El vuelo de la Quimera o la historia del salto divino. Hugo Carrillo

Donde el personaje principal, despues de haber tomado (SVSS, siete veces sin sacar) cuenta de una pelea de paranpanputa con unos pichones kimsa uma en las altura de mi querida Chaka Puente.  Estamos asistiendo a una nueva (antigua) forma de realismo magico, que tambien presente en Federico La Torre Ormaechea. Kaypaqa Dona Elcira Bustllos ichapas takillaynman.

 

 

 

El vuelo de la Quimera

o la historia del salto divino

 

 

 

 

“… el verdadero lenguaje no nació todavía (…) Los animales se comunican entre ellos, sin palabras, mejor que nosotros ufanos de haberlas inventado con la materia prima de lo quimérico.”

—Augusto Roa Bastos

A María Josefa y Abelardo, allá,

en la inflorescencia de la nieve.

 

 

Ni de la peste bubónica ni de la gripe española se había comentado tanto. Ni de la peste rasca-rasca o revolcadera de cerdo ni del moquillo aviar con que morían escupiendo sangre blanca solamente los hombres tampoco.

Las noticias de aquellos días se referían a la peste colombiana del sueño, que apenas llegó aquella medianoche en los ojos de Clara Linda Boca de Ángel, fuera controlada con poderosos cocteles de Masato, Chuchuhuasi, Siete raíces, Rompe calzón o RC, Uvachado, Levántate Lázaro, Para-Para, Huitochado, SVSS o Siete Veces Sin Sacar. Sin embargo, las crónicas titulares que esta vez iban en sendos bandos de botica en botica, anunciaban que el entrerriano “Magnífico Gaucho” había traído ácidos fénicos desde el pueblo de Monsefú con que hizo aguosas preparaciones mucho más potentes para remediar cualquier peste, viniera de donde viniera.

Antes que los politicastros le pusieran otro nombre a esta región, decían los arrieros y carreteros de Entre Ríos, a causa de sus permanentes viajes por mundos recónditos, don Crisanto León era un sabio reconocido en 666 pueblos a la redonda. Decían también que este hombre sabía mucho y de mucho, y que hasta cicatrices guardaba en la memoria. Lo apodaban “El Magnífico Gaucho” por su valentía probada en casi cincuenta batallas y una guerra contra la poderosísima Gran Bretaña.

Pero las venenosas lenguas del pueblo rumoraban que “El Magnífico” padecía trastornos y hablaba solo. Se decía que en uno de sus viajes a la selva, el hombre había degustado tanto-tanto masato de yuca siete olvidos macerado con grasa de lagartija, calzón de doncella y ají pincho de mono que su memoria había quedado en borrachera permanente. Sin embargo, él sólo trataba de ser oído por los demás. “El Tayta patrón Crisa” no estaba dispuesto a que un descreído cualquiera confunda sus laureadas canas blancas de valor con las grises pelusas de la vejez.

Aquella noche calma de pueblo perdido en que las noticias buenas o malas son apenas pretextos para las juergas de nunca acabar, un mal enemigo recordó con evidente doblez que “el diablo sabe más por viejo que por diablo”, desconociendo los nobles títulos del cazador y, dirigiéndose a don Crisanto con una copa de aguardiente en la mano, le gruñó: —¡a su salud pues, viejecito rompe sueños!

Más que molesto por la ofensa del copante ocasional, don Crisanto quedó muy perturbado por la manifiesta ignorancia de su interlocutor.

—Hasta se puede perdonar que la gente vulgar no sepa quién fue Poncio Pilatos y hasta Judas, pero que desconozcan quién es Crisanto León, Dios Santo, Dios Santo —pensó y decidió entonces desasnar por enésima vez al auditorio.

—Queridas estatuas andarinas y caretas bacantes de Jojoricó, hoy les haré una confesión sincera —dijo simulando no estar afectado por la ofensa—. Estas canas / no / son / de / vejez. Para que ustedes sepan, Crisanto León es el menor de los hijos de su hermana Jacinta, es decir, yo soy tan menor que paso como nieto de mi padre —remató.

