre Abad ni ocho cuartos. Llegamos a su casa al atardecer del día siguiente. Nos recibe un hermano, con una sopa de doncella. Ella ya se ha embarcado a Iquitos en busca de su hija. Nada del día anterior dio a pensar que la movía tanta ausencia, pero dejó encargado que nos alojaran en su casa. No sé ni su nombre, ni qué sería del kichkato cuando nos despedimos en la Plaza de Acho, pero aquella mujer es una a las que siempre he recordado, y más ahora, cuando ya los toldos cubren los puestos hasta la próxima jornada y se prenden las luces de la ciudad como luciérnagas de otra selva y Flores ayuda a la Chunchulí cargar unas cajas over there y el guardián del Flea que cuida un pabellón de choros avezados en Rikers Island abre una maletera llena de cerveza para los que se quedan a acampar en Broadway y Grand y a las once de la noche pasan mámises de todo tipo rumbo a los clubes y llega una china con un bolso enorme a recoger latas y botellas vacías cerrando el periplo de los homless inaugurado por el play de honor mañanero de un loco marielito de risa estridente fan de Malín Falú que siempre pide radios a pilas.

Aun queda un canto de alambre (Calle Grande / Grand Street VII). Fredy Roncalla

Te recuerdo Amanda (Calle Grande Grand Street VI) Fredy Roncalla

miércoles, 13 de octubre de 2010

Calle Grande Grand Street 6 / Fredy Roncalla

Foto y texto por Fredy Roncalla

Te recuerdo Amanda. La primera vino del sur. Cinco minutos. Eterna metáfora acústica. Pasos de amante revolucionaria alumbrando praderas de poesía y vida. Posteriores desgates. Dictaduras. Muerte. Otras historias. Círculo trazado por la muchacha de entonces sentada en casa quemada. Eternidad ya fue hasta nuevo aviso. La segunda, una morocha cochala, lunareja creo, de una tristeza tan sexy como su larga y abundante cabellera, que terminó en Ithaca, al revés, varada por un gringo que le dijo no tan pronto la trajo, sin poder regresar a su tierra firme, y hablando de amores partidos. Fue cuando llegaron los primeros exilados chilenos. Y los recibieron gente buena que extendió redes solidarias con nicaragüenses, guatemaltecos, salvadoreños y chiapanecos del sub. Pero con los andes nada. Sólo el plusvalor académico de pobres e indígenas. Acaso, flaca, tercera y principal Amanda, ello se retrataba en tus ojos de tiempo empozado mientras pasabas largas horas mirando a las musarañas al lado nuestro. Habiba había descubierto que el Ivy League era buen punto de venta, y no importa que el John Murra pasara adelante con cara de cachaco le acepté un canto para mis aretes de escama de mero. Pero no, eso andaba muy abajo en los sedimentos del silencio, vasos comunicantes con la violencia en los andes de los cuales los pocos llaqtas no hablábamos para no entorpecer el impecable exilio, esa bandera que abría afectos pero no calmaba el fuego. Lo tuyo venía de Chinatown y anidaba en el ocaso de la contracultura en Cornell. Nunca los vi juntos, pero andabas con el David, un chino reteloco que era migas con los hermanos Duffy. El uno un adicto al dolor y un vago de primera y el otro, para estar a tono con la elite de literatos y fumones de College Town, chancándole duro a los insufribles arwi arwis conceptuales y sintácticos del Antiedipo. ”Uno es la vida y el otro es la muerte” dijo David un día que le metimos cerveza como descosidos. Pero quién sabe si los inicios de la postmodernidad fueran también otra forma de esconder el horror contra, y que la verdadera vida estuviera en la tristeza del vago. De esos cholos irlandeses siempre sentí más cercano al Tim, un exilado como nosotros, marcado por la propensión de seguir mirando allende nubes que se perdían al otro lado del West Hill sin que llegara señal salvadora. Tal vez en el fondo David pensaba lo mismo, porque dentro suyo la estridencia de la risa apuntaba al repetido momento en que su novia lo dejó para casarse con su propio hermano. Paw, desapareció como otros malandrines que venían por el verano. Y sentada frente al Williard Straight Hall, preguntabas por él, por él, con la misma displicencia con que ibas a clases cuando moría un obispo. Yendo a dormir en pos de ciertas claves he preguntado a los sueños si este es el momento de hablar del vacío, del otro lado de lenguaje, de los significantes que flotan sin amarres, donde todo es caos y uno vuelve a las palabras, efímeras, como hojas de sauce bajando por un torrente, y sobrevive por que están los andes, inmensos y ciertos, en cada momento. Que importa. Nos fuimos. Compré caballo blanco chaymanta ripunaypaq, un viejo micro wolksvagen de camping, que se podía arreglar a martillazos en el solenoide para no prenderlo empujándolo cuesta abajo. Un día, viniendo del Bronx a Harlem, se rompe el cable del acelerador. Lo parchamos con un largo wato y Faus tenía que