Aproximaciones a la novela Los Túpac Amaru de Omar Aramayo. Feliciano Padilla

Antes de abordar el análisis propio de esta obra es importante tomar en cuenta el abordaje de la revolución tupacamarina por diferentes autores, desde distintas perspectivas. Tenemos El Canto Coral a Túpac Amaru, poesía de Alejandro Romualdo; Túpac Amaru Kámaq Taytanchikman, de José María Arguedas; el Cantar de Túpac Amaru o La Balada de la guerra de los pobres de Manuel Scorza, cuya edición final de 30 cantos fue editada con un prólogo sustancioso de Omar Aramayo; Túpac Amaru: Los días del tiempo profético, que es una biografía novelada de Túpac Amaru de Ángel Avendaño; Tupakamaristas puneños de Juan José Vega. Estos antecedentes y la larga bibliografía citada en el libro LOS TÚPAC AMARU nos hace deducir que Aramayo construyó este texto impactado por tales obras y en un proceso prolongado. 
Esta obra epopéyica de 1200 páginas, tal como consta en el borrador, concentra la genialidad y el talento innegables del escritor Omar Aramayo, quien de seguro ha vertido al escribirla su pasión por lo nuestro, sus lágrimas y su propia vida. No encuentro otra explicación para entender la grandeza de esta novela. Me parece; es mi punto de vista: Nunca más, nunca se escribirá en el país una novela como esta, basada en la revolución de los Túpac Amaru.
La novela “Los Túpac Amaru” contiene diferentes discursos: Discurso literario, político, sociocultural e histórico. Yo, por cuestión de tiempo, solo me dedicaré a explorar los discursos: literario y político- histórico.
1. EL DISCURSO LITERARIO 
Es la esencia singular de la obra construida con un lenguaje expresivo grandioso, pleno de simbologías y, es extraordinario, desde la perspectiva estilística. El lenguaje es como un río gigante, torrentoso en las quebradas y discreto en las llanuras, pero ambos concluyen sin detenerse en la construcción lingüística de una obra total o totalizadora escrita con la incorporación inteligente de un castellano andino singular y rico en representaciones. En este discurrir épico el uso del lenguaje tropológico desborda sus lindes, hay bellas imágenes y broncas metáforas utilizadas según las necesidades de la novela. Se dijera que es un canto épico y Omar Aramayo, un juglar que nos va contando la historia al son de la vihuela. El discurso es denso como el Amazonas, pero no cansa, precisamente, por la cadencia y la melodía de la vihuela que pulsa la los expertos dedos del cantor.
El discurso literario está organizado en 77 capítulos, cuya estructura no es lineal porque Omar utiliza la muda de tiempo y vasos comunicantes que ligan historias que están dispersas por lo mismo que se refiere a fracciones de la historia en general. Sucede, por ejemplo lo que utilizó Willams Faulkner en “El sonido de la Furia”: La dispersión de historias y fechas que aparentemente la harían caótica, no es así, porque el cerebro del lector se ocupa de ordenarlas. Esa es la técnica estructural que de por sí es bastante dificultosa de utilizarse. Omar ha escrito esta obra a lo Tolstoi o lo James Joyce. El lenguaje metafórico se ajusta a las necesidades de la obra y reproduce lo que ya habíamos advertido en su obra Los Dioses.
A este respecto hay que saber diferenciar el lenguaje literario del no literario. Y el lenguaje de LOS TÚPAC AMARU es netamente literario erigido con la sapiencia que solo da la edad y la madurez. Es diegético porque narra hechos ficticios verosímiles aunque el texto contenga nombres de personajes y lugares reales. Todas las narraciones novelas o cuentos proceden de la realidad, pero el autor al fabular sobre ella la convierte en producto literario. En este sentido la novela no dice la realidad sino lo que debía o podía ser. Por eso es ficción. La función de un literato es defender el carácter literario de la novela que se eleva sobre lo histórico, político o los aspectos socioculturales imperantes de la época. 
