“LAS PROEZAS DE VIVUCHA” DE FEDERICO LATORRE ORMACHEA: NOVELA PICARRESCA DE APURÍMAC. Niel Palomino Gonzales

Con estas palabras Niel Palomino presenta una breve nota sobre Vivucha, cuando el bien don Federico aun estaba vivo:

“Este texto se publicó el 6 de junio del año 2013 en el diario El Pregón de Abancay. El 7 de octubre de este mismo año, el gran Patriarca de las Letras Apurimeñas como le 60007627_2630686873672621_1977447353040240640_nllamábamos, dejó para siempre su querido Abancay. Hoy, lo vuelvo a publicar como muestra de mi perenne cariño a don Federico, quien me alentó mucho en mi carrera literaria. A él le debo libros varios apurimeños entre ellos de James Oscco, de Manuel Robles, de Guillermo Viladegut. A él le debo la Revista Literaria Peruana que Ricardo Virhuez dedicó a la literatura de Apurímac.”

Ya que en este texto  Niel Reclama un estudio mas profundo de la obra de don Federico- que me gustaria hacer con el texto a mano- hay que senalar que existen obras comparables en la literatura apurimena: un corpus integrado por  Vivucha, Huambar, Atuj y Dieguillo (Robles Alarcon), Chilliko, Hernan Hurtado junto a Chilliko, Camotillo el Tinterillo, Hugo Carrillo y la narrativa oral sobre todo en el ciclo del zorro, que se  a transformando en diferentes personas a medida que el relato discurre, incluso tocando mana munaspalla, el tropo de la literatura brichera.

 

“LAS PROEZAS DE VIVUCHA” DE FEDERICO LATORRE ORMACHEA: NOVELA PICARRESCA DE APURÍMAC[1]

Por Niel Palomino Gonzales

 

De paso por Abancay, siempre que puedo, visito a dos grandes amigos de allá: el narrador Federico Latorre y el vate Hernán Hurtado. Con ellos hablo de literatura en aquella tierra del cambray y el pisonay, tomando como es lógico, el dulcísimo e insuperable té piteado. A don Federico lo visito en su casa, que queda detrás de la UTEA, y por una cuestión de sortilegio o superchería él me recibe siempre con uno o dos libros recientemente publicados. Aunque parezca increíble la proeza cultural-literaria de este escritor abanquino, consiste en publicar una considerable cantidad de libros al año. Seguro por eso, Latorre Ormachea ha escrito (a la fecha) 39 libros. De los cuales 21 editados y 18 por editar. Esta vasta producción comprende narraciones, ensayos, antologías y poemarios. Constituyéndose con ello, en el escritor apurimeño más prolífico en publicaciones. Una cualidad notoria de Latorre Ormachea, es su capacidad de recrear en castellano aquellas narraciones orales quechuas que vienes desde tiempos antiguos de boca en boca. Así, cuando leí sus Leyendas de oro de Apurímac, o Narraciones Apurimeñas, pude recordar inmediatamente aquellos relatos que mi abuela Paulina Santisteban me los hacían en mi infancia “dulces y serena”. Como hablar de esta copiosa producción me llevaría más tiempo ahora solo comentaré sobre su última producción.

El día 28 de marzo, aprovechando el feriado largo por Semana Santa estuve por Abancay agradablemente acompañado por una guapa cusqueña. Le visitamos en su casa con aromática huerta. Ya dentro, él, además de un matecito con propiedades afrodisiacas, nos recibió con su última publicación: Las proezas de Vivucha. Una novela de lectura ágil en la que el mismo protagonista, Vivucha, nos narra su azarosa vida al mejor estilo de El Lazarillo de Tormes. Pocos en realidad han escrito novela picaresca en el Perú. Y esta producción de Latorre, junto con la novela El Gaznápiro de Alejandro Sánchez (Lima, 1995), es una de ellas.

Como es harto sabido, con la publicación de  Vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, ocurrida en 1554, surge un nuevo género narrativo típicamente español: la novela picaresca. Entre sus características tenemos: el protagonista es un pícaro, un personaje marginal de baja extracción social, que desde muy joven se ve obligado a sobrevivir en un mundo adverso y avaro mediante su ingenio; la narración está hecha en primera persona como una autobiografía del mismo pícaro; las acción transcurren en tiempos y lugares concretos y el lenguaje empleado es llano y hasta vulgar; el pícaro cambia de identidad de manera frecuente y generalmente asciende de clase social. Pero la principal característica de la novela picaresca es que el testimonio del pícaro, es una denuncia punzante de los vicios, lacras y defectos de todas las instituciones de una sociedad decadente como la actual.

La novela Las proezas de Vivucha de Federico Latorre tiene esa factura en la forma como en el contenido. Cumple con todas las características de la novela picaresca. En ese sentido, el Vivucha es el pícaro de la narrativa apurimeña.

