Los extraños. Esteban Leon

Esteban Leon, cuyas Memorias de lo Prohibido representa, segun Niel Palonimo, la primera novela erotica apurimena, comarte un relato en que la realidad y la ficcion se confunden. Abrazo…

 

La casa de campo, estaba rodeada de algunos árboles frutales, además de un huerto donde crecían verduras, y una extensión considerable de maizal. En aquel entonces, era junio, el frío desde las cumbres descendía hacia las quebradas, dejando tras de sí trozos de cristal de hielo en las alturas, o el suelo húmedo alfombrado de rocíos blancuzcos.

Una noche cualquiera de esas, ya cuando estaba a punto de oscurecer, llegó a casa una pareja de viajantes o forasteros, me escondí apenas al verlos, desde el interior de la casa, por unas ventanillas que se dejan cerca al techo para que filtre la luz los seguí mirando, seguían en el camino como indecisos si llamar al dueño de la casa o pasar de largo, el perro blanco ladró desde donde estaba atado, era suficiente para que los míos buscaran con más de un sentido para ver qué merodeaba por los alrededores, lo primero a donde se dirigían los ojos era al camino.

«Mami», oí decir a mi hermana menor; «alguien está en el camino».

Mi padre salió a ver, ya aquellos se veían como siluetas negras, al ver a mi padre lo saludaron en voz alta, el perro ladró con más ahínco. Escuché decir a aquellos:

«Nos dirigimos a Huanipaca, sabemos que este es el camino, estamos en lo correcto, pero nos ha hecho tarde, noche, quizá podría alojarnos por el amor de Dios».

«¡Qué horrible dejo!», dije para mí.

Mi padre, hospitalario, como lo vi hacer en algunas ocasiones anteriores, no pensó más de una vez para aceptar.

Aquellos llegaron al patio de la casa, saludaron a mi madre y mis dos hermanas con reverencia exagerada.

«Estas mierdas, un poco más se ponen de rodillas y besan las manos», me dije.

Los seguí mirando por las ventanillas que dan al oriente, a la luz artificial, los vi sentarse sobre pellejos de oveja puesto sobre ese viejo tronco de eucalipto, se miraron cuando creyeron estar a solas.

«Me late que son unos hippies vagabundos», pensé.

Unas mochilas grandes repletas de no sé qué estaban al lado de cada uno, el hombre tenía algunos tatuajes inidentificables en el cuello, una gorra protegía su cabellera; la mujer, llevaba una argolla en la nariz, era delgada y alta, rizos de pelos que parecían desaseados por varios días cubría su cabeza. En eso, mi madre me llamó en voz bajísima entrando en la casa, de inmediato bajé, también en voz muy baja le dije que ya no cenaría, y la recomendé si aquella pareja preguntaba si solo cuatro vivían en la casa (o sea mis padres y mis dos hermanas), dijera que sí, no deseaba que los extraños se enteraran de mi presencia.

Y así fue, un par de anfibios empezaron a croar en el monte de arbustos que hacían su patria al frente de la casa, en el pisonay que está al occidente cantó un gorrión, la noche se hizo más espesa, los cerros de enfrente se ennegrecieron, y en lo alto las estrellas empezaron a cobrar brillo; mientras los forasteros, después de un guiso preparado por mi madre y mis hermanas, degustaban quizá un rico café, hablaban en voz baja que no pude oír, y efectivamente, cuando mi hermana menor se acercó para recoger los platos y las tazas, el hombre preguntó:

«¿Sólo ustedes cuatro viven aquí?»

«Sí», respondió mi hermana sin mirarlo.

«Ya», dijo el hombre, al tiempo de dirigir la mirada a su pareja.

Yo estuve en la marca (se llama marca a una especie de segundo piso que tienen las casas de campo y sirven para guardar los productos entre otras cosas), debajo de mí había tres camas, en una dormían mis dos hermanas, en la otra mi madre, la tercera siempre estaba libre, mientras mi padre dormía en otra habitación, y yo dormía en la marca. Cuando llegó la hora de dormir (a eso de las 8:30), pensé que mi madre iba sacar la cama que sobraba a la habitación que estaba libre, pero no, dijo a los extraños que durmieran allí nomás, aquellos no dejaban de repetir en todo momento: «Gracias, gracias, gracias…».

