Arguedas e Interculturalidad. Nicolas Matayoshi

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Por Nicolas Matayoshi

 

Vicente Otta, un ilustre arguediano nikkei limeño, ha escrito un interesante artículo: “Arguedas, forjador del Perú moderno” y nos recuerda una  muy conocida cita del amauta Arguedas: “Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en  cristiano y en indio, en español y en quechua” y en el tema de la interculturalidad, no es posible prescindir de esta notable afirmación.

Arguedas es, evidentemente, una maravillosa alquimia entre la ciencia, con su profesión de etnólogo, y las letras, con su vocación de escritor. Como científico, Arguedas construye sus saberes a partir de una metodología basada en el materialismo dialéctico, él mismo reconoce en varias oportunidades su adhesión ideológica al otro gran amauta peruano, José Carlos Mariátegui, a quien leyó por primera vez, cuando aún era estudiante secundario en el Colegio Santa Isabel de Huancayo, probablemente en casa del historiador cajamarquino Oscar Chávez o del arqueólogo huanca, Federico Gálvez Durán; amigos personales de su padre, el también abogado y juez Víctor Manuel Arguedas Arellano.

La temprana vinculación de Arguedas con la necesidad de transformar la realidad social, la encontramos leyendo su artículo “La patria”, que publicara en la revista “La Antorcha Isabelina”, ahí, Arguedas pincela la urgencia de asumir un compromiso social.

Dante Castro Arrascue, connotado escritor de los Andes peruanos, a propósito del Premio Nobel otorgado a Mario Vargas Llosa, nos ilustra acerca de la animadversión que sentía frente al escritor de los olvidados de la tierra en los andes peruanos, cuando en 1977, Vargas Llosa asume la membrecía de la Academia Peruana de la Lengua, Castro escribe: Por más elogiosa que fuese la forma, el contenido apunta a un solo fin: Arguedas ficcionalizó una sierra que no existe. La mentira se convirtió en realidad gracias a la literatura. Esta descalificación coincide con el juicio que un grupo de intelectuales hizo a Arguedas en su último año de vida. El autor de “Todas las sangres” escribió dos documentos a favor de su verosimilitud: “¿He vivido en vano?” y “No soy un aculturado”.

Castro continúa, al analizar “Como pez en el agua”, nos argumenta: “Desde entonces odio la palabra “telúrica”, blandida por muchos escritores y críticos de la época como máxima virtud literaria y obligación de todo escritor peruano. Ser telúrico quería decir escribir una literatura con raíces en la tierra, en el paisaje natural y costumbrista y preferentemente andino, y denunciar al gamonalismo y feudalismo de la sierra, la selva o la costa, con truculentas anécdotas de “mistis” (blancos) que estrupaban campesinas, autoridades borrachas que robaban y curas fanáticos que predicaban resignación a los indios.” (…) “La palabra telúrica llegó a ser para mí el emblema del provincialismo y el subdesarrollo en el campo de la literatura…” (…) “…ese desprecio folklórico por la forma…”.

Pese a esta animadversión evidente, en el discurso de Orden del flamante Nobel Peruano cita, paradójicamente, a dos escritores peruanos de reconocida posición política izquierdista: José María Arguedas y César Vallejo. Por eso, aún cuestionando la validez de las razones esgrimidas por Vargas Llosa, podemos entender la importancia literaria de Arguedas: la literatura, como cualquier actividad humana, enfrenta una necesidad ética: a quién favorece su quehacer, en el caso de Arguedas y de muchos otros, como Manuel Scorza, Miguel Gutiérrez, Félix Huamán, Zeín Zorrilla, Sócrates Zuzunaga o el ilustre jaujino, Edgardo Rivera Martínez. La literatura necesaria se escribe con la sangre de la pasión, la creación literaria el tener raíces en la tierra, resulta importante e imprescindible, porque es de esa fecunda savia donde nos nutrimos todos los peruanos, para Arguedas no se trataba de hacer culto a la palabras, sino, más bien, hacer metáfora de las luchas por la dignidad y reivindicación de los desheredados de la tierra.