En cuanto a los personajes debo decir que están adecuadamente diseñados. Hay una descripción del paisaje interior, es decir del mundo subjetivo que complementa los aspectos físicos de los actantes. En estas páginas están retratados para siempre Manco Inca, Túpac Amaru I, descendiente directo de los incas, Josè Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru II, Blas el abuelo directo de José Gabriel, Miguel Bastidas, Micaela Bastidas, Tomás Katari, Bartolina Sisa, Julián Túpac Katari, Felipe Velasco Túpac Inca, Pedro el Tuerto Obaya, Juan Bautista, Diego Cristóbal, el corregidor Areche, Huamán Tapara, Vilca Apaza. En realidad la obra tiene más de trescientos personajes. Sería interesante hacer una investigación para develar los roles actanciales de cada actante y otra tesis con el título El rol de la mujer en la guerra revolucionaria tupacamarina. Como se darán cuenta los personajes citados son mayormente del Alto Perú. Es cierto la revolución en iniciò en el Cuso y duró algunos meses; pero en Puno, La Paz, Oruro, Potosí, etcétera, duró más de cuatro años, con todas las consecuencias de crueldad, sangre y muerte. Con esta información me parece que tenemos completado el focus narration de la novela
Literariamente nos preocupa cerrar este pequeño comentario explicando el punto de vista del narrador. Este aspecto esencial de la obra es lo que le da categoría de novela total. Está la voz del narrador omnisciente o narrador testigo que ocupa más o menos el 25% de la novela. En lo demás, el autor, utilizando técnicas adecuadas hace hablar a sus propios personajes con una individualidad diferente y un lenguaje también particular y tan rico en matices. Omar Aramayo ha leído mucho y ha superado significativamente cuanto relato y novela corta que nos presentara anteriormente. Digo esto solo para magnificar LOS TÚPAC AMARU en la medida que efectivamente lo merece, y a sabiendas que toda comparación es odiosa por sí misma. 
2. DISCURSO HISTÓRICO- POLÍTICO: 
La obra es una magnífica fabulación de la revolución de los TÚPAC AMARU. El período alcanza desde la llegada de los españoles en el siglo XVI hasta la primera década del siglo XIX, con toda la crueldad y muerte que significó la conquista. La toma militar del Cusco es en esta etapa la más cruenta, se asesinaron miles de peruanos que se opusieron a la conquista del Cusco. Así tomaron por asalto la ciudad sagrada de los Incas. Después de los sucesos, la ciudad olía a cadáveres descompuestos con peligro de brote de alguna atroz epidemia, pero, fueron retirados por los propios indios por orden del Virrey. Seguía habiendo revueltas y los españoles tomaron preso a Manco Inca, descendiente directo de Huayna Cápac y lo declararon el Nuevo Inca. Este no aceptó bautizarse y desobedeció al virrey en varias oportunidades, hasta que finalmente se fue a Vilcabamba y estableció su cuartel general y poder en ese reino. Pero fue apresado y ejecutado por el ejército español en alianza con indios traidores. A pesar de que las escaramuzas seguían ocurriendo en casi todo el territorio del Cusco el ejército de Vilcabamba no se rendía, ahora bajo el mando de TÚPAC AMARU I, descendiente directo de Manco Inca. Este inca resistió muchísimo, sin embargo, al final, cayó preso, también gracias a la traición de los propios indios y fue condenado a morir en la horca en la plaza mayor del Cusco,
Hasta el siglo XVIII la explotación de los indios se volvió más cruenta. No solo tenían que pagar tributo por ser indios y explotados de modo inhumano en las encomiendas, sino en los socavones de las minas de Laykakota, Oruro, Potosí, donde dejaron su sangre y su vida más de quinientas mil personas. La riqueza de las arcas de España estaba forjada con nuestra sangre y con nuestra vida. Los naturales morían literalmente de hambre pero las comunidades estaban obligadas a pagar impuestos con castigos severos para aquellas que no cumplieran.