Controlaba en lo posible el sonido de mi respiración, debía quedarme como una estatua, como una roca firme en un precipicio; oraba para que un estornudo no me sobrecogiera, la quietud era una de mis virtudes, al punto de quedarme como una efigie en alguna avenida concurrida para que los transeúntes pusieran monedas en un vasito que tenía estampada una sonrisita. Mientras transcurrían los minutos y las horas, sin apartar la vista de la cama donde dormían los extraños, fui invadido y acorralado por ideas macabras, quizá aquellos a quienes miraba con ojos de búho, eran asesinos; muchas veces ideé que, las drogas podrían deteriorar y alterar el sentido de existencia del hombre, quizá convertirlos en algo peor que cuadrúpedos, al extremo que matar a sus semejantes resultaría siendo placentero, tal fue mi hipótesis irrenunciable de que aquellos extraños eran dependientes de drogas; y pensé en muchas cosas más, como en la pistola que sostenía con mi mano izquierda mientras mi dedo índice jugueteaba con el gatillo, aquel arma de metal frío estaba diseñado para matar sólo a los hombres; en eso, empecé a sentir la expansión de mi vejiga, había llegado lo que tanto temía, lo había temido desde el principio, incluso cuando los foráneos ya estaban en el patio quise bajar a orinar a la fuerza, pero me desobedecí, y en aquellos momentos estaba empezando a ser mi tortura, transcurrido más de una hora la necesidad fisiológica se hizo urgente, controlar el esfínter dolía, era doloroso, no tuve otra opción que mearme en la ropa, solté el esfínter como se abre un caño por completo, la salida de la orina fue de tremendo alivio; qué importaba, aquella noche quería gozar de ser una estatua, como un muerto con los ojos abiertos, mirando sólo a ellos. Quizá era como dos de la madrugada, se movieron como dos bultos, se descubrieron las caras (olvidé contar que mi madre había decidido dormir con la luz encendida), ambos, al mismo tiempo, miraron la cama donde dormían mis hermanas, luego donde dormía mi madre, se sentaron como sobresaltados, sus mochilas no estaban al lado de ellos ni de la cama, se miraron y movieron la cabeza en aceptación mutua, de pronto, el hombre hizo surgir una cuchilla que por instantes (gracias al movimiento), irradió chispas de luz, lo mismo consiguió relucir la mujer; tras mirarse entre sí, cada quien dio pasos a la cama que pienso se sortearon, tuve que activar la pistola enseguida emitir: «¡Alto». Se quedaron quietos, al parecer sin siquiera respirar; entonces repetí: «¡No se muevan!». Apenas me moví y aquellos salieron corriendo de la habitación, disparé ya cuando estaban bajo el umbral (disparé más por entretenimiento que porque estaban huyendo), creo que logré darle a él en una de las piernas, con el sonido del disparo saltaron asustadas mi madre y mis hermanas, les alerté que aquellos dos eran asesinos, que lograron huir, ya había bajado por la escalera, y ya estuve afuera; mi padre salió de su habitación con silbato en mano, empezó a soplarlo desesperadamente (que un comunero sople silbato de noche era señal de que era víctima de algo, generalmente robo), los moradores que vivían cerca no tardaron a hacerse presentes con machetes en mano, preguntando al unísono qué pasaba, mi padre mientras se distribuían las distintas direcciones les contaba lo que pasó, aparte de los múltiples caminos el campo era abierto, el que desease podía girar en cada grado de los 360 para enrumbarse; así fue, hasta el amanecer caminaron en distintas direcciones pero no lograron dar con los extraños, ya el sol había bordeado la cumbre que se situaba al frente de la casa cuando se reunieron otra vez en el patio de la casa, los extraños no habían dejado ninguna señal de que habían estado ahí, aparte de sus imágenes en la memoria.