Este sentimiento es sintetizado por otra notable estudiosa jaujina, la queridísima Maruja Martínez, quien narra que siendo estudiante sanmarquina fue testigo del sepelio del ilustre escritor, ella escribió lo siguiente: “Asisto al entierro. Llego un poco tarde, y recién alcanzo el cortejo en la avenida Abancay. Hay muchísima gente. Estoy impresionada. Pero no es un cortejo común. Casi nadie viste luto y más bien muchos ojos brillan con una mirada que combina la pena con la rabia. Banderas rojas, violines, danzantes de tijeras, charangos, la Internacional y tristes melodías andinas, algunos versos en quechua. La mayor parte somos jóvenes universitarios. También hay alguna gente madura, supongo que intelectuales. Algunos obreros. Mucha gente de la sierra, migrantes con miradas oscuras y tristes. Se parecen a los personajes de sus novelas. Rabia e impotencia porque nada hará volver al amigo perdido.

… Al momento en que el féretro es introducido en el nicho, por encima del pabellón surge la figura de un indio vestido de fiesta; la miopía no me permite verlo bien, pues estoy bastante lejos. Pero escucho sus gritos en quechua. Las arengas y las despedidas militantes cesan súbitamente, respetuosas, ante este triste clamor y lo que —pese a no entenderlo— siento como una despedida sin esperanzas. Con los ojos hacia arriba, en silencio, sentimos que Arguedas es más nuestro, más peruano también.
Al salir del cementerio, estamos más motivados. Hay que seguir luchando… Bajamos en la avenida Abancay y cuando ya somos unos doscientos iniciamos una marcha. Sentimos que es nuestro mejor homenaje, el más sincero. Dicen que Arguedas admiraba esta fuerza que él no tenía. Que fue una de las razones de su suicidio. Y sentimos que nuestra fuerza es también suya. Y levantamos la voz. Y queremos merecer ese pedazo de Perú que nos ha hecho conocer y amar…”.

El doctor Rodrigo Montoya afirmó con acierto que: “Arguedas no es un autor para leerlo y disfrutarlo una tarde, es un autor para leerlo y sentirlo todo el tiempo. Arguedas, Vallejo y Mariátegui son, en mi opinión, tres hombres que marcan el país, que lo fundan, que colocan las primeras piedras de algo llamable identidad peruana o sentimiento de pertenencia al Perú.”

El periodista colombiano Carlos Vidales, uno de los últimos amigos que disfrutó la amistad de Arguedas en sus últimos días de Arguedas, nos señala una faceta poco conocida de nuestro escritor, cuando rememora una cita del poeta norteamericano Walt Whitman:

“tremenda y deslumbrante la aurora me mataría, si yo no llevase, ahora y siempre, otra aurora dentro de mí”, era la frase de Withman que Arguedas repitió incansablemente durante nuestras largas conversaciones. Porque habiendo perdido hasta la fe en sí mismo, jamás perdió la fe en el porvenir de los suyos.”

Surge la pregunta: ¿De dónde le venía esa fe inquebrantable? No se trata de una afirmación literaria, se trata de una convicción científica, producto de sus estudios etnológicos y que, por eso, reviste especial importancia que esta ciudad le rinda homenaje, porque aquí inicia uno de sus más ambiciosos estudios que tiene su cima en su tesis doctoral “Las comunidades del Perú y España”, Carlos Vidales nos ilustra: “El crecimiento del mercado transformó las ciudades y pueblos de la Sierra motivando a Arguedas, en la década de los años 50, a hacer sendos estudios etnológicos centrados en Huamanga, Huancayo y Puquio. Ya en 1952, zanjando con el indigenismo de su maestro Luis Valcárcel, escribía «es inexacto considerar como peruano únicamente lo indio; es tan erróneo como sostener que lo antiguo permanece intangible… las culturas europea e india han convivido en un mismo territorio en incesante reacción mutua…

El propio Arguedas, en 1939 ya había mencionado un hecho incuestionable:

“En nosotros, la gente del Ande, hace pocos años ha empezado el conflicto del idioma, como real y expreso en nuestra literatura; desde Vallejo hasta el último poeta del Ande. El mismo conflicto que sintiera, aunque en forma más ruda, Huamán Poma de Ayala. Si hablamos en castellano puro, no decimos ni del paisaje ni de nuestro mundo interior; porque el mestizo no ha logrado todavía dominar el castellano como su idioma y el kechwa es aún su medio legítimo de expresión.

Pero si escribimos en kechwa hacemos literatura estrecha y condenada al olvido.”(Arguedas 1939).