Así pues, Las proezas de Vivucha relata las peripecias de un niño andino de nombre Ciriaco Castro Cerrillo, quien, tras sufrir el abandono de su padre, (un sastre alcohólico que murió de cirrosis) sobrevive con su madre. Al ver que los esfuerzos de ella no son suficientes, empieza a robar por necesidad, pues, “mientras muchos niños de la ciudad usaban hermosos zapatos, yo andaba descalzo, con la planta de los pies callosa”. El niño sirve a un patrón avaro, llamado Fernando Estrada. Aprende de este el oficio de ladrón. “El pícaro comerciante que era mi patrón, con el mal ejemplo, avivaba ciertas tendencias en mi ser, como la de ser un mentirosillo de primera cuenta y un niño demasiado aficionado en querer apropiarse de lo ajeno”, confiesa el mismo Vivucha.

Ciriaco cuenta que desde pequeño acumulaba mañas y que uno de sus primeros robos por necesidad fue el de hurtar un ají de su vecina. Eso se incrementó en el aprendizaje de más pericias como: escalar cercos de las casas, contar chistes, bailar. Pero ese primer robo, en vez de ser corregido, fue aplaudido y premiado por su madre de la siguiente manera “En el mundo no hay otro igual que mi hijo Ciriaco; eres un ángel, eres vivo, muy vivo, un vivucha”.

En ese ascendente aprendizaje de las malas habilidades, aparecen en el camino del Vivucha: la beata lenguaraz, el patrón avaro, los policías incapaces para capturar, los jueces sobornables, el condenado, la turista delatora.

Escapando de la justicia y tras ser delatado por la gringa Stevenson, Vivucha se interna en Huaypetue. Allí junto a otros jóvenes, trabaja a brazo partido en los lavadores de oro. Para entonces su nombre es Adan Huamanñahui.

Viendo las injusticias en los lavaderos de oro, Vivucha lidera una rebelión contra el minero explotador Ángel Álvarez. En el campamento de este conoce a Bertha, cocinera de origen humilde a quien el despiadado minero la había convertido en su amante.

Desde este episodio, el escenario es la tantas veces hurgada selva de Puerto Maldonado. El Vivucha ya no es el niño pillo de Abancay; sino, se ha transformado y convertido en el aquel que se enfrenta a los abusos en los lavaderos de oro. Desmantelando el negocio del minero, Adan Huamanñahui y sus compañeros arriban a Puerto Maldonado. Allí, en le hospital Santa Rosa, conocen al médico Alfonso Alves de Sousa. Este y su esposa, en un acto milagroso adoptan al Vivucha como hijo. Así Vivucha cambia de identidad por segunda vez y su nombre es Alfonso Segundo Ballivián.

La verdadera proeza de Vivucha en sí, no se muestra en la novela, para justificar su título, más que la proeza, el azar y la buena suerte determinan las acciones de Vivucha.

Es lo que a grandes rasgos comento sobre la última novela de Latorre. Pero su vastísima escritura sigue allí, esperando auspiciadores y editores. Pero principalmente, espera un estudio serio. Ojalá este artículo despierte interés en estudiosos de la literatura,   y se le dé el sitial que merece el autor y su prolífica producción dentro de la Literatura Peruana.

 

[1] Este texto se publicó el 6 de junio del año 2013 en el diario El Pregón de Abancay. El 7 de octubre de este mismo año, el gran Patriarca de las Letras Apurimeñas como le llamábamos, dejó para siempre su querido Abancay. Hoy, lo vuelvo a publicar como muestra de mi perenne cariño a don Federico, quien me alentó mucho en mi carrera literaria. A él le debo libros varios apurimeños entre ellos de James Oscco, de Manuel Robles, de Guillermo Viladegut. A él le debo la Revista Literaria Peruana que Ricardo Virhuez dedicó a la literatura de Apurímac.

 

HOMENAJE A FEDERICO LATORRE ORMACHEA / Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

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Escritor del pueblo, hermano mayor, fundador y miembro del Gremio de Escritores del Perú (Lima, 20/3/2014)
Por el poeta: Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

En una de sus conferencias de personaje adjudicado a su vocación artística, de una posesión evidentemente adscrita a una filiación hacia las causas populares y, sin medias tintas, Charles Chaplin decía: “…yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino, es ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás y no hacernos desgraciados…”

Estas líneas me hacen recordar, las tantas veces de agites que asumía un hombre genuinamente humano, que fue siempre copartícipe con los suyos y con los que no concertaban sus ideales; sensible de su tierra y de sus elementos que él amaba en demasía. Poseía una vivencia sincera, sin escrúpulos, afrontando al cinismo y desmedro de los demás. Depositaba toda tu alma, nuestras voces, el conjunto de nuestros espíritus al servicio de nuestro pueblo, como dijera en su mensaje Feliciano Mejía el día del sepelio de aquel humano que nos dejó en orfandad:
“…muchas veces él luchaba contra la indiferencia maldita de nuestros coterráneos para organizar eventos y llamarme y llamarnos, y buscarnos y traernos a Abancay, para dar nuestro arte y amor a nuestros hermanos…”

Como advertirán estimado público, me estoy refiriendo a nuestro hermano mayor, a aquel raro personaje que supo amar y amarnos sin limitación alguna. Maestro de profesión, escritor de vocación. Me refiero al distinguido y prolífico escritor apurimeño, FEDERICO LATORRE ORMACHEA. Prolífico, porque se desempeñó en todos los campos de la magia escritural: cuentos, fábulas, poesía, teatro, novela, ensayo, biografías, historia, estampas costumbristas, leyendas, etc.