El fraseo de trabalenguas provocó una gran carcajada en el círculo del orador, así como solapados gestos burlones en otros tomadores que frecuentaban “El Infierno”; famosa cantina llamada así porque la mesa número 13 estaba reservada para los juegos de ilusión y truco en que muchos desmañados arrojaban fortunas enteras y hasta la cabeza en el despeñadero. Todavía rondaba en los pasillos el dolor que sintió aquel tahúr enloquecido por haber perdido a su novia, la hermosa “Ojitos soñadores” en el juego de rocambor y, hasta asomaba por ahí una leyenda roja entre las banquetas de “La Trece” advirtiendo que Clara Linda Boca de Ángel tenía concluyentemente prohibido volver a jugar a su nuevo marido, temerosa de ser arruinada por séptima vez en los naipes, porque eso sí desataría la maldición bíblica del Éxodo y el mismo tatito Dios revisaría la maldad en los primogé- nitos del pueblo hasta la cuarta generación.

Los amigos íntimos de don Crisanto León estaban acostumbrados a sus fantasías, era muy celebrado y reconocido mentiroso, pero a ratos era un hombre bien informado y mejor intencionado. Sin embargo, los otros, los arrieros y negociantes de las regiones vecinas simplemente se burlaron sin mayor reparo, aunque en apariencia miraran los techos y al mismísimo opaco tiempo que desfilaba distraído por los aledaños del sueño y la quimera.

“El Magnífico” don Crisanto procedió entonces a relatar el origen de sus canas.

—Escuchad grosos modos de gente, aunque, en verdad, por vuestras pétreas caras de sueño y duda eterna es mucho pedir que os encaminéis a homo sapiens. Tal vez pues, sois sueños apenas o mendrugos de arcilla que Dios olvido mol- dear —dijo. Con ademanes de facundo y danzante, solicitó después:

—Así seáis tan solo emborronadas máscaras, levantad las orejas gachas que deben estar camufladas en vuestros tentáculos, en este caso tentaculos sin tilde. A buen entendedor por delante, no se lo lleva la corriente por detrás, dice el refrán; pero escuchadme pues, queridos enemigos      —comentó don Crisanto y prosiguió con afán de maestro en su primera clase:

—Atención. ¡Atención dije!: Fue al atardecer, a la hora en que los pastores retornan con el ganado de la hacienda. Las ovejas y las vacas debieron ser llevadas a rastras con inusitado apuro al corral. Después de asegurar a los animales, treinta camayos indios solicitaron audiencia con el patrón don Crisanto León y León, el mismo que viste y calza. Estas criaturas habían sido noticiadas de un fantástico aviario natural con águilas pichón de tres cabezas en el Cañón del Apurímac. Según habría dicho un tal Sarmiento de Gamboa, que era oidor y cronista de los reyes católicos, ese lugar está camino a Choqekiraw y Sunchupata donde también estaba el Reino Paititi del Gran Inca Guaynaapoq.

—“El Magnífico” Crisanto, que os educa, creyó que este hallazgo sería de gran utilidad e interés para la ciencia y un objeto muy deseado para cualquier museo de historia natural o tal vez para un zoológico mayor como el Parque de las Leyendas en Lima. Sí señores, aunque mi más profundo subconsciente cobijado en mi otro yo, me informó que estas águilas eran de la especie Haast Moorei, que se creían ya extinguidas y sobre seguro atañerían a los zaristas de la iglesia ortodoxa rusa, porque tal descubrimiento cuajaría por fin sus ánimos.

—Piensen nomás —conjeturó el sabio, tratando de no asfixiarse en su confuso alegato— si el águila bicéfala está en su escudo y son la segunda potencia mundial, ¿qué no harían con las crías tricéfalas de tan exclusiva especie? Pero si por el contrario los norteamericanos, que son sus enemigos acérrimos, descubren que se trata de una Quimera, se armaría el tole-tole. Tal vez la gusanera que han querido encajar en la cabeza de otros no les dejó espacio para ninguna ciencia, pero, por si no están enterados; la Quimera no es un sueño, es un monstruo híbrido, hijo o hija de Tifón, el dios de los huracanes y de Equidna, que era una bestial ninfa mitad humana mitad serpiente. Conforme dicen los estudios científicos, la Quimera es un monstruo muy veloz y vuela vomitando fuego por alguna de sus cabezas, si no de todas.    —¿Escucharon?, y si es así, ¿entendieron? —interrogó el sabio al auditorio ausente.

—Aunque con cierto esfuerzo, oidores con orejas de trapo y visionarios con ojo de vidrio —apuntó esta vez con pulla— vuestros ariscos tatuajes venidos a más debieran comprender pues, que… ¡la única persona capaz de cazar con maestría esas alimañas es “El Magnífico” don Crisanto León y León! ¿No?