Contra esta expoliación se reveló José Gabriel Condorcanqui, reconocido también cono el Inca Túpac Amaru II, por ser descendiente de los últimos Incas de Vilcabamba. Se inicia con la captura del Corregidor de Canas y Canchis don Antonio de Arriaga, el 4 de noviembre de 1780, tomando como pretexto las reformas borbonas y el antecedente de Tomás Túpac Katari que en el Alto Perú había iniciado una guerra anticolonial con una serie de movilizaciones multitudinarias, No se debe confundir a Tomás Katari quien fue ejecutado por las autoridades del Virreinato de Río de la Plata con Julián Apaza que aparece en 1781 con el nombre de Tùpac Katari, quien cercó militarmente dos veces la ciudad de La Paz, con la misma crueldad con que procedían los españoles. 
El corregidor Antonio de Arriaga permaneció preso hasta el 10 de noviembre de 1780, fecha en que fue ejecutado en Tungasuca por orden del Inca Túpac Amaru II. Luego, este, ganó la batalla de Sangarará y otras escaramuzas. Desgraciadamente, los ejércitos virreinales lo derrotaron y fue trasladado al Cuaco el 5 de abril de 1781. El 18 de mayo lo sentenciaron a morir descuartizado, luego de ser testigo de la muerte de su esposa Micaela Bastidas y de toda su familia. Al no poder descuartizarlo por medio 4 caballos lo decapitaron y cercenaron su cuerpo, cuyas partes fueron colgados de postes especiales en los lugares más subversivos como escarmiento para los indígenas. 
Entonces la revolución pasó a otro escenario, al altiplano puneño teniendo como dirigente al hermano de José Gabriel, llamado Diego Cristòbal Túpac Amaru y a sus lugartenientes Vilca Apaza y Huamán Tapara. Cuyo ejército de más de 100,000 soldados indios vencieron varias batallas, rodearon la ciudad de Puno y se dirigieron a La Paz, Oruro, Potosí y casi todo el territorio de la actual Bolivia.
La revolución de Túpac Amaru fue el más grande movimiento armado para destruir la feudalidad y el colonialismo de España, organizado desde Río de la Plata, Chile, Ecuador y, especialmente Cusco-Puno altiplánico. No fue una rebelión como a veces se trata en los libros de Historia oficial. Fue una revolución, la más importante de América. La guerra emancipadora de los criollos que forjaron la República se orientó solamente a la independencia policía, sin tocar para nada la feudalidad ni el colonialismo. La novela alcanza niveles intensos cuando relata la muerte de Túpac Amaru II y la de Túpac Katari, lo mismo que de Bartolina Sisa y Gregoria Apaza. 
Comenzando el siglo XIX Pepe Botellas o José Bonaparte, hermano de Napoleón Bonaparte es proclamado como Rey de España y de las Indias, echando del Palacio Real a los borbones Carlos IV y Fernando VII. Esta situación obligó a la desobediencia de parte de los virreyes y autoridades reales. Esta situación fue aprovechada por los hijos de los españoles que mostraron su rebeldía contra Pepe Botellas. Fue entonces que los criollos, se organizaron y decidieron recuperar poder del Perú, centro de todos los virreinatos de América. Fue así cómo San Martín y, luego, Simón Bolívar condujeron la guerra emancipadora para fundar la República que actualmente vivimos. 
De la lectura de la novela se deduce que hubo dos proyectos libertarios totalmente diferentes: un proyecto criollo y otro proyecto indio. Triunfó el primero que recuperó la independencia de la metrópoli y dejó intactos el colonialismo y la feudalidad y; fue derrotado el segundo. Por esta razón el acta de la independencia está firmada solo por condes, vizcondes, duques, obispos y criollos notables. El acta de la independencia no la firmó ningún peruano. La novela revela documentos, fechas y nombres que no es necesario verificar, a pesar de que en todos los casos son reales. Y no lo hacemos, porque no corresponde, dado que no es un libro de Historia, ni una obra científico-social, sino, literaria.