Él, en esa entrega de su confinada labor, de tan sólo pretender y hacer partícipe a nuestros pueblos, la cultura a partir de nuestras raíces, muchas veces le cerraron las puertas por nuestras propias autoridades de turno; entonces, Federico se sentía muy mal, y me decía:

“…Apurunku, ya ni siquiera tengo vergüenza ajena, sino es nuestra propia vergüenza, como apurimeños que somos. Me dijeron que no se puede, porque viajaron los ejecutivos. En otra, me respondieron que habrá recibimiento a representantes ministeriales y gerentes de las minerías, para establecer los convenios, y ha sido anticipado con tortas y quema de castillos. Y luego en otra, señalan que destinaron el presupuesto para auspiciar a las fiestas costumbristas de peleas de galllos, apoyo al arte en el trasladado desde Lima, a los banderilleros, para las sangrientas matanzas de toros de muertes, etc. etc. Fíjate mi querido Apu, a esas bazofias pos romanas le llaman arte…”

En estas peripecias de ir y volver, entre súplicas y ruegos, (como si fuera limosnero) trajinaba Federico; y sabemos que en los gobiernos locales y regionales existen porcentajes presupuestales destinados exclusivamente para invertir en los proyectos de educación y cultura. Federico, tantas veces fue negado; aunque hubo algunas pocas excepciones, eso es cierto, pero ya de tanta exigencia se conseguía un pedazo de pan quemado que aparecía en la puerta del horno. Esto les digo a manera de la expresión del más grande poeta peruano: César Vallejo Mendoza.

Federico, pudo haberse dedicado y tenía para elegir otras ocupaciones: cargos relevantes de directorios públicos, departamentales y administrativos, y acaso hasta congresales. Hubiera vivido cargando enormes chequeras bajo su comprimida y pequeñísima geografía de su bolsillo, donde sólo cabía el mísero y escuálido salario de un maestro jubilado, con el cual, como gran parte de los maestros escritores, publicaba sus libros, y él mismo dedicaba a ofrecerlos a que le compraran; si acaso así recuperaba alguito de su salario autoexpatriado o encarcelado en las publicaciones de sus obras literarias. (Anécdotas) era un excelente vendedor de sus textos…

Pero no, él no había nacido para otras ocupaciones, como dijera Chaplin. Alguna vez tuvo una encargatura de la dirección del Instituto Nacional de Cultura de Apurímac, menos mal que fue fugaz. Si hubiese seguido el camino hacia agradables sillones burocráticos, tal vez le hubiese gustado, sobre todo, las comodidades y fácil acceso a las obediencias lucrativas, y establecido (como tantos otros, felizmente no todos) una banda de tragaderos en el estómago. Y lo peor, hubiéramos perdido a un gran escritor y difusor incansable de nuestra cultura apurimeña. Pero, como le conocíamos cómo era él, siendo autoridad, seguro que priorizaba la difusión y práctica de la cultura, y él jamás habría aceptado los juegos sucios. Entonces, mil veces le hubiesen despedido, por ineptitud a las nebulosas prácticas de facturarse el pan, fácilmente.

Federico, lo único que solicitaba, era el de llevar la presencia de la cultura intelectual, la ciencia, el arte, hacia otros partes de nuestra geografía apurimeña; no sólo a Abancay ni a Andahuaylas, sino a nuestros pueblos de: Grau, Antabamba, Aymaraes, Chincheros y Cotabambas; con la presencia directa de los trabajadores de la cultura, encargados de descifrarnos el espíritu vivencial de nuestros pueblos, para que nuestros infantes y adolescentes pudieran ver y escuchar directamente las palabras de los escritores, los colores de los pintores, los sonidos con los que trabajan nuestros músicos etc. sobre todo, para hacerlos conocer con los entendidos, a nuestros grandes personajes de nuestra historia y a sus escritores. Personajes importantes y artistas Apurimeños, los que ya no están físicamente, y a los que aún nos acompañan:

Micaela Bastidas, Juan Espinoza Medrano, Agustín Tamayo Rodríguez, Hugo Neira Samanez, José María Arguedas, Manuel Robles Alarcón, Josefa Francisca de Azaña, Jorge Flores Ramos, Feliciano Padilla, Feliciano Mejía, Alida Castañeda Guerra, Guillermo Viladegut Ferrufino, Hernán Hurtado, Humberto Collado, Fredy Roncalla, Nilo Tomaylla, Niel Agripino Palomino, Lucinda Martinez Zuzunaga, César Aguilar Peña (el Chillico), Alarcón Silvera Blequer, Hermógenes Rojas, Lily Flores palomino, Luz Zamanez, Luis Rivas, James Oscco Anamaría, Genaro Orihuela Cahuana, Eduardo Castillo Ortiz (el rocinante), Ángel Maldonado, Venancio Alcides Estacio, Los Amautas de Chalhuanca, Aníbal Guerrero, Mariano Huillca Huamaní, y tantos otros que me hacen imposible nombrarlos, porque me pasaría toda la noche enumerarlos.

Federico Latorre Ormachea, estaba consagrado a la investigación y recolección de los indicios culturales a través de la oralidad que nuestros pueblos nunca han dejado de crear y practicar en sus vivencias comunales. Aun cuando los acechos de la aculturación, en un medio geográfico socialmente discriminado y agredido en todo momento, donde las riquezas culturales de nuestras comunidades originarias son fracturadas y desdeñadas hacia el individualismo occidental, Federico los rescataba de manera pacienzuda, con la ternura de un trabajador intelectual sumamente minucioso, para llevar a la escritural, porque entendía perfectamente que en aquellos manifiestos orales estaba vigente, toda una fusión del espíritu cultural de nuestro país. En especial, de la región de Apurímac.

Si pues, él hacia todo eso. No faltaron quienes desde sus artificiosos laboratorios de traslúcidos escribidores de cisnes y amantes prolegómenos de anorexias, tildaron sus trabajos de Federico: de escuetos descripciones regionalista, costumbristas pueblerinas, localista, folklorismo anecdotario etc. eso siempre lo han dicho, incluso a Vallejo, Mario Florián, José María Arguedas y a muchos provincianos intelectuales, quienes fueron agredidos con calumnias y discriminaciones llenas de mezquindades baratas.

Frente a éstas, por lo demás menudencias, quisiera citar las palabras oportunas de un gran artista plástico, cajamarquino, el pintor Ever Arrascue Arévalo, quien nos dice: “…Si alguien nos llaman pintores aldeanos o costumbristas, es mejor y estamos orgullosos de serlos, porque es mucho más significativo pintar un campesino, un pescador, un obrero, o una madre con sus hijos; porque esa es la esencia moral y social de la humanidad; además, creo que el arte es grande cuando nace de una necesidad humana…”
Sabemos queridos hermanos, la oralidad fue y sigue siendo el instrumento de mayor uso de los habitantes de nuestros pueblos andino amazónico y costero. Fenómeno sociocultural que influye y rige en gran parte, las concepciones de la vida común y colectiva de nuestras sociedades originarias. Pues con la oralidad, continúa manteniéndose latente las prácticas, el pensamiento patrimonial, la preserva de los valores procedentes. Nuestra historia, nuestro origen, nuestro futuro a partir del presente con las experiencias y conocimiento de nuestro pasado. De eso, Federico Latorre estaba muy seguro, y como todo hombre comprometido, trabajaba para un mundo nuevo. Sus palabras constituyen instrumentos de cambios, porque fue nato narrador, con evidente manejo de flexibilidad de términos propios en español peruano y runa simi (en quechuañol, como diría Arguedas).

Si leemos algunas líneas de una de sus cuantiosas obras de Federico, percibiremos lineamientos artísticos con acertada sensibilidad afirmativa, consciente de la pobreza, abandono y hambre de nuestra niñez mayoritaria del Perú profundo, intensamente sentidas y vividas por el escritor. Y es ahí, donde sus expresiones artísticas fluían con mayor altura, por cuanto están elaboradas de manera dulce, llena de imaginaciones fantásticas. Sus vocablos armonizaban con salpicones de aguaceros y relámpagos llenos de picardías andinas, ironías populares e historias de amores embrujados. Amores perdidos y reencontrados en algún rincón entre molles y retamales ocultos. Sus personajes son propios y mágicos, extraídos de las tradiciones populares de nuestros pueblos andinos; lo cual, evidenciaba su ideología en la revalorización y transmisión perenne del runa simi, hacia las generaciones futuras a través de sus relatos.