 

 

PRESENTACIÓN DE LA NOVELA: MEMORIAS DE LO PROHIBIDO. Esteban Leon

Inaugurando acaso la literatura erotica de Apurimac, que tambien tiene sus cultoras, Esteban Leon comparte el texto de la reciente presentacion de su novela.  Tambien incuimos un enlace al live stream de su presentacion en linea. Felicitaciones Esteban.

Queridísimos, amigos:

Antes de decir tantas cosas, o quizá pocas, quiero compartir esta emoción con vosotros, puede que escribir una novela, así sea corta o larga, para quien cuenta con la vocación para hacerla, no sea algo difícil y tedioso, aun así, el acto de escribir es un proceso que amerita bastante esfuerzo y perseverancia, es comparable al niño que anhela caminar, para lo cual primero debe aprender a ponerse de pie, luego caer tantas veces antes de caminar con perfección, es igual en la escritura, sólo con el hábito de escribir surgen en el escritor el estilo y las técnicas que lo caracterizan, también el poder de convertir las mentiras en verdades.

Como preámbulo al diálogo sobre el contenido de ´Memorias de lo prohibido´, quiero separar la realidad de la ficción, cuando las narraciones son escritas en primera persona, los lectores, a menudo, suelen asociarlo a la vida del autor, podría suceder, como se ha escuchado y leído sobre muchas novelas que son autobiográficas, pero eso no le quita la ficción que es, aunque esta diga mil verdades. En ´Memorias de lo prohibido´, Santiago y Claudia Sofía, personajes principales, son productos de la creación, de la imaginación; sin embargo, debo confesar que, Santiago, ha hurtado algunas experiencias mías para convertirlas en la suyas, ha respirado el aire que respiré, se ha cobijado en la calurosa gruta donde estuve, ha tocado el agua del río que a mí me gustaba, incluso ha echado el ojo a la chica que me gustaba; ocurre lo mismo con Claudia Sofía, aunque ella no le ha robado nada a nadie. En cuando al uso de los nombres, me atrevo a poner un par de nombres de personas que existieron en realidad, como por ejemplo Joaquín Ramos, nombre de mi abuelo que ya no vive, o Cinthya, nombre de una amiga que cuando la conocí era bachiller en psicología de la Universidad Andina de Cusco. Basta esa aclaración en cuanto a los personajes.

En lo otro, la novela se desarrolla mínimamente en la ciudad de Abancay, quizá sólo cuando les corresponde aparecer a Willy y Santiago, que de una chichería ubicada en Patibamba donde tomaban chicha de jora con cerveza negra, dialogando sobre lo prohibido del cual trata la novela, se dirigen a uno de los bares de la Avenida Arenas, hasta el amanecer (es febrero entonces), cuando salen del bar afuera es un aguacero, es la lluvia de febrero que da sin piedad, sin importar aquello, en zigzag o como se pueda caminar, se dirigen al terminal terrestre porque Willy debe retornar a Ayacucho.

El otro escenario es un sector del amplio territorio de la comunidad Juan Velasco Alvarado, que corresponde al distrito de Abancay, y está como a veinte o treinta minutos de la ciudad, al oeste. El sector lleva por nombre Ccacsa, este tiene un vasto campo en la altura para pastar el ganado del comunero que opta por hacerlo, próximo o colindante al Santuario Nacional de Ampay, ahí mismo hay una cabaña, o había, de la abuela de Santiago y Claudia Sofía, es entonces ahí donde coinciden esos dos chicos a la edad de catorce años, ellos son primos, pero el despertar de los atributos sexuales va nublar esa noción de consanguinidad, van a incurrir en un romance delicado, en todo momento sin ser consciente de aquello, y hasta cierto punto con la complicidad de la abuela. Los otros hechos los dejo en suspenso. Pero añado que, once años después fallece el patriarca de la familia, Joaquín Ramos, y es motivo para que se congreguen todos, hijos, nietos, tataranietos, comuneros, etc. También Santiago, hombre ya de 25 años, está allá, curiosamente el velorio de Joaquín Ramos se hace en la casa de la madre de Claudia Sofía, él no la había olvidado, nunca, en ningún momento, aunque había aprendido a vivir con la ausencia de ella, cuando llegó a aquella casa la buscó con la mirada por todas partes, pero Claudia Sofía no estaba, y no había sabido de ella desde la vez que se separaron en la cabaña. Pero ella llega ya para la tarde del entierro, es entonces lo que ocurre en palabras de Niel Agripino: «el vedado sentimiento amoroso, como la dormida semilla que recibe la gota vital, despierta hasta hacerse tallo y flor».