Arguedas, como científico social, sabía que en el proceso del desarrollo de la cultura, nada permanece inmutable, que los intercambios se producen con el simple contacto entre los pueblos, he ahí el planteamiento de “Todas las sangres”, los diversos torrentes uniéndose en un mismo cauce llamado Perú: españoles, quechuas, aimaras, amazónicos, africanos, europeos, asiáticos, etc. No se trata, como señaló en su discurso Mario Vargas Llosa, la evidencia de un país culturalmente fracturado, sino, más bien, la confluencia feliz de un fecundo mestizaje.

Vidales termina diciendo que:

“…Arguedas señala con claridad que la tendencia histórica es que la cultura occidental termine por imponerse y los indígenas se asimilen a ella. La cuestión estaba en si se aculturarían, es decir si la asimilación significaría la muerte progresiva de la cultura andina, si los indios «renunciarían a su alma». En enero de 1965 en un texto que presentó en Génova, en un Coloquio de Escritores, escribió que concebía la integración cultural no como una ineludible aculturación de los indígenas sino como un mestizaje en el que se conservarían elementos fundamentales como «su música, sus danzas, la cooperación en el trabajo y la lucha… y que se impondrá la ideología que sostiene que la marcha hacia adelante del ser humano no depende del enfrentamiento devorador del individualismo sino, por el contrario, de la fraternidad comunal.»

Esto nos lleva a la época actual, si asumimos que los idiomas nativos son los portantes de los valores culturales, sociales y éticos de los pueblos, debemos preservarlos, protegerlos y promoverlos. Si en el pasado era un asunto de reivindicación social, ahora se trata de reivindicar el orgullo por nuestra identidad, como patrimonio espiritual. Esta nueva cruzada, para mi entender, debe partir de la creación de un organismo académico alterno a la Academia Peruana de la Lengua Española, debiera crearse la Academia Pan Andina de las Lenguas Nativas, que además de preservar y rescatar los idiomas nativos, promueva su difusión, con la formalización definitiva de la escritura y la acreditación de maestros en lengua quechua, aimara, asháninka u otros, se trata de crear una instancia que permita formalizar la enseñanza intercultural y bilingüe en todas las escuelas del Perú, incluyendo el legítimo derecho de que se pueda impartir la enseñanza oficial del alemán en las escuelas de descendientes tiroleses de Oxapampa.

Debemos cambiar el signo de que nuestros niños se rehúsen a hablar en quechua, porque se trata de un idioma de “indios”, la pluriculturalidad nos enriquece, podemos aprender más de la ciencia, leyendo en inglés, pero podemos fortalecer nuestros espíritus hablando el idioma de nuestros mayores.

 

La expansión del castellano, política lingüística colonial, hoy. Pável H. Valer Bellota

La expansión del castellano, política lingüística colonial, hoy

Pável H. Valer Bellota

http://www.pavelvaler.blogspot.com

 “Siempre la lengua fue compañera del imperio” decía Elio Antonio de Nebrija en su obra de lingüística española (1492), escrita en plena incursión colombina. Uno de los principales intereses de los peninsulares en América fue la implantación del castellano como lengua franca. Para los colonizadores, la suplantación de los idiomas autóctonos fue más difícil que el desalojo del poder de los vencidos de las empresas coloniales; los hispanos asaltaron en pocos años el espacio político y social, pero su lengua lo está logrando solo al cabo de cinco siglos de dominación y violencia cultural, y aun en contra de considerables resistencias de los pueblos indígenas.

 

Desde la época colonial las lenguas indígenas de América formaron parte del debate de la política de consolidación del modelo de dominación. De hecho, las posiciones más duras mostraban un menosprecio explícito por ellas, junto a un deseo expreso de extinguirlas. Tomás López Medel, Oidor de Guatemala, escribió en 1550 refiriéndose a la necesidad de expandir el castellano: “Y de esta manera se dará entrada para nuestra lengua y para las cosas de nuestra religión y para desterrar la bárbara lengua de estos [indios], y sus abominables costumbres”. Igualmente, en Perú, el oidor Juan de Matienzo propuso que se forzara a los indios a aprender el español.