El señor Sisinio Fernández Quispe, que le hiciera el prólogo a una de sus obras de Federico: “EL Sonámbulo”, afirma de manera acertada en dicho preámbulo: “…Federico aspira combatir y menguar la alienación en que se sumerge a nuestra niñez y la juventud, encausándolas hacia la defensa de nuestros valores culturales, esclareciéndolas ideológicamente y orientándolas al servicio de nuestro pueblo; no en balde hay una gran coherencia entre su vida y su obra: ambas gravitan con intensidad positiva en la urgente tarea de forjar nuestra identidad cultural e independencia nacional…”

Y tenía que ser un maestro, ya jubilado, Federico seguía ejerciendo su profesión incansable de trabajador de la cultura, artesano de la palabra. Él, nunca dejó de ser maestro. Y pensar que en algún momento, la miopía y perversión de los míster miedo, tan igual a los escupidores desde el auto, como señala César Hildebrandt, algunos se encargaron de calumniar al magisterio peruano, de manera personal, social y profesionalmente y con todos los agravios humillantes que pudieran existir, aduciendo: que los maestros no leemos ni escribimos y, que somos simples comichaus.

No sé, cuánto tiempo pasará para que vuelva otro Federico Latorre Ormachea, los patronos de los nichos de la crítica oficialista, jamás aceptarán que en el interior de nuestro país: ayer, hoy y siempre, se vino y se sigue escribiendo una literatura elevada, cumpliéndose así la herencia genuina de la tradición narrativa y poética de nuestros pueblos andinos, amazónicos y costeros. Federico, es heredero y parte de esta tradición, más aún, siendo él, coterráneo del más inmenso intelectual de nuestro tiempo: el taita José María Arguedas.

Federico vivía y sentía a su pueblo natal, a sus buenos amigos, a la juventud, a la llegada del nuevo sol que aparecía por encima de Ampay y Salkantay, dibujando alegrías de los rocíos meciéndose en las intimpas y achanqairas; pero también a partir de su tristeza vital y sensibilidad que le causaban las realidades de abandono de nuestros pueblos rurales, escribía con la emoción de un hombre con sueños de saber, que algún día nuestros pueblos serán finalmente, constructores y dueños de sus propios destinos.

Fue distinguido en varias oportunidades, merecidamente, por distintas instituciones. El mayor reconocimiento fue, el de haber recibido con entera justicia, la Condecoración con las Palmas Magisteriales en el Grado de Maestro el 6/7/ 1999 por el M.E., en mérito a su ejemplar trayectoria de conductor de niños y jóvenes apurimeños y peruanos.(…)

Publicó más de 21 libros, y deja 18 obras inéditas. Pocos seres humanos han existido como él, escasos maestros que dejan honda huella de quién se podía aprender y mirar los ojos sin ataduras ni avaricia alguna. Sin erizos desde la espalda. Fue siempre abierto y sincero. De Federico, podíamos citar lo que dijo José Martí cuando falleció su amigo, el escritor venezolano Cecilio Acosta: “Cuando partió tenía limpias las alas…” Pues, así partió Federico Latorre Ormachea dejándonos en orfandad, y fue: un gran amigo, un gran hermano mayor, un gran Amauta. Por ahora eso es todo… y muchas gracias.

Lima, 20 de marzo del 2014

Federico Latorre patriarca de las letras apurimeñas. Hernán Hurtado Trujillo

 

Federico Latorre patriarca de las letras apurimeñas.

                                                     Hernán Hurtado Trujillo

El 7 de octubre del presente año, el escritor abanquino Federico Latorre Ormachea a los 72 años con su muerte inesperada, enlutó al pueblo apurimeño, sobre todo a sus amigos, y a cuanta persona supo ganarse admiración y cariño. Su deceso deja un gran vacío en la narrativa apurimeña, porque podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que no existe escritor apurimeño alguno después de Arguedas, Robles Alarcón que haya consagrado casi toda su vida al rescate y defensa de  la cultura andina; parafraseando a  Jorge Luis Roncal: Federico Latorre, por sus amor intenso inapelable a la creación literaria de tierra adentro y su obstinada vocación por revelar el auténtico rostro de la literatura peruana podemos decir con el escritor Humberto Collado y el Artista césar Aguilar que merece ser reconocido como el Patriarca de las letras apurimeñas.

Federico Latorre Ormachea, en 1981 publica su primer libro titulado Narraciones Apurimeñas en una factura artesanal impreso en esténcil y en papel bulki, con tapa ilustrado por Alejandro Guillermo Vargas y Manuel Román Trujillo a color en serigrafía demostrando su heroico empeño de difundir cuentos, leyendas y apólogos apurimeños. El poeta Feliciano Mejía escribe en el prólogo de su libro de segunda edición Narraciones apurimeñas (2005): “Basándose en la realidad sur peruano y el alma nacional, Federico Latorre, narrador nato y maestro de por vida, ha creado un mapa cultural nuestro” a lo largo de 21 libros publicados y 18 inéditos, para ello transgredió los esquemas literarios oficiales hegemónicos y centralistas, con un criterio propio y empeño de visibilizar y reivindicar la cultura y tradición de los pueblos más lejanos de Apurímac, estructuró y clasificó por provincias el contenido de gran parte de sus libros, con  relatos, mitos y leyendas ambientados y representativos de cada una de las 7 provincias apurimeñas.