 

Abancay, 26 de abril de 2020

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DE HUÁMBAR A MEMORIAS DE LO PROHIBIDO: 87 AÑOS DE NOVELA APURIMEÑA. Niel Agripino Palomino

[En un capitulo escondido Esteban Leon y sus novias habian estado con Aledaida y dona Felipa en la Chicheria de Wanupata, pero mejor leer esta exelente nota de Niel sobre  lo prohibido y la novela erotica en Apurimac. Con Esteban Leon y otros autoras, se va claro que la Unamba de Abancay es nawin puquio de la literatura peruana]

DE HUÁMBAR A MEMORIAS DE LO PROHIBIDO: 87 AÑOS DE NOVELA APURIMEÑA

 

¿Qué es la literatura apurimeña? Es una respuesta difícil de definir. Pero, empecemos por decir que es el conjunto de obras literarias escritas por apurimeños y apurimeñistas y cuyas historias están ambientadas en aquella región denominada Apurímac. En el caso de la novela empleemos los mismos dos criterios. Con esa salvedad, la novela apurimeña tiene su punto de partida en 1933 con la publicación de Huámbar poetastro acacautinaja del hacendado y escritor andahuaylino Juan José Flores. La siguiente novela apurimeña es Sara cosecho (La cosecha del maíz) del narrador abanquino Manuel Robles Alarcón que se publicó en Cuzco en 1940 con el sello de H. G. Rozas Sucs.  Siguiendo estrictamente los años de publicación, la tercera novela viene a ser recién Yawar fiesta del gran antropólogo y escritor José María Arguedas, cuya primera edición data de 1941 bajo el sello de la imprenta SIGNED en Lima. Y en 1958 se publica la que vendría la novela más representativa de Apurímac: Los ríos profundos. Luego, se han publicado otras novelas, pero algunas han sido configuradas bajo los cánones de la novela decimonónica o tradicional, pobre en técnicas narrativas, con una historia lineal, tediosa y sin datos escondidos que te sorprendan ni finales impactantes.

Pero, esta clásica manera de narrar termina por fin con la aparición de tres modernas novelas apurimeñas: Eorindari, al sur del paraíso (1999) del escritor abanquino Edwin Segovia Saavedra, Crónicas del silencio (2005) del escritor grauino Nilo Tomaylla y ¡Aquí están Los Montesinos! (2006) del narrador abanquino de orígenes grauinos Feliciano Padilla Chalco. Estas tres novelas, modernizan la novela apurimeña, la elevan a nivel de las grandes novelas de la literatura nacional y mundial. En su configuración, sus autores Segovia, Tomaylla y Padilla recurren a las técnicas narrativas modernas como la narración fragmentada, la narración cinética, la dislocación temporal, los vasos comunicantes, el prolepsis, cambio de punto de focalización, monólogo interior, en inmedia res, los vasos comunicantes, etc. Así, en las novelas de Segovia, Tomaylla y Padilla hay mudas espacio-temporales, se narran varias historias de diferentes personajes en una sola novela, trae iceberg o datos ocultos y finales inesperados. Son técnicas bien aprendidas de la lectura de las novelas del Boom literario latinoamericano y de Faulkner, de James Joyce y Hemingway, de Proust, etc.