El indio Ezequiel Urviola la chispa de un incendio por venir / Entrevista de Yásser Gómez Carbajal a Feliciano Padilla

De los trabajos de ILLA a lo ultimo de la novelistica peruana expresada en la reciente novela de Feliciano Padilla sobre Ezequiel  Urviola  -de la cual hay un avance  en “Aqui estan los Montesinos”- Puno muestra que es uno de los centros literarios mas avanzados del Peru. En esta entrevista de Yasser Gomez, tomada de  Mariategui.info Feliciano Padilla habla de su ultima novela y las luchas del campesinado de entonces  y ahora. Notese sus observaciones sobre el anterior indigenismo y los aspectos hunmoristicos y eroticos de su narrativa social.

EL PAÍS DE LOS URUS. Feliciano Padilla

Nuestro wayki Feliciano Padilla en su FB dedica su primer relato a Puno en su dia. Pronto publicaremos las  fotos de Mamacha Candelaria que tome junto a Feliciano, su bella familia y Omar  Aramayo en las festividas qayna febrero.

 

EL PAÍS DE LOS URUS (*)

                                                                                         Feliciano Padilla

 

Poco a poco, gateando por los roquedales fui a dar cerca del monumento de Manco Cápac. Pronto, la brisa me estrelló sobre la cara un resuello apenas perceptible. ¿Es un ser humano?, me dije fastidiado. No podía equivocarme. En este trance mis sentidos se sensibilizan más allá de lo normal. Entonces, resueltamente, fui al encuentro de aquello que conspiraba contra mi soledad de modo tan  inoportuno­. Allí encontré a un infeliz que despertaba lenta­mente. Estaba, al parecer, ebrio como yo. No me fue difícil dis­tinguir un hara­piento y viejo indio de rasgos duros.

 

Regresaba yo de una reunión con amigos que suelen discu­tir con sumo placer sobre arte y literatura entre copas de chilca­no y cigarrillos. Aquella noche, como nunca, no me satisfizo las conversa­ciones de aquellos intelectuales, ni la mía, allá en el “Samana”. Sentí por eso un irresistible deseo de visitar mi querido cerrito de Huaqsapata, sin ninguna compañía como era mi costumbre. Quería que al contacto con este símbolo de músicos y poetas se inundara mi alma de soledad y paz, que los tragos ni la plática de mis amigos me proporcionaran aquella noche.

 

En Huaqsapata absorbía la última bocanada de mi cigarri­llo sentado sobre las rocas. Así preparaba mi espíritu para exta­siarme de ausencia. Serían como las dos de la mañana. El frío del crudo invierno de la Altipampa me calaba los huesos a pesar de los tragos que bebía. Arrastrándome, por la dificultad del camino, avancé hasta dar con el monumento. Allí fue que me encontré con aquel indio de chullo escarlata. Lucía un poncho sin color y sin tiempo. Al verme me dirigió la palabra sin ningún prejuicio, en su vieja lengua.

–¡Hola! ¿Eres policía? No importa. No soy ladrón. Nunca lo fui. ¡Por mis dioses que no lo soy! Nunca pude encontrar traba­jo. Y, por eso es que me convertí en mendigo. ¿Es eso un pecado? –me interrogó con voz cansina y agradable.

–De ninguna manera –le contesté sin dejar de mirar sus andra­jos, su tez broncínea y sus recios pómulos que brillaban a la luz de la luna.

–¿Qué motivos te traen hasta este cerro sagrado? –me siguió interpelando y añadió–. Tus ojos lánguidos me dicen que estás triste. Por eso has bebido ¿verdad? ¿Tienes un trago para mí?  ¿Tal vez te sobre un cigarrillo, amo mío?

–Bebe un poco de esta botella –le respondí sorprendido de su lenguaje tan fluido y de su seguridad, que concordaban tan precisamente  con su semblante de filósofo aimara.

–Yo me llamo, qué te digo, Lupaka, el último descendiente de los Urus. De aquellos que fueron los primeros habitantes de la Tierra y que en un proceso prolongado forjaron la nación más poderosa e inteligente de nuestra historia. Debían dirigir el destino de la humanidad hacia la justicia absoluta. ¡Ah!, pero,   todo acabó para aquella raza de superhombres –hizo una pausa y siguió hablando–. ¡Nada importa ya! ¿Tienes un trago más, amo mío? ¿Y tú cómo te llamas?

–Jayka –se lo hice conocer y agregué–. Toma los tragos que quieras gran Lupaka, pero sigue relatándome, te lo ruego.

–No tomaré muchos sorbos. Beberé lo suficiente para calmar este fuerte dolor que me aprisiona los pulmones. ¡Ay, me duele el pecho y los pulmones! No sé cuándo reventaré. Salud, amo mío.

 

Después de tanto buscar por el mundo por fin me había tropezado, sin quererlo esta vez, con la sinceridad en persona, y buscando en Lupaka el lugar de donde emanaba aquel senti­miento, descubrí en sus ojos que la luna me miraba.