—(…)

—Escuchad bien mal trajeadas caretas: ¡he dicho Crisanto León y León que os vivifica!, no dije Ricardo Corazón de León, quien sería mi pariente no muy lejano por padre y madre, pero que estaría bajo sospecha de haber sido una señorita.

—(…)

Hubo una pausa teatral. El auditorio parecía mirar a la nada y estaba imperturbable y sosegado. Ante el silencio, don Crisanto prosiguió con la perorata.

—Después de todo, tendrán que reconocer la verdad pura y llana. El que os habla es el más macho de la provincia, el más fuerte del departamento, el más audaz de Entre Ríos; y el más intrépido humano que se haya conocido jamás en el nuevo mundo. Los indios decidieron buscarme justamente por esas virtudes para que personalmente me hiciera cargo de semejante baraka.

—Se prepararon noventaicinco cargas de soga, ¡casi cien cargas, y doscientas acémilas en aquella travesía! Con todo ese equipaje, anduvimos en compañía de quinientos indios al Cañón del Apurímac –el desfiladero más grande de América–, donde la tradición cuenta, residen los espíritus de los incas pero también los lamentos de las almas condenadas en otros tiempos. Y sí, los ecos de aquellas voces venían huyendo del cañón y tras ellos flotaba un ambiente cargado de siniestros tarareos de guijas o aparecidos que, junto con el moscardón azul, casi siempre ofrecen la bienvenida a la peste y a las carrozas de la parca.

—Distinguimos efectivamente que un viejo nido de cóndores había sido asaltado por unas águilas tricéfalas en la parte de ceja más alta de Chaca Puente. Era de no creerlo, como en un sueño, anidaban águilas ahí donde antes reinaban los cóndores. No sé si del más allá o del más acá, pero de pronto, se nos aparecieron varios pichones de águila cuyos chirridos en seis picos buscaban desesperadas a su madre o ¿tal vez a mí? —se preguntó don Crisanto y siguió narrando la travesía.

—Los indios aseguraron a vuestro explorador en una chachacoma. Las amarras se hicieron con una reata en trabazón de arriero, muy fuerte y con mucho cuidado para no provocar una desgracia que los dejara sin el hombre más valiente de Entre Ríos, o sea sin mí. La bajada era como el tobogán del infierno, capaz de ser emprendida solamente por un audaz campeón de campeones, y por tanto, había que multiplicar la inteligencia. Se requirió cerca de una hora para llegar al sector del hallazgo. Todo ese tiempo, los indios deslizaron a su valiente patrón con mucho recelo, pero también con entusiasmo, por supuesto.

—Durante una hora terrenal, que sabe Dios cuánto tiempo habrá sido en el infierno colgante, recorrí paso a paso las huellas de mis ancestros leones, dicen que así ocurre antes de morir, pero resistí a la testaruda muerte y llegué por fin al nido preciado. Apenas salí de la caldera, me vi cara a cara, o mejor, pico a pico con dos hermosos pichones. Cada cual tenía tres cabezas, tres picos, tres buches y el entusiasmo de estar juntos, que parecían en verdad, todo un enjambre de polluelos. Recuerdo que me preparé con ambición para abrazar semejante fortuna. Nunca antes una baraka tangible estuvo tan a mi alcance. Traté de aferrarme con una mano a la reata principal para garantizar mi seguridad, y con la otra, asir con mucho cuidado, sin dañar el plumaje siquiera, a una de las avecillas.

—¡Les juro, todavía lo estoy viendo en sueños!, y por si acaso, no es la peste colombiana ni el sueño de Clara Linda Boca de Ángel —dijo el conferenciante, al tiempo que besaba el pulgar derecho persistiendo en su afán de explicar el origen de sus canas.

Al tiempo que don Crisanto echaba cruces a diestra y siniestra, los ecos del zumbido que venía huyendo del cañón se acoplaron a una gran ola de mariposas negras e inundaron el auditorio. Mientras los oidores se protegían los tímpanos del maldito zumbido, una demoniaca soguilla enmohecida anudó todas las gargantas. Sin embargo, Tayta Crisanto que era inmune a los bichejos, ni se inmutó, apenas aprovechó para beber un gran sorbo de “prende” con RC y otro de “apaga” con masato.