A continuación, exponemos las tramas argumentales de las dos primeras novelas y las tres más significativas novelas modernas. Huambar poetastro acacautinaja relata en primera persona la vida tragicómica de Sardaniel Lordigo. Él emplea el pseudónimo de Huambar y realmente es un poetastro. Está enamorado de Adelaida Pitorrez y es correspondido. Empero, esta relación peligra por la intervención de Yayala, un cura ebrio y libidinoso que también pretende a Adelaida. A nivel lingüístico, se observa la hibridación del castellano con el quechua.  En cambio, Sara cosecho, focalizada en tercera persona, narra la historia del gamonal abanquino Hermógenes Molina y de sus indios o pongos que laboran en su hacienda Tomapampa. El eje temático principal es la cosecha del maíz en dicha hacienda. Esa actividad ancestral es toda una fiesta de la vida que trasciende la alegría del hombre por el alimento a la misma naturaleza. A la actividad se suman la historia de amor entre la mestiza Santusa y el primo del terrateniente, Luciano Huarcaya. El autor narra también las actividades periféricas de la cosecha del maíz: la marca del ganado vacuno, el sara t’inkay yo otros ritos andinas y católicas. Sucesos que hacen de esta novela un fresco de la sociedad y la naturaleza abanquinas de las primeras décadas del siglo XX.

 

Por su parte, Eorindari, al sur del paraíso narra la historia del cauchero alemán Carlos Fermín Fitzcarral, la del brujo y experto en chamanismo Salvador Huansí, El éxodo de Sebastión Cutiri desde Cusco hasta la selva de Puerto Maldonado en busca del oro, la ventura de Samuel Paquerre en los lavaderos de oro, los amoríos del poeta donjuán Álvaro Moyer y la siempre interesada, sensual y experta en cama Virginia Calderón, y las miserias de Mochita Requejo en su burdel El polvo de oro. En cambio, en Crónicas del silencio se relatan varias historias y de diferentes protagonistas en una sola y gran novela. Está la de Antonio Médico, un anciano santarrosino a quien los adultos le nombran Pistaco (degollador) y los niños lo adoran. Está la historia de amor del músico forastero Valentín Guerra con la hermosa Asunta Romero. Está la del militar francés Laurent y la bella Suyana. Está como segunda línea argumental la odisea de un hombre que parte de su Santa Rosa natal hasta Cusco para terminar en Europa. La novela ¡Aquí están los Montesinos! de Chano Padilla está centrada en la defensa del derecho legítimo de representación política de la provincia de Cotabambas que hace la familia Montesinos contra las pretensiones reeleccionistas del usurpador Rafael Grau Nuñez y Cabero, que ya había sido diputado por Cotabambas en tres periodos sin siquiera conocer aquella provincia. En esa ambición política Rafael Grau viaja a Cotabambas y tras un incidente confuso en el puente Palcaro, es muerto por las huestes de los Montesinos. A eso se agrega rivalidades, amoríos, aficiones, muertes y caracteres de los Montesinos en casi tres generaciones. La historia del departamento de Apurímac, de Cotabambas y Grau es esta novela bellísima y encantadora novela de Padilla.