 

Todos hablan de los Urus, pero ninguno dice la verdad. Estos fueron filósofos visionarios, grandes artistas, trabajadores incansables y guerreros indómitos. ¡Oh las virtudes de mi sangre negra! Mi abuelo fue descendiente de los Urus. Él me lo contó todo, hasta lo más reservado. Lo hizo para que yo lo escribiera; para que por mí supiera la posteridad de nuestra existencia. ¡Pobre de mí!  A pesar de que estudié vuestro alfabeto me volví borracho de desesperación, y después, un pobre mendigo. Todo empezó con la historia de Ákora y Pomata, dos hermanos de sangre, hijos del gran jefe Lupaka Marka. Pomata era tan bella como la vicuña, de mirada dulce y figura frágil. Por eso, los sacerdotes y Lupaka Marka la habían destinado para ser sacrificada en honor del Dios Inti; pero, había nacido para provocar la ira destructora del creador. Ákora era también bello y valiente, y orgulloso. Fue cegado por su vanidad y desafió las leyes de Dios: Un día de prima­vera, cuando la sangre afiebrada le embotó los sentidos, engañó a Pomata y la hizo su mujer. ¡Para qué Dios mío!, masculló tirándose de la cabellera y casi extenuado por el esfuerzo que hacía para torpedear su intimidad. Calma, Lupaka, lo consolé y le limpié algunas lágrimas que rodaban por su rostro de pergamino. Luego me abrazó fraternalmente y apuró algunos tragos más de mi botella. Siguió jadeando con esfuerzo, bebió más tragos y me señaló: En este cerro se levantó el gran palacio de Lupaka Marka. Tenía canaletas y compartimientos dorados. Los súbditos subían a él a través de un terraplén ornado de peldaños de plata. Nuestro Sol que todo lo puede castigó a los Urus por lo de Ákora y Pomata destruyén­dolo todo. Construyó luego una bóveda de plata en el fondo del Titikaka y allí encerró para siempre y sin derecho a morir ni a reproducirse a todos los Urus.

 

Ákora, lo dije ya, era audaz. Logró escapar mucho antes junto con su hermana Pomata y, se dirigieron hacia el Sur. Sin embargo fueron descubiertos y pagaron con sus vidas su delito. De sus primeros encuentros tuvieron aquellos un hijo que fue criado en otras tribus. Mis tatarabuelos están ligados a aquel príncipe. ¡Ah, amo mío!, me ahoga este dolor, dijo, roncando y tosiendo hasta desfalle­cer. Luego me pidió otro sorbo más. Yo le contesté: Bébelo gran Lupaka, último descendiente de los Urus. En ese ins­tante advertí que la noche había tocado a su fin y la aurora empe­zaba a brillar. ¡Gracias, gracias amigo!, esa raza volverá; quién sabe; acaso el Sol vea por conveniente que esa raza retorne para salvar al mundo, me lo recalcó.

 

Luego cayó de sueño aquel filósofo indio. Serían como las cinco de la mañana. El mar dormitaba aun  bajo su manto de plata. Yo me quité el abrigo y cubrí con él su cuerpo enroscado bajo las rocas, con tanta ternura que me fue imposible evitar unas lágrimas de profunda emoción.  Antes de despedirme me las sequé volteán­dome a un lado para que Lupaka no me viera llorar si acaso desperta­se. Pero, al volverme hacia él para mirar su rostro por última vez no lo encontré. No lo encontré y estaba solamente mi viejo abrigo, exactamente ahí donde conversé con este gran sabio. Miré en todas direcciones y grité vanamente su nombre repetidas veces. Fue inútil. No lo pude encon­trar, y tal vez, como supongo, no lo volveré a ver jamás.

 

Camino de mi casa, frente al monumento de Bolognesi, no me pude contener y grité otra vez con todas mis fuerzas: ¡Lupaka! ¡Gran Lupaka!  Quizá retorne a la Tierra tu raza de superhombres. La gente mañanera que empezaba a transitar por la Plaza de Armas me rodeó disimuladamente. Y mientras yo seguía exclamando: ¡Lupa­ka, último descendiente de los Urus!, ¡tu raza de superhombres volverá para salvar el mundo!, todos me miraban y gritaban: ¡Loco, loco! ¡Loco desgracia­do!

 

Un minuto después tres policías me introdujeron en vilo a un automóvil que me aturdió mucho más con la estridencia de su bocina y su recorrido zigzagueante hacia lo desconocido.

FIN

(*)  Este fue mi primer cuento, finalmente publicado en Los Andes  (1982-1983), después de tanta inseguridad e indecisión. Luego lo incluí en mi primer libro: “La estepa calcinada” (1984) que, a la fecha, tiene tres reediciones. El cuento está, ahora, en “La huella de sus sueños sobre los siglos” (Antología personal de 50 cuentos), Puno, 2014.