En seguida, con el susto que todavía le martillaba la coronilla rezumándole por las barbas, “El Magnífico Macho” agregó:

—Como el más valiente y leal soldado cristiano del hemisferio, traté de capturar a uno de los pichones… ¡ah!, pero súbitamente, se alzó una niebla azulina con cientos de murciélagos o ratones volatineros, que, entre silbidos y bisbises, notificaban auxilios a la madre de los pichones. Uf, ¡el peligro está en mi cogote!, pensé, recordando a todos los búhos que me ojean cuando pierdo el camino de regreso a la hacienda; entonces, con ojos de no querer ver, ¡asistí al vendaval provocado por las enormes seis alas del águila madre, que alertada por los ratones alados, venía justamente a proteger su nido!

Pashh, grgr, grgr, ffuiiuu

—Nos atacó la madre de los pichones con su encolerizado vendaval.

Pashh, grgr, grgr… afluumm. afluumm…

—Sentí que me arrastraba la niebla azulina de las ratas aladas hacia el encolerizado vendaval.

—Mientras mi subconsciente se desesperaba, vi con horror (como se mira desde un catalejo puesto en reversa) atacar a la Quimera desde su cabeza de león. La otra cabeza de macho cabrío, subida en el lomo de la Quimera, me daba de cornadas directamente a mí. La tercera cabeza de dragón que colgaba de su cola, escupía fuego en las dos direcciones; más lento hacia mi otro yo, y muy veloz hacia mí.

—Mi subconsciente me quiso traicionar en ese trance, o yo a él, no sé. La verdad es que, perjurando de nuestro amor por los bichos de Dios, tuvimos que buscar una guillotina en medio de la niebla y el vendaval. Habituados al monte, los machos siempre andamos con un machete de zafra entre los calzoncillos para abrirnos paso en tiempos difíciles, pero sucedió extrañamente que, justo-justo ese Día de Gloria, alguien hizo perder el machete, con lo cual, hubo una traición a Dios o una felonía peor al subconsciente. Eso está claro.

—Protegiendo las reatas con la mano derecha, mi otro yo, es decir el felón, se alistó con la izquierda e hizo flamear una enorme guillotina. La lucha cuerpo a cuerpo (si es que así se le puede llamar, porque detrás de aquella feroz madre no había nada tangible) fue casi eterna (así sucede siempre, el dolor es un mar interminable y la felicidad es apenas una gota de tiempo). Siento que todavía lo veo. Por un lado, el valiente Crisanto León defendiendo sus dos vidas y las de todos los indios, ¡pero sobre todo su fama de macho entre los valientes!, y por el otro lado, la madre furiosa que también defendía una docena de cabezas. Los aletazos del águila, eran, ¡se los juro!, ¡peor que patadas de una condenada mula! Cuando creíamos haber derrotado a la bendita o maldita bestia (o sea el águila), sucedió justamente la tragedia mayor: El águila solo era un aperitivo de guerra o ave de Troya. Ella misma reencarnó en una Quimera Macho, y blandiendo sus colmillos y corneando arriba y abajo, se puso a vomitar fuego y a cagar jaurías ente- ras de quimeras a diestra y siniestra. Todas ellas repitieron la astucia del águila madre, y la fogata, se podía distinguir desde Ayacucho, según me dijeron después. Tanto fuego hubo ese día que se tiñó el cielo de rojo, y hasta hoy mismo reaparece cada tarde en las alturas de Andahuaylas.

—Ya no sé si mi subconsciente o yo mismo, pero, en afán de protegerme de los vómitos ardientes y la golpiza, cometí un error mortal —dijo el hombre—. Algunos de los sablazos que lancé a las etéreas águilas y quimeras, cortaron la única fuente de soporte, o sea, la soga que sujetaban los indios, con lo cual comenzó la caída libre al vacío de nunca acabar, que según parece, es el Triángulo de las Bermudas que tanto andan buscando los americanos. En ese instante, mi subconsciente porfió que aquella ya no sería una caída libre, y que rodaríamos con toda seguridad a la mismísima guarida de los condenados. ¿Estaremos pagando por algún incesto en nuestra propia casa?, le pregunté al otro León, o bueno, pregunté hurgando en mi pasado, no sé si antes o después de recuperar la conciencia.

