Epistocuento. Fredy Roncalla

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Imagen: Fernando Pomalaza

Epistocuento

Soñó y  la cosa se hizo clara. Llegó a su fin mucho tiempo de ir dándole vueltas al asunto.

Ya desde antes habían hablado del mesianismo. Formula simple con un built in fracaso, como un Toyota. Soga torpe con la quisieron una y otra vez lacear al Qampeq Taki, ave veloz, potro sin toqlla, uku persistente, Houdini de remate, veloz luz de la imaginación.

Pero fue en un descuido de Tito. Cuando abría la oxidada celda para mirarse a sí desde lejos, como buscando un inca, dijo tataw el despotismo.

Y entonces vino el plagio del que no vió salvajes en los que confundieron billetera por pistola en manos de Amadou Diallo, pero sí cámaras por matracas en Uchuraqay. Yastá: el Inca tiene la culpa de la masacre de Cajamarca. No eran libres.

Semilla. Fruto en la utopía arcaica. El gran black hole del siglo veinte. Miles de horas detrabajo y hermosas neuronas gastadas en tremendo disparate.

Solo para contestar un odio racista.

Más frutos: libros vacíos. Antimetáfora.

Loor a la nada. Por odio a uku.

El epiesteme sacrifical: Bagua.

Que no furuncia. Mas bien son hermanas las varias mitades.

Y los apus hablan, devuelven el significado a la palabra. El signo vuelve fértil y es frágil rumbo en el bullicio.

Y misterio del capital, los mesianistas contra apus.

Contratistas intelectuales en la era de los contractors.

Tiempo del triunfo sustentado en palabras vacias. Huachaferia kaypipas maypipas.

Llaqta democracia: utopía realmente existente.

Pero el apu mayor habla: duoverso. Y hablan los poetas: complementareidad. Juego de opuestos los viejos historiadores.

Ese triunfo es el mayor fracaso.

miércoles, 17 de marzo de 2010, en  Hawansuyo.bloqspot

Historias de trenes. Fredy Roncalla

Estoy seguro que vi un trencito en el escaparate de una tienda cerca de la plaza de armas. Pero mi madre, ha repetido una y mil veces que ese dia me antojé  de un tranvía con pasajeros y todo.

Y como no me podía  comprar el tranvía, agarré un berrinche de padre y señor mío.  Mami Tere me llevó a la casa de la tía Julia, en la Avenida Grau, donde el tío Carlos le ayudó a calmarme con su santa paciencia.

He estado pensando en trenes desde hace unas semanas por culpa de un inclemente trencito de sonidos que no he logrado escuchar en ninguna parte.

Hiaspataqmi los sueños   dicen punkuykita kichaykuway. Y hay trenes de todo tipo, como serpentina. Pero en este carnaval revientan los huaycos como globos en la cara sucia  de la ciudad.

Lejanos los campamentos de Cocachacra, donde uno podía armar una carpa al anochecer, escuchar Mira Agripina en un restaurant de camioneros, y al día siguiente ir a robar manzanas en las fértiles y áridas laderas camino a Huarochirí.

Ciertas noches esas laderas son cerros negros llenos de trenes subterráneos que vienen con cargas inmensas desde lejanas minas. Apenas paran y parten a otras zonas de oscuridad. Hay gente que viaja, a veces caminando por los durmientes, cuidando de no perderse. De pronto encajan  con el subte de Manhattan, pero llegar es una complicadera del diablo.

Uno tiene que manejar desde el Upper West Side hasta los mid easts y meterse en el primer carro del subte que va al Lower East Side, salir en la  14 e ir caminando  para ver si al lado del antiguo Tower Records aun esta la tienda  de Ramón, el maestro de  platería.

Otras veces  el carro se va a todo cuete por  BQE y termina en un portaaviones o entre varios edificios recontra modernos conectados por  puentes  de cien pisos  aun no terminados de construir, será porque  se inician en los bypasses sin sentido  tras palacio de gobierno y encima de Polvos Azules, cuyos sótanos imaginarios se conectan con Casa Grande, el laberinto de ferreterías que empieza en  Chacra Rios y una cuidad ignota a la que suelo volver a encontrarme con viejas historias.

Freaking trains, make up your mind.

Mas ordenados los trenes de Marithelma.  Ahí uno se mete en una estación de Roma para aparecer en Paris, o Manhattan  o Madrid, y sigue  viajando  hasta después que ese bello cuento se ha terminado.