Feliciano Padilla redescubre a Ezequiel Urviola, Winston Orrillo

Articulo tamado del Diario Los Andes,

Feliciano Padilla redescubre a Ezequiel Urviola,  Winston orrillo


“No es necesario tener los restos de Ezequiel, es suficiente que haya existido” José Carlos Mariátegui

Las del epígrafe son las palabras que pronunciara nuestro Amauta cuando le comunicaron que había “desaparecido” el cuerpo del vernáculo e invicto luchador y líder campesino, cultivadísimo organizador popular y héroe silenciado, Ezequiel Urviola, luego de ser torturado, escarnecido y permanentemente perseguido por la policía política del dictador Leguía, quien, ladinamente, engañara a todos con el cuento de que era defensor, impertérrito de la raza indígena.

Y éstas se hallan en “Ezequiel. El Profeta que incendió la pradera”, novela del gran escritor puñeno –poeta, narrador, ensayista– Feliciano Padilla, recientemente publicada por el Fondo Editorial Cultura Peruana, que dirige el poeta Jorge Espinoza Sánchez.

El volumen, cerca de 300 páginas, escritas con una prosa admirable, recrea, fascinantemente, las vicisitudes de la vida de un gran mestizo, Ezequiel Urviola, quien, motu propio, asume la identidad de indio, al usar un atuendo que caracterizaba, precisamente, a aquellos sectores, los más desvalidos de la sociedad, no obstante lo cual estudia en la Universidad de Arequipa, la carrera de abogado, la que no culmina, por dedicarse, plenamente, a la encendida defensa de los “humillados y ofendidos” de su región, a favor de los cuales están su vida, su salud y las numerosas prisiones que soporta -“accidentes de trabajo”, le llama nuestro Mariátegui- en medio de las cuales contrae una tisis galopante que será, la que, finalmente, acabe con su heroica existencia, luego de ser venerado por quechuas y aymaras, los que, sabían, él era uno de los suyos.

A tanto llega su inquietud cultural –era un estudioso empedernido– que no obstante su apariencia, característica de los indígenas marginados, por mediación del autor de los 7 Ensayos, enseña en la Universidad Popular González Prada, cursos para los trabajadores analfabetos.

Esta novela, al recrear la vida de Ezequiel, nos conduce al tiempo histórico –entre los años 20 y 30– de plena insurrección del movimiento popular, al que nuestro protagonista sirve de manera integérrima.

Como escribe el joven maestro sanmarquino, Mauro Mamani Macedo, en un magistral ensayo, que sirve de colofón a la novela, ”la obra de Feliciano Padilla es vasta y múltiple. Ha publicado poesía, ensayo, testimonio, artículos de periodismo cultural, tradición oral, cuentos y novelas”; y luego destaca “porque su trabajo paciente con la palabra procura textos limpios y nutridos de ideas”.

He aquí, pues, la clave: no hay un regodeo estético ni esteticista, en la obra de nuestro autor, sino que su palabra responde al reto que su tiempo le ha planteado, no obstante lo cual la belleza está siempre presente en sus libros; pues, para MMM, “la narrativa de Feliciano Padilla es producto de su talento y disciplina”.

Y, en efecto, todo concluye en que esta obra “lleva al personaje histórico Ezequiel Urviola a un nivel simbólico…” que nos conduce a “una novela circular, como el tiempo mítico, que empieza y acaba en el hospital Dos de Mayo” ( donde Ezequiel es llevado, directamente, de una de las ergástulas de la dictadura leguiísta, para tratarse por el agravamiento de su TBC, la misma que lo conducirá a la muerte).

Y, así, de este modo,“A las cuatro de la mañana del día martes 27 de enero de 1925, luego de un sueño apacible, el corazón gigante de Ezequiel dejó de latir para siempre” escribe Feliciano. Es entonces que Antonio, uno de sus grandes amigos, en el cuarto del extinto, ya ocupado por su ausencia, en su mesita de noche, encontró un papel escrito por él, que decía lo que para nosotros es su verdadero testamento, el mismo que no vacilamos en reproducir, porque aquí está, en palabras del protagonista, el sentido de su gesta (inacabada, por otra parte); lo que nos exime de mayores comentarios.