jalar la pita mientras yo manejaba. Mi housemate renegó cuando le hacía tirar el wato caminando delante del carro para aparcar. Falto de civilización, había vivido en Puno y en la selva, pero no podía comprender, como sí los crolos del Harlem, que cuadrar así era lo mas normal del mundo. Otro día andaba por los empedrados cuzqueños del West Village y pan dan gán se cae el motor. Viene el Vito con su caja de herramientas desde Brooklyn, levantamos el motor con una cadena y lo llevamos de vuelta a Harlem. Pero ya el caballo blanco, como reflejando el mal de amores del jinete, no daba más. Se lo regalé a un homeless de Amsterdam y la 108, que vivió ahí por unos meses hasta que una grúa de la ciudad, de esas que permiten a ciertos empleados el placer perverso de negarle a la gente desvalida la última rama para no caer al abismo, se lo llevó a un canchón de chatarra, como harían tiempo después con el van rojo de una pareja de viejos portorros, que vivían en la 110, al lado de Saint John de Divine, que dicen no se terminará de construir mientras hayan pobres en el mundo. Era otra de la larga colección de carcochas que siguieron al caballo con la cual llegué al East Village Rumbo al Bocachica. Había escuchado a Guillermo Portabales en el mercado de Caquetá, junto al cine Ramón Castilla, donde una gorda de mini bailaba hasta el cansancio “El Carretero”, mucho antes que el Sid nosecuantos le pusiera, en Buena Vista Social Club, unas líneas de sliding guitar a Compay Segundo solamente por joder. Ahora iba en busca de Afroandes, que los viernes en la noche, a la una de la mañana, armaba un rumbón de poca madre. Julián era un chatito mochica chimú, todo tiza, que junto a Vitaminas, un cajacho chalaco en el bajo, su medio hermano en el timbal, y Zarandonga en el cajón, el saoco, y “carne blanca hasta de hombre”, marcaron época tocando guajiras de los Compadres y charangas cubanas, y un merengue apambuchado “a mi no me gusta la gorda/ a mi sí me gusta la flaca” que a los dominicanos, que ya bailaban sus huaynos, les sonaba a naca la pirinaca. No estaban. Ahora en el Nuyurican Poet’s Café sería el momento del Poetry Slam, en que poetas de toda calidad estarían concursando por aplausos al mas puro estilo cachascán, que no lo hubiésemos imaginado ni en las horas más delirantes del Wony. Enrumbé a un nuevo local en la Avenue A donde habían dicho había un buen DJ. Ahí estabas, bailando salsa, pura carcajada, la larga cabellera, ay dió, lunareja también. Cerca a Grand Street vivías en el último piso de un walk up de West Broadway. Por entonces andabas con algún Manuel ignoto y yo más flechado de amores que un puerco espín tiqrampa. Pero, sin los abismos fatales de una Mata Qari tipo Nadja, especialidad de la casa, tenías aun cierta botella de leche que te emparentaba con la María del mejor poema de Eielson. Hay momentos de afecto, frágiles y preciosos, cuando con lenguajes compartidos ambos espíritus se desnudan y llegan a rollos mayores sin que los polvos, si no son sagrados, interrumpan y nos vuelvan a lo banal. Tal vez intentamos aquello, pero tu displicencia seguía un misterio. Quien sabe cómo habías terminado leyes y trabajabas cuando no había de otra. Y venías a quedarte, espalda que jala compradores, sentada en el changarro por largas horas, fumándonos unos cigarros, llevando a tu vieja abuela que le metió a la costura como tus padres, y con el timing perfecto como para no estar al mismo tiempo que algún fling del momento. Cuando en Morningside Park recogieron las hipodérmicas de los junkies y limpiaron la maleza, decidieron construir una paqcha frente a la ventana. Caía a una pequeña laguna y volvía a subir por una bomba. Agua reciclada, latas de cerveza y gaseosas, papeles. Algunos trabajadores del parque limpiando de vez en cuando. Pero un sonido que llevaba a las claras vertientes de la puna. Mirar la cascada, algún Apu. Viajar gratis. Mas tarde vino una vieja empujando una carretilla y sus cañas. Pescaba unos cangrejillos del tiempo en que los dinosaurios eran bebes de leche. Cómo se aparecieron, en el mero Harlem, en aguas iban de ida y vuelta sobre el mismo punto? Sería que la doña los puso ahí para recordar algún bayou que llevaba dentro? Los que no fueron plantados ahí fueron dos cisnes que hicieron nido en medio de unos juncos que ya crecían al pie de la paqcha. Una pareja que remontando siglos posó su blancura romántica en una laguna artificial. No los viste. Pero hablé de ellos como loco en tu walk up de West Broadway, donde finalmente supe de tus secretos poemas. Nunca los publicaste. Ni los leí. Eran palabras sin casa, que te llevaron hasta el fondo del mundo, al borde de alguna roca seca de Australia, desde donde escribiste una última postal que da cuenta, Amanda, de tu eterno caminar en la ausencia.