Federico Latorre  Ormachea, narra en tercera persona en sus libros iniciales y en sus últimas producciones escribe en primera persona, involucrándose en las historias narradas, que en algunos casos son autobiográficas. Como parte de la tradición del indigenismo utiliza un lenguaje bilingüe castellano-quechua. El narrador se expresa con un lenguaje coloquial, conciso, castizo y ceremonial; en cambio, sus personajes populares indígenas o mestizos hablan un castellano quechuizado; su narrativa asume una estrategia transcultural al apropiarse del castellano y las técnicas narrativas de origen occidental para contar la vida, los sufrimientos, esperanzas y luchas de hombres mujeres y niños marginales, que viven en  comunidades o pequeñas ciudades semicampesinas y las grandes urbes del país.

Para que los lectores forasteros que no conocen el mundo andino y transiten por lugares con nombres toponímicos quechuas, ignorados y nunca  mencionados; o tropiecen en sus páginas con palabras quechuas; podrá consultar un glosario de estas palabras con sus respectivos significados al pie de cada relato, de modo que no se sentirá extraño y pueda incorporarse al mundo relatado. Feliciano Mejía escribe en el prólogo del libro  antes mencionado:

“La interpolación  y yuxtaposición de términos frases y diálogos en runasimi Chanka, la naturalidad de contar hechos fantásticos y hasta truculentos, con la impavidez de un Kafka y el cinismo feliz de García Márquez, pero con el escalpelo y modestia andinos y la ingenuidad irónica de un hombre de campo surandino; el diorama de animales humanizados y hombres zoomorfizados; la magia-brujería-chamanismo  del campo serrano; las estampas de burla y engaño gratuitos; las estampas de amores desesperados y gratuitos, historias de ultratumba con conexión natural y directa, con caminos de arrieros y puentes simples entre el mundo de allá, de los muertos equivalentes a los opresores y el mundo de acá de la actualidad de los oprimidos”.

Federico Latorre fue un escritor prolífico que desarrolló el cuento, la novela, la poesía, el teatro, el ensayo;  realmente  toda su producción literaria  requiere una investigación exhaustiva y especializada para aquilatar sus aportes y logros  sobre todo de sus obras inéditas que deben llegar a los lectores como él soñaba y no quede en el olvido; como aún son inéditas las obras de Manuel Robles Alarcón tal es, la novela  Jacinto Huilca[1].

Podemos acercarnos al legado de  Federico Latorre en tres aspectos importantes: La investigación, la creación y difusión de la cultura; como investigador fue un escritor peregrino, que  viajaba las comunidades más alejadas haciendo un trabajo de campo y realizando un registro de  la cultura y literatura oral de dichos pueblos. Sistematizó la poesía apurimeña en su libro  Dios el gran poeta (2006) desde la poetisa Josefa Francisca de Azaña Yllano (1969) hasta los poetas apurimeños contemporáneos, poniendo las primeras piedras para escribir la historia de la poesía apurimeña que falta realizar.

Como creador fue un escritor transcultural, que tuvo como cantera inagotable la cultura andina y la cultura occidental que asimiló con un vasto conocimiento, para afirmarse como escritor andino comprometido con su cultura, con su pueblo  y sus luchas; finalmente, como promotor de la educación y la cultura fue presidente de la Asociación de Artistas de Apurímac, del Centro Andino de Educación y Artes Populares, Presidente sede Apurímac de la APLIJ, con entrega desinteresada, organizó ingentes actividades culturales y académicas, promocionando y alentado a cantantes, danzantes de tijera y artistas populares, enseñando a niños y jóvenes la declamación, la oratoria y el teatro, tal es el caso que montando una obra teatral para homenajear el aniversario a su querido colegio Miguel Grau, en plena jornada de trabajo fallece; esto demuestra que para Federico Latorre la literatura no fue un desahogo o pasatiempos; sino, un acto ético y una responsabilidad política y lucha por sus ideales de justicia y fraternidad de los hombres; por eso, la mejor forma de honrarlo es leyendo sus libros y siguiendo su ejemplo  de consecuente e infatigable  labrador del futuro de nuestra región y  país.

 

 

 

 

 

 


[1] Con esta novela  Manuel Robles en 1974 ganó el premio Ricardo Palma; en ese mismo año obtuvo una Mención Honrosa  en el Segundo Concurso Latinoamericano de novela promovida por la prestigiosa  editora de Nueva York  Farrar Rienhadt.

 

Despedida a Federico Latorre Ormaechea. Alejandro Medina Bustinza ( Apurunku), Feliciano Mejia, Los Rondines del Peru, Amilcar Roncalla

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Que descance en paz el querido Federico Latorre Ormaechea, con quien compartimos gratos momentos en compania de  Hernan Hurtado y Waman Poma en Abancay.