En el texto se leía: “Luché durante toda mi vida: fracasé y triunfé, lloré y me alegré, caminé y descansé, pero siempre me mantuve en el fragor de la batalla. Compañeros, así fue: me persiguieron, me torturaron, me encarcelaron, pero nunca traicioné ni me doblé jamás. Pero, esta batalla contra la tuberculosis, la perdí. Luché hasta el final, hasta que las fuerzas de mi espíritu me lo permitieron. Pues, me voy contento de haber luchado por mis hermanos de raza, contento de haber luchado por la causa justa de los obreros de Lima, contento de haberlos conocido. Solo les hago un pedido: quiero que me entierren con todas mis ropas originarias que nunca he dejado de usar, sea en el cerro San Cosme o San Cristóbal, que son los Apus de Lima, o cerca del mar, para tener la sensación de estar a la vera de mi amado Lago Titikaka. Pónganme para el viaje: maíz, habas, papa, quinua, la sagrada hoja de coca y un poco de alcohol. Y ustedes, amigos míos, sigan luchando sin desmayo, que yo los estaré viendo no sé cómo, ni en qué momento: pero estaré mirándolos y ayudándolos desde donde esté. Adiós, compañeros. Firma Ezequiel”.

No obstante la conocida marginación que el abominable centralismo limeño le endilga a los autores de provincias, Feliciano ha recibido sendos reconocimientos nacionales, como figurar en antologías notables del cuento de Petroperú, 1994 y 1997, Narradores peruanos de los sesenta (1994),El cuento peruano en los años de la violencia (2000), para solo citar algunos.

La Universidad Nacional del Altiplano se honra al tenerlo como docente en sus Escuelas de Pre y Postgrado

HUWANCHA KANAWIRI. Feliciano Padilla

imagesEl ministro de Educación, por razones incomprensibles, sin ningún argumento científico válido, pretendió desactivar la Dirección General de Educación Intercultural Bilingüe que, en materia pedagógica ofrece la alternativa más pertinente y la que se corresponde con la realidad cultural y lingüística del Perú y con los Proyectos Curriculares de la mayoría de las regiones del país.

La educación bilingüe intercultural (EBI) no sólo acomete el fortalecimiento de la identidad cultural y resuelve la problemática de las lenguas nacionales, sino que, esencialmente, se orienta a recuperar los saberes de nuestros ancestros en todas las áreas del conocimiento para articularlos a la ciencia y la cultura universales, con el fin de que los peruanos nos reconozcamos como tales y aceptemos todo aquello que viniendo de occidente u oriente sirva para el desarrollo humano sostenible de la sociedad peruana.

¿Hasta cuándo hemos de permitir que la educación sea un conjunto de acciones colonizadoras, asimiladoras y modernizantes? En sociedades como la nuestra, la interculturalidad debe ser la base de la cual se deriven las competencias, capacidades, estrategias y contenidos enraizados en nuestra filosofía, conocimientos y prácticas propias, con el fin de que, a partir de ellos, incorporemos críticamente todos los conocimientos científicos y tecnológicos de la humanidad. Por eso, la interculturalidad debe ser un enfoque transversal que abarque toda la realidad económica, social y política del país. Los problemas de inclusión no funcionan sin la interculturalidad porque detrás de la exclusión hay un racismo de siglos, una discriminación abierta o solapada que agrieta mucho más nuestras heridas.

Por estas consideraciones me adhiero a todas las voces conscientes que se han levantado en el Perú contra esta pretensión del ministro. Es más, dedico a la DIGEIBIR y a todos los profesores de EBI este cuento escrito en mi condición de quechua-hablante.

HUWANCHA KANAWIRI

Autor: Feliciano Padilla (*)

Layqaquta yachaywasipi Huwancha sutichasqa maqt’illu, llapan pukllaq masinkunata, sapa kutilla waqachirqan. Huwanchaqa isqun watayuqsi karan. Wakin yachaqmasinkunapis isqun watayuqllataqsi karqanku; ichaqa kay Huwanchaqa, sapa p’unchaw allinta chawllata mikhuruspa anchata wiñasqa. Paywan tuparachiktinchisqa wakinkunaqa huchuylla karqanku. Wiraqucha Walintin Mulinas hamawtanqa kasqa. Allintas kay wiraquchaqa yachachiq, ichaqa mana chiwchikunaq maqanakusqankutaqa qhawarqanchu. Chay maqanakuykunaqa patiyupis sapa kutilla kaq.

Hurhicha, Manukucha, Winsischa, hamuychik, karahus – nispas nisqa Huwanchaqa.
Ama qapariychu. Lliw maqt’illukunaq uyarinantachu munanki . Kaypiñan kayku- nispas ninku.
Apamuwasqaykista usqhaylla quwaychik.