 

Por otro lado se encontraban las posiciones más objetivas y equilibradas, por ejemplo el jesuita José de Acosta escribe en 1588: “hay quienes sostienen que hay que obligar a los indios con leyes severas a que aprendan nuestro idioma […] si unos pocos españoles en tierra extraña no pueden olvidar su lengua y aprender la ajena […] ¿en qué cerebro cabe que gentes innumerables olviden su lengua en su tierra y usen solo la extraña que no la oyen sino raras veces y muy a disgusto?”.[1]

 

La política pública de castellanización comenzó sus andaduras como un instrumento necesario para la propagación del cristianismo, la evangelización fue el norte cultural de la invasión y la lengua un instrumento de prédica. En los preámbulos de ciertas cédulas incorporadas a la Recopilación de las leyes de los reinos de las Indias se considera a las lenguas nativas incapaces de expresar las complejidades teológicas [2]. Junto a la religión, la tarea de alfabetizar y enseñar el castellano a los millones de nativos del continente constituyó una labor interminable. Cualquier disposición legal colonial orientada a su implantación forzosa estaba condenada de antemano al fracaso.

Por eso, en lugar de operar sobre un enorme conjunto, la Corona apostó por actuar desde arriba de la escala social originaria: fueron creados colegios para los hijos de caciques, donde se enseñaba el castellano. Ejemplos ‘exitosos’ de estas escuelas para hijos de la nobleza indígena fueron los de Tlatelolco, Texcoco (en México), Lima y Cusco (en Perú). La cédula de 1550, recogida en la Recopilación (Libro VI, T. VI, Ley XVIII), dice textualmente: “Que a los indios se les pongan maestros, que enseñen a los que voluntariamente las quisieren aprender, como les sea de menor molestia y sin costa y ha parecido que esto pudieran hacer bien los sacristanes como en las aldeas de estos reinos enseñan a leer y escribir la doctrina cristiana.” [3]

Con el tiempo, las campañas de castellanización se fueron haciendo cada vez más agresivas. En 1638, por ejemplo, el obispo del Cusco escribió al rey de España: “es triste cosa que los latinos y griegos diesen su lengua a los vencidos y nosotros no a estos indios”[4]. El Duque de la Palata, virrey del Perú, organizó por su cuenta una ambiciosa campaña educativa en 1685 justificándose en que se hallaba “tan conservada en esos naturales su lengua india, como si estuvieran en el imperio del inca, pues sólo en esa Ciudad de los Reyes y en los valles entendían la castellana, que resultaba en lo político y lo espiritual el mayor impedimento para la crianza de los naturales”. Disgustado por esto decidió ‘sembrar’ los Andes de escuelas rurales en todos los pueblos que tuvieran cura, y dispuso excluir de los cargos públicos, de cacique para abajo, a los indios que ignoraran el español o no lo hubieran enseñado a sus hijos. Igualmente, Carlos III emitió una cédula en 1770 en la que expresaba el afán de desaparecer las lenguas indígenas y de reemplazarlas por el castellano, después promulgó las leyes complementarias de 1778 y 1782 sobre construcción y dotación de escuelas. [5]

Desde la apreciación histórica de esos antecedentes, se puede concluir que el proceso de castellanización es una campaña permanente desde hace cinco siglos -en desmedro de los idiomas indígenas- que ha tomado forma de política de Estado y que se viene aplicando en la actualidad, bajo la anuencia del modelo político de dominación: la Constitución política realmente existente más allá del derecho escrito.

 

Las políticas públicas de castellanización para la implantación de la religión, usando la alfabetización de los indígenas en ese idioma, tienen su origen en un planteamiento colonial. Y continúan hasta nuestros días basadas en el mito de la escuela. Como explica Montoya, en el siglo XX los herederos de los colonizadores en el poder consideraron que el único modo de ‘civilizar’ a los ‘bárbaros’ o ‘salvajes’ sería a través de la escolarización. El modelo occidental de dominación fue creando lentamente el mito civilizatorio de la escuela a través de la oposición oscuridad–analfabetismo–salvajismo frente a luz–alfabetización–civilización. Bajo este esquema“(…) la escuela significa liquidar las culturas indígenas entendidas como salvajes[6].

 

Los procesos de educación formal, después de la declaración de independencia, tuvieron la labor de continuar la campaña de castellanización diseñada en la época colonial orientada a homogeneizar las culturas del país. Basándose en el principio de igualdad -confundido con estandarización cultural- los programas de alfabetización se convirtieron en armas políticas-culturales de los sectores conservadores en poder del Estado, útiles en la lucha para acabar con el ‘problema’ de la diversidad nacional.