—Como buen devoto —siguió relatando el cronista— vuestro “Magnífico” don Crisanto León se recomendó a Dios, a los dioses protectores de la montaña, a los difuntos buenos y malos, y por supuesto a los ancestros beatos de su árbol genealógico; pero por alguna razón que desapareció en la fogata de las quimeras, mi espíritu se aferró con todas las fuerzas que le quedaban a Tata Pancho el Oidor Mayor.

—Venerado y justiciero San Francisco, “extingue estos miedos terribles con tus aguas benditas y transpórtanos a tus cielos” —oraron mis dos espíritus con salmos de ocasión.

—¡Fue entonces que se produjo el milagro!

—(…)

—El Gran San Francisco con todo su poder, le había conferido tal fortaleza a este vuestro magnífico don Crisanto León, que recuperándose de la caída libre logró estabilizarse levitando. Con las mañas de un cóndor, pudo saltar luego hacia arriba y asirse de las amarras, dando tiempo a que los indios jalaran apresurados la soga principal para permitirle superar el escollo y así… y así, transitar el purgatorio de las almas condenadas, que es en realidad la peste colombiana del sueño, para retornar al mundo de aquí.

—Si el descenso duró casi un partido y medio de fútbol, es probable que el retorno haya demorado unas tres horas y hasta cuatro. Imagínense todo ese tiempo sujetados con las uñas y dientes a la punta rota de una soga, piensen además que la soga estaba hecha con cabuya mal trenzada. Era pues peor que colgarse en una hilacha de tela de araña. Luego de todo ese sacrificio llegué por fin a la cima donde cabrioleaban los indios con las almas fuera de sí —prosiguió explicando “El Magnífico León” secando al mismo tiempo con disimulo el sudor que desbordaba por las arrugas de su frente.

—Muy agradecido por mi redención al Oidor Mayor Tata Pancho, traté de abrazar al primer cristiano que encon- tré; ah, cuánta fue mi sorpresa, el indio comenzó a correr vociferando asustado.

—¡Jesús, Jesús!… ay way milagro, Satanás se ha metido al cuerpo del patrón, el condenado está desatado. —flotó el eco de una queja y se alejó hacia Choqekiraw y Sunchupata.

 

—Jesús, Jesús. Apu espíritu, auxilio… ¡ayuda, ayuda! El patrón se ha convertido en mula —se oyó a lo lejos.

—Ja, ja, ja. Sí, se ha convertido en un penado —gruñían unas voces en plena fuga.

—Y ahora mismo se ha vuelto diablo y viejo, pero dale perdón —decían las ligeras oraciones que seguían el tañido de las campanas.

—Durante un buen rato, pero rato aristotélico o de sueños que dice: “el tiempo es parte del mismo pasado y ya no existe, y la otra es parte del futuro, y no existe todavía” estuve perdido entre la niebla de la locura y la bruma del purgatorio —recordó el valiente Crisanto León y León, y en seguida hizo saber— y claro, no entendí qué pasaba, hasta que repuesto del segundo susto, alcancé a sujetar del poncho a un hombrecito cojo y le pregunté casi a sacudones por qué corrían de ese modo. Como cuando los perros aúllan al hocicar las muertes, el camayo cojo se colmó de la tembladera maldita y comenzó a gritar desesperado:

—No papay, no señor, no… ¡demonio, nos persigue el demonio! Tú has entrado maltón, muy jovencito a su covacha y has salido, ya como canoso viejo loco con barba de latón y tu horqueta en la mano, para colgar tripas—lloriqueó el camayo.

—¿Qué había sucedido? En su desesperación, mi otra entidad, mi otro yo, o sea mi subconsciente, puso tanto impulso en el salto mortal de la peste del sueño a la vida, que mis cabellos se hicieron canos. Por tanto, queda demostrado: primero, de muy lejos los animales son más solidarios que los hombres, y segundo, lo más importante; de lejos o de cerca, no soy viejecito como ha dicho el amigo ilusionista. ¡Mis canas / no / son / de / vejez!, son de valentía pura, y son consecuencia del gran salto divino que hice entre la peste del sueño y la ocre niebla que arrastraba Clara Linda Boca de Ángel y el azul de este Kay Pacha.

Repentinamente, antes de finalizar la narración de su histórica epifanía, don Crisanto se estremeció como si el alma se le fuera del cuerpo, e hizo una proclama jurista.