Los poetas siguen viviendo para siempre

Hermano, Federico Latorre Ormachea: qué momento tan inesperado escogiste  para levantar tus velas hacia al paraíso de los trovadores lúcidos y agudos de la palabra. Te adelantas, seguramente a cumplir con tu cita en la estación de los bardos inmortales, para verte con los buenos dioses y personajes mágicos de tus relatos y cuentos, que con tanta emoción comprometida, estabas dedicado a describirnos. Depositabas en tus mensajes aquella convicción evidente de tu terca vocación de revelar la existencia viva de manifiestos culturales que poseen nuestros pueblos andinos en la práctica vivencial de sus vidas diarias. A aquellos, acostumbrabas relatarnos con la naturalidad fragante de los jardines de Ampay; a veces mordaces, irónicos, pero profundamente firmes. Llano y sentencioso a manera de la filosofía popular de las hierbas comunes del campo. Sólo los hombres hechos de tierra y piedra como tú,  podrían hacerlo.

Federico, también hoy preferiste asistir a la cita para verte con el buen dios de Vallejo, Mariátegui y Arguedas. A reencontrarte en la inmensidad de la antesala del Parnaso con Beatriz y Dante. Con el alma tenaz, pero sincero de Valdelomar  y  Francisco Izquierdo Ríos. Con el siempre águila de James Oscco, los cóndores de Manuel Robles Alarcón, Julián Huanay, Luis Nieto, Marianito Huillca y de otros buenos habitantes del Olimpo.

¡Oh grande Apu de la tierra de todos…!: Salkantay, Ampay, Apu Runco, Suparaura, Himalaya, Karakórum, Everest (Asia), Aconcagua (Argentina) Kibo (África) Huascarán, etc. acoge en vuestro eterno gremio a este hermano nuestro, que prefirió ser soñador y trovador de espíritus expatriados. Eligió ir al lado de los perseguidos por los degolladores de hierbas y amantes de corridas y peleas de gallos. Dios de las alturas, cógelo en tu hondura azul. Este hombre de rara belleza, jamás se doblegó ante los generadores de dióxidos de carbonos que lastiman los corazones de nuestras montañas; ni se embrolló ante los escribidores de sombras para las sombras. Él, fue un hombre claro, honesto, tallador de abrazos abiertos. Creemos que el desarrollo de la inteligencia y del poder físico, siempre serán necesarios si han de servir para elevar los fines más prioritarios del vivir humano. Federico nunca fue ajeno a este principio, estaba convencido de lo que hacía y decía. Tal vez por eso, el vehículo de su comportamiento fue siempre la veracidad.

Hermano Federico, ya no tendré quién adopte mi presencia en Abancay, que en total contento me recibías cuando yo llegaba. Con quién ahora, lleno y emocionado -como diría Vallejo- improvisaré saltos escolares como cuando sucedía en cada encuentro nuestro. Y luego me decías: “Apurunku, qué bueno que llegaste, ya era hora… vamos al mercado las Américas a saborear un yuyo aushcha o jugo de papaya…” Yo era feliz, no estaba solo, aún tenía a alguien que se atrevía a soportar mi tosca y desamparada presencia. Vive amigo mío, siga viviendo para siempre, los poetas no sucumben. Siga viviendo en el murmullo transparente de las aguas del río grande; en las piedras mágicas de las alturas, en los corazones eternos de nuestros amados pueblos.

¡Ah…no te olvides de esperarme cuando yo arribe a Abancay, tienes que acompañarme al mercado a repartir nuestros sueños…!

Callao, 8 de octubre del 2013

Siempre… tu hermano,

Apurunku  (Alejandro Medina Bustinza)

Lejanía  iii

“Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo…”

                                                        José Ángel Buesa

 

Desde que se hizo tu ausencia

            en mis ojos

                        llueven tardes despedidas.

Desde que ya no estás conmigo

                        el río

                             ha olvidado sus cauces.

 

Ya no festejan mayos

los graneros en los trigales.

 

Hasta los pichiuchas

han callado sus charangos

                        en mis tejados.

 

El ichu está penando

sus tiernas perdices.

Han anidado cuervos

los campanarios.

 

Ya no se oyen

las faenas por las praderas

ni aparecen sudorosos

      los viajeros

            de trigo y horno.

 

Y han leñado en velatorios

los últimos paraderos.

Y palpitan inviernos

                        en mis labios

ya no vuelan mariposas

sin tus manos.

 

Desde que se hizo tu ausencia

en mis ojos

            llueven tardes despedidas.

 

                                                          “Ojos tocuyo” Pág. 70

 

PALABRAS PARA

FEDERICO LATORRE ORMACHEA

ANTE SU TUMBA

 

 

 

Frente a la muerte, en abstracto, yo me quedo mudo e indiferente, como frente a un trance normal de la vida frente a la nada.

 

Pero frente a tu muerte querido camarada, en este instante en que me entero de tu fallecimiento, hoy, 8 de octubre a las 9h10 de la noche, siento una angustia que me deja sin respiro, la saliva intragable y como si un viento agrio me golpeara la cabeza.