 

La imposición del castellano invadió también la educación superior. Actualmente el sistema educativo dominante tiene valores, categorías conceptuales y modos de pensar provenientes de tradiciones occidentales. Utiliza una multiplicidad de palabras latinas ligadas a la sectorización de la ciencia, con una lógica matemática relacionada a la creación de tecnologías, lo cual explica su postura frente a las culturas nativas. De esta manera se produce un “dislocamiento cultural[7]. ¿En cuántas universidades se dictan clases en quechua, aymara, harambut, matsigenka?

 

En esta orientación, se produce la impunidad jurídica de la violación de derechos culturales por parte del Estado. Si se desconocen las diferencias lingüísticas, y se pretende la implantación de un modelo cultural único, se arrinconan varios derechos constitucionales. Por ejemplo el derecho de no ser discriminado por motivo de idioma, el derecho a la identidad, integridad moral, psíquica y física y al libre desarrollo y bienestar”. Se incumple el deber de respetar y proteger la pluralidad étnica (Art. 2°, Constitución 1993).

 

El arcaico modelo político cultural, diseñado en la colonia, persiste hoy en el proceso de expansión e implantación del castellano. Las políticas orientadas a extinguir el uso de los idiomas autóctonos, mediante la enseñanza solo en el idioma de los invasores, es parte central de dicho modelo. Ante esto, las políticas públicas de naturalización del uso social y normalización lingüística para la recuperación, preservación y promoción de los idiomas autóctonos son una necesidad urgente, y una tarea democrática aun no llevada a cabo por el Estado. Ama hina kanqichis, wiraqochakuna!!

 


[1] DE ACOSTA, José; De procuranda indorum salute; Madrid: Colección España Misionera, 1952. Págs. 357–358. [Cfr. SÁNCHEZ–ALBORNOZ, Nicolás; “De las lenguas amerindias al castellano. Ley o interacción en el periodo colonial”; en Colonial Latin Américan Review, Vol. 10, No. 1, 2001. Págs. 49–67.]

[2] “(..) que en la mejor y más perfecta lengua de los indios no se pueden explicar bien y con propiedad los misterios de la fe, sino con grandes absurdos e imperfecciones”. Otros previenen de que los padres transmiten de palabra a los hijos la religión ancestral “se ha tratado y deseado que desde niños aprendiesen la lengua castellana, porque en la suya se dice que les enseñan sus mayores los errores de sus idolatrías, hechicerías y supersticiones, que estorban mucho a su cristiandad”. [Ibíd.]

[3] Sánchez-Albornoz, Óp. Cit. Pág. 51.

[4] KONETZKE, Richard. 1953–1962. Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispano-América. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1964. Pág. 89 [Cfr. Sánchez Albornoz, Pág. 58]

[5] Ibíd.

[6] Montoya, Rodrigo; “La democracia y el problema étnico en el Perú”, Revista Mexicana de Sociología Vol. 48, No. 3. Jul. – Sep. 1986, Págs. 45–50. Pág. 46.

[7] BERMÚDEZ TAPIA; Manuel; “Pérdida de identidades lingüístico culturales en el Perú”; en Revista Virtual de Antropología. Disponible en la web, a Enero de 2008, en http://www.antropologia.com.br/arti/colab/a5-mbtapia.pdf

 

 

 

RESPETO A LOS DERECHOS INDIGENAS Y CULTURALES. Vicente Otta Rivera

            RESPETO A LOS DERECHOS INDIGENAS Y CULTURALES

 

Vicente Otta R.

Crecimiento económico respetando a nuestros pueblos y patrimonio cultural

Pareciera que las más altas autoridades del país no han aprendido nada  de la dolorosa experiencia de los hechos sangrientos de Bagua, 2009. Como todos los peruanos recordamos, entonces la política del ex. Presidente Alan García, de calificar de “perros del hortelano” a los pueblos indígenas, negándoles derechos que legalmente les correspondía, propició un violento enfrentamiento que terminó con la muerte de 34 peruanos entre policías e indígenas. Entonces mediante la aprobación del Decreto Legislativo 1090 trató de imponer la privatización de tierras en la Amazonía para proyectos de “interés nacional”, eufemística manera de referirse a los proyectos extractivos mineros, petroleros y gasíferos. Esta política se hace extensiva ahora al ámbito del patrimonio cultural.