—Otrosí digo en tercer acto. No sé, no sé en verdad qué ángeles o diablos se pelean con el esbirro aparecido que anda tras mis pasos. No os asustéis, pues, mi subyacente es impredecible y delirante; está y no está junto a mí en los momentos más difíciles. Pero, antes que marchéis, esperad un solo instante por favor —rogó “El Magnífico” cazador, e hincándose en el terral, se puso a vociferar:

—¡Debo solicitaros vuestra indulgencia!, me vi forzado a retirarlos de los ofensivos espejos y suplirlos por almas caritativas para romper la profecía, ¡y espero que así sea!

—¡Por ahora debo comparecer todavía en el Valle de los Volcanes, donde avisan haberse topado con águilas alpinas sin cabeza coronadas con la peste oriental del ahogo, que hasta donde yo sé, únicamente existen en los cotos de caza del infierno —comentó para finalizar “El Magnífico” y erudito don Crisanto León y León, mientras sus ojos usurpaban una extraña coloración violácea que aparece después de la cura del sueño.

 

Historias de trenes. Fredy Roncalla

Estoy seguro que vi un trencito en el escaparate de una tienda cerca de la plaza de armas. Pero mi madre, ha repetido una y mil veces que ese dia me antojé  de un tranvía con pasajeros y todo.

Y como no me podía  comprar el tranvía, agarré un berrinche de padre y señor mío.  Mami Tere me llevó a la casa de la tía Julia, en la Avenida Grau, donde el tío Carlos le ayudó a calmarme con su santa paciencia.

He estado pensando en trenes desde hace unas semanas por culpa de un inclemente trencito de sonidos que no he logrado escuchar en ninguna parte.

Hiaspataqmi los sueños   dicen punkuykita kichaykuway. Y hay trenes de todo tipo, como serpentina. Pero en este carnaval revientan los huaycos como globos en la cara sucia  de la ciudad.

Lejanos los campamentos de Cocachacra, donde uno podía armar una carpa al anochecer, escuchar Mira Agripina en un restaurant de camioneros, y al día siguiente ir a robar manzanas en las fértiles y áridas laderas camino a Huarochirí.

Ciertas noches esas laderas son cerros negros llenos de trenes subterráneos que vienen con cargas inmensas desde lejanas minas. Apenas paran y parten a otras zonas de oscuridad. Hay gente que viaja, a veces caminando por los durmientes, cuidando de no perderse. De pronto encajan  con el subte de Manhattan, pero llegar es una complicadera del diablo.

Uno tiene que manejar desde el Upper West Side hasta los mid easts y meterse en el primer carro del subte que va al Lower East Side, salir en la  14 e ir caminando  para ver si al lado del antiguo Tower Records aun esta la tienda  de Ramón, el maestro de  platería.

Otras veces  el carro se va a todo cuete por  BQE y termina en un portaaviones o entre varios edificios recontra modernos conectados por  puentes  de cien pisos  aun no terminados de construir, será porque  se inician en los bypasses sin sentido  tras palacio de gobierno y encima de Polvos Azules, cuyos sótanos imaginarios se conectan con Casa Grande, el laberinto de ferreterías que empieza en  Chacra Rios y una cuidad ignota a la que suelo volver a encontrarme con viejas historias.

Freaking trains, make up your mind.

Mas ordenados los trenes de Marithelma.  Ahí uno se mete en una estación de Roma para aparecer en Paris, o Manhattan  o Madrid, y sigue  viajando  hasta después que ese bello cuento se ha terminado.

Dentro de los  sueños nunca se sabe que vagón no tomar para  no darse cara a cara con el tren macho, mucho, demasiado, de pesadilla, de la realidad, ciudad infernal, trafico de mierda, caos pasando por los durmientes cotidianos como si nada.

Lima.

Donde llegan todas las carretas sin rumbo, sin paisaje que no sea tajado por un cerco, sin mar que no sea apenas una sobra de horizonte y sin cielo que no sea ajeno.

Ahí donde lo que debería ser una línea de tren es un bus metropolitano. Flaca lombriz paralela al trencito eléctrico. Dos décadas y mas de estafa para unos  juguetes obra Olbretech.

Tres vagoncitos van ida y vuelta de desierto a desierto.  Y un coaster cualquiera lleva más sardinas que un ómnibus del Sanjon.

Que ganas de ser pichinkucha, killincho, seqollo. Wamancha que abre sus alas siguendo el hilo sonoro de Dona Ercila Bustillos.

Viaje a hanan, pasaje de ida y vuelta sin peaje alguno.