Dentro de los  sueños nunca se sabe que vagón no tomar para  no darse cara a cara con el tren macho, mucho, demasiado, de pesadilla, de la realidad, ciudad infernal, trafico de mierda, caos pasando por los durmientes cotidianos como si nada.

Lima.

Donde llegan todas las carretas sin rumbo, sin paisaje que no sea tajado por un cerco, sin mar que no sea apenas una sobra de horizonte y sin cielo que no sea ajeno.

Ahí donde lo que debería ser una línea de tren es un bus metropolitano. Flaca lombriz paralela al trencito eléctrico. Dos décadas y mas de estafa para unos  juguetes obra Olbretech.

Tres vagoncitos van ida y vuelta de desierto a desierto.  Y un coaster cualquiera lleva más sardinas que un ómnibus del Sanjon.

Que ganas de ser pichinkucha, killincho, seqollo. Wamancha que abre sus alas siguendo el hilo sonoro de Dona Ercila Bustillos.

Viaje a hanan, pasaje de ida y vuelta sin peaje alguno.

Pero en la coche callada de  Nyack  pasa un enorme tren con un ruido de la granputa. Sus ecos  llevan a los laberinto ferroviarios en Kearny, al Pasquack line de Nanuet a Hoboken, y de ahí al Subway de New York, que ya ha sido cantado por muchos poetas.

Mejor no le hubiese pedido  tren ni tranvía  a mami Tere.

Flat tire. Fredy Roncalla

Este texto fue originalmente escrito en ingles para la revista And Then del brother Robert Roth. Acaba de salir en el volumen 19 hace unos dias. El brother Robert Roth ha leido sus primeras lineas en quechua en un recital acerca de nuestras conversas cerca del flea market. Flat tire fue leido hace unos dias en la conferencia

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con el Brother Robert Roth

trasatlantica de City College, y publicado anteriormente en version  espanol del autor como “Llanta baja”.

Flat tire

Fredy Roncalla

 

For Robert Roth

 

Just yesterday I was talking about Ithaca and went to Newark to balance them tires, so I might as well tell about a short trip to the Finger Lakes.

 

I usually drive down memory lane through a beautiful stretch of Route 17, between Liberty and Binghamton, thinking the next chapter of my unfinished novel is going to take place here. I used to stop in a God-forgotten dinner next to a small stream that has since been out of sight thanks to a new highway.

 

But this time it was Greyhound. The Port Authority catacombs and I 80, I 380, and I 81 before going back to Route 17 and lining up for a terrible display of concrete poetry.

 

It was long since a trip back home when the diver stopped in a dinner, played  “qansi pirdichiwanki chofer kakunayta” in an out of tune guitar, and the passengers started playing carnival throwing water and white powder to each other. Possibly some got lucky, just when the driver would ask everybody to sing so he did no fall asleep.

 

Now everybody was quiet, lost in his or her thoughts. An older guy sat next to me and we greeted with a shy salute. Somehow I remembered John Sayles in Central Park reading about a bunch of women taking a bus to visit their husbands in jail. Reading as a portorican woman, the brother from Seacaucus managed to tell a few poignant stories.

 

By the time he finished the last one we had passed the Delaware Water Gap. A few miles up I 380 takes you to Scranton. We took the exit and then heard a small explosion: a flat tire. The bus pulled to the right and the driver got out.

 

Then I saw the most unbelievable behavior a driver could possible have in front of a disabled vehicle: he did nothing.

 

How strange and irrational.

 

I did not know which was worst. Just hanging out there, or that time when we put a drunker driver’s truck back on the road, only for him to take off and leave us walking for hours into the night and the next town.

 

Normally the driver would try to fix the tire, the engine or whatever, and the passengers would help, even push the bus over a landslide, talking a mile a minute all at once. How decisions are made then is a compete mystery.

 

The passengers started getting out slowly to smoke a cigarette and take a stretch. Everyone lined up standing alongside the bus, looking at nowhere, hardly talking to each other, qansi pirdichiwanki allin kakunayta, as if we all were waiting not even for Godot.

 

Back then they were no cell phones that allowed you to hide from yourself in moments of unexpected silence and open space.

 

Finally a big truck came and fixed the flat. Everybody got to the bus and we were off to Binghamton.

 

But we already were going nowhere.

 

I am sure the bus station in Binghamton is where Rod Serling got the inspiration for The Twilight Zone.

 

But that is another story.

 

Chelsea 11-15-15