 

La voz ronca y dolida de Hernán Hurtado, por teléfono, me confirma que en este instante en Abancay velan tu cadáver, y que ayer, 7 de octubre cárdeno, a las 3h00 en punto tu cuerpo y tu sonrisa dejaron de pertenecernos. Y yo no tengo nada que decirle a Hernán ni a nadie, porque no puedo; salvo que de mi cariño y un abrazo a la familia y quedo en silencio.

 

Y cuando lean estas líneas, tu cuerpo, querido Federico, entra a tu sepultura.

 

Y no me calma saber que todos pasaremos por este momento; no me calma y me duele.

 

Mi paqarina es Abancay. Y a los tres meses me sacaron a Andahuaylas y después a Lima. Regresé a Abancay a los 19 años y pasé por Abancay tomando fotos del sitio de mi nacimiento en la Av. Arenas, y me fui, sin conocer a nadie, como una dolida SERPIENTE-AMARU buscando su raíz y su sombra. Tuve que irme, años después a Europa y hacer estudios de nuestra poesía oral en runasimi en Francia para volver a Abancay y recién pude nacer de verdad cuando te reencontré, Federico. Y tú lo sabías, querido camarada.

 

Quería saber de nuestra literatura no escrita y pregunté a algún profesor quién podía orientarme, y me dieron tu nombre, y te busqué en tu colegio, hace como 30 años atrás. Y te vi frente a tus alumnos, y después hablamos. Y tú me orientaste. Me diste derroteros. Bibliografía. De tus investigaciones, sacaste fotocopias, para ese desconocido que llegaba en busca de sus raíces.

 

Y tú, entre otros maestros, me enseñaste, con tu ejemplo, a ser solidario con los más humildes. Y no con palabras. Sino poniendo nuestras obras y nuestros espíritus al servicio de nuestro pueblo.

 

Y muchas veces luchaste contra la indiferencia maldita de nuestros coterráneos para organizar eventos y llamarme y llamarnos, y buscarnos y traernos a Abancay, para dar nuestro arte y amor a nuestros hermanos.

 

Eso eras tú: Un puente de oro entre nuestra gente y nosotros, la diáspora, los mitimaes del siglo XXI. Y seguirás siendo eso: Un espíritu brillando en nuestros pasos y corazones.

 

Eras parte de Inkarrí, ahora completo. Y nosotros supimos que contigo, éramos parte de Inkarrí.

 

Ve, anda, Camarada. Con tu ejemplo, nosotros seguiremos danzando entre las cimas de los Andes, hasta que la luz llegue para todos.

 

Un abrazo, Federico. Debo aprender, con el tiempo, de nuevo a sonreír.

 

Un abrazo, para siempre, Camarada.

 

Feliciano Mejía

Lima, 8 de octubre de 2013.

 

 

PIKI ESCOBAR NOS AVISA DEL VIAJE DE FEDERICO A HANAQ PACHA

Amilcar Roncalla

 

El Ángel Salvador de Federico Latorre Ormaechea ha estado en el escritorio desde hace varios días. Seguro  el tayta se estado despidiendo. Porque el  guerrero planetario Piki Escobar, que  viaja de un lugar a otro del planeta en las narraciones de Federico Latorre Ormaechea, nos avisa que  Federico ha partido a Hanaq Pacha.  Nos recuerda también que la escritura de Federico fue movida por un  gran amor por  Apurímac y sus voces.

 

Como maestro que fue,  la pasión de Federico fue registrar las tradiciones orales de todas las provincias de  Apurímac, eso si, pero también  estar al tanto  y compartir la vida y obra de los muchos  escritores apurimeños que están y ya no están con  nosotros.

 

Fue un hombre acogedor y amable, como debemos ser los andinos. Que en su casa de Abancay y en las vastas chacras fértiles que son sus libros dio cabida a la  palabra quechua y la española, sea escrita o sea oral, sea en quechua  sea en español.

 

Su memoria cubría  todo ello, pero su escritura también estaba poblada de imaginación vasta, variada,  ágil y  llena de humor. De ahí Piki escobar, los toreros de Grau que eran  mejores que el Viti, los personajes de sus cuentos y relatos, los Montesinos,  las anécdotas de  Tintay, la gran cantidad de libros  escritos y publicados con un magro sueldo de maestro retirado.

 

Y  fue además  generoso y acogedor. Convivía con  los escritores apurimeños en Abancay y  tendía el  puente de retorno a quienes llegaban desde lejos a  reconectarse con el origen, con las paqarinas, sin las cuales nada de lo escrito  seria posible.

 

El vacío que lleva es vasto, como vasta es la tarea de leer sus textos y aprender de su enseñanza: el amor por lo nuestro y por sus voces.

 

Que descanse en paz nuestro querido amigo y maestro.

 

 

Kearny New Jersey, a dos horas de su entierro.