Entre estas cuatro novelas que son como los extremos, se considera las famosas de Arguedas, que por ser muy difundidas ya no se glosan. Pero, además, están otras novelas como El extraño indio Clemente Kespe (1959) y Alancho, el noble bandolero (1991) del escritor mamareño Guillermo Viladegut Ferrufino. El primero cuenta la historia de un indio que viajó a Europa, allí ha logrado “civilizarse”, volverse culto; pero retorna a Mamara y vuelve a la vida salvaje de indio. La segunda, en una especie de estampas, narra las aventuras de Alejandrino Montesinos Gonzales (Alancho), líder de la lucha de los cotabambinos contra el centralismo limeño, tildado peyorativamente de bandolero o ladrón por Viladegut. Tenemos también Pampacóndor (1994) de Waldo Valenzuela (narración basada en la vida de un famoso abigeo y torero grauino); Los forjadores de la eternidad (2004) de Pedro Hernán Portilla Salas (calificada por el mismo autor como mitohistoria inka); Las proezas de Vivucha (2013) de Federico Latorre Ormachea (novela picaresca apurimeña ambientada en Ayacucho, Apurímac, Cusco, Madre de Dios y Brasil); Wakcha wawa (2004) de Víctor Manuel Chahuayo Súcñer (narra la historia de un niño huérfano que venciendo dificultades llega a ser profesional); La niña de nuestros ojos (2011) del narrador cajamarquino Miguel Arribasplata, cuya trama argumental es la horrorosa violencia senderista y del estado perpetrada en Apurímac contra los campesinos; Una novelita vulgar y otros relatos (2017) de David Quispe Altamirano que narra la historia de un adolescente pudibundo de familia cristiana que es llevado a un prostíbulo por un compañero de la universidad y, luego de la experiencia sexual, se enamora de la mesalina. El 2018, el consagrado poeta Alejandro Medina Bustinza publica la novela Killinchus, pateadores de precipicios. Ambientada en Tiaparo – Aymaraes, la novela cuenta las vivencias, conflictos, espiritualidad, actividades cotidianas, abuso de las autoridades contra los campesinos. El polifacético cantor y antropólogo Ugo Carrillo, nos sorprendió, como siempre, con Anqhas Wayta, Flor Azul (2019), firmada con el pseudónimo de Isaura de los Andes, la novela en dieciséis capítulos enumerados con vocablos quechuas, cuenta la historia de Flor Azul Montes en la segunda década del siglo XX. Ella es una señorita perteneciente a la aristocracia andahuaylina que viaja a Francia por motivos de estudio. Estando en Toulouse, gracias a las enseñanzas de su institutriz Clemencia Isaura e inspirada en la cruzada que emprendió Flora Tristán a favor de la mujer, retorna a Andahuaylas para defender los derechos de la mujer y en una sociedad feudal católicamente machista e hipócrita. El año pasado también, el narrador ayacuchano radicado en Andahuaylas, Hernán de la Cruz Enciso publica Por las tetas de Miriam (2019), fabulosa novela sobre la violencia terrorista de SL y el estado en la década de los 80 – 90 del siglo pasado). El mismo Enciso que emplea el pseudónimo de Tankar Rau Rau, el 2005 ha publicado Apaga las velas, una novela ecológica, de defensa a la tierra contra el capitalismo salvaje. Es también una novela de identidad. Y como para atenuar este fluir de la novela apurimeña, este 2020 aparece Esteban León -escritor abanquino que ya había publicado novelas en formato ebook- con su novela corta Memorias de lo prohibido. Con ella, son pues 87 años de novela apurimeña que suman alrededor de 23 novelas en total, incluida las de Arguedas. Evidentemente, entre estas novelas existen diferencias palmarias no solo en estilos, sino en calidad, contenido y propósito. Hay unas bien logradas, escritas con conocimiento del arte de novelar y otras que más se aproximan a etnografía, relato testimonial o a la historiografía. En unas hay empleo de técnicas modernas que dinamizan la lectura, en otras las historias siguen presentándose en forma lineal y denotan pobreza de técnicas, falta fabulación y manejo en el lenguaje narrativo. La literatura es arte, es decir, técnica.

Por lo pronto, tenemos Memorias de lo prohibido (2020) de Esteban León que viene a sumarse al árbol de la novela apurimeña para hacerla más frondosa e incontenible.

Memorias de lo prohibido está narrada bajo los cánones de la novela moderna. Empieza con el final, los protagonistas vuelven a reencontrarse después de ocho años en que se amaron por primera vez. El entierro del abuelo Leopoldo Valcárcel es el motivo que vuelve a juntarlos. Ella tiene 25 años, flor de la edad, y está más hermosa y sexualmente más atractiva que nunca. Después del consabido luto, Sofía y Santiago hablan de lo que fue sus vidas. Ella ha estudiado Ingeniería Química, labora en una refinería al norte del país y gana bien. Él es pintor, bohemio y donjuán, el arte no le da nada pecuniario. Luego, empiezan a recordar escenas del pasado, hasta que arriban a aquel instante en que se besaron y amaron por vez primera. Entre los primos, el vedado sentimiento amoroso, como la dormida semilla que recibe la gota vital, despierta hasta hacerse tallo y flor. Impulsados por ese recuerdo, acuden al mismo lugar y hacen lo mismo aunque esta vez sin temor, con pasión y con más maestría sexual.

Como para atenuar el desenlace o como para proporcionarle suspenso a la novela, el narrador protagonista cuenta detalles de la misma historia de amor prohibido, intercalándola con escenas de una reunión con su amigo Willy en la chichería de Patibamba y con tres de sus enamoradas. Esta es una técnica moderna llamada cinematográfica en el cual se producen mudas cronotópicas.