Hurhichaqa, Manukuchapiwan, mikhunankunatas qunku.
Pisillan kayqa. Sapa p’unchaw nisuta pisiyamun kay quwasqaykichik.
Chayllan papachu. Manan wasiykupi imapis kanñachu – nispas nisqaku Hurhicha, Manukuchantin.

¡Manan! ¡Manan ch’aynaqa kanmanchu! Paqarinmantaqa imapipis llank’anaykichik. Uyarishkankischu. Paqarinqa ashkata apamuwankichik- ch’aynatas nin Huwanchaqa t’antakunata, latanukunata, misk’ikunata qhawarispa.

¿Qanri, Winsischa? Maymi apamuwasqayki
Manan imatapis apamuykichu. Taytaymi manaña llank’anchu. Chaymi mamallay qatupi siwillachakunata wintin. Wasiypiqa pisillatañan mikhuskayku. Allquypis, misiypis, tullullañan kashkanku – nispas Winsischaqa quyayllaña riman.

Karahus. Manan ñuqata ch’aynataqa niwankimanchu. Manan, manan Winsischa – nispas saqra hina qaparin, ñawinmanta ninataraq phatachispa.
Papachu, ama maqawaychu.

¡Manan, karahus! – nispas hallpapi quspachin, sikinpiñataq, wiqsanpiñataq hayt’aspa.
Chaymantataq Huwanchaqa iskaynin sapatunkunata Winsischawan llaqwachisqa. Winsischaqa waqansi, quyayllatañas waqan. Taytantas yuyarin, mamantas waqyan, ichaqa manas pipis hamunchu. Huq maqt’illukunallas quyayllaña qhawarinku Winsischata pampapi rikuspa.

Tawa killañas kay aychakunawan, latanuskunawan, t’antakunawan Huwanchataqa wirayachinku. Mayninpiqa qullqitas mañakun. Chaysi kimsantin iskulirukuna Titiqaqa quchapatapi huñunakusqaku. Chaypis yuyayninkunata kallpachispa Huwanchapaq ch’ullalla kasun, nispas ninku.

Ari. Kunanmanta pacha ch’ullalla kasun. Manañan allquchakuswanñachu. Kay kamalla Huwancha kachun. Paqarinqa kay maqt’ata kimsantinchikmanta maqasun – nispas ninku iskulirukunaqa.

Waykillasunchu – tapukunsi Winsischaqa.

Ari. kay allquta waykillasun. Qam, Winsischa, raqu k’aspita ch’uspaykipi apamunki – ninsi Manukuchaqa.

Chay p’unchaw chayamuqtinsi, Huwancha quchapataman silwarispa rishkaptin, Manukucha maqanakuyta maskaspa, Huwanchataqa sikinpi hayt’an. ¡Ima nanmi, Manukucha, karahus!, nispas hayt’ataqa kutichin. Chayllapis, Hurhicha Huwanchaq sinqanta saqmarparin. Manukuchañataq, Hurhichañataq ñawinta saqmaspa qumiryachinku. Yawarllañas Huwanchaqa kashkan. Chaysi yawarninta qawaspa waqayta qallarin. Waqashkaktintaq Winsischa k’aspiwan chakinpiraq, muqhunpiraq, umanpiraq takarparin.

Kaymi, ñawiy qumirchawasqaykimanta; kaymi sinqaymanta yawar phutuchiwasqaykimanta – nispas Winsischaqa allinta Huwanchaq chakinta takan.

Chaysi, isqun p’unchawmanta Huwancha Kanawiriqa kutimusqa. Wist’u chakis patiyupi purin. Ch’inlla, mana piwanpis rimanakuspa. Ichaqa manañas imatapis mañakunñachu. Quyayllañas purin. Lliw maqt’illukunas kusikunku. Paykunapis “ch’ullalla llapanchik Huwanchapaq kasun”, nispas ninku.

Chay p’unchawmantas Huwancha kanawiriqa mana pitapis maqanñachu. Allin maqtamansi tiqrapun. Iskay killamanta munagillu kapun. Machuyaqtintaqsi tata kuraq misan yanapaq tukupun.

(*) Feliciano Padilla: Profesor de morfosintaxis del quechua en la Maestría de Lingüística Andina y Educación de la UNA Puno.