El viernes 24 de mayo último por la noche, el Presidente Ollanta Humala anunció un paquete de medidas para promover la inversión privada y buscar mantener el crecimiento de la economía. Más allá de lo discutible de estas medidas para los fines que persigue, lo cierto es que dos de las siete medidas anunciadas tienen severas consecuencias negativas para los pueblos indígenas y el patrimonio cultural material. Se ha promulgado el D.S. 060-2013-PCM, que establece plazos de 100 días para acelerar los procedimientos de los estudios de impacto ambiental (EIA), y el D. S. Nº 054-2013-PCM para “agilizar” la certificación de inexistencia de restos arqueológicos (CIRA), generalizando la aplicación de la Ley de silencio administrativo, 20 días después de solicitada la certificación.

Conociendo el poco valor que se otorga al patrimonio cultural, tanto de parte de las autoridades como de los inversionistas privados, no albergamos muchas dudas de que asistiremos a un tratamiento predatorio de los mismos. No hay que ser vidente para ver un escenario futuro de varios baguazos. Esta medida es peligrosa y negativa para los pueblos indígenas, la cultura y para el propio gobierno que se coloca en una situación sumamente riesgosa.

La Ley se respeta solo cuando nos conviene

Este pareciera ser el concepto que tienen de la legalidad, lamentablemente, no solo el ciudadano común y corriente sino las propias autoridades encargadas de ser ejemplo de cumplimiento de las leyes y, aún mas, encargadas de hacerlas cumplir.

La Ley de Consulta Previa-CP- ha sido calificada, desde que se tuvo noticias de su existencia en el país, como una ley “problema”, obstáculo para las inversiones extractivas, consideradas éstas de importancia decisiva para propiciar el crecimiento económico y la bonanza del país en los últimos 20 años. El país se ha convertido en un adicto al extractivismo, lamentablemente.

Respetar esta ley (u otras normas legales, ej. CIRA) trae ciertas demoras y ralentiza los procesos de inversión, arguyen los empresarios. Pero esto no es consecuencia de la ley, es fruto de la lentitud e ineptitud del Estado, de la débil capacidad técnico-operativa que tiene; de su anacronismo sustantivo y funcional. Todo proceso legal requiere aceptar y someterse a los mecanismos y procedimientos jurídicos existentes. De lo que se trata es de hacer que el Estado se modernice, gane en eficiencia y rapidez, no que se deje de de observar la ley.

Detrás de esta exigencia de rapidez, de aprobar los proyectos “al caballazo”, se esconde la visión colonial de que los indígenas no son realmente sujetos de derechos, son ciudadanos de segunda categoría como expresara con brutal sinceridad el ex. Presidente García, “perros del hortelano”. Y por cierto, de la escasa valoración de la cultura.

Frente a este grave atropello de los derechos de los pueblos indígenas y culturales expresamos lo siguiente:

–        Todos los peruanos estamos interesados en el desarrollo y progreso del país, para lo cual el crecimiento económico es muy importante.

–        Los esfuerzos para este crecimiento no debe implicar el desconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, constitucional y legalmente reconocidos.

–        Tampoco debe significar la depredación de nuestro patrimonio cultural material, componente esencial de nuestra identidad histórica como nación.

–        Así como se propone formar un equipo de funcionarios de alto nivel en el Ministerio de Economía y Finanzas, para facilitar las inversiones, deben formarse equipos similares con los mismos objetivos, en los vice ministerios de Patrimonio Cultural y de Interculturalidad del ministerio de Cultura, para facilitar el tratamiento de la Consulta Previa y la Certificación de Inexistencia de Restos Arqueológicos.

–        La Consulta Previa debe aplicarse sin menoscabo de la legalidad y respeto de los pueblos indígenas, lo que implica publicar el padrón nacional de registro de pueblos indígenas y, el reconocimiento de las comunidades campesinas como integrante del universo de pueblos indígenas; por consiguiente, con derecho a ser consultados.

–        Priorizar, con carácter de urgencia, la implementación del Ordenamiento Territorial en las regiones donde habitan los pueblos indígenas y donde existe densidad patrimonial cultural; de modo tal,  que los ámbitos territoriales y geográficos donde se realice la consulta y certificación patrimonial estén claramente delimitados y, definidos el derecho de propiedad, posesión y vocación de los mismos.

–        Se requiere el urgente pronunciamiento y toma de posición de las fuerzas políticas y movimientos sociales indígenas, culturales y ambientalistas, ante estas graves violaciones de la Ley de Consulta Previa y el patrimonio cultural material.

–        Poner en la agenda política nacional el tema del Estado Pluricultural, como alternativa de solución a la demanda de una institucionalidad indígena y nacional, pertinente a nuestra realidad social pluricultural y multilingüe.