El incesto en segundo grado es el tema central de esta novela de ahí el título. Por eso mismo, lo prohibido atrae y atrae más, la intensidad de la atracción es mucho más fuerte. Los primos Sofía y Santi, sucumben en la tentación, arden en las llamas de lo clandestino, se aman, se desean y funden sus cuerpos y carnes íntimas en el placer que no conoce de parientes ni respeto entre ellos. El escenario de esos encuentros sexuales, de esos gemidos prohibidos es el campo abierto, la orilla del río, la sombra de un arbusto. El colchón es el pasto fresco de esa geografía abanquina que tiene “calor de hembra en celo” a decir del poeta cusqueño Mario Pantoja, veterano cantor erótico de las abanquinas, de ellas, cuyos besos saben al dulcísimo y embriagador cañazo del Pachachaca. El recuerdo de ese pasado obscuro, la llama de ese amor prohibido sigue viva en Santiago. Y eso le granjea problemas con las parejas ocasionales que ha cosechado el pintor durante el distanciamiento de su sensual y fogosa prima. De esta manera, las enamoradas son tres: la bachiller en psicología Cinthya que teniendo enamorado mayor, mantiene otra relación con el protagonista; Marguit la estudiante de farmacología y de religión cristiana que se escandaliza con la narración del amor prohibido que le hace Santi; Evelyn, la ardiente abanquina de diecinueve años con quien el narrador mantiene relaciones íntimas intensas. Ella, como si estuviese celosa con la descripción de la prima que hace Santiago, envidia los senos de Sofía que a los trece años tenía más turgentes que Evelyn con diecinueve. Ninguna de esas mujeres pudo arrancar a Claudia Sofía del corazón y mente de Santiago.

Memorias de lo prohibido es la primera novela erótica de Apurímac. Por lo mismo es una novela de gozo, de fiesta carnal y fiesta de letras, novela de amor como el carnaval abanquino. No tiene ningún propósito moralizante ni va contra la moral. Las novelas y los cuentos no tienen por qué mostrar un mensaje. Para eso está la fábula y su consabida moraleja que no moraliza nada en realidad. En las novelas y los cuentos cada lector saca su propio mensaje o moraleja. Esteban León, sabe eso. Vladimir Navokov, autor de la famosa Lolita, la más hermosa novela erótica escrita por un ruso, dice: “Los profesores de literatura tienden a plantear problemas tales como ‘¿Cuál es el propósito del autor? o, peor aún, ¿qué trata de decir este tipo?’ Ahora bien, ocurre que yo pertenezco a esa clase de autores que al empezar a escribir un libro no tiene otro propósito que librarse de él…”. Y eso es el propósito de Esteban León, librarse de sus demonios interiores que cada narrador tiene mientras va ideando en su mente escenas y hechos, mientras selecciona vocablos y frases. Por todo ello, Memorias de lo prohibido es una novela para lectores que aman la vida, para aquellos que han entendido que la ficción nos hace revivir lo que hemos vivido, lo que hemos visto vivir o aquello que quisiéramos vivir y la existencia real no nos permite. Al cierre de este comentario, me entero que una valiente apurimeña tiene escrito hace mucho tiempo una novela altamente erótica. ¡Clamamos su pronta publicación!

Por estos méritos, el joven narrador apurimeño, León Ramos, es otra voz que se suma a la nueva novela apurimeña, a la novela posarguediana, que lo han inaugurado Edwin Segovia, Nilo Tomaylla y Chano Padilla. León conoce muy bien el arte de narrar, tiene lecturas, está dotado de esa habilidad para fabular hechos y hacerlo arte. Conoce las técnicas más modernas. Entiende que el rol de todo escritor apurimeño es alejarse de la luz umbría del tayta Arguedas en su manera de narrar. Por todo ello, saludo su primera novela impresa con la seguridad de que en adelante nos dará, a manos llenas, nuevas historias conmovedoras y entretenedoras para beneplácito de los lectores y para bien de la literatura apurimeña.