Pero en la coche callada de  Nyack  pasa un enorme tren con un ruido de la granputa. Sus ecos  llevan a los laberinto ferroviarios en Kearny, al Pasquack line de Nanuet a Hoboken, y de ahí al Subway de New York, que ya ha sido cantado por muchos poetas.

Mejor no le hubiese pedido  tren ni tranvía  a mami Tere.

Elcira Bustillos “La ayacuchanita”. Mario Cerron Fetta.

Desde hace un par de semanas el universo se me ha llenado de la poesia sonora de la Sra Elcira Bustillos, que  aparte de ser una exelente cantante y guitarrista suele dedicar -via FB- canciones grabadas como solista o en compania, para sus “hermanos”  desparramados por el llapan mundo. Sus canciones nos llenan de alegria y profundidad, recorndonos que ante todo, el wayno es una musica espiritual y sagrada, camino directo a Hanaq Pacha. Agradecemos la nota de Mario Cerron Fetta, incalsable difusor de la cultura peruana. Se acompana  la entrada  con una cnaion solista, una con  Faysita y la agrupacion Killa, y un carnaval donde la maestra comparte el acervo como debe ser. Gracias.

ELCIRA BUSTILLOS “LA AYACUCHANITA”

Elcira Bustillos Ramirez , es una cantante y guitarrista,dueña de un estilo muy particular nacida en distrito de Huambalpa provincia Vilcashuamán, departamento de  Ayacucho, el 27 de junio de 1948. Inició su carrera como guitarrista desde los 14 años de manera empírica no descuidando sus estudios educativos. Participó en diferentes eventos donde le solicitaban acompañar a varios grupos musicales. Compartió escenarios con artistas de renombre nacional e internacional. Ha recorrido  gran parte del Perú: Piura,Trujillo,Chulucanas, Sechura, etc.  También ha viajado a La Paz-Bolivia llevando nuestra música.

Integró los grupos con ” Provincianos del Centro”(Huancayo) “Brisas de Huallaga” (Huancayo), “Sol de Huamanga” (Lima). Tiene: 5 grabaciones en Lima y Ayacucho, a saber:

1.- ” Auténticos de Saurama” (Lima)

2.- “Con  el maestro Teodoro Gamboa ” (Lima)

3- ” La Huamanguinita” (Ayacucho)

4.- “Proyecto cultural  Vilcashuamán ” ( Ayacucho);

5.- en el 2010 forma su grupo femenino ” Agrupación musical KILLA ” y graban un disco.

Es integrante de “EMA-Ayacucho”.Ha recibido reconocimientos de varias instituciones  culturales “Centro Cultural de la  Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga” , ” Concejo municipal de Huamanga” , ” Tambo-La Mar” , “Ministerio Descentralizado Departamental de Arequipa” y certificados de agradecimiento  por presentación ” Nokanchi Kanchu” del Gremio de escritores del Perú “GEP “; actualmente tiene propuestas de grabación,  tiene 69 años de edad y  sigue realizando presentaciones en todo el país.

Es una de las pocas mujeres guitarristas-cantantes que mantiene nuestra música tradicional en quechua y español, sin desvirtuar ni alterar  los temas dejados por nuestros ancestros. Hace un excelente dúo con otra joven guitarrista y cantante de nombre Faysita Quyllur Riti, quien sigue los pasos de preservar nuestra música, poesía y cultura tradicional.

De alguna manera éste dúo nos trae a la memoria el legado de los hermanos García Zárate, conformado por Nery y Raúl. Nery fue un gran recopilador e investigador musical, recorrió todos los distritos ayacuchanos aprendiendo las canciones y  música de sus pueblos. Raúl se encargaba de los arreglos musicales.

Desgraciadamente hoy en día se ha perdido el verdadero folklore tradicional, salvo excepciones como Elcira Bustillos y Faysita Quyllur Riti de quien sabemos  que fue Docente de Aula en Movimiento Indio Peruano, música  Escuela Superior de Música Condorcunca Ayacucho, ha estudiado L.E.F Licenciado en Educación Física en Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga.

Es realmente alentador y esperenzador encontrar valores de alta jerarquía como estas dos ayacuchanas. Que diferencia con los jóvenes de ahora que han desvirtuado y malogrado nuestro rico folklore, creando fusión de baladas-huaynos con elementos de rock y jazz. La dialéctica existe y definitivamente todo cambia, pero siempre debe ser para mejor. Hoy en día la fusión, parece haberse convertido en confusión.